Filippo Greggi.
Foto: Cartel exhibido en la manifestación convocada el 24 de octubre de 2026 en París por el movimiento estudiantil francés y otros colectivos sociales y políticos en el que puede leerse «Más vale ser un cerdo que un fascista», célebre frase pronunciada por Porco Rosso en la película homónima producida en 1992 por los Estudios Ghilbi y dirigida por Hayao Miyazaki – Jules / Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International license.
29 de octubre 2026.
Filippo Greggi explica en este texto cómo las movilizaciones que han sacudido Francia durante las últimas semanas condensan procesos de protesta y de indignación muy diversos entrelazados con las luchas protagonizadas por los trabajadores del sector público y por lxs estudiantes de enseñanza media, que han tenido la virtud de concitar solidaridades diversas en torno a los mismos, de imbricarse entre sí y de arrastrar a sectores importantes de la población francesa en su defensa y muestra de solidaridad con sus reivindicaciones, como demuestra el caso ejemplar de La France Insoumise.
Ello ha sido ha sido posible, porque las dimensiones de los impactos provocados por la crisis del actual régimen de acumulación extractivista, belicista y parasitario, así como por la captura de los gobiernos nacionales, instituciones europeas y clases dirigentes por los intereses de de las clases dominantes globales, están teniendo un impacto cada vez mayor, más intenso y más transversal sobre las clases trabajadoras francesas, conformando tendencialmente un proyecto anticapitalista de dimensiones cada vez más vigorosas
El viernes 23 de octubre en muchas ciudades francesas se prohibieron la mayoría de las manifestaciones. Se ha previsto un despliegue masivo de las fuerzas del orden.
Macron había anunciado que las únicas manifestaciones autorizadas serían las organizadas por los sindicatos, mientras que desde hace ya varias noches diversas zonas de París están bajo toque de queda; la prohibición se dirige en particular a los menores no acompañados, a personas con el rostro cubierto o provistas de un equipamiento individual no identificado (se supone que se trata de una extremadamente peligrosa mochila).
Todas estas medidas se justificarían por los enfrentamientos de los días anteriores, cuyo punto álgido se produjo el 17 de octubre. Una manifestación enorme, que tiene muy pocos precedentes en los últimos tiempos, recorrió el país: 800.000 personas en toda Francia, sobre todo jóvenes y estudiantes, pero también diversos colectivos de trabajadores, jubilados y, por supuesto, los gilets jaunes [chalecos amarillos].
La mayor parte de las marchas se desarrolló de forma pacífica, al menos hasta la intervención de la policía que, en el caso de París, actuó, por un lado, para bloquear el acceso a la Place de la République y, por otro, para dispersar con gases lacrimógenos a los manifestantes que ya se encontraban allí, a pesar de que se trataba del punto de partida autorizado por la prefectura.
A estos enfrentamientos se sumó el intento de reprimir las diversas marchas espontáneas (las manif sauvages), surgidas para desbaratar la gestión del orden público y permitir a los manifestantes llegar a puntos neurálgicos y de gran valor simbólico, como la Place de la Concorde, el Elíseo y los Campos Elíseos.
Al mismo tiempo, las acciones de las distintas áreas de los manifestantes han adoptado formas diversas, yendo más allá del simple hecho de manifestarse: barricadas de bicicletas y contenedores, a menudo incendiados; escaparates destrozados; cócteles molotov y piedras contra la policía; restaurantes incendiados y tiendas saqueadas.
Encontramos esta matriz en las protestas de las últimas semanas: el futuro de las generaciones jóvenes sigue ligado a la búsqueda de un trabajo con el que ganarse la vida, mientras las condiciones de sus itinerarios formativos se deterioran y el mercado laboral se convierte cada vez más en una trituradora. No es, pues, casual que el hecho de no tener nada que perder ni nada que esperar para mejorar sus condiciones de vida conduzca a la destrucción y al saqueo, no tanto como simple vandalismo, sino como rechazo de la propiedad privada en tanto que institución fundamental del sistema que los oprime, lo cual podemos expresar también recurriendo a las palabras de un joven entrevistado justo después de uno de los saqueos ocurridos en Francia estos días: «Recuperamos lo que hemos pagado de más durante el último año»
Estos ejemplos de violencia urbana de geometría variable, admitiendo, sin por ello aceptarlo, que la destrucción de bienes pueda definirse como violencia, representan también una respuesta a la violencia económica y social, que atraviesa silenciosamente la vida cotidiana de millones de personas.
Que esta violencia reprimida tenga su origen en formas crecientes de discriminación, explotación y desigualdad es un hecho conocido, lo cual invita a otorgar una connotación política adicional a estos actos. Aunque no siempre vayan acompañados de una verdadera conciencia de clase, estos gestos tienen objetivos, cuya naturaleza es la expresión directa de un rechazo cada vez más generalizado hacia el sistema político y económico vigente.
En particular, atacar a las grandes cadenas y a las marcas de lujo, que se han convertido en auténticos monumentos de los centros históricos europeos, supone un asalto a la propiedad privada intolerable para cualquier burguesía nacional.
Y si los escaparates destrozados y las imágenes de jóvenes que huyen con ropa bajo el brazo suscitan reacciones tan indignadas, es porque, si hay algo que no puede tocarse ni cuestionarse, es precisamente la propiedad privada como fundamento del modo de producción capitalista.
Ahora bien, como nos recuerda Marx en su análisis de la acumulación primitiva, la institucionalización de la propiedad es el proceso y el instrumento mediante el cual una pequeña parte de la población se apodera de las condiciones materiales de producción, mientras que otra parte de la misma queda privada de ellas, viéndose obligada a vender sus habilidades y sus energías como fuerza de trabajo.
Encontramos esta matriz en las protestas de las últimas semanas: el futuro de las generaciones jóvenes sigue ligado a la búsqueda de un trabajo con el que ganarse la vida, mientras las condiciones de sus itinerarios formativos se deterioran y el mercado laboral se convierte cada vez más en una trituradora.
No es, pues, casual que el hecho de no tener nada que perder ni nada que esperar para mejorar sus condiciones de vida conduzca a la destrucción y al saqueo, no tanto como simple vandalismo, sino como rechazo de la propiedad privada en tanto que institución fundamental del sistema que los oprime, lo cual podemos expresar también recurriendo a las palabras de un joven entrevistado justo después de uno de los saqueos ocurridos en Francia estos días: «Recuperamos lo que hemos pagado de más durante el último año».
Esta contradicción, que flota de forma más o menos consciente junto con el humo de los gases y los incendios, encuentra su reflejo en las razones que subyacen a estas protestas. Pero vayamos por partes.
En el mes de septiembre, las dos movilizaciones principales fueron las de los bomberos, que estaban en huelga tras un verano de incendios continuos a los que se habían enfrentado con una cantidad insuficiente de medios y de personal, y las de los estudiantes de secundaria, cuya trayectoria académica se ve gravemente afectada por la falta de personal, edificios en pésimas condiciones y aulas masificadas[1].
A este respecto, no hay que subestimar el componente climático de ambas protestas en la medida en que los bomberos se enfrentan a veranos cada vez más tórridos que favorecen la proliferación de incendios, mientras que los estudiantes acaban pasando períodos cada vez más largos en aulas en las que se alcanzan los 40 °C.
Si bien la huelga de los bomberos contó con la solidaridad generalizada del sector público, que salió a la calle para hacer huelga el 29 de septiembre, los alumnos de bachillerato también recibieron rápidamente el apoyo de los estudiantes universitarios y de una parte del profesorado.
En este clima de movilización general se han creado convergencias que, todavía hoy, resultan fundamentales para la continuidad del movimiento, más de un mes después de su inicio. Si cada uno de estos colectivos hubiera permanecido aislado y se hubiera visto obligado a defender reivindicaciones sectoriales, dudamos de que hubiera sido capaces, por sí solos, de resistir todo este tiempo.
Y esto no tanto por una incapacidad política de los mismos, sino en realidad a causa de una contrarreacción policial y mediática que no ha escatimado en artimañas, mentiras y amenazas ni en el recurso desmesurado a la violencia.
Por otra parte, si entre las razones que subyacen al estallido del movimiento estudiantil franceses se encuentra sin duda el racismo sistémico del Estado francés –y no es producto del azar, que el epicentro hayan sido los institutos de las banlieues parisinas–, a este factor hay que añadir la ferocidad inédita de las políticas públicas implementadas durante los últimos años. El veredicto infame del macronismo se resume en las fórmulas clásicas del neoliberalismo: recortes en el gasto público, individualización de la culpa y del mérito, desgravaciones fiscales para el gran capital, privatización y financiarización del sector público
Entre los ejemplos más conocidos de esta solidaridad cabe mencionar los cordones formados frente a los institutos por docentes, personal sanitario, bomberos, jubilados, activistas de diversa procedencia y políticos (en particular de La France Insoumise) para defender los bloqueos de lxs estudiantes frente a los ataques de la policía.
Numerosas universidades han sido bloqueadas u ocupadas por lxs estudiantes con la ayuda de profesores, doctorandos e investigadores precarios; cabe recordar que más de la mitad de las horas lectivas universitarias en Francia las imparten profesores y profesoras con contratos precarios y que el presupuesto por estudiante ha disminuido el 20 por 100 en los últimos quince años.
Las autoridades universitarias, por su parte, han decidido unilateralmente y de forma ilegal cerrar sus puertas para evitar que los estudiantes se encontraran dentro de los edificios, ya fuera para ocuparlos o simplemente para debatir sobre la organización de las protestas.
Y en los casos en que, durante la última semana, algunas universidades han decidido reabrir con la esperanza de retomar la actividad docente habitual, la respuesta de lxs estudiantes ha sido contundente, bloqueando el acceso e impidiendo que se impartieran las clases.
Las universidades han comenzado a continuación a impulsar el paso a la enseñanza a distancia, a pesar de no tener la potestad para imponerla y de que ya está bien documentado el conjunto de problemas que acompañan a esta práctica docente, en particular para los estudiantes que carecen del material necesario o de un alojamiento con espacios suficientes que les permitan seguir una clase.
Pero, sobre todo, instar a la transición a la enseñanza a distancia supone una maniobra doblemente ambigua, porque es una forma de eludir la movilización estudiantil y de ejercer presión sobre el profesorado precario que, al negarse, podría correr el riesgo de que no se le paguen las horas lectivas no impartidas.
Las razones que han llevado a los bloqueos, las huelgas y las manifestaciones tienen su origen, pues, en un malestar general, que afecta a necesidades materiales esenciales: vivir en viviendas dignas, hacer la compra, hacer frente a la ola de incendios estivales, disponer de instrumentos y medicamentos para curar a las personas, contar con profesores en clase o con agua potable y papel higiénico en el colegio. En teoría, estas reivindicaciones extremadamente básicas deberían pertenecer al ámbito preideológico; no se trata de hacer la revolución, sino en realidad de garantizar a toda la ciudadanía el mínimo indispensable para disfrutar de unas condiciones de vida dignas. Pero al parecer todo esto no es tan obvio para gran parte de la clase política francesa, que, de hecho, ha respondido minimizando y negando los problemas mencionados anteriormente o bien convocando a la población a acometer un esfuerzo común, dada la actual coyuntura económica
También en este caso la respuesta ha sido rápida y, sobre todo, colectiva. El personal precario de las distintas universidades se ha reunido para responder de manera unida ante las presiones de las autoridades universitarias y los estudiantes han logrado en algunos casos ocupar edificios universitarios y poner en marcha universidades populares para dotarse de las herramientas teóricas y políticas necesarias para afrontar este periodo.
En este cuadro no hay que olvidar el papel de los sindicatos, tanto estudiantiles como de otro tipo, que desde los primeros días se han movilizado para expresar su solidaridad con el movimiento de los institutos e invitar al personal universitario a actuar en consecuencia para apoyar las protestas y proporcionar a los estudiantes las mejores condiciones posibles para organizarse.
Por otra parte, si entre las razones que subyacen al estallido del movimiento estudiantil franceses se encuentra sin duda el racismo sistémico del Estado francés –y no es producto del azar, que el epicentro hayan sido los institutos de las banlieues parisinas–, a este factor hay que añadir la ferocidad inédita de las políticas públicas implementadas durante los últimos años.
El veredicto infame del macronismo se resume en las fórmulas clásicas del neoliberalismo: recortes en el gasto público, individualización de la culpa y del mérito, desgravaciones fiscales para el gran capital, privatización y financiarización del sector público.
Estas mismas políticas, aplicadas bajo el pretexto de la austeridad y el saneamiento de las finanzas públicas, han llevado a que la deuda pública francesa alcance precisamente este año sus máximos históricos. Mientras tanto, como en prácticamente todos los países de Europa, el presupuesto de defensa sigue aumentando según la lógica, expresada por el propio Macron: «Pour être libre, il faut être craint. Pour être craint, il faut être puissant» [Para ser libres, tenemos que ser temidos. Para ser temidos, tenemos que ser poderosos].
La reacción concertada para restar importancia al alcance de las reivindicaciones ha sellado la alianza entre la clase política y los medios de comunicación franceses, que han lanzado conjuntamente la consabida operación de demonización de La France Insoumise (LFI) y sugerido incluso su disolución, habiendo sido este el único partido, entre los principales contendientes a las elecciones presidenciales de 2027, que ha mostrado explícitamente su compromiso y solidaridad con lo que estaba ocurriendo en las plazas, las calles y los institutos franceses
El ataque a las instituciones del Estado del bienestar, ya sea directamente en forma de recortes o introduciendo subrepticiamente la lógica del workfare, ha provocado un empeoramiento general de las condiciones de vida de la población francesa, agravado todavía más por el aumento ulterior de los precios.
Las razones que han llevado a los bloqueos, las huelgas y las manifestaciones tienen su origen, pues, en un malestar general, que afecta a necesidades materiales esenciales: vivir en viviendas dignas, hacer la compra, hacer frente a la ola de incendios estivales, disponer de instrumentos y medicamentos para curar a las personas, contar con profesores en clase o con agua potable y papel higiénico en el colegio.
En teoría, estas reivindicaciones extremadamente básicas deberían pertenecer al ámbito preideológico; no se trata de hacer la revolución, sino en realidad de garantizar a toda la ciudadanía el mínimo indispensable para disfrutar de unas condiciones de vida dignas.
Pero al parecer todo esto no es tan obvio para gran parte de la clase política francesa, que, de hecho, ha respondido minimizando y negando los problemas mencionados anteriormente o bien convocando a la población a acometer un esfuerzo común, dada la actual coyuntura económica.
Esfuerzo que, como es habitual, solo se exige a los sectores más vulnerables de la población, mientras no se mueve un dedo en lo que respecta a los grandes patrimonios o a los grupos de altos ingresos.
La reacción concertada para restar importancia al alcance de las reivindicaciones ha sellado la alianza entre la clase política y los medios de comunicación franceses, que han lanzado conjuntamente la consabida operación de demonización de La France Insoumise (LFI) y sugerido incluso su disolución, habiendo sido este el único partido, entre los principales contendientes a las elecciones presidenciales de 2027, que ha mostrado explícitamente su compromiso y solidaridad con lo que estaba ocurriendo en las plazas, las calles y los institutos franceses.
De hecho, junto con diversos segmentos del sector público, los sindicatos, los estudiantes y los partidos de la izquierda extraparlamentaria, la presencia de LFI en las calles ha desempeñado un papel fundamental por varias razones.
En primer lugar, el partido de Jean-Luc Mélenchon ha sabido dotar de mayor repercusión mediática a las reivindicaciones, defendiéndolas públicamente e inscribiéndolas en un discurso político más amplio sobre el macronismo.
Además, la presencia de varios representantes de LFI, entre ellos, el alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, junto a los estudiantes de secundaria durante los bloqueos y las manifestaciones, manteniendo una postura a la vez de escucha y de defensa frente a la policía, ha constituido un cordón institucional adicional, a la vez simbólico y real, que ha dotado de legitimidad a un movimiento, que se estaba viendo sumido en un lodazal de paternalismo y represión por no mencionar los torpes intentos de infiltración por parte de las fuerzas del orden: «Bismillah, c’est les ténèbres! Quando la rivoluzione diventa virale!».
Por último, pero no por ello menos importante, la postura de LFI ha sido de apoyo sin haber caído hasta el momento en intentos de captación, lo cual no ha menoscabado la autonomía del movimiento. Este conjunto de factores, por otra parte, ha convertido a LFI en el único partido entre los que tienes serias opciones de acceder a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2027, que durante las últimas semanas no solo ha tenido una amplia presencia en las protestas, sino que también ha sido acogido positivamente en las calles.
LFI, tras haber sido acusada por la mayoría de los periódicos y medios de comunicación franceses, especialmente por los pertenecientes al multimillonario de extrema derecha Vincent Bolloré, de especular políticamente a costa de los estudiantes de bachillerato con fines electorales, ha visto como el periódico Mediapart ha sacado a la luz las presiones ejercidas por el gobierno sobre los servicios de inteligencia: la orden era hacer creer que el partido de Mélenchon estaba orquestando las protestas. A su pesar, incluso los agentes entrevistados se vieron en la obligación de desmentir estas acusaciones.
Durante los últimos diez años ninguna de las reivindicaciones importantes planteadas en las calles, entre las que podemos mencionar La Loi no 2016-1088, conocida como Loi Travail, y las planteadas por el movimiento Nuit Debout en 2016, las exigidas por los gilets jaunes en 2018-2019, y las expresadas por las protestas contra la reforma del sistema de pensiones en 2023, así como las exigencias de las movilizaciones masivas contra el genocidio en Palestina, han sido escuchadas por los diversos gobiernos franceses. Entretanto, miles de manifestantes han sido detenidos y cientos han resultado heridos o mutilados, mientras el poder ejecutivo, comportándose como una apisonadora, no ha tenido ningún reparo en aprobar determinadas iniciativas legislativas, como las mencionadas reformas de la legislación laboral o de las pensiones, prescindiendo del voto de la Asamblea Nacional, acogiéndose a la prerrogativa contemplada en el Artículo 49.3 de la Constitución francesa. Nuestros amigos demócratas, nuestros amigos liberales
La negativa total a escuchar las reivindicaciones de la juventud francesa y del sector público en sentido más amplio ha creado las condiciones para que se desarrolle un discurso anticapitalista en el seno de sectores cada vez más amplios del movimiento.
El problema, por lo demás, no radica en los recortes al Estado del bienestar, sino en las políticas llevadas a cabo sistemáticamente por un bloque político, que abarca desde el ala derecha de los socialistas hasta el Rassemblement National y que ha abrazado la vía del neoliberalismo a cualquier precio.
Y todas estas políticas son el resultado natural de un Estado que se halla al servicio del capital, de un Estado que crea las condiciones para la acumulación de capital a costa de la inmensa mayoría de la población.
Y así es como ha sido posible empezar a atar cabos mientras se perfila la imagen de un sistema económico y político cada vez más insoportable, que no está dispuesto a acoger ninguna reivindicación popular, sino ni siquiera en las formas diluidas de compromiso destinadas a instaurar una apariencia de paz social, la cual por lo demás siempre se impone en un solo sentido.
Durante los últimos diez años ninguna de las reivindicaciones importantes planteadas en las calles, entre las que podemos mencionar La Loi no 2016-1088, conocida como Loi Travail, y las planteadas por el movimiento Nuit Debout en 2016, las exigidas por los gilets jaunes en 2018-2019, y las expresadas por las protestas contra la reforma del sistema de pensiones en 2023, así como las exigencias de las movilizaciones masivas contra el genocidio en Palestina, han sido escuchadas por los diversos gobiernos franceses.
Entretanto, miles de manifestantes han sido detenidos y cientos han resultado heridos o mutilados, mientras el poder ejecutivo, comportándose como una apisonadora, no ha tenido ningún reparo en aprobar determinadas iniciativas legislativas, como las mencionadas reformas de la legislación laboral o de las pensiones, prescindiendo del voto de la Asamblea Nacional, acogiéndose a la prerrogativa contemplada en el Artículo 49.3 de la Constitución francesa. Nuestros amigos demócratas, nuestros amigos liberales.
Se ha hecho cada vez más evidente, por lo tanto, el alcance sistémico de las diversas reivindicaciones de los movimientos sociales, lo cual ha sentado las bases para una politización cada vez más marcada de las consignas que resuenan en las plazas de toda Francia.
Y así llegamos al sábado 24 de octubre: la manifestación prevista desde la Bastilla hasta Nation fue prohibida por la prefectura tras haber sido inicialmente autorizada.
El recurso presentado por los sindicatos fue desestimado y el nuevo recorrido, definido prácticamente esa misma mañana, se trasladó a los boulevards periféricos (desde la Porte d’Italie hasta la Porte de Vincennes).
Además de los 70.000 efectivos de las fuerzas del orden desplegados en todo el territorio nacional, también se movilizaron algunas unidades especiales de la policía (RAID, GIGN, BRI)[2] y refuerzos militares para la protección estática de determinadas zonas.
Mientras tanto, el centro quedó blindado: treinta y dos estaciones de metro cerradas desde primera hora de la mañana y tráfico interrumpido en otros tramos del transporte público; museos y galerías cerrados durante todo el día, al igual que la mayoría de las tiendas y cadenas comerciales, que habían protegido sus escaparates con paneles de madera y, en algunos casos, con rejas metálicas.
Nada nuevo, solo la confirmación de que el orden de prioridades del Estado burgués sitúa la defensa de la propiedad privada (y de los privilegios y las desigualdades que de ella se derivan) siempre en primer lugar.
Nunca ha habido una respuesta más rápida y diligente ante ningún otro delito, acto de violencia o abuso en una democracia liberal. Y esto, por sí solo, ya podría considerarse una (media) victoria: a pesar de que la manifestación quedara relegada a las zonas periféricas de la capital, el fantasma de las barricadas, los enfrentamientos y los saqueos se cernió sobre el centro de París, que quedó de hecho bloqueado, vaciado y convertido, sin mover un dedo, en un lugar invivible.
Al mismo tiempo, el cambio de recorrido decretado en el último momento y el temor a una reacción desproporcionada de la policía (ejemplar la pancarta de una manifestante que decía «Tenía miedo de venir, así que aquí estoy») no detuvieron a los 250.000 manifestantes, que desfilaron pacíficamente, frustrando los intentos del gobierno de no responder políticamente a sus reivindicaciones y de desarticular el movimiento a base de gases lacrimógenos, porras, balas de goma, cañones de agua y detenciones.
La unión entre distintos sectores de la clase trabajadora (obrerxs, enfermerxs, profesorxs, bomberxs, etcétera), estudiantes de secundaria y universitarios, sindicatos, colectivos estudiantiles y partidos de la izquierda radical y extraparlamentaria ha permitido que el movimiento se consolide y resista los continuos ataques del último mes.
Los temas principales en torno a los cuales se han articulado una serie de consignas se refieren, evidentemente, al aumento del coste de la vida, a la erosión del Estado del bienestar, a la gestión gerencial y racista del acceso a la enseñanza superior (basta pensar en Parcoursup y en el aumento exorbitante de las tasas universitarias para los extranjeros) y al agravamiento de las desigualdades.
En cuanto a este último punto, basta con mencionar la evolución de la relación entre el patrimonio de las quinientas mayores fortunas francesas y el PIB nacional: en la década de 1990 este representaba el 6 por 100 del PIB, en 2010 el 10 por 100, mientras que hoy en día el porcentaje se sitúa en el 42 por 100[3].
Un incremento desmesurado, que hunde sus raíces en la disminución de la participación del trabajo en el valor añadido y en una serie de dinámicas del comportamiento de la renta (valorización de activos inmobiliarios y financieros) y no en el aumento real de la productividad, que en toda Europa crece a ritmos cada vez más lentos.
A estas reivindicaciones hay que sumar también el rechazo por parte de los discursos antirracistas e antimperialistas de la retórica xenófoba y beligerante, cuya deriva parece no tener fin como demuestra el asesinato racista de Pengo Bossio Wangi el pasado viernes 23 de octubre como consecuencia de un tiroteo indiscriminado efectuado en las localidades de Trappes y La Verrière, situadas al norte de París, que hirió además a otras cinco personas.
Si bien el discurso antiimperialista ocupa un primer plano en diversos colectivos pertenecientes al ámbito marxista, el discurso antirracista es sin duda más transversal, ya que está vinculado a la discriminación sistemática, que millones de franceses sufren en carne propia cada día.
Aunque no todos sus segmentos se vean afectados de la misma manera por las mismas formas de discriminación y explotación, sin duda todas estas subjetividades sufren desde hace años, desde hace décadas, la misma presión creciente por parte de un sistema, esto es, por parte del capitalismo neoliberal, que está destruyendo día tras día todos y cada uno de los pilares conquistado tras años y años de luchas obreras, mientras se verifica el avance de la miseria generalizada, de la competencia como forma de gobierno y de la valorización económica como estilo de vida. Ante la socialización de los costes y los riesgos y la privatización de los beneficios, el capitalismo se perfila como el problema fundamental, más aún en la actual fase imperialista en la que la guerra resurge como estrategia para resolver las contradicciones internas de los procesos de acumulación de capital y reafirmar las relaciones de subordinación impuestas a los Estados del Sur global
Es precisamente esta combinación de opresión económica y política y, por lo tanto, de lucha económica y política, cuya idéntica importancia ya destacaba Lenin en ¿Qué hacer?, la que sustenta la perseverancia del movimiento. Un movimiento con una composición de clase absolutamente heterogénea, pero que, en lo que respecta al componente político y social, encuentra traits d’union cada vez más profundos.
Por un lado, las formas de organización y de lucha convergen hacia el bloqueo, la huelga y la ocupación: interrumpir la producción y suspender la prestación de servicios básicos como palancas para imponer una relación de fuerzas y obtener respuestas concretas a las reivindicaciones fundamentales del movimiento.
Y no solo esto: a medida que esta relación de fuerzas se consolida, también empieza a ampliarse el alcance de las reivindicaciones, que, partiendo del ámbito de la educación, se extienden al aumento de los salarios y del presupuesto de la protección social, por citar solo las principales.
Por otro lado, aunque esté integrada por subjetividades muy diversas entre sí, la composición social del movimiento encuentra un sustrato común en la posición que ocupan dentro de la división de clases de la sociedad.
Aunque no todos sus segmentos se vean afectados de la misma manera por las mismas formas de discriminación y explotación, sin duda todas estas subjetividades sufren desde hace años, desde hace décadas, la misma presión creciente por parte de un sistema, esto es, por parte del capitalismo neoliberal, que está destruyendo día tras día todos y cada uno de los pilares conquistado tras años y años de luchas obreras, mientras se verifica el avance de la miseria generalizada, de la competencia como forma de gobierno y de la valorización económica como estilo de vida.
Ante la socialización de los costes y los riesgos y la privatización de los beneficios, el capitalismo se perfila como el problema fundamental, más aún en la actual fase imperialista en la que la guerra resurge como estrategia para resolver las contradicciones internas de los procesos de acumulación de capital y reafirmar las relaciones de subordinación impuestas a los Estados del Sur global.
Este discurso, capaz de articular reivindicaciones y consignas que a primera vista parecen distantes entre sí, está cobrando fuerza en Francia. Cada componente del movimiento desempeña su papel, aunque los objetivos sigan sin estar del todo claros por el momento.
La movilización de estudiantes universitarios y de secundaria cuenta con el apoyo de los sindicatos, que no solo respaldan las reivindicaciones de los jóvenes, sino que también convocan a otros sectores de trabajadores para que se organicen y se sumen al movimiento.
La izquierda extraparlamentaria, movilizada desde el primer momento, actúa en consecuencia e integra las reivindicaciones iniciales en una reflexión política más estructurada y anticapitalista. LFI proporciona una plataforma capaz de actuar como caja de resonancia institucional y defiende las reivindicaciones de la juventud, mostrando el verdadero rostro del macronismo y las dimensiones de la amenaza planteada por el Rassemblement National, partido que a estas alturas parecer ser la apuesta de la burguesía francesa para salvar el pellejo.
¿Y ahora qué? La Confédération Générale du Travail (CGT), el principal sindicato francés, ha convocado una huelga general para el 5 de noviembre, invitando a los trabajadores y trabajadoras a reunirse en asambleas en sus lugares de trabajo y a prepararse para generalizar la huelga en la medida de lo posible, mientras que para el sábado 31 de octubre está prevista otra jornada de movilizaciones en todo el territorio nacional. Para dar una idea del ambiente que se respira, a continuación reproducimos las declaraciones de Macron de este lunes 26 de octubre:
El próximo sábado sigue siendo un sábado de riesgo: sabemos que el 5 de noviembre hay una jornada de movilización nacional en la que participan la totalidad de los sindicatos. Pero en todo caso también hay otros muchos sábados; estas movilizaciones no tienen por qué repetirse cada sábado. Y entonces, ¿qué haremos?
En primer lugar, seguiremos estando organizados, estaremos presentes, protegeremos los bienes, a las personas, nuestros centros urbanos, nuestras tiendas, nuestros edificios públicos. Esta es la norma absoluta y es el compromiso que todos asumimos.
En segundo lugar, seguiremos contando con itinerarios de movilización establecidos, es decir, los itinerarios solicitados por los sindicatos representativos, que se desarrollarán fuera de los centros urbanos, para que las manifestaciones transcurran con tranquilidad y sin poner en peligro nuestras tiendas.
Estas declaraciones resumen, por si todavía fuera necesario, la postura del gobierno francés. Hay dos elementos que llaman especialmente la atención.
En primer lugar, la banalización de las manifestaciones, que no deben perturbar los decorosos centros urbanos, y del derecho a manifestarse: ¿quién dice que haya que manifestarse todos los sábados?
Pero, sobre todo, nos permitimos señalar la prioridad con la que se presentan los objetivos de la acción de protección de las fuerzas del orden: primero los bienes, luego las personas.
Y de nuevo: que las manifestaciones no pongan en peligro nuestras tiendas. Algunos dirán que se trata de un lapsus y no podríamos estar más de acuerdo. ¿Un lapsus? Sí, pero de clase.
*Filippo Greggi es doctorando en Economía en la Universidad Sorbonne Paris Nord y vive en París.
Notas
[1] Para ser precisos, las primeras huelgas y bloqueos en los institutos de Francia comenzaron en Mayotte a finales de agosto y se prolongaron durante varias semanas.
[2] Respectivamente, el RAID (Recherche, Assistance, Intervention, Dissuasion) es una unidad de elite de la Policía Nacional francesa, especializada en la gestión de crisis graves (toma de rehenes, terrorismo); el GIGN (Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale) es una unidad de elite de la Gendarmería Nacional, con prerrogativas similares a las del RAID; la BRI (Brigade de Recherche et d’Intervention) es una unidad de la Policía Nacional, especializada en situaciones de crisis de alto riesgo y en la intervención antes de que se cometa el acto.
[3] https://www.la-croix.com/a-vif/joseph-stiglitz-thomas-piketty-eva-joly-la-taxe-zucman-n-a-rien-de-radical-elle-est-rationnelle-20251022.
Fuente: Ant/agón
