Domenico Moro.
Foto: Abu Dabi, capital de Emiratos Árabes Unidos
07 de mayo 2026.
Como hemos intentado explicar en algunos artículos anteriores, la agresión contra Venezuela y la guerra emprendida contra Irán por parte de EE. UU. (e Israel) forman parte de una estrategia general destinada, en gran medida, a restablecer el control estadounidense sobre el mercado mundial del petróleo.
Dicho control es necesario por dos razones, ambas relacionadas con la naturaleza imperialista y parasitaria de los mecanismos económicos de EE. UU.
La primera es mantener el papel del dólar como moneda de intercambio comercial y de reserva a nivel mundial y, a través de él, financiar la enorme doble deuda (comercial y pública) y los mercados financieros estadounidenses.
La segunda es ejercer presión sobre las demás potencias mundiales importadoras netas de petróleo, empezando por China, que representa al verdadero competidor sistémico de EE. UU. y que, al menos hasta antes de los ataques estadounidenses, se abastecía en gran parte de Venezuela y, sobre todo, de Oriente Medio.
La salida de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) constituye otra pieza importante y significativa de esta estrategia.
El control del mercado del petróleo por parte del imperialismo, sobre todo de EE. UU., pasa, de hecho, por el debilitamiento de la OPEP. Vale la pena recordar cómo surge y qué es la OPEP.
La OPEP nace en 1960, inseriéndose en el proceso de descolonización de los países periféricos, que pretendían emanciparse del imperialismo europeo y estadounidense.
El objetivo de los países fundadores, empezando por los más importantes, como Arabia Saudí, Venezuela, Irán e Irak, era ejercer, en su calidad de países productores, el control sobre el precio del crudo y, sobre todo, asegurarse una mayor cuota de los beneficios de la venta del petróleo y sus derivados.
De hecho, antes de 1960, el control del mercado petrolero estaba exclusivamente en manos de siete grandes compañías petroleras británicas y estadounidenses, rebautizadas por el presidente de Eni, Enrico Mattei, como las «siete hermanas».
La OPEP es, en esencia, un cártel que establece cuotas de producción para cada país miembro con el fin de regular la oferta de petróleo y, con ello, los precios y las cuotas de mercado.
Pero la utilidad de la OPEP para los países miembros no se limitaba al control del precio y al reparto de los beneficios derivados del petróleo. La OPEP tenía en sus manos el llamado «poder del petróleo».
Las clases dirigentes de los países petroleros, en particular las de los países árabes, podían ejercer, a través del petróleo, un poder de chantaje sobre los países capitalistas avanzados, empezando por los EE. UU.
Este poder podía ejercerse para apoyar a los países árabes en su enfrentamiento con Israel, que contaba con el respaldo de los EE. UU. y los países europeos. Israel ya había ganado dos guerras contra los países árabes vecinos, sobre todo contra el principal de ellos, Egipto, que en 1967 perdió el Sinaí y Gaza. Unos años más tarde, en 1973, el presidente egipcio, Sadat, decidió, junto con Siria, volver a declarar la guerra a Israel.
También en esta ocasión, el ejército israelí estaba logrando imponerse a los ejércitos árabes. Sin embargo, Sadat había obtenido el apoyo de los Estados árabes de la OPEP, que subieron los precios del petróleo en un 70 %, recortaron la producción y, finalmente, decretaron el embargo petrolero contra los Estados Unidos, por el apoyo prestado a Israel.
De ello se derivó la gran crisis del petróleo y la recesión económica para los países occidentales.
En ese momento, bajo la presión estadounidense, se llegó a un alto el fuego entre las partes contendientes. El chantaje político del petróleo funcionó: Sadat, a pesar de haber perdido la guerra en el campo de batalla, logró sus objetivos: inducir a Israel a devolver una buena parte de los territorios ocupados anteriormente[i].
Sin embargo, la OPEP reunía y reúne a Estados muy diferentes entre sí y con objetivos distintos. Cuando estalló la revolución islámica en Irán en 1979, Irán y Libia, apoyados por Argelia y Nigeria, decidieron utilizar el arma del petróleo contra el imperialismo estadounidense, elevando los precios.
Arabia Saudí adoptó una postura contraria, ya que, junto con otros países del Golfo, entre ellos los Emiratos Árabes Unidos, había firmado en 1974 un tratado de alianza con EE. UU. en el que se comprometía a vender su petróleo únicamente en dólares a cambio de la protección militar estadounidense.
En 1980 se produjo el estallido de una guerra entre dos miembros de la OPEP, que se prolongó hasta 1988. Irán fue atacado por el Irak de Sadam Husein, instigado y financiado por los EE. UU.
Del lado de Irak se alinearon también las monarquías petroleras del Golfo, mientras que del lado de Irán se situó Libia. Así pues, con el paso del tiempo, Estados Unidos logró de alguna manera dividir a la OPEP desde dentro, en parte porque estaba y está compuesta por países con clases dominantes que tienen intereses diversos y, a menudo, opuestos.
No obstante, la OPEP seguía siendo una organización capaz de controlar el mercado del petróleo, representando así un poder con el que Estados Unidos y Occidente tendrían que relacionarse de todos modos.
Llegamos, pues, a la actualidad. La OPEP, compuesta por once países, conserva una fuerza importante. Posee el 79,08 % de las reservas mundiales de petróleo, el 44,57 % de las exportaciones y el 36,70 % de la producción (2025)[ii].
Sin embargo, en los últimos años, gracias al fracking, Estados Unidos ha logrado aumentar su producción de petróleo y ya no depende de las importaciones de petróleo como en 1973.
Se han convertido, en cambio, en el primer productor mundial de petróleo, contrarrestando así el control que la OPEP ejerce sobre el mercado mundial.
En respuesta al liderazgo de los Estados Unidos, la OPEP se ha aliado con la OPEP+, constituida en 2016 y que agrupa a otros diez países productores de petróleo, entre los que destaca especialmente Rusia, que es el tercer productor mundial, después de los Estados Unidos y Arabia Saudí.
Es en este marco de competencia entre la OPEP y la OPEP+, por un lado, y los EE. UU., por otro, donde se inscriben las últimas acciones militares estadounidenses.
No es casualidad que los EE. UU. se hayan convertido recientemente también en el primer exportador mundial, superando a Arabia Saudí, con 250 millones de barriles exportados en las últimas nueve semanas.
El bloqueo de Ormuz y, por ende, del petróleo del Golfo, provocado por la guerra contra Irán, ha sido sin duda un factor muy importante en este hito de EE. UU., cuyas exportaciones de crudo han crecido un 30 %.
A esto se suma la agresión a Venezuela, que es, como país individual, el mayor poseedor de reservas petroleras mundiales y que, al igual que Irán, forma parte de la OPEP.
Sin contar que también forman parte de la OPEP Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak, todos ellos países ribereños del Golfo Pérsico cuyas exportaciones de crudo se vieron bloqueadas primero por las represalias iraníes contra los bombardeos estadounidenses y luego por el bloqueo total de Ormuz impuesto por Trump.
Por lo tanto, resulta evidente que, en estos primeros meses de 2026, Trump ha puesto en su punto de mira precisamente a la OPEP, es decir, al mayor cártel petrolero del mundo.
También forma parte de esta estrategia el intento de debilitar a la OPEP, provocando la salida de algún miembro importante, como los Emiratos Árabes Unidos.
Los Emiratos Árabes Unidos son un país muy ambicioso, que ha intervenido, incluso militarmente, un poco por todas partes, en apoyo del imperialismo, desde Libia hasta Yemen, donde últimamente se ha encontrado en conflicto con Arabia Saudí.
Sin embargo, se trata de un país muy pequeño, con apenas 9,7 millones de habitantes, la mayoría de los cuales son trabajadores inmigrantes, especialmente procedentes del subcontinente indio, de Filipinas y de otros países árabes, que sufren condiciones de fuerte explotación.
Aunque cuenta con una economía relativamente diversificada (acero, aluminio, turismo), el punto fuerte de los EAU es el petróleo. Sus exportaciones, que ascienden a 2,88 millones de barriles al día, ocupan el tercer lugar de la OPEP, tras Arabia Saudí e Irak; su producción es la cuarta y sus reservas, las quintas[iii].
Sin embargo, los EAU tienen una capacidad de producción potencial mucho mayor que la efectiva, que se ve limitada por las cuotas impuestas por la OPEP.
En este sentido, los EAU se han enfrentado a Arabia Saudí, ya que desearían aumentar la producción y las exportaciones para incrementar sus ingresos y diversificar el desarrollo económico.
Por otra parte, la capacidad productiva potencial de los EAU resulta atractiva para Trump, ya que puede ayudar a EE. UU. a aumentar la oferta y mantener bajos los precios, lo cual es, en definitiva, un objetivo estratégico estadounidense. Pero no tan bajos como para que la producción de petróleo estadounidense mediante fracking, cuyos costes son más elevados que los de Oriente Medio, resulte no rentable.
A todo esto hay que añadir que los Emiratos Árabes Unidos son estrechos aliados de Israel, a diferencia de las demás petromonarquías del Golfo, empezando por Arabia Saudí, ya que se adhirieron en 2020 a los Acuerdos de Abraham, ideados por Trump para «normalizar» las relaciones entre los países árabes e Israel.
Los Emiratos Árabes Unidos son el único país al que Israel ha concedido el uso del Iron Dome, su sistema de defensa antimisiles.
Según algunos comentaristas, con la guerra los países del Golfo se habrían distanciado de EE. UU., en cuya moneda venden su petróleo y en cuya protección militar confiaban, debido a que las bases estadounidenses que albergan no solo no los han protegido, sino que, por el contrario, han atraído la represalia iraní, que también ha dañado sus instalaciones de extracción de petróleo y gas.
Esto, sin embargo, no parece haber ocurrido con los Emiratos Árabes Unidos, que abandonaron la OPEP precisamente para ganarse el favor de EE. UU.
Al parecer, los Emiratos Árabes Unidos, que sufren enormes pérdidas no solo por el bloqueo de las exportaciones de petróleo, sino también por el del turismo, han recurrido a EE. UU. para obtener la concesión de líneas de swap en dólares.
Los swaps son acuerdos entre la Reserva Federal de EE. UU. (Fed) y otros bancos centrales para intercambiar divisas, garantizando liquidez en dólares al sistema financiero.
Se trata de un sistema utilizado por la Fed para apoyar a otros países, por ejemplo a los países occidentales durante la crisis financiera de 2007-2008, y es una forma de aumentar la influencia de EE. UU. sobre los países extranjeros y reforzar la supremacía del dólar. Además, el ministro del Tesoro de EE. UU., Scott Blesset, está valorando conceder líneas de swap también a otros países del Golfo Pérsico, además de a los EAU.
Se trata de países que, gracias a las exportaciones de petróleo, siempre han tenido grandes ingresos en dólares, que luego invertían e invierten en títulos del Estado estadounidense.
Pero EE. UU. también ha recibido de los EAU otras contrapartidas, además de la salida de la OPEP. Una de ellas consiste en el compromiso de realizar inversiones cuantiosas en la economía estadounidense, algo que Trump está tratando de conseguir de todo el mundo, incluso recurriendo al chantaje de los aranceles.
El año pasado, los EAU prometieron a Trump un billón de dólares en inversiones, pero luego no se concretó nada.
Ahora, la ADNOC, la empresa petrolera estatal de los Emiratos, ha anunciado una importante campaña de inversiones en EE. UU., sobre todo en el sector del gas, y su presidente, Siddiqui, ha declarado que «Estados Unidos es un mercado en el que queremos apuntar alto», invirtiendo en toda la cadena de valor del gas, desde la extracción hasta las regasificadoras[iv].
Cabe recordar que, entre los países del Golfo, también Qatar ha invertido en el gas estadounidense, al ser accionista al 70 % de Golden Pass LNG, la última terminal de exportación que ha entrado en funcionamiento en EE. UU.
El acuerdo entre Catar y Exxon-Mobil, una de las mayores empresas petroleras estadounidenses, se firmó en febrero de 2019, dos meses después de que Catar abandonara la OPEP, de la que era uno de los países fundadores. Ahora le toca el turno a los Emiratos.
La salida de los EAU supone un duro golpe para la OPEP, ya que los Emiratos son uno de los pocos países capaces de modular su producción de crudo, aumentándola cuando es necesario.
Una vez salidos los Emiratos, solo quedan en la OPEP Arabia Saudí y, de forma mucho más limitada, Kuwait, capaces de hacerlo. Esto hace que la OPEP sea menos capaz de contrarrestar la superpotencia energética de EE. UU., que, conviene recordar, tiene una producción petrolera casi igual a la de Arabia Saudí y Rusia juntas.
En conclusión, la guerra contra Irán se dirige, por tanto, también contra la OPEP, y es un aspecto de la lucha de EE. UU. por apuntalar su hegemonía mundial en declive, que pasa también por el control de las materias primas, en particular del petróleo.
Un control que resulta decisivo para conservar el papel del dólar como moneda mundial, necesario para garantizar el funcionamiento de los mecanismos parasitarios del capitalismo imperialista estadounidense.
Traducción nuestra
*Domenico Moro es sociólogo. Investigador en el campo sociológico y del marketing, ha publicado Il Militare e la Repubblica, sobre el nuevo modelo de defensa, y numerosos artículos y ensayos de carácter sobre todo económico e histórico en distintos medios periodísticos y en revistas teóricas y de actualidad política, entre ellas Marxismo Oggi y Rinascita della Sinistra. El Viejo Topo publicó en 2013 su libro Nuevo compendio de El Capital y en 2015 Bilderberg. La élite del poder mundial. Su última obra publicada por el Viejo Topo es La Jaula del Euro.
Notas
[i] Benito Li Vigni, Las guerras del petróleo. Estrategias, poder, nuevo orden mundial, Editori Riuniti, Roma 2004.
[ii] OPEP, Boletín Estadístico Anual, 2026.
[iii] Ibidem.
[iv] Sissi Bellomo, «Emiratos: adiós a la OPEP: un paso atrás que hace un guiño a Trump», il Sole24ore, 29 de abril de 2026.
Fuente original: LABORATORIO per il socialismo XXI secolo
