LO QUE NO SE PUEDE DESAPRENDER: LA DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA. Cira Pascual Marquina.

Cira Pascual Marquina.

30 de abril 2026.

El chavismo, forjado a lo largo de años de lucha y marcado por una acumulación histórica de aprendizaje político, sigue siendo una fuerza con capacidad para defender, corregir si es necesario, y hacer avanzar el proceso.


Hace poco asistí a una asamblea en el oeste de Caracas en la que los comuneros debatían cómo priorizar los escasos recursos. El debate no fue fácil. Había desacuerdo sobre si invertir primero en un sistema de agua, en una iniciativa productiva o en la reparación de un espacio comunitario.

Las voces se solapaban a veces, se planteaban y replanteaban argumentos, y las decisiones no se tomaban con rapidez. Desde fuera, podría parecer una reunión rutinaria e incluso tediosa. Desde dentro, es algo muy distinto: un esfuerzo colectivo por reflexionar sobre la vida material bajo presión.

Asambleas como esta no son excepcionales. Forman parte del funcionamiento cotidiano de una sociedad que, incluso en condiciones de asedio imperialista, sigue organizando su vida material y política.

Esto es algo que a menudo se pasa por alto en los relatos sobre Venezuela escritos desde lejos, donde la atención tiende a centrarse en la “alta política” —declaraciones institucionales, negociaciones, respuestas geopolíticas— mientras se pasa por alto el denso entramado de la práctica política cotidiana que sustenta el proceso.

Mi argumento aquí es que lo que podría percibirse como simple inercia se entiende mejor como algo más profundo: la expresión de un proceso histórico en curso que, a lo largo de más de dos décadas, ha transformado no solo las instituciones, sino también las capacidades de la propia gente.

Para comprender la perdurabilidad de la Revolución Bolivariana apenas cuatro meses después del secuestro del presidente Maduro y el ataque al país, no basta con fijarse en el Estado, el liderazgo o incluso la política económica, aunque no debemos renunciar al análisis en ese terreno.

También hay que examinar un terreno diferente: la producción de conciencia política.

Lo que está en juego no es solo la soberanía en su sentido formal, sino hasta qué punto una sociedad ha desarrollado la capacidad de comprenderse, organizarse y reproducirse a sí misma —lo que en otros lugares he denominado “soberanía popular. Es aquí donde la cuestión de la educación popular cobra un papel central.

El imperialismo opera no solo a través de la fuerza material, sino también mediante la producción de significado. Su violencia no es meramente destructiva; es pedagógica.

Los golpes de Estado y los intentos de golpe, los bombardeos, los secuestros y los bloqueos están diseñados para debilitar a un país materialmente, pero también para inculcar lecciones: que la resistencia es inútil, que la soberanía es insostenible, que la sumisión es inevitable.

Esta pedagogía se extiende al ámbito simbólico. Las narrativas de los medios de comunicación dominantes hablan de “normalización” en Venezuela —es decir, un reajuste gradual al orden global dictado desde el Norte— o, alternativamente, se refieren a una “dictadura” aún vigente, sobre la que se cierne un colapso inminente.

En ambos casos, la operación es la misma: sobrescribir la realidad vivida y producir un sentido común en el que las alternativas al orden capitalista e imperialista parezcan impensables. De este modo, el imperialismo busca moldear no solo lo que las personas pueden hacer, sino lo que creen que es posible.

Lamentablemente, algunos sectores de la izquierda terminan reproduciendo un marco similar, aunque en un lenguaje diferente.

Cuando sugieren —explícita o implícitamente— que lo ocurrido en Venezuela después del 3 de enero equivale a traición o capitulación, no solo tergiversan el proceso, sino que también borran la agencia del pueblo venezolano.

Al hacerlo, reproducen una lógica que reduce a los chavistas a meros espectadores, en lugar de reconocerlos como protagonistas de un proceso que han construido y sostenido activamente.

Aprender a través de la lucha

Sin embargo, este discurso encuentra sus límites cuando se enfrenta a una sociedad políticamente organizada. En Venezuela, el intento del imperialismo de imponer una pedagogía de la resignación choca con algo con lo que me encuentro a diario: un pueblo que ha aprendido, a través de la práctica, a interpretar sus condiciones y a actuar en consecuencia.

Por supuesto, este proceso se ha desarrollado de forma desigual, como ocurre en cualquier experiencia revolucionaria, donde la conciencia política y la organización se desarrollan a ritmos diferentes en distintos territorios y sectores. Pero esa desigualdad no niega la transformación.

Lo que existe aquí hoy es una sociedad marcada por la experiencia de una práctica política compartida que abarca cerca de tres décadas.

Desde sus inicios, el Proceso Bolivariano situó la educación en el centro de su proyecto. Bajo el liderazgo de Hugo Chávez, nunca se trató como una cuestión secundaria o técnica, sino como un terreno decisivo de lucha. Esta orientación se inspiró en el «Árbol de las Tres Raíces», que incluye no solo al líder independentista Simón Bolívar y al revolucionario campesino Ezequiel Zamora, sino también a Simón Rodríguez.

Rodríguez, el maestro de Bolívar, sostenía que las repúblicas latinoamericanas emergentes no podían construirse sobre formas de pensamiento coloniales heredadas.

Su insistencia en que “o inventamos o erramos” sirvió como principio metodológico: la transformación social requiere la producción de nuevas formas de pensar, fundamentadas en la práctica.

El énfasis de Chávez en la educación popular puede interpretarse como una continuación de esta tradición robinsoniana (Robinson era el seudónimo de Rodríguez) en las condiciones contemporáneas.

Esta perspectiva encontró una expresión concreta en iniciativas como la Misión Robinson, que, con el apoyo de las brigadas internacionalistas cubanas, alfabetizó a 1,5 millones de venezolanos.

Pero reducir la dimensión pedagógica de la revolución a programas formales sería pasar por alto su aspecto más decisivo.

Lo que se ha desarrollado a lo largo de los años es algo más amplio: un vasto proceso en el que el aprendizaje tiene lugar a través de la participación en la propia vida social y política —mediante asambleas, movilizaciones, luchas por la tierra y la acción organizada—.

Se complementó con un esfuerzo sostenido de formación política, en el que Hugo Chávez desempeñó un papel central como educador popular, vinculando constantemente la historia y la teoría con los retos concretos y vividos de la construcción del socialismo.

Las luchas por la tierra, los contragolpes y las asambleas comunitarias no son solo formas de acción; son procesos de formación.

En ellos, las personas aprenden a deliberar, a enfrentarse a relaciones de dominación arraigadas, a gestionar recursos colectivos, a superar contradicciones no antagónicas y a asumir la responsabilidad de los resultados compartidos. A través de estas prácticas, se forman nuevos sujetos políticos, capaces de comprender, organizar y transformar su realidad.

El resultado ha sido una transformación amplia, aunque desigual. La revolución no solo ha alterado el acceso a los recursos o a las instituciones; ha ampliado el número de personas capaces de pensar y actuar políticamente.

Irreversibilidad: lo que no se puede deshacer

Es aquí donde la cuestión de la irreversibilidad, que Chris Gilbert planteó en un artículo reciente, se vuelve decisiva. Basándose en la obra del filósofo húngaro István Mészáros, Chávez argumentó que los procesos revolucionarios podrían, bajo ciertas condiciones, llegar a un punto de no retorno.

Esta noción se interpreta a menudo en términos institucionales, pero su dimensión más profunda se encuentra en el nivel de base, donde el cambio es, a falta de una palabra mejor, molecular.

Tras más de veintisiete años, la Revolución Bolivariana ha generado una densa acumulación de experiencia política vivida. Millones de personas han participado en procesos de organización, toma de decisiones y lucha. No solo han sido testigos de la política, sino que la han practicado.

Desde dentro de ese proceso, queda claro que tal experiencia no puede revertirse fácilmente.

Las instituciones pueden transformarse, las políticas pueden revocarse y los recursos pueden reasignarse. Pero el conocimiento producido a través de la práctica vivida —la capacidad de interpretar y organizar— no desaparece tan fácilmente.

Las personas (incluida la dirección política del proceso) no pueden simplemente «desaprender» lo que han vivido.

Si la Revolución Bolivariana ha funcionado como un vasto campo de aprendizaje político, su expresión más desarrollada reside en las comunas. Allí, la toma de decisiones colectiva es una práctica cotidiana.

La comuna no es un refugio local frente al sistema, ni una mera unidad administrativa. Es un espacio donde se forjan nuevas relaciones sociales —donde, potencialmente, la cooperación desplaza a la competencia, y donde la política se vuelve inseparable de la organización de la vida misma.

Al mismo tiempo, sería un error tratar el proyecto comunal como autosuficiente o omnicomprensivo. Desde una perspectiva chavista, marxista y leninista, la comuna no puede permanecer aislada para cumplir su verdadero potencial revolucionario.

Debe convertirse en nacional, articulada con otras esferas de poder, incluido el gobierno.

El horizonte no es un mosaico de experiencias locales inconexas, sino la transformación de la sociedad en su conjunto.

No se trata de una preocupación abstracta. Desde mi punto de vista, está claro que las comunas —aún marginales en la economía nacional— no pueden sostenerse ni expandirse si el Estado cae en manos de fuerzas hostiles a la revolución.

Perder el gobierno no significaría la desaparición inmediata de la organización popular, pero interrumpiría la posibilidad de avanzar hacia una democracia sustantiva capaz de erosionar el metabolismo del capital que comienza a emerger en las comunas.

Esto no implica que el apoyo al gobierno deba ser acrítico. La relación entre el poder popular y el Estado ha sido objeto de controversia en ocasiones desde los primeros días de la revolución. Ha habido momentos en que el gobierno se ha distanciado del proyecto comunal, para luego volver a él bajo la presión de sectores organizados.

Contra la apuesta «segura»

Esto nos lleva de nuevo a las declaraciones derrotistas de los intelectuales de izquierda que mencionaba antes, quienes insisten en que la Revolución Bolivariana ya ha terminado, que el Gobierno ha capitulado, que lo que queda es poco más que un cascarón vacío. Desde fuera, esto puede parecer realismo. Desde dentro, refleja un profundo malentendido del proceso. En su núcleo subyace una incapacidad para comprender la irreversibilidad.

Quienes declaran o dan a entender que todo está perdido tienden a centrarse en el Gobierno como si fuera el único depositario de la revolución. Desde esa perspectiva, cualquier concesión o retroceso parece una prueba definitiva del colapso.

Lo que desaparece de la vista es la experiencia política acumulada de millones de personas que han aprendido, a lo largo de décadas, a organizarse, deliberar y actuar colectivamente —y, a través de esa práctica, también son capaces de identificar errores, formular críticas y presionar para que se rectifique cuando es necesario.

Esta omisión no es neutral. A menudo refleja o bien una lente eurocéntrica que hace invisible al sujeto político del Sur Global, o bien una lente geopolítica burda que privilegia la forma institucional por encima de la experiencia vivida y subestima la capacidad de acción de las personas organizadas.

Desde ese punto de vista, la revolución se convierte en algo que puede declararse “acabado” desde la distancia. Desde mi punto de vista, esa afirmación no se sostiene.

Declarar que “se ha acabado” no es simplemente un error analítico; tiene consecuencias políticas. Dificulta la lucha en un momento histórico muy complicado, contribuye a la desmoralización y debilita la capacidad colectiva para sortear terrenos difíciles.

Por supuesto, siempre es una apuesta intelectual mucho más “segura” declarar la capitulación, distanciarse, preservar la pureza analítica; es más segura porque la realidad sobre el terreno rara vez es agradable y nunca es cierta. Pero esa es una apuesta hecha desde fuera.

Dentro del Proceso Bolivariano, la característica definitoria ha sido otra: la negativa a abandonar la lucha mientras las condiciones sigan abiertas. Además, las acusaciones de traición o capitulación no solo son falsas, sino también políticamente perjudiciales.

Reducen dinámicas complejas a juicios morales y oscurecen el terreno estratégico en el que se desarrolla el proceso.

No se trata simplemente de una cuestión de narrativas contrapuestas, sino de cómo se produce y se entiende la realidad misma. En Venezuela, estas narrativas se topan con una dificultad específica: chocan con un movimiento políticamente organizado que ha aprendido a interpretar la realidad de forma conjunta.

Hay, por supuesto, decisiones en las que la gente no participa directamente, pero el debate siempre está presente. Además, en las comunas sólidas, la vida no sigue una lógica impuesta desde arriba; se produce en conjunto, se forja en las asambleas y en las prácticas cotidianas.

Por eso es importante escuchar a la base chavista —a veces crítica con políticas específicas, pero que apoya al Gobierno—: permite distinguir entre lo que se dice sobre nuestra realidad y lo que realmente se vive.

Defender la Revolución Bolivariana en 2026, pues, no es solo denunciar la agresión externa. Es defender y profundizar los procesos a través de los cuales un pueblo está aprendiendo a gobernarse a sí mismo. Y lo que se ha aprendido no desaparece con un cambio de política o un momento de retroceso. Persiste como capacidad y conciencia. Y eso, por supuesto, tiene implicaciones materiales en la lucha.

No hay garantías de victoria. Los procesos revolucionarios se desarrollan en condiciones adversas, moldeados en cierta medida por fuerzas que a menudo escapan a su control. Marx comparó la revolución con un topo que puede pasar a la clandestinidad, pero que sigue siendo una fuerza telúrica.

Lo que existe hoy en Venezuela no es un proyecto agotado a la espera de derrumbarse. Es un pueblo que ha aprendido —de forma desigual, pero decisiva— a organizarse, a estudiar la realidad y a luchar colectivamente.

Esa experiencia acumulada no puede descartarse ni ignorarse. Tampoco puede abandonarse en favor de la predicción intelectualmente “segura” de la derrota.

El chavismo, forjado a lo largo de años de lucha y marcado por una acumulación histórica de aprendizaje político, sigue siendo una fuerza con capacidad para defender, corregir si es necesario, y hacer avanzar el proceso.

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Sacudiendo el mundo: Informes desde la Venezuela revolucionaria es una columna quincenal de Cira Pascual Marquina para MR Online, que ofrece análisis de primera línea sobre el imperialismo, el poder popular y la lucha revolucionaria en Venezuela.

Traducción nuestra


*Cira Pascual Marquina es educadora popular en la Pluriversidad Patria Grande, la iniciativa educativa de la Comuna El Panal. También es miembro de la Red Internacional de Democracia Comunal. Junto con Chris Gilbert, Pascual Marquina es coautora de Venezuela, el presente como lucha: Voces de la Revolución Bolivariana (Monthly Review Press), la serie de libros Resistencia comunal frente al bloqueo imperialista (Observatorio Venezolano Antibloqueo) y Protagonistas: construcción comunal en tiempos de bloqueo imperialista (Observatorio y PT). Ambos son también fundadores y presentadores de Escuela de Cuadros.

Fuente original: MRonline

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