ULTIMÁTUM A BARBARIA. Lorenzo Maria Pacini.

Lorenzo Maria Pacini.

04 de mayo 2026.

El posible colapso de las negociaciones y la reanudación de la guerra implicarían la continuación y, tal vez, el agravamiento de una catástrofe a escala mundial.


Entre la coacción y la diplomacia estructurada

He aquí en qué punto nos encontramos. El ultimátum lanzado por Irán representa un episodio de extraordinaria importancia geopolítica.

La propuesta de catorce puntos, transmitida a través de canales diplomáticos indirectos (concretamente a través de Pakistán), no se limita a esbozar una vía hacia la desescalada militar, sino que constituye una auténtica redefinición de los equilibrios regionales y mundiales.

La característica distintiva de esta iniciativa radica en su naturaleza estructural: no se trata de una tregua temporal, sino de un intento de imponer una solución permanente al conflicto en todos los frentes.

Este enfoque implica una transformación cualitativa de la postura estratégica de Irán, pasando de una lógica defensiva y reactiva a una proactiva y sistémica. La pregunta es: ¿qué sucederá?

El ultimátum de un mes es una herramienta típica de la diplomacia coercitiva, pero presenta características únicas. Tradicionalmente, los ultimátums de este tipo se asocian con amenazas implícitas o explícitas de escalada militar, pero en el caso iraní va acompañado de una plataforma de negociación detallada y coherente.

Los puntos principales —garantías escritas de no agresión, retirada de las fuerzas estadounidenses, fin del bloqueo naval, liberación de los activos congelados y pago de reparaciones— esbozan una visión holística de la seguridad regional.

No se trata meramente de exigencias tácticas, sino de condiciones estructurales para una redefinición del orden geopolítico en el Golfo Pérsico y, en términos más amplios, en todo Oriente Medio.

La exigencia de un nuevo mecanismo para gestionar el estrecho de Ormuz reviste importancia tanto simbólica como estratégica. Este paso marítimo es, como es bien sabido, uno de los puntos de estrangulamiento clave del sistema internacional, y el control o la influencia sobre él confiere un poder de negociación desproporcionado en relación con la importancia económica de los actores implicados.

Ejercer plena autonomía sobre Ormuz significaría establecerse oficialmente como superpotencia mundial.

Un aspecto crucial del ultimátum es su coherencia interna. Según la narrativa iraní, los catorce puntos han sido revisados y aprobados por todos los principales órganos de decisión iraníes, incluida la máxima autoridad asociada a Mojtaba Jamenei.

Este consenso institucional refuerza la credibilidad de la propuesta, reduciendo el riesgo de divisiones internas que podrían socavar su implementación. En términos teóricos, esto se traduce en un aumento de la «credibilidad ante la audiencia»: un actor que adopta públicamente una postura compartida internamente tiene menos probabilidades de dar marcha atrás sin incurrir en importantes costes políticos.

La continuidad de las exigencias —descritas como consistentes «durante semanas»— también sugiere una planificación estratégica a largo plazo, más que una reacción contingente a la evolución del conflicto.

El rechazo preliminar del presidente Donald Trump a la propuesta pone de relieve la profundidad de la brecha entre las posiciones de las partes, aunque la apertura implícita a las negociaciones sobre ciertos puntos indica que todavía hay margen, aunque limitado, para la diplomacia. O al menos eso es lo que se le está diciendo al público en general, mientras que detrás de las cámaras se desarrollan otras dinámicas.

Desde la perspectiva de EE. UU., aceptar plenamente las demandas de Irán equivaldría a reconocer una derrota estratégica en la región. La retirada total de las fuerzas militares y el fin del bloqueo naval implicarían, de hecho, una drástica reducción de las capacidades de proyección de poder de Estados Unidos en el Golfo Pérsico.

Por otra parte, el rechazo total corre el riesgo de desencadenar una nueva fase de escalada, con consecuencias potencialmente desestabilizadoras para todo el sistema internacional.

Los dirigentes estadounidenses son muy conscientes de los costes y beneficios de esta guerra, y con cada día que pasa se van haciendo balance de las ganancias y las pérdidas.

Disuasión y control estratégico, con la mirada puesta en la cuestión nuclear

Uno de los elementos más controvertidos en los informes de los medios iraníes es la afirmación de que Irán ha «expulsado efectivamente» a Estados Unidos del Golfo Pérsico y ha tomado el control del estrecho de Ormuz. Aunque tales declaraciones pueden interpretarse como parte de una estrategia de comunicación, reflejan la percepción de un fortalecimiento de las capacidades de disuasión de Irán.

La disuasión, en este contexto, no se basa exclusivamente en capacidades convencionales, sino también en herramientas asimétricas: misiles balísticos, drones, guerra híbrida y la capacidad de interrumpir las rutas marítimas.

Este enfoque permite a Teherán contrarrestar la superioridad militar convencional de Estados Unidos.

Romper el bloqueo naval, de confirmarse, representaría un elemento más de éxito estratégico, ya que demostraría la capacidad de Irán para eludir o neutralizar los instrumentos tradicionales de presión económica.

Un punto especialmente significativo es la negativa de Irán a debatir el expediente nuclear sin una resolución permanente del conflicto. Esta postura revoca la lógica negociadora que caracterizó a acuerdos anteriores, como el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC).

En este caso, la cuestión nuclear se convierte en una palanca subordinada a un acuerdo político más amplio, en lugar de ser el punto central de las negociaciones. Esto refleja una creciente conciencia por parte de Irán del valor estratégico de su programa nuclear como herramienta de presión.

Contamos también con una coordinación estratégica con China, lo que constituye quizás el elemento más significativo en términos sistémicos. La alineación entre Teherán y Pekín sugiere el deseo de forjar un eje geopolítico como alternativa a la hegemonía occidental, cerrando de hecho, por así decirlo, el sur de Asia y todo el Rimland geopolítico.

La referencia a una cumbre en Pekín entre líderes de alto nivel, incluido el presidente Xi Jinping, indica que la cuestión iraní se integra ahora en una competencia más amplia entre grandes potencias.

Para China, Irán representa un socio estratégico clave, tanto por razones energéticas como por su posición geográfica a lo largo de las rutas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. El apoyo de Pekín —aunque sea implícito— refuerza la posición negociadora de Teherán y limita las opciones de Estados Unidos para ejercer presión.

Las consecuencias de este escenario, que quede claro, son potencialmente «devastadoras». En primer lugar, una redefinición del equilibrio de poder en el Golfo Pérsico podría tener efectos directos en los mercados energéticos mundiales, aumentando la volatilidad de los precios del petróleo y el gas.

En segundo lugar, el éxito de Irán a la hora de resistir e imponer sus propias condiciones podría animar a otros actores regionales a desafiar el orden internacional existente. Este fenómeno, conocido como la «propagación de la resistencia», podría acelerar la transición hacia un sistema multipolar.

Por último, pero no por ello menos importante, el posible colapso de las negociaciones y la reanudación de la guerra implicarían la continuación y tal vez el agravamiento de una catástrofe a escala mundial que ya hemos analizado en profundidad.

Más que un mero episodio de negociación, este acontecimiento puede interpretarse como un indicador de transformaciones estructurales en el sistema internacional.

Su evolución en los próximos meses será decisiva no solo para el futuro de Oriente Medio, sino para todo el orden mundial.

La rigidez de las posiciones y la estrechez del margen de tiempo —«un mes»— acentúan el carácter crítico de la situación, dejando claro que el sistema internacional se encuentra en una fase de transición altamente inestable e impredecible.

Traducción nuestra


*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.

Fuente original: Strategic Culture Foundation

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