EL PELIGROSO ENTRAMADO ENTRE ESTADOS UNIDOS, JAPÓN Y EL GOLFO PÉRSICO (PARTE II). Giacomo Gabellini.

Giacomo Gabellini.

Foto: JuSun/Getty Images/iStockphoto

04 de septiembre 2026.

Guerra, crisis, aumento sin precedentes de la deuda pública: ¿cómo influyen los factores internos y externos en la economía de Estados Unidos? (Parte II)


El aumento de los casos de insolvencia socava los cimientos del tambaleante sector del crédito privado, cuyos balances se ven lastrados por una carga de préstamos deteriorados en constante aumento.

EL PELIGROSO ENTRAMADO ESTADOS UNIDOS-JAPÓN-GOLFO PÉRSICO (PARTE I). Giacomo Gabellini.

El «Financial Times» informa que los créditos clasificados como no productores de intereses por las 20 principales Business Development Company (fondos cotizados que invierten en el sector del crédito privado) aumentaron a un promedio del 2,8 % de su costo en el segundo trimestre, en comparación con el 2 % registrado a finales de marzo.

Los analistas de Fitch Ratings han advertido que los incumplimientos en el crédito privado alcanzaron un nuevo récord en julio, mientras que gigantes como BlackRock, Apollo Global Management y Morgan Stanley han impuesto límites a los retiros de capital ante las numerosas solicitudes de retiro por parte de los inversionistas. Blue Owl Capital incluso bloqueó los reembolsos en algunos fondos y se vio obligada a vender 1,4 mil millones de dólares en activos para obtener liquidez.

Además, el crédito privado representa una fuente de financiamiento imprescindible para las empresas de alta tecnología que operan en el ecosistema de la inteligencia artificial, en el centro de la mayor burbuja especulativa de todos los tiempos.

Según una estimación elaborada por UBS, el monto de los préstamos privados relacionados con la inteligencia artificial prácticamente se duplicó a lo largo de 2024.

Morgan Stanley, por su parte, sostiene que los mercados de crédito privado podrían aportar más de la mitad de los 1,5 billones de dólares necesarios para la construcción de los centros de datos previstos para 2028.

Gran parte del crédito se ha otorgado en forma de préstamos muy poco flexibles y, por lo tanto, difíciles de renegociar en períodos turbulentos. Entre 2020 y 2025, el crédito privado creció casi un 50 %, por un valor aproximado de 3 billones de dólares, y alrededor del 40 % se otorgó a empresas dedicadas al software.

Se trata de un sector particularmente sensible al impacto de la inteligencia artificial, capaz de poner en tela de juicio modelos de negocios consolidados, reducir los márgenes operativos y dejar obsoletas categorías enteras de productos. Las estimaciones sugieren que las tasas de insolvencia podrían alcanzar el 15 % y tal vez incluso más si la situación de dificultad se agravara.

Las consecuencias serían catastróficas, dado el alto nivel de interconectividad de los actores que operan en el sector del crédito privado con los principales bancos estadounidenses, de los que obtienen liquidez regularmente.

Actualmente, el llamado crédito a instituciones financieras no depositarias representa alrededor del 14 % de las carteras de préstamos bancarios y registra tasas de crecimiento más rápidas que las de cualquier otra categoría.

Los principales bancos, entre ellos JPMorgan Chase, Bank of America, Wells Fargo, Citigroup, etc., suman una exposición del orden de cientos de mil millones de dólares hacia el segmento del crédito privado.

En caso de que este último comenzara a tambalearse, el impacto se propagaría rápidamente hasta el corazón del sistema financiero. Lejos de eliminarlo, el crédito privado simplemente ha «diluido» el riesgo bancario.

El crédito privado, además, está entretejido con complejos mecanismos financieros que amplifican el riesgo, como los préstamos apalancados, los préstamos con valor neto de activos (NAV) y los préstamos de pago en especie (PIK), en los que los fondos toman dinero prestado contra sus propias carteras de préstamos, creando de hecho un apalancamiento financiero sobre el apalancamiento.

En este contexto, una simple sacudida que afectara a la categoría de los productores de software provocaría un efecto dominó destinado a impactar a toda la cadena financiera subyacente, desde los proveedores de crédito privado hasta los grandes bancos que los financian.

El aumento de la inflación representa, por lo tanto, una verdadera bomba de tiempo colocada en la base del sistema económico estadounidense. La Reserva Federal, sin embargo, cuenta con muy pocos instrumentos a su disposición para desactivarla.

Un aumento de las tasas implicaría un mayor peso en las cuotas para la amplia audiencia de prestatarios empobrecidos por el alto costo de vida y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios (que han disminuido en términos reales durante tres meses consecutivos), además de un aumento vertiginoso de los costos de refinanciamiento de la deuda federal, que ya en la actualidad absorben más de un billón de dólares debido a las crecientes preocupaciones sobre la sostenibilidad de la deuda (que ha superado el umbral crítico de los 40 billones de dólares), al aumento desmedido del déficit presupuestario (cercano al 6 % del PIB), a la expansión del déficit de la balanza de pagos (+226 mil millones de dólares en el primer trimestre de 2026), a la incertidumbre en materia de política monetaria y a los riesgos relacionados con la fuerte inestabilidad geopolítica.

Rendimientos más altos significan un mayor gasto en intereses y, en consecuencia, un aumento del déficit presupuestario que, a su vez, requiere una cobertura que se logra mediante un incremento en la emisión de títulos. Sin embargo, la colocación de estos títulos exige rendimientos cada vez más altos para compensar el aumento del riesgo asociado.

El ciclo se refuerza así a sí mismo, produciendo repercusiones muy graves en toda la economía nacional, ya que los rendimientos de los bonos del Tesoro influyen de manera decisiva en el costo del capital.

Y, por ende, afectan a las tasas hipotecarias, los costos de financiamiento del Estado y de las empresas, el crédito privado, el sector inmobiliario comercial y las cotizaciones bursátiles.

El crecimiento imparable de los rendimientos de los títulos a diez, veinte y treinta años, derivado de la agravación de los problemas estructurales que afectan a la economía estadounidense, ha obligado al secretario del Tesoro, Bessent, a poner en marcha una operación de recompra de deuda, que resultó eficaz solo a muy corto plazo, ya que deja totalmente sin resolver los problemas estructurales que son la deuda, el déficit y la inflación.

Ante el rápido «rebote» de los rendimientos, Bessent declaró públicamente que el tope de 4 mil millones de dólares por operación establecido originalmente representaba, en realidad, un piso.

Realizamos recompras de manera regular y aumentaremos el volumen de estas operaciones […]. Quisiera destacar que podrían superar los 4 mil millones de dólares por emisión individual […]. En parte, se trata de una señal destinada a mostrar que, en nuestra opinión, los rendimientos no reflejan los fundamentos de la economía. Superaremos este conflicto con Irán […], aunque no sabemos cuándo».

Según lo revelado posteriormente por dos altos funcionarios del Departamento del Tesoro a «CNBC», Bessent podría, en caso de necesidad, utilizar hasta un billón de dólares de la Cuenta General del Tesoro (TGA) para financiar los planes de recompra anunciados.

Un verdadero “bazuca”, según la descripción de los funcionarios contactados por «CNBC», en el marco de una explicación mucho más sensata que la —desconcertante— proporcionada horas antes por Trump.

A una periodista que le señalaba el aumento de las tasas de interés que se produjo tras la iniciativa del secretario del Tesoro, el inquilino de la Casa Blanca había respondido afirmando que la operación de recompra representa solo uno «de los muchos tipos de intervención disponibles. La más extrema es la militar. Y si tenemos que usarla, lo haremos».

Al desplazar, siguiendo la línea trazada por la administración de Biden ya en mayo de 2024, el enfoque de las emisiones hacia los títulos con vencimiento inferior a diez años y recomprar los de largo plazo, Bessent y sus colaboradores buscan afianzar el papel de «refugio seguro» que tradicionalmente han desempeñado los bonos a diez, veinte y treinta años.

Sin embargo, los bonos del Tesoro a corto plazo, que ya representan casi el 25 % de la deuda federal, son estructuralmente mucho más vulnerables a las variaciones de las tasas de interés aplicadas por la Reserva Federal. El presidente Trump lleva meses y meses pidiendo que se reduzcan, con el fin de bajar los costos de refinanciamiento y aliviar el peso de la deuda federal a través de la inflación.

El lema de Draghi «whatever it takes», adaptado al estilo estadounidense, va en esta dirección, ya que disuade a los vendedores en corto y provoca una compresión de los rendimientos.

Sin embargo, centra la atención de los inversionistas a largo plazo, perfectamente conscientes de que la represión financiera determina una expansión de la base monetaria, con la consiguiente e inevitable caída del tipo de cambio del dólar y el aumento de la inflación.

Esta última perspectiva cobra mayor concreción a la luz del estrepitoso fracaso en el que han caído las negociaciones comerciales con Canadá, que el gobierno de Ottawa ha interpretado como una maniobra de anexión económica del país por parte de la administración de Trump.

El primer ministro Carney lo declaró abiertamente, al anunciar la inminente imposición de contramedidas arancelarias simétricas (sobre el acero, los productos lácteos, etc.) en respuesta a los aranceles del 50 % impuestos por la administración de Trump sobre el 5 % de las exportaciones canadienses a EE. UU. Se habla de una gama de productos (acero, aluminio, madera, automóviles, etc.) por un valor de 20 mil millones de dólares.

Sin embargo, Ottawa cuenta con una baza particularmente poderosa en su arsenal: los hidrocarburos, que se ajustan perfectamente a las especificaciones de las refinerías del Medio Oeste.

Todo el sistema de refinería estadounidense está adaptado a las características del petróleo crudo canadiense, el cual, según las declaraciones de Carney, se dirigirá de ahora en adelante hacia Asia y Europa como parte de un imponente proceso de diversificación de los mercados de destino.

En la actualidad, Canadá cubre el 60 % de la demanda de petróleo crudo de Estados Unidos, tal como afirmó abiertamente el propio Carney, quien señaló que

Canadá impulsa el crecimiento estadounidense, al proporcionar el 99 % de las importaciones de gas natural, el 85 % de las importaciones de electricidad y el 60 % de las importaciones de petróleo crudo. No creo que les convenga que Canadá interrumpa los suministros de esa energía».

Una reducción significativa de los flujos procedentes del vecino del norte provocaría un tremendo choque para los consumidores estadounidenses, lo cual, al sumarse a los puntos de vulnerabilidad preexistentes, acentuaría las presiones a la baja sobre el valor del dólar, alimentando la carrera hacia el oro y otros «activos refugio» tradicionales. El estatus del dólar como moneda de reserva global se vería inexorablemente afectado.

El compromiso asumido urbi et orbi por el gobernador de la Reserva Federal, Kevin Warsh, de «combatir con determinación la inflación», a pesar de los reiterados intentos de la administración Trump por forzar a la Banca Central a alinearse con las políticas monetarias del agrado de la Casa Blanca, surge de la conciencia de la magnitud del peligro.

Especialmente a la luz de las fuertes presiones ejercidas sobre el Departamento del Tesoro por parte de los países más dependientes de los suministros que transitan por el Estrecho de Ormuz.

Traducción nuestra


*Giacomo Gabellini es escritor y analista de temas económicos y geopolíticos. Es autor de numerosos libros y colabora con diversas publicaciones, tanto italianas como extranjeras, entre ellas «Krisis», «L’Antidiplomatico» y «Global Times». Dirige el sitio web de análisis en profundidad Il Contesto (www.ilcontesto.net) y el canal de YouTube del mismo nombre.

Fuente: Strategic Culture Foundation

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