Pepe Escobar.
Ilustración: The Cradle
07 de septiembre 2026.
Imagina un «Mundo Nuevo» con nuevas rutas globales ya en funcionamiento que eludan todos los cuellos de botella occidentales. Ahora imagina que todas las transacciones comerciales en estas rutas se paguen en monedas locales, a través de plataformas de transacción regionales, con inversiones exclusivamente euroasiáticas.
En Asia, lo más importante son las reuniones cara a cara o los «intercambios entre pueblos», como lo expresa el presidente chino Xi Jinping.
Las cumbres político-económicas se valoran tanto por su capacidad para canalizar políticas comunes como por ser espacios en los que nadie pierde prestigio.
El consenso —y el respeto mutuo— es esencial. Lo cual significa que, a diferencia de lo que ocurre en Occidente, la diplomacia genuina es una prioridad absoluta.
Las cumbres consecutivas en Asia y en toda Eurasia suelen ser muy trascendentales. El año pasado se celebró en Tianjin la 24.ª cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), organizada por China, seguida rápidamente por el Foro Económico del Este en Vladivostok, en el Lejano Oriente ruso.
Este año, la cumbre de la OCS, que cumple un cuarto de siglo, se inauguró en Bishkek, Kirguistán, seguida por la reunión de Vladivostok, y concluirá la próxima semana con la cumbre anual del BRICS en Nueva Delhi, organizada por la India.
La OCS finalmente saltó al primer plano mundial como un organismo multilateral clave el año pasado en Tianjin, cuando China perfeccionó su cuidadosa hoja de ruta hacia la gobernanza global. Este año, tal como lo reveló la Declaración de Bishkek final, los detalles fueron tan relevantes como el panorama general.
Hubo dos decisiones destacadas de la cumbre: en primer lugar, los miembros de la OCS condenaron por unanimidad la guerra de Estados Unidos contra Irán. Eso significa una condena generalizada de Eurasia, incluida la India.
En segundo lugar, los miembros de la OCS afirmaron su apoyo total a un «sistema comercial multilateral abierto, transparente, equitativo, inclusivo y no discriminatorio», basado en el derecho internacional e incluyendo un «trato especial para las naciones en desarrollo».
Comercio, no guerra
Bishkek no solo se opuso por unanimidad a la «injerencia en la soberanía de los Estados» al tiempo que reafirmó «la indivisibilidad de la seguridad», sino que también puso en marcha, en la práctica, la regulación del Centro Universal para Combatir los Desafíos y Amenazas a la Seguridad de los Estados Miembros de la OCS.
Es decir, en la práctica, un mecanismo para contrarrestar las guerras híbridas y abiertas lanzadas en rápida y interminable sucesión por la hegemonía occidental en sus últimos días.
El presidente ruso, Vladimir Putin, señaló que, en la actualidad,
la OCS es, de hecho, la asociación regional más grande no solo en nuestro continente euroasiático común, sino en el mundo entero. Sus Estados miembros albergan a casi la mitad de la población mundial y representan más de un tercio del PIB global.
Putin también destacó que
el comercio de Rusia con los países de la OCS superó los 400 mil millones de dólares en 2025, mientras que nuestros Estados utilizan cada vez más las monedas nacionales en las transacciones entre sí. En las transacciones de Rusia con los miembros de la OCS, su participación supera ahora el 98 por ciento.
Esa ya es una megatendencia de la OCS: seguir aumentando el comercio en monedas propias. Los BRICS están siguiendo el mismo camino.
Al igual que Putin, el presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, también destacó la urgencia de crear el Banco de Desarrollo de la OCS propuesto. El presidente ruso dijo, en esencia, que este banco debería ser «lo más independiente posible» de aquellas potencias que utilizan «los instrumentos económicos como armas».
En otras palabras, las potencias euroasiáticas buscan un Banco de Desarrollo de la OCS que sea mucho más independiente que el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) —el banco de los BRICS, cuyos estatutos están vinculados al dólar estadounidense—.
Desde hace ya seis años, el NBD ha comenzado a admitir a Estados que no son miembros de los BRICS. Algunos se convirtieron posteriormente en socios. Entre ellos se encuentran ahora, por ejemplo, Argelia, Bangladés, Colombia, Uzbekistán y Zimbabue. Sin embargo, el nivel de capital suscrito se sitúa en apenas 53,6 mil millones de dólares —una cifra demasiado baja para un banco de desarrollo del Sur Global.
La OCS también está impulsando una Estrategia de Cooperación Energética de la OCS, que debería implementarse en detalle hasta el año 2030. Esto incluye una serie de proyectos, como el gasoducto «Power of Baikal» —el antiguo «Power of Siberia II»— que va de Rusia a China pasando por Mongolia (un socio de la OCS).
Construye tu carretera —con un sistema financiero integrado
Ahora relacionemos la OCS con el foro económico de Vladivostok.
No hay forma de comprender los inmensos desafíos que implica el desarrollo de Siberia, el Ártico y el Lejano Oriente ruso —un imperativo de seguridad nacional, supervisado personalmente por Putin— sin seguir las sesiones de debate clave que se celebran cada año en Vladivostok.
Tomemos, por ejemplo, este debate sobre la arquitectura de los corredores de transporte, que detalla el Corredor de Transporte Transártico (TATC): un sistema integrado y multimodal (marítimo, ferroviario, carretero, además de los ríos más grandes de Siberia).
En varios aspectos, el TATC se asemeja al Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), también multimodal y vinculado a los BRICS (Rusia–Irán–India), así como a los múltiples corredores de la Nueva Ruta de la Seda construidos por China de este a oeste.
La ambición de Rusia abarca desde reorientar los flujos de carga hacia el este y el sur, hasta integrar el Lejano Oriente en el emergente TATC.
La planificación estratégica ya se ha concretado en un «Plan de Acción Unificado para la Zona Ártica de la Federación Rusa y el Corredor de Transporte Transártico».
Y eso nos lleva al Ártico —y a la Ruta del Mar del Norte—, que los chinos describen poéticamente como la Ruta de la Seda Polar.
En un debate clave celebrado en Vladivostok, en el que participó Vladimir Panov, de la potencia nuclear ROSATOM y también representante especial para el desarrollo del Ártico, se detalló cómo la política ártica de Rusia implica no solo el desarrollo de una base de recursos estratégicos las 24 horas del día, los 7 días de la semana y los 365 días del año, sino también el impulso para «preservar las tradiciones y el modo de vida de los pueblos indígenas del Norte, y proteger el medio ambiente».
Como parte de su compleja estrategia para el Lejano Oriente, Rusia también está inaugurando un Centro Financiero del Este, la mayor reforma institucional del mercado financiero ruso en los últimos años, tal como lo detalló el viceministro de Finanzas, Alexei Moiseev.
En lo que respecta a los corredores de conectividad, la apuesta rusa por la Ruta del Mar del Norte es única en su género. La complejidad es alucinante: cómo establecer un sistema completamente nuevo, atractivo para los clientes globales, en el que el transporte marítimo, el apoyo de rompehielos, la infraestructura portuaria y la regulación gubernamental deban interactuar a la perfección.
Putin, en Vladivostok, fue directo al grano: el Lejano Oriente y el Ártico se están construyendo juntos como un solo sistema físico: energía, datos, ferrocarril y una ruta polar totalmente independiente de los puntos de control de la OTAN.
La estrella del espectáculo es el TATC, que va desde San Petersburgo y Murmansk a través de la Ruta del Mar del Norte hasta Vladivostok y más allá, hacia todos los destinos de la región de Asia-Pacífico. En resumen, casi desde cero, se construye un puente terrestre de acero, hielo y energía —y el sistema financiero que acompaña a esa ruta—.
Compárenlo con el INSTC, a través del cual tres naciones del BRICS y la OCS pueden llevar a cabo todo su comercio sin pasar por un solo punto de estrangulamiento que pudiera ser cerrado por Washington, con Irán actuando como la puerta de entrada sureña de Rusia dentro de una estrategia más amplia para contrarrestar la contención occidental.
Rusia y China apuestan al máximo por la inversión productiva
En conjunto, Bishkek y Vladivostok ofrecieron una serie de ejemplos prácticos de cómo Eurasia está afinando su hoja de ruta de «olvidarse de Occidente».
El profesor Michael Hudson tiene una propuesta revolucionaria sobre lo que se debería hacer respecto a lo que podría decirse que es el meollo del asunto para el Sur Global: la deuda dolarizada.
La solución, insiste, debe provenir de las potencias euroasiáticas Rusia y China, en forma de «proporcionar el crédito para habilitar a los socios comerciales y de inversión, incluidos los de la Iniciativa de la Franja y la Ruta».
Eso equivaldría nada menos que a un nuevo orden económico financiado en gran medida por los miembros de la OCS y el BRICS —China, Rusia e Irán—, en el que «los acreedores adquieran una participación accionaria en las economías de los países cuya infraestructura pública financiarán a través de programas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China», y las naciones dependientes del petróleo «contraten deudas con Irán que podrían estar garantizadas por China».
Aunque el BRICS es esencialmente un grupo reformista, no revolucionario, sigue siendo, junto con la OCS, el núcleo multilateral del impulso hacia la multipolaridad.
No hay ilusiones de que se logren avances decisivos en Nueva Delhi a finales de esta semana. Sin embargo, Rusia, China e Irán —todos presentes en la mesa— pueden señalar los avances soberanos acordados en Bishkek y Vladivostok.
Es un camino largo y sinuoso, por supuesto. El dólar estadounidense aún representa el 57 por ciento de las reservas mundiales de divisas, el 54 por ciento de la facturación mundial de exportaciones y el 89 por ciento de las transacciones de divisas.
Sin embargo, hay que estar atentos al aumento incesante del comercio en monedas locales, mutuas y regionales: Rusia-China; Rusia-India; dentro y fuera de la ASEAN; el crecimiento del Sistema Panafricano de Pagos y Liquidación. La lista se multiplica.
Es posible que los BRICS estén a punto de instalar finalmente su propio mecanismo de pago y liquidación en monedas locales a través de un sistema de mensajería financiera transfronteriza.
Deben terminar de construir la infraestructura y reunir la voluntad política colectiva para ir a por todas, lo que significa acabar con el dominio del dólar en el comercio y las transacciones.
Las lecciones de Bishkek y Vladivostok podrían salvar la situación, si se manejan con destreza en Nueva Delhi.
Traducción nuestra
*Pepe Escobar es columnista de The Cradle, redactor jefe de Asia Times y analista geopolítico independiente centrado en Eurasia. Desde mediados de la década de 1980 ha vivido y trabajado como corresponsal extranjero en Londres, París, Milán, Los Ángeles, Singapur y Bangkok. Es autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007), Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge, Obama does Globalistan (Nimble Books, 2009), 2030 (Nimble Books, 2020). Su ultimo libro es Raging Twenties (Nimble, 2021).
Fuente: The Cradle
