Suleyman Karan.
Ilustración: The Cradle
01 de mayo 2026.
El bloqueo del estrecho de Ormuz ha estrangulado los flujos energéticos mundiales, provocando subidas bruscas de los precios y poniendo de manifiesto profundas divisiones desde el Golfo Pérsico hasta Europa y Asia.
Los mercados energéticos mundiales están teniendo dificultades para absorber el impacto de la guerra en Asia Occidental. La interrupción de las exportaciones de casi 20 millones de barriles diarios (bpd) de crudo y productos petrolíferos, unida a la limitada capacidad para sortear el estrecho de Ormuz, ha puesto en una situación difícil tanto a los productores como a las economías dependientes de las importaciones.
El problema va más allá de la ruptura de las cadenas de suministro. La escalada de precios en los mercados del crudo y los productos petroquímicos ya ha comenzado a extenderse.
Desde que el 28 de febrero se iniciara la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, los precios del crudo se han disparado de unos 70 dólares por barril a alrededor de 120 dólares a finales de abril, mientras que los productos refinados han subido aún más rápido en medio de la escasez de suministro y las dificultades logísticas.
Los mercados de combustible, bajo presión
El cierre del estrecho de Ormuz ha obligado a las refinerías orientadas a la exportación a reducir sus operaciones o a detener por completo la producción a medida que se agota la capacidad de almacenamiento.
En estos momentos, más de 4 millones de barriles diarios de capacidad de refino se encuentran en peligro. Aunque, en teoría, la producción en otros lugares podría compensar esta situación, las limitaciones de transporte y suministro restringen el alcance de dicho ajuste.
La presión más inmediata se ha producido en el gasóleo y el combustible para aviones. Lo que comenzó como advertencias de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) se ha materializado en interrupciones concretas. La aerolínea alemana Lufthansa ya ha anunciado la cancelación de 20 000 vuelos debido a la escasez de combustible, mientras que la aerolínea holandesa Transavia le ha seguido con recortes en su programación durante mayo y junio. Los datos de la IATA muestran que los precios del combustible para aviones en Europa han aumentado más de un 105 % interanual.
La disminución de los suministros de gas licuado de petróleo (GLP) y nafta ha obligado a los productores petroquímicos a reducir la producción de polímeros, lo que agrava las pérdidas en todo el sector. Los países consumidores han recurrido a las reservas existentes para amortiguar el golpe.
Las reservas mundiales de crudo y productos refinados se sitúan en torno a los 8.200 millones de barriles, de los cuales aproximadamente la mitad está en manos de los Estados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Los miembros de la AIE acordaron en marzo liberar 400 millones de barriles de las reservas de emergencia, pero tales medidas solo pueden retrasar perturbaciones más graves. No resuelven el daño estructural que se está produciendo en las redes de producción y distribución.
Daños estructurales y ayuda limitada
La magnitud de los daños sufridos por las infraestructuras energéticas en todo el Golfo Pérsico es considerable.
Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE, ha advertido de que la producción energética perdida a causa del conflicto podría tardar unos dos años en recuperarse.
Los envíos vinculados a contratos anteriores a la guerra continúan, pero las nuevas cargas de petroleros se paralizaron en marzo, lo que ha interrumpido los flujos hacia Asia.
Los Estados productores de petróleo a lo largo del Golfo están absorbiendo el mayor impacto. Las instalaciones han sido afectadas, la producción se ha reducido y las pérdidas aumentan con cada día que pasa. Aún no es posible realizar una evaluación completa de los daños, aunque las previsiones sugieren que la recuperación llevará varios años.
La capacidad de producción de Arabia Saudí ha sufrido daños cuantificables. Catar ha perdido cerca de una quinta parte de su producción de gas natural licuado (GNL), un déficit que no se reparará rápidamente.
En toda la región, se estima que hay 2,4 millones de barriles diarios de capacidad de refino fuera de servicio. Alrededor del 10 % de la producción mundial de crudo sigue interrumpida, un déficit que no puede compensarse mientras el estrecho de Ormuz permanezca cerrado.
Incluso en condiciones favorables, un alto el fuego y la reapertura del estrecho no traerían consigo una normalización inmediata. Los mercados necesitarían al menos seis meses para estabilizarse.
Alternativas limitadas
Arabia Saudí también ha confirmado una reducción de 600 000 barriles diarios en su capacidad de producción y una disminución de 700 000 barriles en los flujos a través de su oleoducto Este-Oeste. Esta ruta, que conecta los yacimientos del Golfo con el Mar Rojo, ha sido fundamental para mantener las exportaciones. Los daños sufridos por una estación de bombeo poco después del anuncio del alto el fuego pusieron de manifiesto su vulnerabilidad.
Los ataques adicionales contra los yacimientos de Manifa y Hurays han reducido la producción en unos 300 000 barriles diarios.
En conjunto, la capacidad de producción saudí ha caído al menos un cinco por ciento. Incluso si se reabre el estrecho de Ormuz, el reino tendrá dificultades para compensar por completo los volúmenes perdidos.
La posición de Catar como proveedor clave de GNL también se ha visto comprometida. Tras los ataques vinculados al conflicto más amplio, el complejo industrial de Ras Laffan sufrió daños cuya reparación llevará años. QatarEnergy estima que alrededor del 17 % de la capacidad de exportación de GNL se ha visto afectada, con plazos de restauración que oscilan entre los tres y los cinco años.
El impacto se extiende aún más. Una planta de conversión de gas a líquidos operada conjuntamente con Shell también se ha visto afectada, lo que reducirá la capacidad durante al menos un año. Ahora se prevén pérdidas anuales de alrededor de 12,8 millones de toneladas de GNL.
Fracturas dentro de la OPEP y repercusiones regionales
La decisión de los Emiratos Árabes Unidos de abandonar la OPEP marca un cambio significativo dentro del bloque energético. Tanto las presiones económicas como las tensiones políticas parecen haber influido en esta decisión.
El descontento de larga data con las cuotas de producción ha convergido con la presión económica impuesta por la guerra.
Es probable que la salida agrave las fricciones con Arabia Saudí, al tiempo que plantea cuestiones más amplias sobre la cohesión de la propia OPEP. No sería exagerado afirmar que Dubái no tomó esta decisión por su cuenta.
Debe considerarse como una nueva fase en los planes de Washington y Tel Aviv para crear una ruptura en el Golfo y debilitar el estatus de cartel de la OPEP. Con la entrada en vigor de la decisión hoy, los EAU ponen fin a sus 58 años de pertenencia al cartel.
El conflicto también ha puesto de manifiesto las vulnerabilidades de la propia infraestructura energética de los EAU. La refinería de Ruwais, con una capacidad de 922 000 barriles diarios, fue uno de los primeros objetivos.
Las operaciones de procesamiento de gas en Habshan se suspendieron en múltiples ocasiones, mientras que las explosiones en los yacimientos marinos paralizaron la producción.
El puerto de Fujairah ha permitido que las exportaciones continúen al margen de Ormuz, pero los repetidos ataques contra las instalaciones de almacenamiento y transporte han obligado a cierres intermitentes. El alcance de las perturbaciones habría sido mucho mayor sin esta ruta alternativa.
Las arterias energéticas de una región bajo presión
Las refinerías de Mina al-Ahmadi y Mina Abdullah, en Kuwait, han sufrido repetidos ataques, pero siguen operativas. Antes de la guerra, ambas eran importantes proveedoras de combustible para aviones a Europa y de productos refinados a Asia.
Las interrupciones en estos flujos han agravado la preocupación por el suministro en ambas regiones.
Irak, el segundo mayor productor de petróleo de la OPEP, ha sido uno de los países más afectados debido a su falta de rutas de exportación alternativas.
El cierre efectivo del estrecho obligó al país a detener más de tres cuartas partes de su producción, reduciendo la producción de 4,3 millones de barriles diarios a alrededor de 800 000.
Los ataques a las infraestructuras, incluido el yacimiento de Rumaila, han agravado la crisis. Las divisiones internas de Irak complican aún más el panorama, con actores rivales respaldados por potencias regionales. Incluso si el conflicto actual remite, el país sigue expuesto a una renovada inestabilidad.
Irán ha sufrido múltiples ataques dirigidos contra depósitos de combustible e instalaciones energéticas, incluidos los ataques al yacimiento de gas de South Pars. Si bien las infraestructuras clave de exportación en la isla de Kharg han evitado en gran medida los daños, varias unidades de producción han quedado fuera de servicio.
A pesar de la presión económica, la guerra ha generado un cierto grado de consolidación interna. La fase más difícil podría llegar tras el fin de las hostilidades, cuando el país deba intentar estabilizar tanto su economía como su sector energético.
Omán ha sufrido perturbaciones relativamente limitadas y podría salir de esta situación en una posición más estable que sus vecinos. Las operaciones en el puerto de Salalah se han visto afectadas, lo que ha llevado a Maersk a suspender su actividad, pero la magnitud de los daños sigue siendo contenida.
Bahrein presenta un caso diferente, ya que declaró fuerza mayor el 9 de marzo tras un ataque a la refinería de Sitra, lo que supuso el cierre efectivo de las operaciones.
Los daños son graves y la recuperación total podría llevar meses. Más acuciante para Bahrein es la agitación interna, ya que las tensiones entre la minoría suní gobernante y la mayoría chiíta hacen temer un nuevo levantamiento.
Repercusiones globales y cambios en los equilibrios
El impacto del conflicto se extiende mucho más allá del Golfo.
Las economías emergentes del sur de Asia y Japón han soportado algunos de los mayores costes, tal y como se había previsto.
China parece estar mejor posicionada, beneficiándose en parte de su preparación y del relativo debilitamiento de sus competidores regionales.
Las tensiones en el estrecho de Malaca añaden otra capa de incertidumbre, lo que aumenta la posibilidad de nuevas interrupciones en las rutas comerciales mundiales.
Europa también está llamada a absorber una parte significativa de la carga. Los costes energéticos ya se han disparado desde la guerra entre Rusia y Ucrania, y la crisis actual afecta tanto a la escasez de suministro como a las presiones sobre los precios.
Por el contrario, las economías ricas en energía de América están mejor protegidas, mientras que los Estados dependientes de las importaciones se enfrentan a una presión cada vez mayor. África refleja una división similar, con productores como Argelia y Nigeria en condiciones de beneficiarse, mientras que otros siguen siendo vulnerables.
Incertidumbre a largo plazo
Se necesitarán al menos dos años para hacer frente a los daños provocados por la crisis de Ormuz, y probablemente más. Las previsiones de crecimiento mundial para 2026 ya se están revisando a la baja.
Incluso en condiciones relativamente estables, el coste económico pesará mucho sobre los productores del Golfo, así como sobre las economías asiáticas y europeas.
La ralentización del crecimiento en Asia Oriental y Meridional, en particular, tiene implicaciones más amplias para la demanda mundial.
Es poco probable que los precios del crudo vuelvan en un futuro próximo a los niveles previos a la guerra, cercanos a los 70 dólares.
Los costes de transporte, seguros y flete seguirán siendo elevados, lo que alimentará una inflación generalizada de las materias primas. Se prevé que, como consecuencia, se agraven las fragilidades del sistema financiero mundial.
A medida que comience a perfilarse un nuevo equilibrio, parece probable que surjan nuevas tensiones.
Las consecuencias a largo plazo podrían extenderse más allá de los mercados energéticos, entrecruzándose con las presiones climáticas que continúan intensificándose en segundo plano.
Traducción nuestra
*Suleyman Karan es graduado en el Instituto Galatasaray, completó sus estudios superiores en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Estambul. Trabajó como redactor jefe de los diarios «Pazar Postası» y «Posta». Ocupó el cargo de redactor jefe de las revistas «Hürriyet BusinessWeek» y «Platin», y también fue coordinador editorial del diario «Yurt». Actualmente es columnista de economía en «Gazeteduvar».
Fuente original: The Cradle
