Lorenzo Maria Pacini.
Imagen: FREEP!K
18 de abril 2026.
Desde el punto de vista de Washington, la alianza entre Teherán y Pekín es una pesadilla estratégica.
El panorama estratégico del conflicto
La guerra que Estados Unidos mantiene actualmente contra Irán va mucho más allá de una mera crisis regional; es una clara demostración de la inestabilidad persistente inherente a la hegemonía global estadounidense.
Mediante su desprecio por el derecho internacional, la soberanía y la diplomacia multilateral, Estados Unidos reafirma su creencia en la legitimidad del poder coercitivo como instrumento de control.
Como escribe Zhao Minghao, el uso de la fuerza por parte de Washington no restablecerá el orden, sino que solo exacerbará las fracturas que caracterizan al sistema mundial emergente.
La campaña militar liderada por Estados Unidos contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, comenzó como una serie de ataques selectivos de decapitación, pero ahora se ha expandido hasta convertirse en una confrontación regional que está redefiniendo las fronteras geopolíticas en todo Oriente Medio y más allá.
Lo que inicialmente parecía una maniobra táctica destinada a neutralizar las capacidades nucleares y de misiles de Irán se ha convertido en un esfuerzo estratégico en toda regla para remodelar el equilibrio de poder mundial.
Para Pekín, esta guerra representa un ataque directo a sus intereses nacionales fundamentales.
China ha construido una densa red de alianzas en materia de energía, infraestructuras y transporte en Oriente Medio, muchas de las cuales dependen de Irán como centro neurálgico crucial. Aproximadamente el 53 % de las importaciones de crudo de China proceden de esta región, y más del 30 % transitan por el estrecho de Ormuz. Por lo tanto, cualquier interrupción prolongada supone una amenaza sistémica para la estabilidad económica y la seguridad energética de China.
Mientras tanto, los estrategas de alto nivel en Washington ven su campaña como una oportunidad para romper lo que denominan el «eje del caos»: la alianza informal entre Rusia, Irán, Corea del Norte y Venezuela.
Estos Estados, todos sujetos a sanciones y presiones estadounidenses, han dependido cada vez más de China como su protector diplomático y económico.
El objetivo de EE. UU. es claro: debilitar la cadena de suministro global de recursos de China y obligar a Pekín a recalibrar su influencia exterior.
El emergente eje chino-iraní alcanza un nuevo nivel
Para comprender las repercusiones globales del conflicto, es necesario examinar la asociación chino-iraní, que a lo largo de la última década se ha consolidado en una formidable alianza estratégica.
En 2021, Pekín y Teherán firmaron un acuerdo de cooperación integral de 25 años, que establece el marco para inversiones chinas por valor de casi 400 000 millones de dólares en los sectores energético, de infraestructuras y tecnológico de Irán. Este acuerdo, a menudo subestimado por los analistas occidentales, ha redefinido el papel de Irán dentro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).
La posición geoestratégica de Irán —a caballo entre el Golfo Pérsico y Asia Central— lo convierte en un eslabón indispensable del «corredor de Asia Occidental» de la BRI.
A través de proyectos como la línea ferroviaria de alta velocidad Teherán-Mashhad, la ampliación del puerto de Chabahar y las alianzas de infraestructura digital con Huawei y ZTE, China ha tratado de integrar a Irán en su cadena logística transcontinental.
Al mismo tiempo, Pekín ha establecido una reserva financiera para Teherán con el fin de protegerlo de las sanciones occidentales, utilizando el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS), basado en el yuan, como alternativa a la red SWIFT, dominada por Estados Unidos.
El comercio entre ambas naciones ha aumentado a pesar de las sanciones. En 2025, el comercio bilateral superó los 30 000 millones de dólares, y las previsiones para 2026 estiman un nuevo aumento del 20 % —una cifra que habría situado a China como el principal socio comercial de Irán y un salvavidas para su economía asolada por las sanciones.
Empresas chinas, entre ellas Sinopec y CNPC, mantienen participaciones activas en los vastos yacimientos petrolíferos de Irán, como Yadavaran y South Azadegan, lo que garantiza un flujo estable de crudo hacia el este incluso en condiciones de guerra.
Para Washington, estos acontecimientos golpean en el corazón de la competencia por el poder mundial. La relación entre Irán y China simboliza una alternativa multipolar al orden liberal centrado en Estados Unidos: un modelo que combina la integración económica, el intercambio tecnológico y el apoyo diplomático mutuo frente a la presión estadounidense.
Al apuntar contra Teherán, Washington está librando, en esencia, una guerra por poder contra la estrategia euroasiática a largo plazo de Pekín.
La energía siempre ha sido el ámbito decisivo de la cooperación sino-iraní. China no solo es el mayor comprador de petróleo de Irán, sino también el principal inversor en su capacidad de refino y en sus corredores de transporte.
Aproximadamente 800 000 barriles diarios de crudo iraní siguen llegando a las refinerías chinas, a menudo camuflados bajo etiquetas de envío «malayas» u «omaníes» para eludir las sanciones. Sin embargo, el conflicto y el bloqueo naval estadounidense del estrecho de Ormuz amenazan este delicado sistema.
La respuesta de Pekín ha sido doble. En primer lugar, ha acelerado los esfuerzos para diversificar las rutas marítimas —invirtiendo fuertemente en el puerto pakistaní de Gwadar y en el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC)— como alternativas terrestres a Ormuz.
En segundo lugar, los estrategas chinos han impulsado la militarización de partes de sus activos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, fortificando rutas energéticas clave bajo la etiqueta de infraestructura de «doble uso». Los puertos, oleoductos y centros de transporte a lo largo del Océano Índico, desde Yibuti hasta Colombo, podrían ahora servir tanto para fines civiles como estratégicos.
Mientras tanto, el papel de Irán como eje regional permanece intacto. Teherán proporciona no solo energía, sino también cooperación en materia de inteligencia, acceso regional y colaboración tecnológica.
Ambos países han puesto en marcha empresas conjuntas en sistemas de satélites, plataformas de vigilancia basadas en la inteligencia artificial y resiliencia cibernética —todos ellos sectores que la comunidad de inteligencia estadounidense considera la próxima frontera de la guerra híbrida.
Preocupaciones estratégicas de EE. UU.
Washington reconoce que esta asociación sino-iraní representa algo más que una mera cooperación geopolítica: es un desafío directo al sistema del dólar estadounidense, a las sanciones como herramienta de coacción y al monopolio estratégico sobre los puntos clave del comercio mundial.
Como muestran los datos del Tesoro de EE. UU., en 2025 casi el 50 % del comercio exterior de Irán se liquidó en monedas distintas del dólar, principalmente el yuan y el rublo.
Estos esfuerzos de desdolarización, aunque experimentales, señalan un profundo cambio en la arquitectura financiera mundial, lo que amenaza la capacidad de Estados Unidos para ejercer influencia económica.
Además, el establishment militar estadounidense teme las implicaciones a largo plazo de la implicación de China en el Golfo Pérsico.
Los puntos de apoyo logísticos de Pekín —como las instalaciones de seguimiento por satélite en la costa sur de Irán o la supuesta ampliación de una zona de mantenimiento de la Armada del Ejército Popular de Liberación (EPL) cerca de Jask— abren la puerta a una presencia china permanente en Oriente Medio.
Para Washington, acostumbrado a un dominio indiscutible en estas aguas, esta tendencia acelera la erosión de su supremacía marítima.
A nivel nacional, la guerra de Trump contra Irán se ha convertido en una crisis política que divide a la opinión pública.
Dentro del movimiento «Make America Great Again», crece el descontento: muchos de los partidarios tradicionales de Trump se sienten traicionados por su decisión de volver a intervenir militarmente en el extranjero.
Las presiones inflacionistas se han disparado, los recortes de tipos de la Reserva Federal se han estancado y los precios del petróleo han superado los 130 dólares por barril. El coste de la guerra está pasando factura a las familias estadounidenses en forma de subida de los precios al consumo e inestabilidad energética.
A nivel internacional, la desilusión entre los aliados de EE. UU. se está agravando. Francia, España e incluso Gran Bretaña han cuestionado la legalidad de la guerra, negándose a proporcionar pleno apoyo logístico.
Al otro lado del Atlántico, Europa se prepara para hacer frente a nuevas oleadas de refugiados y a la volatilidad energética, mientras que los Estados del Golfo expresan una creciente frustración ante la imprevisible diplomacia de Washington.
Estados Unidos parece cada vez más aislado, enfrentándose no solo a un adversario regional, sino también a la percepción de su propia expansión imperial excesiva.
El antiguo sistema global ante el problema de la guerra
A ojos de Pekín, el conflicto iraní no refleja simplemente otro ciclo de intervencionismo estadounidense: marca el inicio de una transición estructural hacia la multipolaridad.
Cada misil lanzado por Estados Unidos contra Irán refuerza la narrativa china del declive occidental y da peso a su llamamiento a una «comunidad de destino compartido».
Sin embargo, esta misma transición está plagada de riesgos. La interrupción de las rutas comerciales mundiales, la desestabilización de los mercados energéticos y el debilitamiento del régimen de no proliferación podrían desencadenar reacciones en cadena que se extiendan mucho más allá de Oriente Medio.
De hecho, la erosión de la capacidad de la Agencia Internacional de Energía Atómica para supervisar a Irán sienta un peligroso precedente.
Si Teherán abandonara por completo el cumplimiento de los acuerdos, esto animaría a otros actores —desde Pyongyang hasta Ankara— a seguir estrategias de disuasión nuclear.
En tal escenario, la propia China se enfrentaría a un dilema de seguridad: un potencial «bosque nuclear» a lo largo de su periferia, lo que obligaría a Pekín a conciliar sus ambiciones geopolíticas con su vulnerabilidad ante las crisis de proliferación.
Este conflicto también revela nuevas dimensiones de la guerra. La dependencia de Washington de los sistemas de selección de objetivos basados en la IA y las armas autónomas —en colaboración con grandes empresas del sector privado— plantea importantes preocupaciones éticas.
Los informes sobre errores algorítmicos que han provocado víctimas civiles, como el ataque con misiles contra una escuela iraní que mató a más de 160 niños, han desatado la indignación en todo el Sur Global.
Los límites entre la toma de decisiones humana y la de las máquinas en la guerra se están difuminando, lo que agrava la catástrofe humanitaria con ambigüedad moral.
La guerra de EE. UU. contra Irán pone al descubierto las líneas de fractura del orden internacional en 2026. Mientras Washington busca mantener su supremacía mediante la coacción, Pekín y Teherán están construyendo una visión alternativa basada en la conectividad, la soberanía y la resistencia al dominio occidental.
Sin embargo, a medida que se extiende el poder, también lo hace la inestabilidad. La asociación entre China e Irán, aunque potencialmente transformadora, también podría acelerar la fragmentación del sistema global en bloques rivales, cada uno de los cuales busca la seguridad mediante la exclusión en lugar de la cooperación.
Desde la perspectiva de Washington, la alianza entre Teherán y Pekín es una pesadilla estratégica: socava las sanciones, desafía el control marítimo y multiplica las amenazas asimétricas.
Para Pekín, el conflicto confirma que la hegemonía estadounidense sigue inquieta y reacia a ceder ante la multipolaridad. Y para el mundo en general, este enfrentamiento indica que la era de la comodidad unipolar ha llegado a su fin.
Lo que seguirá será una lucha turbulenta para definir las reglas del nuevo siglo, un siglo marcado no por el orden estadounidense, sino por la contienda, la incertidumbre y una interdependencia cada vez más inestable.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
