Mario Sergio Conti.
Foto: El presidente de la República brasileña Luiz Inácio Lula da Silva durante un acto de campaña en la Plaza de la Libertad de Belo Horizonte (Minas Gerais) en el evento «Lula en Belo Horizonte: Brasil, listo para más», 2 de octubre de 2026 – Ricardo Stuckert / CC BY-SA 4.0
31 de octubre 2026.
La victoria de Lula en las elecciones presidenciales del pasado 25 de octubre es histórica, porque ha demostrado que la izquierda puede vencer electoralmente y políticamente en entornos social y políticamente desfavorables sobredeterminados por la injerencia y la presión estadounidenses y la manipulación de las grandes tecnológicas, si los niveles de movilización popular son los suficiente amplios para retroalimentar recíprocamente las redes y las luchas, de modo que la realidad de ambas y su enunciación colectiva hagan posible formas organizativas exponencialmente originales. Lecciones útiles para organizar la derrota del PP y VOX en las próximas elecciones del 29 de noviembre desde el campo de la izquierda, cuando mutatis mutandis la amenaza en ambos países es similar y el grado de violencia de la extrema derecha española es de una descomposición y de una indecencia ética, política y cultural apabullantes
La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, celebrada el domingo 25 de octubre, deparó varios resultados históricos. Votaron más de 128 millones de personas y la suma de las abstenciones, los votos nulos y los votos en blanco alcanzó un mínimo histórico.
Por primera vez, el candidato que había quedado en segundo lugar en la primera vuelta ganó la segunda, lo que le asegura a Lula un cuarto mandato, hecho que carece de precedentes. Más allá de estos hitos, el resultado representa no solo un giro espectacular en el propio país, esto es, una remontada que pocos habían previsto, sino también un importante cambio de rumbo político en la región: Brasil ha frenado, por el momento, el avance de la extrema derecha latinoamericana (Argentina y El Salvador) y de la derecha en general (Chile, Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela).
La campaña de Lula en la primera vuelta fue mediocre. A diferencia de las elecciones de 2022, en las que desbancó a Jair Bolsonaro, posteriormente condenado a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado y actualmente bajo arresto domiciliario, Lula no forjó una amplia alianza con los partidos de centro, sino que se presentó únicamente bajo la bandera del PT, apoyado por una coalición de formaciones de izquierda menores
Los candidatos presentaban un marcado contraste. Lula, que ahora tiene 81 años, nació en la pobreza extrema y comenzó a trabajar a los 12 años, formándose posteriormente como metalúrgico. Sindicalista militante, fue encarcelado durante la dictadura por su papel al frente de innumerables huelgas organizadas principalmente por los trabajadores metalúrgicos, antes de fundar el Partido de los Trabajadores (PT) en 1980.
Su adversario, Flávio Bolsonaro, de 45 años, debe su carrera política a su padre, el capitán del ejército retirado y expresidente brasileño Jair Bolsonaro. «Empresario» sin empresas educado en colegios privados y abogado con pocos clientes, entre ellos, un agente de la policía militar acusado de matar a una niña de cinco años, Flávio fue elegido diputado de la Asamblea Legislativa del estado de Río de Janeiro, cuando tenía 21 años.
Su ascenso político ha estado marcado por la polémica: concedió una medalla oficial a un exagente de la policía militar convertido posteriormente en sicario, mientras la oficina parlamentaria de Flávio contrató a la madre del asesino. Después de que su padre llegara a la presidencia en 2019, Bolsonaro hijo fue elegido senador, aunque es más conocido por sus turbios negocios inmobiliarios que por sus logros legislativos.
La campaña de Lula en la primera vuelta fue mediocre. A diferencia de las elecciones de 2022, en las que desbancó a Jair Bolsonaro, posteriormente condenado a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado y actualmente bajo arresto domiciliario, Lula no forjó una amplia alianza con los partidos de centro, sino que se presentó únicamente bajo la bandera del PT, apoyado por una coalición de formaciones de izquierda menores.
Su campaña defendió los programas sociales asociados a sus anteriores presidencias, pero su tercer mandato careció de logro determinante alguno en torno al cual movilizar a los votantes. La visión aparentemente optimista que la dirección del PT tenía de la situación social y económica de Brasil parecía desconectada de la realidad.
El «Bolsa Família», el programa insignia de transferencias monetarias que Lula introdujo en 2003 y del que se benefician casi 20 millones de familias con bajos ingresos, esto es, 50 millones de personas, no se había revisado al alza desde marzo de 2023. La reciente legalización de las apuestas en línea ha provocado niveles masivos de endeudamiento.
Los precios de los alimentos subían, lo que afectaba con mayor dureza a los hogares más pobres. Quizá por estas razones, el PT no fomentó las manifestaciones en las calles y plazas, salvo unos cuantos actos banales, lo cual no obstante le permitía conservar la ventaja en las encuestas.
Flávio Bolsonaro, por su parte, planteó la posibilidad de recortar el gasto en sanidad, educación e incluso en el programa Bolsa Família, aunque posteriormente se retractó de todo ello. Prometió relajar las restricciones a la deforestación en la Amazonía, facilitar la explotación de los recursos minerales y alinear a Brasil con los intereses de Estados Unidos. Su programa atrajo el apoyo del sector financiero, de los grandes industriales y del sector agroindustrial.
Entretanto Meta fue acusada de manipular los algoritmos de las redes sociales en su beneficio. Su atractivo para amplios sectores de la población se debía a su promesa de adoptar una línea dura contra la delincuencia, siguiendo el modelo de encarcelamiento masivo de El Salvador de Bukele. Si ganaba, se comprometió a indultar a su padre y a subir la rampa del Planalto del brazo de este.
Para marcar el fin de la era de Lula, recibiría la banda presidencial de manos de su padre en lugar de hacerlo del presidente saliente, como dicta el protocolo.
La campaña de la primera vuelta estuvo dominada por un gran escándalo de corrupción, cuyos tentáculos se extendían por la totalidad de la clase política y se ramificaban por todo el país.
El Banco Master, al que las autoridades financieras del gobierno de Jair Bolsonaro habían dado rienda suelta, gestionaba un esquema Ponzi utilizando los fondos de las pensiones de los gobiernos locales y estatales, incluidos los del estado de Bahía, gobernado por el PT.
La estafa recaudó más de 2 millardos de dólares e implicó a partidos políticos, diputados, gobernadores, alcaldes, jueces, medios de comunicación, iglesias evangélicas, abogados y funcionarios del Banco Central.
El propietario del banco, Daniel Vorcaro, gastó 25 millones de dólares para contratar al bufete de abogados de la esposa del magistrado del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes. Conocido popularmente como Xandão («Alex el Grande»), Moraes había ordenado la detención de Jair Bolsonaro y ha suscitado polémica por su uso agresivo de las órdenes de censura y el enjuiciamiento de sus oponentes políticos.
Vorcaro también destinó enormes sumas a otros tres jueces del Tribunal Supremo, además de derrochar en fiestas bacanales para la élite política brasileña. El propio Flávio Bolsonaro se vio implicado en el asunto: a principios de este año se hizo pública la grabación de una llamada telefónica en la que le pedía a Vorcaro 24 millones de dólares para financiar una película sobre su padre.
El escándalo «Master» diezmó la credibilidad del Tribunal Supremo, pero no frenó el ascenso constante de Bolsonaro en las encuestas preelectorales.
Ninguno de los candidatos de la vieja guardia del PT logró la reelección. «La era del PT ha terminado», se jactó Flávio Bolsonaro. Atónita, la dirección de la campaña de Lula se vio sumida en el caos y el malestar. La respuesta entre las bases, sin embargo, fue totalmente diferente. Estallaron manifestaciones espontáneas, que disiparon el pesimismo reinante en cuestión de días. Las pequeñas reuniones se multiplicaron hasta convertirse en asambleas y marchas, que pronto se extendieron por todo el país. Santos, en la costa del estado de São Paulo, ofrece un ejemplo claro
Hasta el domingo 4 de octubre, víspera de la primera vuelta, Lula conservaba su escasa ventaja. La noche electoral deparó una sorpresa: Flávio se impuso con el 47 por 100 de los votos frente al 45 por 100 cosechado por Lula, lo cual suponía un margen de victoria de 2,2 millones de votos.
El PT también sufrió una derrota aplastante en las elecciones legislativas, perdiendo terreno tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. Ninguno de los candidatos de la vieja guardia del partido logró la reelección. «La era del PT ha terminado», se jactó Flávio Bolsonaro. Atónita, la dirección de la campaña de Lula se vio sumida en el caos y el malestar.
La respuesta entre las bases, sin embargo, fue totalmente diferente. Estallaron manifestaciones espontáneas, que disiparon el pesimismo reinante en cuestión de días. Las pequeñas reuniones se multiplicaron hasta convertirse en asambleas y marchas, que pronto se extendieron por todo el país. Santos, en la costa del estado de São Paulo, ofrece un ejemplo claro.
La ciudad alberga el puerto más grande de Sudamérica desde el siglo XIX, desde donde se exporta café a todo el mundo. Cuenta con una larga tradición de organización sindical y política de izquierda, fortalecida por el desarrollo de la industria petrolera en la vecina Cubatão.
Dos días después de la primera vuelta, el Sindicato de Trabajadores del Petróleo organizó un debate sobre cómo abordar la segunda vuelta. Se esperaba la asistencia de unas cincuenta personas; en cambio, acudieron doscientas, cuyo número aumentó rápidamente hasta las quinientas, desbordando el auditorio del sindicato y desparramándose en la calle.
A esta concentración al aire libre se unieron estudiantes de la Unifesp, la Universidad Federal de São Paulo fundada durante el primer mandato de Lula, y manifestantes encabezados por el Sindicato de Trabajadores del Transporte. «Antes de darme cuenta, había tres mil personas en la calle», relata Kris Mackleiny, una trabajadora de Petrobras, que improvisó un apasionado discurso.
Ese mismo día, el veterano Sindicato Nacional de Estudiantes, que representa a 6 millones de estudiantes universitarios de todo Brasil, celebró una reunión en Río de Janeiro. Se reunió una gran multitud que decidió organizar manifestaciones a favor de Lula por todo el país.
En cuatro días tuvieron lugar al menos trescientas cincuenta manifestaciones estudiantiles. Antes, los estudiantes universitarios se concentraban en las capitales estatales, pero la expansión de las universidades federales y las escuelas técnicas bajo los gobiernos del PT verificada durante las últimas décadas ha extendido su presencia al interior de Brasil y a las ciudades de tamaño medio. «Trabajador, fíjate: estamos luchando para que tu hijo pueda recibir una educación»: sin ninguna indicación por parte de la dirección nacional del PT, este lema se podía escuchar en innumerables concentraciones.
Miles de trabajadores se sumaron al movimiento, de obreros de fábrica en Barueri y Volta Redonda a dependientes de tiendas en las concurridas calles principales y zonas comerciales de todo Brasil.
El punto álgido de la movilización se produjo el domingo siguiente 11 de octubre. Los simpatizantes de Lula se congregaron en gran número a lo largo de la Avenida Paulista de São Paulo, un tramo de tres kilómetros, que desde hace tiempo es la ruta tradicional de las protestas y que, durante la última década, ha sido escenario frecuente de la agitación de la extrema derecha. La afluencia recordaba a las manifestaciones de la década de 1980, que reclamaban elecciones presidenciales directas. Se registraron protestas de escala e intensidad comparables en todo el país, de Recife a Porto Alegre.
En primer lugar, está la cuestión de la democracia. Flávio Bolsonaro y sus seguidores han desafiado repetidamente las instituciones democráticas, han expresado su admiración por figuras autoritarias y han defendido el legado de la dictadura militar brasileña. Él y su familia han llegado a simbolizar un estilo de política profundamente amenazador. Muchos temían un resurgimiento de la persecución contra la izquierda, los sindicalistas, los intelectuales y los artistas. Las afinidades de Bolsonaro con el trumpismo, su actitud permisiva hacia la tenencia de armas y sus amenazas de recortar las prestaciones sociales y los derechos de la clase trabajadora contribuyeron a alimentar esas preocupaciones. También siguen muy presentes los recuerdos de la imprudente gestión de la pandemia de la COVID-19 por parte del padre de Bolsonaro
La llamada a la acción partió de los «fandoms» (comunidades en línea) más que de los esfuerzos convencionales de los partidos políticos o los sindicatos. Poco después de conocerse el resultado de la primera vuelta, André Janones, diputado y aliado de Lula, ayudó a convertir un canal de WhatsApp en un «Ejército de Lula» masivo en línea, que pronto creció hasta superar los 10 millones de seguidores, que coordinaba acciones y difundía vídeos virales y hashtags.
Aunque se retiró temporalmente de la red tras las intervenciones de jueces nombrados por Jair Bolsonaro, esta vasta red demostró que el lulismo era ya una fuerza vital en el espacio digital, que había todavía más la participación en línea. La aprensión y el entusiasmo se combinaron para crear un nivel excepcionalmente alto de compromiso político.
¿Qué impulsó a tanta gente, incluidas aquellas personas que normalmente no se involucran en el activismo político, a sacudirse el letargo y pasar a la acción? No hay una respuesta definitiva, pero se pueden plantear algunas hipótesis. En primer lugar, está la cuestión de la democracia. Flávio Bolsonaro y sus seguidores han desafiado repetidamente las instituciones democráticas, han expresado su admiración por figuras autoritarias y han defendido el legado de la dictadura militar brasileña.
Él y su familia han llegado a simbolizar un estilo de política profundamente amenazador. Muchos temían un resurgimiento de la persecución contra la izquierda, los sindicalistas, los intelectuales y los artistas. Las afinidades de Bolsonaro con el trumpismo, su actitud permisiva hacia la tenencia de armas y sus amenazas de recortar las prestaciones sociales y los derechos de la clase trabajadora contribuyeron a alimentar esas preocupaciones.
También siguen muy presentes los recuerdos de la imprudente gestión de la pandemia de la COVID-19 por parte del padre de Bolsonaro.
El levantamiento que lo impulsó no fue liderado por el PT, ampliamente percibido como una burocracia anquilosada y alejada de los jóvenes, como queda acreditado, entre otros muchos hechos, por la constatación de que Janones es militante del partido ecologista Rede y por la presentación del proyecto de ley para introducir la semana laboral de cinco días por Erika Hilton, una diputada transgénero del PSOL, un partido situado a la izquierda del PT. Sin embargo, la derrota en la primera vuelta sacudió al propio Lula y lo impulsó a actuar
Sin embargo, estos factores por sí solos no pueden explicar el drástico cambio de rumbo entre las dos vueltas. El levantamiento que lo impulsó no fue liderado por el PT, ampliamente percibido como una burocracia anquilosada y alejada de los jóvenes, como queda acreditado, entre otros muchos hechos, por la constatación de que Janones es militante del partido ecologista Rede y por la presentación del proyecto de ley para introducir la semana laboral de cinco días por Erika Hilton, una diputada transgénero del PSOL, un partido situado a la izquierda del PT.
Sin embargo, la derrota en la primera vuelta sacudió al propio Lula y lo impulsó a actuar. Respondió aumentando los pagos del programa Bolsa Família, reorganizando su equipo de campaña, concediendo animadas entrevistas a Janones e intensificando la inversión en proyectos para proteger a los más desfavorecidos. Los economistas estiman que destinó más de 72 millardos de dólares a prestaciones sociales en el período previo a las elecciones.
El día antes de la segunda vuelta, multitudes exultantes se reunieron una vez más a lo largo de la Avenida Paulista y la Avenida Atlântica de São Paulo, así como junto a la playa de Copacabana en Río. La tensión era palpable, ya que las encuestas pronosticaban una contienda reñida.
En las calles, los partidarios de Lula eran especialmente visibles: vestidos de rojo, portando pancartas y repartiendo folletos. Los jóvenes ayudaban a las personas mayores que no habían votado en la primera vuelta a llegar a los colegios electorales.
Hijos y nietos empujaban sillas de ruedas y asistían a familiares enfermos o con movilidad reducida. En las afueras de São Paulo, los comités locales organizaron servicios de guardería para que las madres y abuelas pudieran salir a votar.
El voto electrónico permitió que el recuento se completara en tan solo unas horas, tiempo durante el cual ambos candidatos se alternaron repetidamente en el primer puesto electoral. Pero el resultado final fue contundente: Lula obtuvo 64,2 millones de votos (51,8 por 100), aproximadamente 10,4 millones más que en la primera vuelta y 4 millones más que su oponente, que obtuvo 60 millones (48,2 por 100).
Flávio se negó a reconocer la derrota, alegando fraude electoral después de que se ampliara el horario de votación en algunas localidades, porque la falta de autobuses públicos impedía a los votantes llegar a los colegios electorales. Sin embargo, esta votación fuera de horario solo supuso 34.000 votos, lo que no representa más del 0,27 por 100 del electorado de los municipios afectados.
El resultado no es simplemente una victoria personal para Lula. Demuestra la capacidad de una amplia coalición improvisada de trabajadores, trabajadoras y jóvenes para defender un proyecto político, que consideraban amenazado. Los retos a los que se enfrentan Lula, el PT y el pueblo brasileño son inmensos: la mejora del nivel de vida, el aumento de la igualdad social y la promoción del desarrollo en un contexto de crisis económica, agitación política, obstruccionismo por parte de un poder legislativo dominado por la derecha y un imperialismo estadounidense cada vez más agresivo. Los mercados financieros no tardaron en mostrar su descontento ante el resultado electoral: la bolsa de São Paulo se desplomó el 14 por 100 el lunes 26 y el real sufrió su mayor caída en décadas
Siete minutos después de que se anunciara el resultado, el juez Moraes ordenó la incautación del pasaporte de Flávio Bolsonaro, alegando que podría huir del país para eludir la acción judicial por cargos de corrupción y blanqueo de capitales.
No está claro por qué no se intentó hacerlo mientras era candidato. A pesar de afirmar que permanecería en Brasil, Flávio huyó cruzando la frontera hacia la Argentina de Javier Milei y posteriormente voló a Miami, donde el gobierno de Trump le ha concedido permiso para permanecer en suelo estadounidense. Al llegar, se autoproclamó «verdadero presidente electo» de Brasil, una afirmación que matizó en menos de media hora para referirse a sí mismo como «líder de Brasil».
La extrema derecha internacional se movilizó para proteger a su protegido, aunque Trump, hasta el momento, no ha llegado a reconocerlo, al igual que hizo con Juan Guaidó, como jefe de Estado legítimo de Brasil.
El resultado no es simplemente una victoria personal para Lula. Demuestra la capacidad de una amplia coalición improvisada de trabajadores, trabajadoras y jóvenes para defender un proyecto político, que consideraban amenazado. Los retos a los que se enfrentan Lula, el PT y el pueblo brasileño son inmensos: la mejora del nivel de vida, el aumento de la igualdad social y la promoción del desarrollo en un contexto de crisis económica, agitación política, obstruccionismo por parte de un poder legislativo dominado por la derecha y un imperialismo estadounidense cada vez más agresivo. Los mercados financieros no tardaron en mostrar su descontento ante el resultado electoral: la bolsa de São Paulo se desplomó el 14 por 100 el lunes 26 y el real sufrió su mayor caída en décadas.
El movimiento popular que ayudó a Lula a cruzar la línea de meta no ha mitigado los conflictos políticos de Brasil.
En realidad, esta victoria de Lula marca una nueva etapa en la lucha por la democracia, los derechos sociales, las prioridades económicas y el rumbo futuro del país. Pero ahora hay una diferencia fundamental con respecto al pasado reciente: hay esperanza.
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Recomendamos leer Javier Toret y Rocío Guerrero, «El ejército de Lula: Tecnopolítica a la altura de los tiempos», El Salto, Fernando Rugitsky, «Brasil, campo de batalla», Ant/agón. André Singer, «Lulismo 3.0: un diagnóstico a mitad de mandato», Diario Red/New Left Review 150, «El regreso de Lula», NLR 139, y «Rebelión en Brasil», NLR 85; Jeremy Adelman y Pablo Pryluka «América Latina: la siguiente transición», Diario Red/New Left Review 149.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista de política y teoría publicada en Londres y en Madrid por Traficantes de Sueños.
*Mario Sergio Conti es periodista, escritor, traductor y presentador de televisión. Ha sido redactor jefe de Veja, Jornal do Brasil y Piauí. Es autor del libro Notícias do Planalto: a iImprensa e o poder os anos Collor (2012). Actualmente es columnista del periódico Folha de S.Paulo y presenta el programa de televisión Diálogos com Mario Sérgio Conti en GloboNews.
Fuente tomada: Ant/agon
