Roberto Iannuzzi.
Foto: Marco Rubio en la Acrópolis de Atenas (Captura de pantalla del video del discurso).
23 de octubre 2026.
La lógica del choque de civilizaciones que promueve Rubio es sumamente peligrosa para el mundo y acelera el declive de esa supremacía occidental que Rubio quiere defender con todas sus fuerzas.
El pasado 7 de octubre, desde la Acrópolis de Atenas, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, pronunció un discurso destinado a representar un histórico «llamado a las armas» para la civilización occidental.
Rubio trazó sus orígenes («la historia más grandiosa que el hombre haya conocido jamás») remontándose a las ciudades-estado de la antigua Grecia, a las que describió como «la cuna de la civilización más grandiosa del mundo».
Una civilización que, para defenderla, «hoy debemos luchar con la misma pasión que nuestros antepasados», afirmó.
Advirtió que
el camino que tomemos determinará si Occidente mantendrá su papel de líder mundial o se resignará a un futuro de atrofia, servidumbre y declive. O bien elegimos actuar ahora, o bien perderemos por completo la oportunidad de hacerlo.
Rubio reiteró que, bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha tomado su decisión:
Hemos optado por perseguir sin vacilaciones el poder nacional: recuperar el control de nuestras cadenas de suministro estratégicas, reindustrializar nuestra economía, reconstruir nuestra defensa, luchar por la supremacía en las tecnologías y las industrias del futuro.
Al presentar una reconstrucción histórica no exenta de manipulaciones y exageraciones, Rubio identificó en la antigua Atenas
la primera realización plena de todos los rasgos esenciales que acabarían por definir a Occidente: una individualidad orgullosa y una ambición implacable; exploraciones e inventos audaces; un anhelo por el descubrimiento, la aventura, el riesgo y la gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y los principios que lo rigen, un ansia por conocer los misterios de la naturaleza y desentrañar los secretos del cosmos. Una intolerancia hacia la idea de lo imposible, una inquietud ante cualquier frontera o límite, el impulso constante de escudriñar las profundidades de lo desconocido.
Se podría decir que el secretario de Estado estadounidense tomó prestada del pensador alemán Oswald Spengler la definición perfecta del hombre faustiano.
En el discurso de Rubio se esconde la crisis de Occidente.
Según el activista político estadounidense Ajamu Baraka, la estrategia del secretario de Estado
consiste en transformar una crisis de economía política en una crisis de civilización. En lugar de abordar las relaciones de producción, la propiedad y la extracción intensiva a nivel internacional que generan sobreexplotación, empobrecimiento e inseguridad, su narrativa desvía la atención hacia el legado cultural, la lealtad a una civilización y la supuesta necesidad de restaurar la grandeza del Occidente blanco.
Combatir la «amenaza persa»
Al recordar la caída de Atenas a manos de los persas liderados por Jerjes en el año 480 a. C., Rubio trazó un paralelo tácito con los acontecimientos actuales. Si bien a los persas de Jerjes se les describe como bárbaros que «saquearon los templos, quemaron los santuarios y arrasaron la Acrópolis», al Irán actual se le presenta como un país «cuyo culto a la muerte exalta a los niños kamikazes como héroes nacionales y presenta el martirio como un fin en sí mismo».
El mensaje bastante previsible del secretario de Estado es que, así como los antiguos griegos lucharon contra Jerjes para defender su civilización, sus descendientes de hoy deberían hacer lo mismo contra los descendientes del rey persa.
Poco le importa a Rubio que hayan sido los estadounidenses —herederos actuales de los griegos según su audaz interpretación— quienes atacaron militarmente a Irán junto con Israel, mientras Teherán llevaba a cabo una constructiva negociación el pasado febrero.
Así como parece insignificante, según el secretario de Estado, que en el origen del conflicto actual —que amenaza con arrasar toda la economía de una región estratégica para la prosperidad mundial— haya estado la decisión unilateral de Trump en 2018 de abandonar el acuerdo nuclear (JCPOA) que Teherán estaba cumpliendo plenamente.
Las repercusiones de esa decisión están resultando catastróficas, no solo para la región de Oriente Medio, sino también para los mismos cimientos económicos de esa supremacía estadounidense y occidental que Rubio quiere defender con ahínco.
Crisis del sistema de lavado de petrodólares
Las previsiones de octubre del Fondo Monetario Internacional (FMI) para los aliados regionales de EE. UU. son un boletín de guerra. Este año, la economía de Kuwait se desplomará un 16,7 %, la de Catar un 15,6 % y la de Bahrein un 11,3 %.
Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Arabia Saudita sufrirán una contracción del 3,9 % y del 3,3 %, respectivamente (el reino saudí, como veremos más adelante en este artículo, debe enfrentar, sin embargo, amenazas muy diferentes).
El cierre del estrecho de Ormuz impide que las monarquías del Golfo exporten sus recursos energéticos, esenciales para su presupuesto y para las necesidades mundiales, mientras que la guerra ha causado daños en la infraestructura que requerirán años y costosas inversiones para ser reparados.
Y no solo eso. El cierre del estrecho ha bloqueado el llamado sistema de “reciclaje de petrodólares” que durante décadas ha consolidado la alianza entre Estados Unidos y las monarquías del Golfo.
A cambio de la seguridad que Washington garantizaba a estos países, ellos vendían gas y petróleo en dólares y reinvertían sus ingresos en bonos del Estado estadounidenses.
Durante más de cincuenta años, el sistema de reciclaje de petrodólares redujo los costos de financiamiento de Estados Unidos y consolidó el papel del dólar como moneda de reserva mundial.
Durante una crisis petrolera tradicional, el aumento de los precios de la energía hace crecer los ingresos de los países productores del Golfo. El excedente de petrodólares fluye hacia el mercado financiero estadounidense, lo que aumenta la demanda de bonos del Tesoro de EE. UU.
Pero el cierre de Ormuz impide que las monarquías exporten sus recursos energéticos, agotando así sus ingresos, que no pueden reinvertirse en EE. UU.
Al mismo tiempo, los países importadores de petróleo ven cómo se dispara su factura en dólares.
Para limitar la depreciación de sus monedas frente al dólar —lo que elevaría aún más los precios de la energía en el mercado interno—, los bancos centrales de estos países se ven impulsados a intervenir en los mercados cambiarios vendiendo bonos del Tesoro de EE. UU., como lo hizo recientemente Japón.
La inflación provocada por la crisis energética y la enorme deuda pública estadounidense, que recientemente superó los 40 billones de dólares, contribuyen a su vez a que los bonos del Tesoro de EE. UU. resulten menos atractivos. Esto, a su vez, provoca un aumento en sus rendimientos, lo que eleva los costos de financiamiento de la deuda.
Como se puede observar, la crisis en el Golfo repercute directamente en la economía estadounidense y, probablemente, en el resultado de las elecciones de mitad de mandato previstas para el 3 de noviembre.
Desestabilización del reino saudí
A agravar aún más la situación en la península arábiga contribuye el nuevo recrudecimiento del conflicto entre Arabia Saudita y el movimiento yemení Ansar Allah, también conocido como los hutíes, por el nombre de su fundador, Hussein al-Houthi.
Este conflicto es independiente del enfrentamiento con Irán, del cual Ansar Allah se había mantenido al margen. El movimiento yemení, aunque se lo describe como un aliado cercano de Teherán, es un actor que mantiene una notable autonomía e independencia propias (quien esté interesado en la historia reciente del grupo y de Yemen puede leer aquí).
Aunque se le define como un movimiento chiíta, Ansar Allah ha construido una red de alianzas tribales y transconfesionales que incluyen también a elementos sunitas, llegando a controlar un territorio que alberga a más del 70 % de la población del país.
Entre Riad y Ansar Allah estaba vigente un alto el fuego desde 2022, tras los largos años de guerra que siguieron a la invasión saudí de Yemen en 2015.
El pasado 13 de julio, el bombardeo del aeropuerto de la capital yemení, Saná, atribuido por los hutíes a la fuerza aérea saudí, provocó una reanudación de las hostilidades que resultó desastrosa para Riad.
Gracias también a la ayuda tecnológica iraní, el movimiento yemení ha desarrollado en estos años su propia y sofisticada industria bélica y de misiles.
Hace unas semanas, con un avance fulminante, Ansar Allah tomó el control del estrecho de Bab el-Mandeb, que da acceso al Mar Rojo.
El bloqueo del tráfico marítimo saudí en el estrecho y el bombardeo del oleoducto Este-Oeste —el cual, al llegar a la terminal petrolera de Yanbu en el Mar Rojo, permitía a los saudíes exportar una parte de su producción petrolera sin pasar por Ormuz— han reducido casi a cero las exportaciones saudíes.
A pesar de los enormes gastos en el sector de la defensa, las infraestructuras militares y energéticas del país se han visto expuestas a los sofisticados ataques con drones y misiles llevados a cabo por Ansar Allah.
En una situación sin precedentes para el reino saudí, el aeropuerto de Riad y los de otras ciudades del país han sido atacados repetidamente.
Este tipo de ataques ahuyenta a los turistas y al capital extranjero, dos pilares fundamentales de la llamada Visión 2030, el proyecto de modernización del país impulsado por el príncipe heredero Mohammed bin Salman (comúnmente conocido por sus iniciales, MBS).
Este último, según el Wall Street Journal, se desplaza de búnker en búnker por los palacios de la capital, protegido por un reducido equipo de guardaespaldas, por temor a ser asesinado por Ansar Allah.
Sin embargo, si el conflicto continuara, los mayores riesgos para el príncipe heredero provienen del interior del país.
En 2017, mediante un decreto de su padre, el rey Salman, MBS le quitó el cargo de príncipe heredero a Mohammed bin Nayef, heredero directo al trono y figura poderosa dentro de los aparatos de seguridad saudíes.
El episodio generó fuertes tensiones dentro de la familia real. Además, esta concentra la riqueza del país en sus propias manos a costa de las demás tribus del reino.
El desastroso curso de la guerra, en caso de que el conflicto se prolongue sin un alto el fuego, podría, por lo tanto, desestabilizar al reino saudí —un pilar de la arquitectura de seguridad de EE. UU. en la región— debido al agravamiento de las divisiones internas.
Washington entre dos conflictos
Ante las dificultades de Arabia Saudita, la administración de Trump ha demostrado una vez más ser incapaz de proteger a uno de sus aliados clave.
La renuencia de la Casa Blanca a acudir en ayuda de Riad se debe a varias razones.
En primer lugar, Estados Unidos ya se había enfrentado anteriormente a Ansar Allah sin éxito, hasta el punto de firmar un alto el fuego con el movimiento en mayo de 2025. Washington ya ha comprobado, por lo tanto, que la fuerza aérea por sí sola no es suficiente para doblegar a los hutíes.
En segundo lugar, abrir un nuevo frente en la región en vísperas de las elecciones de mitad de mandato, cuando podría reavivarse el conflicto con Irán, sería una jugada extremadamente arriesgada para Trump.
Esto obliga a Riad a conformarse con solicitar la ayuda de actores regionales como Turquía y Pakistán, y eventualmente Siria y Egipto, lo que, entre otras cosas, aumenta los riesgos de una escalada horizontal del conflicto.
Dicha escalada podría ir de la mano, y eventualmente fusionarse, con una nueva escalada vertical del enfrentamiento entre Irán, por un lado, y Estados Unidos e Israel, por el otro.
En vísperas de dos citas electorales clave —las elecciones del 3 de noviembre en EE. UU. y las del 27 de octubre en Israel—, los rumores sobre un posible nuevo ataque israelí-estadounidense contra Irán (posiblemente después de las elecciones) se vuelven cada vez más insistentes.
En estos días se ha dado a conocer la noticia de que Washington estaría retirando a su personal diplomático no esencial de Arabia Saudita y se dispondría a hacer lo mismo en otros países del Golfo.
Además, un tercer portaaviones, el Theodore Roosevelt, se dirige hacia el Medio Oriente, aunque posiblemente para relevar al George Washington.
¿Farol o locura?
Cabe destacar que, desde un punto de vista logístico, mantener en la región tres portaaviones (o incluso solo dos) y sus respectivos grupos de ataque es insostenible para Estados Unidos.
La destrucción de las bases estadounidenses en el Golfo por parte de Irán ha hecho aún más prohibitivo el abastecimiento de un número tan elevado de embarcaciones y marineros (solo los tres portaaviones, en total, albergan a unos 15 000).
A esto se suma el hecho de que Estados Unidos carece tanto de interceptores —esenciales para defender las bases estadounidenses y las infraestructuras de los países aliados en el Golfo— como de misiles ofensivos.
Irán, por su parte, ha mantenido su capacidad de producción de misiles y drones. Por lo tanto, en caso de ser atacada, la República Islámica tiene la capacidad de golpear con extrema violencia las bases y las infraestructuras energéticas en el Golfo y en Israel.
Desde el punto de vista militar, por lo tanto, un nuevo ataque contra Irán conlleva riesgos enormes. Un nuevo conflicto de alta intensidad podría arrasar toda la economía del Golfo sin lograr doblegar a Teherán.
No se puede descartar, en el mejor de los casos, que las crecientes amenazas por parte de Estados Unidos e Israel sean un farol (destinado al fracaso) para presionar a Teherán a que se rinda.
Sin embargo, no debe subestimarse la intransigencia de quienes, tanto en Estados Unidos como en Israel, buscan una rendición total de Irán, convencidos de que una tregua o un acuerdo temporal le darían a la República Islámica tiempo para recuperarse.
Esa convicción responde a la misma lógica binaria que planteó Rubio a los pies de la acrópolis, una lógica que considera imposible cualquier compromiso y ve el choque de civilizaciones como un juego de suma cero.
El triunfo de una lógica de este tipo causaría un daño enorme no solo a la región, sino también a Estados Unidos, a la civilización occidental de la que Rubio se erige en paladín y a toda la comunidad humana.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people
