Ricardo Martins.
Ilustración: NEO
19 de octubre 2026.
El discurso de Marco Rubio en Atenas presentó el dominio global estadounidense como la noble defensa de la civilización occidental, pero detrás del escenario histórico se esconde un orden político más crudo: restaurar la supremacía occidental y hacer que Europa siga a Washington.
Marco Rubio eligió cuidadosamente el escenario. De pie en Atenas, con la Acrópolis y el Partenón a sus espaldas, el secretario de Estado de EE. UU. pronunció un discurso diseñado para parecer un llamado histórico a salvar la civilización occidental.
La antigua Grecia aportó la grandeza, el cristianismo proporcionó la justificación moral y la promesa del declive occidental creó el sentido de urgencia.
Pero si se elimina el escenario teatral, el mensaje se vuelve notablemente crudo. Rubio declaró que Occidente debe mantener su lugar «a la cabeza del mundo» y celebró la «búsqueda sin complejos del poder nacional» bajo el mandato de Donald Trump.
No se trató principalmente de una reflexión filosófica sobre la civilización, la historia o los valores compartidos.
Fue un argumento político a favor de restaurar el dominio occidental liderado por Estados Unidos.
«La idea de un Occidente unificado con una misión histórica ininterrumpida no es una verdad eterna; es una construcción política que ha servido a diferentes propósitos en diferentes momentos»
La ironía es que Rubio parece creer que revestir una ambición imperial con el lenguaje de la civilización la vuelve intelectualmente sofisticada. No es así.
Su discurso revivió una vieja estrategia geopolítica: presentar los intereses de una potencia dominante como los intereses universales de toda una civilización, para luego presentar la resistencia a ese dominio como una amenaza a su cultura, sus valores y su supervivencia histórica.
La pregunta no es si las sociedades occidentales poseen importantes tradiciones intelectuales, científicas y culturales. Por supuesto que sí.
La pregunta es por qué estos logros deberían dar derecho a Washington a liderar el mundo indefinidamente —y por qué otras sociedades deberían aceptar una posición subordinada.
La ambición imperial detrás de la retórica civilizacional
El discurso de Rubio pertenece a una tradición familiar de pensamiento geopolítico asociada con El choque de las civilizaciones de Samuel Huntington, aunque este último tenía sofisticación académica en sus argumentos; Rubio, ninguna.
En la era posterior a la Guerra Fría, Huntington argumentó que las identidades culturales y civilizatorias se convertirían en fuentes importantes de conflicto internacional. La administración de Trump está reviviendo este marco, presentando a la cristiandad occidental como un bloque político amenazado por China, Rusia y el mundo musulmán.
Sin embargo, el propio lenguaje de Rubio deja al descubierto el objetivo real. Advirtió que Occidente corría el riesgo de perder su posición a la cabeza del mundo y pidió un poder nacional renovado.
La preocupación no es simplemente que las tradiciones occidentales puedan desaparecer. Es que los gobiernos occidentales —Rubio tiene en mente sobre todo a Estados Unidos— puedan perder su capacidad para determinar los resultados internacionales.
Existe una diferencia considerable entre defender el patrimonio cultural y defender la supremacía geopolítica. Lo primero es un objetivo legítimo para cualquier sociedad. Lo segundo es una reivindicación de poder que otros países tienen todo el derecho a cuestionar.
El auge económico y tecnológico de China, la resistencia de Rusia a la presión estratégica occidental y las crecientes ambiciones internacionales de países como India, Pakistán, Turquía, Irán, Brasil, Sudáfrica e Indonesia reflejan un mundo en el que el poder se distribuye de manera menos exclusiva que antes.
Estos acontecimientos no constituyen automáticamente un ataque a la civilización occidental. Desafían la suposición de que Washington y sus aliados deban seguir siendo los principales arquitectos del orden internacional.
La narrativa civilizacional de Rubio convierte ese desafío en una lucha existencial, recurriendo al cristianismo para justificar una supuesta superioridad moral de Occidente.
La competencia económica, las disputas por los recursos, el acceso a los mercados y la rivalidad tecnológica pasan a un segundo plano frente a un supuesto enfrentamiento entre civilizaciones fundamentalmente diferentes. Ese marco resulta políticamente conveniente: hace que el compromiso parezca una debilidad y que la competencia estratégica parezca una cruzada moral.
La supuesta sofisticación es en gran medida teatral. Debajo se esconde una propuesta contundente: Occidente debe dominar porque es Occidente y es cristiano.
La Antigua Grecia no nació cristiana
Los fundamentos históricos del argumento de Rubio son profundamente problemáticos. En Atenas, hizo remontar la cristiandad europea hasta la Antigua Grecia, presentando la filosofía, la ciencia y la religión griegas como los cimientos que, en última instancia, dieron origen a la civilización cristiana.
Pero la Antigua Grecia era politeísta, no cristiana. Sus tradiciones intelectuales se desarrollaron siglos antes de que surgiera el cristianismo.
Posteriormente, la filosofía griega influyó en la teología cristiana a través de la tradición conservada por los musulmanes, pero la influencia intelectual no es lo mismo que la identidad civilizatoria. Reducir estos períodos históricos distintos a una única tradición occidental cristiana es sustituir la historia por la mitología.
El tratamiento que Rubio da a la ciencia revela otra contradicción. Celebró los logros de Galileo, Copérnico y Newton como expresiones de la herencia intelectual occidental, al tiempo que presentó al cristianismo como una fuente central del progreso científico.
Sin embargo, Galileo fue juzgado por la Inquisición romana en 1633 y obligado a renegar de su apoyo al heliocentrismo. La historia de la ciencia incluye profundas contribuciones de pensadores religiosos, pero también incluye conflictos entre la investigación científica y la autoridad religiosa. Un relato histórico serio debe reconocer ambos aspectos.
La civilización no comenzó ni terminó en Occidente
Durante la vida de Galileo (1564–1642), se mantuvo la actividad intelectual y científica en el mundo musulmán; China conservó un sistema altamente desarrollado de administración burocrática, y el Imperio mogol en el subcontinente indio estableció estructuras refinadas de administración imperial.
Las tradiciones intelectuales de la India se remontan mucho más atrás: el Arthashastra de Kautilya, un influyente tratado sobre el arte de gobernar, la diplomacia, la economía y la organización del gobierno, forma parte de la tradición de pensamiento político que floreció en la antigua India mucho antes de que naciera Galileo.
Al otro lado del Atlántico, el Imperio azteca había construido un poderoso Estado centrado en Tenochtitlán (la actual Ciudad de México), un importante centro urbano con extensos mercados, un gobierno organizado y una infraestructura impresionante.
Cuando Hernán Cortés llegó en 1519, no pisó un continente que careciera de civilización —según Rubio—; por el contrario, entró en un mundo que ya contaba con sociedades establecidas, instituciones políticas y logros culturales.
La conquista española, que se logró mediante la guerra, alianzas con los pueblos indígenas y el asedio de Tenochtitlán en 1521, condujo al establecimiento de un sistema colonial; no fue un intento de llevar la civilización a un mundo incivilizado.
Lo que no debemos hacer es idealizar estas sociedades ni pasar por alto los conflictos, las desigualdades y las conquistas que existían en su seno. Por el contrario, debemos oponernos a la visión histórica que presenta la expansión de Europa como si equivaliera automáticamente a la difusión de la civilización, al tiempo que ignora o minimiza los logros de otras sociedades.
Cuando Rubio se refiere en Atenas a Cortés como portador de la civilización, la pregunta que surge es: ¿de quién es esa civilización, y a qué costo para quién?
Las omisiones van más allá de Europa. Durante la Edad de Oro islámica, los eruditos que trabajaban en árabe ayudaron a preservar, traducir, desarrollar y transmitir importantes obras de la filosofía y la ciencia de la Antigua Grecia. Las tradiciones intelectuales musulmanas contribuyeron a las matemáticas, la astronomía, la medicina y la filosofía. En cualquier caso, la historia del desarrollo intelectual europeo no puede entenderse sin estas contribuciones musulmanas.
Nada de esto resta mérito a los logros de la Antigua Grecia, los pensadores cristianos o la ciencia europea. Simplemente rechaza la idea infantil que Rubio quiso transmitir de que una sola civilización generó de manera independiente los logros intelectuales de toda la humanidad.
La narrativa de Rubio necesita una herencia ininterrumpida desde Atenas hasta la Europa cristiana y la América moderna porque ese linaje le otorga a Washington un prestigioso pedigrí histórico.
Pero las civilizaciones no son certificados genealógicos que otorgan derechos permanentes al liderazgo global. Se desarrollan a través del intercambio, el conflicto, el préstamo y la reinvención. Cualquiera que se tome en serio la historia debería saberlo mejor.
Héroes para nosotros, bárbaros para ellos
La contradicción más reveladora en el discurso de Rubio es su doble moral respecto a la conquista.
Elogió las ambiciones imperiales de Alejandro Magno y celebró la expansión europea a través de figuras como Cristóbal Colón y Hernán Cortés. Presentó la colonización de las Américas como una expresión de exploración, ambición y expansión de la civilización occidental. Las tierras conquistadas por los europeos se convirtieron en una «tierra abierta y salvaje» a la espera de ser transformada.
¿Qué pasó con los pueblos que ya vivían allí? Sus sociedades, instituciones políticas, sistemas de conocimiento y culturas desaparecen en gran medida de esta narrativa heroica.
Lo mismo ocurre con la violencia, el despojo, la matanza de personas y la destrucción que acompañaron a la conquista europea. La experiencia histórica de los pueblos indígenas se convierte en un detalle incómodo en una historia sobre la grandeza occidental.
Ahora consideremos el relato de Rubio sobre la invasión persa de Grecia. Las campañas de Jerjes se presentan como una agresión contra los cimientos de la civilización occidental para justificar la actual guerra estadounidense-israelí contra Irán. Se condena la expansión imperial persa, mientras que la expansión imperial de Alejandro, los conquistadores europeos y sus sucesores se convierte en una admirable expresión de ambición histórica.
¿Por qué la conquista debería adquirir un significado moral diferente dependiendo de quién la lleve a cabo?
La misma pregunta se aplica a la geopolítica contemporánea. El lenguaje de Rubio presenta a Irán como una amenaza para la civilización, al tiempo que sitúa al poder occidental dentro de una narrativa de defensa histórica.
Pero ningún gobierno adquiere inmunidad moral al invocar el cristianismo, la democracia o una civilización supuestamente superior. La legitimidad de la acción militar debe juzgarse por sus circunstancias, su conducta y sus consecuencias, no por la identidad de la potencia que la lleva a cabo.
No se trata de que todos los imperios o conflictos históricos sean idénticos. Se trata de que los criterios utilizados para evaluarlos no deberían cambiar según la conveniencia geopolítica.
Es precisamente aquí donde la narrativa civilizacional se convierte en propaganda. La conquista occidental se transforma en un logro histórico; la resistencia no occidental se presenta como barbarie. El resultado no es un relato serio de la historia, sino una jerarquía de legitimidad moral construida explícitamente para excusar a los poderosos.
La elección de Europa: ¿honestidad intelectual o vasallaje estadounidense?
El discurso de Rubio en Atenas está dirigido no solo a los rivales de Estados Unidos, sino sobre todo a Europa.
Washington quiere que los gobiernos europeos renueven su compromiso con un bloque occidental común, aumenten el gasto militar y apoyen una postura internacional más confrontativa. A los países europeos se les advierte constantemente (por parte de Marco Rubio, J.D. Vance y Donald Trump) que la inmigración, en particular la inmigración musulmana, amenaza su identidad civilizacional.
La implicación es inequívoca: Europa debe defender una visión estrechamente definida de la civilización occidental, al tiempo que se alinea más estrechamente con las prioridades estratégicas estadounidenses.
Es aquí donde la narrativa se vuelve especialmente contradictoria. América Latina forma parte geográficamente del hemisferio occidental, y el cristianismo está profundamente arraigado en toda la región; sin embargo, las sociedades latinoamericanas no se incluyen dentro del concepto político de Occidente.
Su exclusión pone de manifiesto los límites de la afirmación de que Occidente es simplemente una comunidad cultural o religiosa, pero sobre todo una categoría política, moldeada por el poder y la alineación estratégica.
El énfasis de Rubio en su ascendencia europea, en lugar de la complejidad más amplia de sus raíces cubano-latinoamericanas, refuerza el atractivo simbólico de una identidad transatlántica.
Pero la ascendencia no puede zanjar la cuestión de quién pertenece a una civilización. Tampoco deberían los gobiernos europeos aceptar una definición de su identidad que convierta la lealtad a Washington en la prueba definitiva de pertenencia.
Europa también debería ser cautelosa ante las consecuencias de este guion político. Si defender la civilización se convierte en sinónimo de confrontación permanente, de un gasto militar cada vez mayor y de hostilidad hacia poblaciones enteras, el resultado podría ser una mayor inseguridad en lugar de una mayor fortaleza.
Una Europa que simplemente repita la retórica de Washington corre el riesgo de renunciar a su capacidad de juicio estratégico independiente.
La ironía es que la propia historia de Europa debería hacerla particularmente recelosa de las grandes narrativas que santifican el poder. Los imperios europeos justificaron la conquista y la matanza de poblaciones indígenas con el lenguaje de la religión, el progreso y la civilización.
El siglo XX fue testigo de cómo las potencias europeas se devastaron unas a otras en dos guerras mundiales. La idea de un Occidente unificado con una misión histórica ininterrumpida no es una verdad eterna; es una construcción política que ha servido a diferentes propósitos en diferentes momentos.
Rubio ahora está intentando movilizar esa narrativa para una nueva era de rivalidad estratégica. El lenguaje ha cambiado, pero la jerarquía permanece: Washington lidera, Europa sigue, y se espera que el resto del mundo acepte el arreglo.
La respuesta no es sustituir el chovinismo occidental por una celebración igualmente simplista de otras civilizaciones. Es rechazar, en primer lugar, la premisa de que el orden internacional deba organizarse en torno a la superioridad civilizatoria.
El mundo no necesita otra cruzada disfrazada de filosofía. Necesita relaciones internacionales basadas en la soberanía, la honestidad histórica, el respeto mutuo y el reconocimiento de que ningún país posee un derecho permanente a la supremacía.
En resumen, el discurso de Rubio en Atenas se presentó como una defensa de la civilización occidental. Su rasgo más revelador fue su insistencia en que Occidente debe permanecer a la cabeza del mundo.
Eso no es una defensa de la civilización. Es una defensa de la jerarquía —y ningún teatro histórico puede hacer desaparecer esa distinción.
Traducción nuestra
*Ricardo Martins es doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica
Fuente: New Eastern Outlook
