Fabio Vighi.
Foto: Enes Ersahin en Unsplash
19 de octubre 2026.
El sistema necesita nuestro consentimiento, nuestro sacrificio y nuestra inversión psíquica. Retirar esa inversión es la única variable que no pueden calcular.
Una hauntología de la guerra.
El declive civilizatorio en el que nos encontramos desde hace tiempo ha desatado un estremecimiento institucional generalizado ante la perspectiva de la guerra —una excitación que refleja la fragilidad, la confusión y la pura desesperación de este momento histórico.
La «guerra» significa ahora algo elemental: la reducción de la vida misma a una transacción. Sin embargo, ya no se trata de la prostitución neoliberal de la guerra como «el precio de la democracia» —esa fantasía angloamericana de finales de la década de 1990 y principios de la de 2000 de exportar la democracia mediante misiles de crucero, desde los Balcanes hasta Afganistán e Irak—.
Esa justificación ha perdido su eficacia económica e ideológica. Lo que se despliega, más bien, es el espectro de la guerra como algo similar a lo que Jacques Lacan llamó la «fantasía fundamental»: el lugar imaginario donde me veo a mí mismo sufriendo; la pantalla fantasmática definitiva que proporciona un apego inconsciente, protegiendo así al sujeto del vacío.
Y Europa es, una vez más, el epicentro de esa movilización espectral. La «preparación para la guerra», como la llaman cínicamente las élites tecnocráticas, funciona como un marco fantástico poblado de imágenes de dolor e incluso de aniquilación.
Psíquicamente, está destinada a funcionar como la barrera defensiva más profunda contra el vacío del sujeto moderno en un momento en que se desmorona la creencia de que la constelación capitalista es socialmente productiva.
Parafraseando el famoso texto freudiano que inspiró a Lacan, podríamos decir que «Europa está siendo golpeada» (el artículo de Freud de 1919 se titulaba «Un niño está siendo golpeado»); se supone que esa imagen dolorosa genera una identificación duradera con la propia Europa.
Es una fantasía que no solo aterroriza a los europeos, sino que también los ata a la misma lógica que los está despojando de seguridad, ingresos y poder colectivo. Esto es lo que el psicoanálisis llama cathexis: la inversión psíquica que nos ata incluso a lo que nos daña.
Si ampliamos la perspectiva y observamos con atención, veremos que la hauntología de la guerra, que ahora proporciona a la UE su última forma de legitimidad, se está extendiendo simultáneamente por tres frentes.
Primero, en los centros de datos, donde se entrena a la inteligencia artificial.
En segundo lugar, en los mercados de bonos, donde los gobiernos y las corporaciones piden prestadas enormes sumas para sostener su agotado motor reproductivo.
Y en tercer lugar, por supuesto, en los cielos de Ucrania e Irán —y en Gaza, donde los palestinos son asesinados a diario a pesar del alto el fuego—.
Si conectas esos frentes, verás no una guerra entre naciones en el sentido tradicional, sino la lenta desintegración del propio orden capitalista global.
En los términos proféticos de Robert Kurz, estamos presenciando una «guerra civil mundial»: el capitalismo global, siempre una construcción fetichista, se descompone a medida que alcanza sus límites estructurales. En este escenario apocalíptico, sostengo que el principal tablero de resultados no es el campo de batalla, sino el mercado de bonos.
Primer frente: La guerra de la IA
El capitalismo está impulsado por audaces revoluciones tecnológicas que, en los últimos 50 años, se han vuelto —«al estilo Terminator»— en contra de las sociedades capitalistas que las hicieron posibles, al imponerles las terribles consecuencias de un declive caracterizado por la eliminación de puestos de trabajo y financiado con deuda.
Esto resume la fatal miopía del gigante capitalista: una máquina pesada que avanza a toda marcha con «signos de dólar en los ojos» (como en las clásicas caricaturas de mediados del siglo XX de Disney y Warner Bros).
La obsesión por generar ganancias nos ciega ante la empatía humana, así como ante sus consecuencias destructivas y sus costos sociales.
Ahora bien, Estados Unidos ha pasado los últimos tres años construyendo una industria de inteligencia artificial partiendo de la suposición de que dicha inteligencia seguiría siendo tan escasa como la que habita en los cerebros de quienes la siguen ciegamente como una nueva religión —además de costosa y de propiedad exclusiva—.
De ahí la convicción de que quien controlara los mejores modelos de IA controlaría el futuro. Pero no hace falta mucha sabiduría para darse cuenta de que esa suposición se está derrumbando ahora —al menos como estrategia industrial—. ¿Por qué?
Porque China ha adoptado un enfoque diferente. En lugar de desarrollar los modelos más grandes y costosos a puerta cerrada, las empresas chinas han estado lanzando potentes modelos de código abierto: gratuitos para que cualquiera los utilice, modifique y amplíe.
Me refiero a modelos como Kimi K3, Qwen, GLM y DeepSeek, que ahora rinden aproximadamente entre el 90 % y el 95 % de la capacidad de los mejores modelos estadounidenses, a una fracción del precio.
Las cifras lo dejan muy claro. A finales de septiembre de 2026, los modelos chinos procesaban 76,12 billones de tokens por semana, frente a los 4,37 billones de finales de abril. Eso representa un aumento de diecisiete veces en cinco meses.
Los cuatro principales proveedores estadounidenses, en conjunto, procesaron apenas 14,2 billones. En otras palabras, la tendencia se ha invertido. El resto del mundo ahora utiliza la IA china más de cinco veces más que la estadounidense, y la brecha se está ampliando. Entonces, ¿por qué es importante esto?
Porque todo el auge de la IA estadounidense que impulsa los mercados y sustenta efectivamente a la economía occidental, sumida en deudas —los centros de datos, los chips, las plantas de energía, los cientos de miles de millones en préstamos— depende de poder cobrar precios elevados por la IA. Si se dispone de inteligencia casi equivalente a cambio de casi nada, ese poder de fijación de precios se desvanece.
Como argumenté en mi artículo anterior, la industria estadounidense de la IA es adicta al crédito y está atrapada en un ciclo de acuerdos circulares. Si bien empresas como Microsoft, Google, Amazon y Oracle se han comprometido a invertir aproximadamente 2,3 billones de dólares en proyectos futuros, cerca de la mitad de esa suma la deben OpenAI y Anthropic —dos empresas que operan con pérdidas—.
Los hiperescaladores, en la práctica, están prestando dinero a clientes no rentables, al tiempo que ellos mismos se endeudan fuertemente para financiar la expansión. Esto, en pocas palabras, es la burbuja de la IA, y la estrategia de código abierto de China es el alfiler que podría reventarla.
Como lo expresó lacónicamente un inversionista de capital de riesgo, obligar a las empresas a pagar de 26 a 56 dólares por cada millón de tokens por inteligencia que el resto del mundo obtiene por entre 0,50 y 1 dólar es «económicamente insostenible».
Por lo tanto, China no está tratando de ganar la carrera de la IA en el sentido tradicional. Siguiendo la mejor tradición de Sun Tzu («El arte supremo de la guerra consiste en someter al enemigo sin luchar»), está tratando de hacer que la IA no sea rentable para los actores establecidos de Estados Unidos —y está funcionando.
Lo que está en juego aquí va más allá de la rivalidad geopolítica. A pesar de su carácter autoritario y de capitalismo de Estado, la ofensiva de código abierto de China revela algo que el complejo occidental de la IA necesita ocultar desesperadamente: la IA no tiene por qué ser escasa, patentada o alquilada. Puede circular como una capacidad general en lugar de funcionar como un activo cerrado.
La pregunta más importante: ¿puede esta competencia, a la larga, separar a la IA de la lógica del capital? La tecnología no es intrínsecamente liberadora, pero la abundancia puede, al menos, socavar la forma rentista que el capital le ha impuesto.
Segundo frente: La guerra del mercado de bonos
Mientras se desarrolla la guerra de la IA, algo igualmente importante está sucediendo en el mercado de bonos.
Como incluso los medios de comunicación convencionales ahora se dignan informar, los rendimientos de los bonos están subiendo como un tsunami por todo el mundo occidental:
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Bonos del Tesoro de EE. UU. a 10 años: 5,36 %, el nivel más alto desde 2002
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Bonos del Tesoro de EE. UU. a 30 años: 5,73 %, el nivel más alto desde 2002
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Bonos del Estado del Reino Unido a 30 años: por encima del 6 %, el nivel más alto desde 1998
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Bonos franceses a 10 años: cerca del 5 %, con el diferencial respecto a los bonos alemanes en un récord desde el inicio de la era del euro
Para entender la relevancia de esto, imagina a un amigo —llamémoslo Alex— que gana 50 000 libras al año, pero tiene una deuda de 500 000 libras en tarjetas de crédito. Alex se ha las ha ido arreglando pagando el mínimo y, de vez en cuando, solicitando nuevas tarjetas para saldar las antiguas. Ahora el banco eleva la tasa de interés de Alex del 5 % al 10 %, por lo que sus pagos mínimos se duplican. Alex ahora debe dejar de gastar en todo lo demás, y la economía a su alrededor se ve afectada.
Entonces el banco se da cuenta de que, si sigue cobrando el 10 %, Alex entrará en mora. Así que vuelve a bajar la tasa al 5 %; no porque Alex sea solvente, sino porque el banco tiene miedo.
Otros prestamistas ven esto y dejan de otorgar préstamos por completo. Esto es lo que está sucediendo con los gobiernos y los mercados de bonos. Alex son nuestros gobiernos, y los bancos son los inversionistas en bonos, quienes están comenzando a entrar en pánico.
En las Reuniones Anuales del FMI de octubre de 2026, Kristalina Georgieva (directora gerente del FMI) identificó la inflación persistente, las tasas más altas, la demanda de inversión relacionada con la inteligencia artificial y los fundamentos fiscales débiles como las fuerzas que empujan los rendimientos a máximos de varias décadas.
Sin embargo, también advirtió contra los «vaqueros monetarios que acuden al rescate de los agentes fiscales», una advertencia que da una idea de cuán intensa se ha vuelto ya la presión para hacer precisamente eso.
En otras palabras, la expansión cuantitativa inflacionaria está escrita en el guión. La única pregunta que queda es cuándo —y bajo qué nivel de presión financiera— los bancos centrales se verán obligados a leer ese guión en voz alta.
He aquí la idea clave: el mercado de bonos está haciendo el trabajo de los bancos centrales por ellos. Al impulsar al alza los rendimientos, está endureciendo de manera autónoma las condiciones financieras, sin que los bancos centrales tengan que subir las tasas de interés de manera significativa.
Desde mediados de septiembre, el mercado de bonos ya se ha endurecido en casi 200 puntos básicos en ocho economías importantes. Esto está encareciendo las hipotecas, los préstamos comerciales y el endeudamiento público, lo que a su vez está desencadenando condiciones de austeridad. Los primeros síntomas de esa austeridad ya son visibles.
En Europa, en Francia, Italia, Bélgica y otros países, las protestas actuales lideradas por jóvenes contra el costo de vida, la vivienda y el colapso de los servicios públicos están convirtiendo la violencia abstracta del mercado de bonos en un asunto de ira, frustración y revuelta colectivas.
Es un momento de desesperación, y ya es imposible ignorar la trampa sistémica. Los bancos centrales no pueden subir más las tasas porque la carga de la deuda global es colosal.
Pero tampoco pueden bajar las tasas de manera agresiva, ya que la amenaza de una inflación galopante sigue siendo grave. Y si los rendimientos a largo plazo siguen subiendo, los bancos centrales se verán finalmente obligados a tomar precisamente la medida que prometieron evitar: imprimir dinero para comprar bonos y contener los rendimientos.
El mercado de bonos es un frente de guerra, no una mesa de operaciones. Es el mecanismo de transmisión a través del cual las contradicciones explosivas del sistema se estrellan directamente contra la vida cotidiana de millones de personas.
Cuando el mercado de bonos lucha, no lo hace con tanques ni artillería; lucha con la tasa de tu hipoteca, tu fondo de pensiones y el presupuesto de tu escuela y hospital locales. En resumen, con tu sustento. Y en este momento, el mercado de bonos está ganando.
Tercer frente: La guerra real
El 14 de octubre de 2026, unos drones atacaron dos petroleros frente a la costa de Rumania, uno de ellos dentro de aguas territoriales rumanas.
Una fuente de la OTAN declaró a Reuters que los drones eran rusos; el presidente de Rumania confirmó los ataques, pero se negó formalmente a culpar a Moscú; el presidente de Bulgaria afirmó que no había «evidencia sólida» del origen ruso.
No importa. La retórica bélica desde Bruselas y Londres se ha ido intensificando durante meses. Kaja Kallas sigue repitiendo que Rusia podría poner a prueba la preparación de Europa «en un plazo de tres a cinco años».
Mark Rutte declara: «Somos el próximo objetivo de Rusia». Ursula von der Leyen proclama: «Si Europa quiere evitar la guerra, debe prepararse para ella». La UE está construyendo un «Schengen militar» para desplazar tropas más rápidamente, partiendo de la premisa de que las reglas en tiempos de paz no disuadirán a Putin.
En Gran Bretaña, las fuerzas armadas están reactivando el «Libro de Guerra» de la era de la Guerra Fría: el plan para la movilización nacional, el racionamiento, la evacuación y el gobierno de emergencia.
Este es el lenguaje de un continente que se prepara para la guerra: la unión de la buena voluntad y el servicio militar obligatorio que acompaña a toda caída en la barbarie.
Funciona precisamente como la fantasía fundamental de Lacan: una pantalla imaginaria, llena de imágenes de dolor, erigida contra el vacío abierto por el colapso de la legitimidad capitalista. Tras el Covid, los europeos deben volver a ser entrenados para temer (y, inconscientemente, disfrutar del miedo) ante la amenaza que representa un Enemigo abrumador.
Este memento mori del capitalismo tardío permite a la tecnocracia llenar la ausencia total de ideas políticas —y la desintegración de la sustancia capitalista— con la fantasía de emergencia de la supervivencia nacional o colectiva.
Sin embargo, cuando se les presiona, los mismos funcionarios admiten lo que su retórica oculta. Rutte: «No vemos ninguna amenaza inminente contra el territorio de la OTAN».
Un funcionario de la UE: Los servicios de inteligencia europeos no han visto indicios de que Rusia planee atacar a miembros de la OTAN. Y Putin repite lo que ha dicho durante años: «No tenemos planes de ninguna acción militar contra Europa. No hay razón para ello».
El patrón es inconfundible: las instituciones que advierten sin cesar sobre la agresión rusa admiten, cuando se les pregunta directamente, que no ven evidencia de un ataque inminente. La preparación para la guerra, por lo tanto, cumple tres propósitos: justifica un enorme gasto en defensa a medida que se derrumba el margen fiscal; disciplina a la población para que acepte la austeridad, el sacrificio y un posible servicio militar obligatorio; y crea las condiciones políticas para la expansión cuantitativa (QE) que el mercado de bonos ya está haciendo inevitable.
Consideremos el caso de Gran Bretaña. Está gastando 298 mil millones de libras en cuatro años para «reconstruir la preparación para el combate», mientras que su ejército se ha reducido a alrededor de 73 000 soldados —la cifra más baja desde la era napoleónica—.
Según se informa, sus submarinos de ataque no están disponibles en absoluto para operaciones; su flota de aviones de combate asciende a unos 140, una fracción de la capacidad que tenía durante la Guerra Fría. ¿Se está preparando Gran Bretaña para la guerra?
Lo más probable es que se esté preparando para dar la impresión de prepararse para la guerra. El punto no es la capacidad militar, sino la movilización ideológica: una población entrenada para aceptar que los jóvenes tal vez tengan que «salir y morir» (Jacob Rees-Mogg dixit) por un país cuya clase dominante ha pasado décadas desmantelando las condiciones por las que valga la pena luchar.
Luego está Irán. La guerra no provocada por Estados Unidos ha entrado en su séptimo mes, con Israel en alerta máxima y Washington y Jerusalén discutiendo ataques contra instalaciones militares y nucleares iraníes.
En torno a este conflicto, la sospecha se convierte sistemáticamente en implicación: un incidente cerca de la base de la RAF en Fairford da lugar a detenciones, evacuaciones y acusaciones de participación iraní, aunque no se hallan explosivos; un secuestro a bordo de un vuelo de Flydubai se replantea de inmediato como otro 11 de septiembre, aunque no surge ningún vínculo iraní comprobado.
Una vez más, así es como se adiestra la psique colectiva: sin pruebas, solo implicaciones.
Huelga decir que lo que está en juego, en el fondo, son las finanzas. La supuesta disposición de Irán a aceptar yuanes por el petróleo que transita por el Estrecho de Ormuz —y, según se informa, a ofrecer a Europa un acuerdo de tránsito denominado en euros— amenaza el sistema del petrodólar que ha respaldado el dominio financiero estadounidense desde 1974.
Si el petróleo deja de exigir dólares, la demanda del dólar cae, los costos de endeudamiento de EE. UU. aumentan y una máquina de deuda ya agobiada por 40.3 billones de dólares en deuda nacional bruta y 1.36 billones de dólares en pagos anuales de intereses se vuelve verdaderamente insostenible.
Aquí es donde la guerra real se une a los otros frentes. La guerra impulsa al alza los precios de la energía y la inflación; la inflación mantiene altas las tasas de interés; las tasas altas intensifican la carga de la deuda de la IA; y la crisis crediticia resultante obliga a los bancos centrales a recurrir a la expansión cuantitativa (QE).
Sin embargo, en un mundo con el petróleo a más de 100 dólares e inflación impulsada por la guerra, la expansión cuantitativa destruye aún más la credibilidad monetaria.
El conflicto con Irán no es, por lo tanto, simplemente una catástrofe geopolítica. Es el mecanismo a través del cual la burbuja de la IA y la crisis del mercado de bonos se convierten en una guerra real; y a través del cual el sistema adquiere su justificación para el rescate monetario sin el cual no puede sobrevivir.
El guion
La expansión cuantitativa, seguida de un mayor empobrecimiento masivo, revueltas masivas y medidas de control, está escrita en el guion, porque dentro del horizonte capitalista occidental no hay alternativa. La guerra en tres frentes lo deja más claro.
Occidente está luchando en los tres frentes con la misma arma: el gasto financiado con deuda. La ventaja de China es que lucha con la abundancia de recursos de código abierto, destruyendo el poder de fijación de precios del que depende el capital estadounidense de IA.
En este enfrentamiento, el mercado de bonos es el mecanismo que convierte la guerra de la IA en una crisis financiera. Cuando el costo de asegurar la deuda de CoreWeave contra un incumplimiento se dispara más allá de los 1,000 puntos base, no se trata simplemente de la crisis de una sola empresa.
Es el mercado valorando el colapso del modelo de inversión en IA. (Para contextualizar, CoreWeave es un proveedor de servicios de IA en la nube que pasó de ser un desconocido a convertirse en un gigante y un prestatario de miles de millones de dólares en apenas tres años.)
La escalada de una guerra real es el factor impredecible detrás de la expansión cuantitativa (QE). Si el conflicto con Irán se intensifica, o si Ucrania se expande hacia territorio de la OTAN, el costo fiscal se vuelve instantáneo y enorme.
La guerra impulsa al alza los precios de la energía y la inflación; la inflación mantiene altas las tasas de interés; las tasas altas agravan la carga de la deuda de la IA; el evento crediticio resultante obliga a los bancos centrales a monetizar. Esta podría ser la lógica del próximo momento de «lo que sea necesario». No llegaría como una salvación, sino como la admisión de que el sistema solo puede mantenerse en pie imprimiendo dinero para superar sus propias contradicciones.
La expansión cuantitativa, por supuesto, no resolverá la crisis. No restablecerá la rentabilidad, ni reparará el modelo de inversión en capital de la IA, ni hará sostenible la deuda soberana.
Su función es más limitada y cínica: prevenir el incumplimiento inmediato, proteger el valor de los activos y ganar tiempo para distribuir las pérdidas hacia abajo. Esta es la secuencia que hay que tener en cuenta: la insolvencia se convierte en inflación; la inflación, en un nuevo régimen de disciplina social; y la disciplina social, en las condiciones políticas para un mayor control.
La misma convergencia es visible en el lenguaje que ahora rodea a la propia IA. A raíz del pánico reciente por los «enjambres rebeldes» autónomos, expertos de EE. UU. y China están discutiendo la gobernanza de la IA en un lenguaje que antes se reservaba para las armas nucleares: líneas rojas, control humano obligatorio, líneas directas para incidentes causados por sistemas autónomos.
El escenario temido es revelador. Un sistema estadounidense detecta actividad sospechosa en una red militar china, la clasifica como un ataque y responde. Los sistemas chinos detectan la respuesta y responden automáticamente. En cuestión de minutos, dos sistemas defensivos han creado la apariencia de una agresión mutua, y la guerra comienza a raíz de un error de reconocimiento automatizado.
Por eso la guerra de la IA y la guerra real se unen. La infraestructura que se está construyendo para gestionar el riesgo algorítmico dentro de una civilización en colapso a cámara lenta es también la infraestructura de un panóptico digital (el aparato administrativo del régimen de expansión cuantitativa; el medio por el cual se hace que las pérdidas distribuidas hacia abajo se mantengan).
El régimen de monedas estables de la Ley CLARITY, con sus requisitos de KYC y las facultades del Tesoro para congelar transacciones sin orden judicial, se legaliza como «protección al consumidor».
Los bancos centrales experimentan con dinero programable que puede restringirse, caducar o hacerse condicional. Bajo coacción económica, las herramientas diseñadas para las «finanzas ilícitas» se convierten en herramientas de control de la población: una prisión digital cuyos barrotes permanecen invisibles hasta que se cierran.
¿Lo llamarán QE, control de la curva de rendimiento, «apoyo a la liquidez» o un nuevo mecanismo de emergencia? No importa, porque el guión ya está escrito y la única variable es cuánta guerra real debe ocurrir antes de que se lea en voz alta.
Pero un guión no es un destino. Si la preparación para la guerra funciona como una fantasía fundamental, entonces la tarea, como diría Lacan, es atravesar la fantasía. Esto significa rechazar cualquier identificación sacrificial con la nación, la bandera o la «defensa de Europa», y en su lugar mirar directamente al vacío que la retórica bélica está diseñada para ocultar.
Cuando llegue la carta de reclutamiento o se emita el decreto de emergencia, atravesar la fantasía significa decir:
El país que nos pide que muramos es el mismo país que nos ha despojado de vivienda, de atención médica y de un futuro.”
Significa organizar un rechazo estructural, un movimiento de deserción sin concesiones: no seremos las víctimas colaterales humanas para el rescate del mercado de bonos.
El sistema necesita nuestro consentimiento, nuestro sacrificio y nuestra inversión psíquica. Retirar esa inversión es la única variable que no pueden calcular.
Traducción nuestra
*Fabio Vighi es profesor de cine y teoría crítica en la Universidad de Cardiff (Reino Unido), donde vive y trabaja desde el año 2000. Es autor de numerosos libros en inglés, entre los que se incluyen Critical Theory and the Crisis of Contemporary Capitalism (2015), Critical Theory and Film: Rethinking Ideology through Film Noir (2012), On Zizek’s Dialectics (2010) y Sexual Difference in European Cinema (2009). Es codirector del «Zizek Centre for Ideology Critique» de la Universidad de Cardiff.
Fuente: Fabio Vighi Substack
