Roberto Iannuzzi.
Foto: Xi Jinping y Donald Trump en la Casa Blanca (Crédito de la foto: Brendan Smialowski/AFP)
25 de septiembre 2026.
Aunque no se deben subestimar los riesgos de la IA, los llamamientos a frenar su desarrollo están motivados por razones de sustentabilidad económica. La competencia con China complica el panorama.
Cuando el presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo chino Xi Jinping se reunieron en Washington el 24 de septiembre, las expectativas eran bajas.
Uno de los pocos ámbitos en los que algunos esperaban que fuera posible llegar a un acuerdo —al menos una especie de tregua— es la seguridad en materia de inteligencia artificial (IA). El tema también se planteó en la Asamblea General de la ONU, en particular por parte de los europeos.
Unos días antes, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, había concluido las conversaciones con el viceprimer ministro chino He Lifeng proponiendo la creación de un mecanismo conjunto de seguridad sobre la IA —en realidad, una medida mínima de cooperación, no un acuerdo significativo—.
Poco después, el Diario del Pueblo, periódico oficial del Partido Comunista Chino, publicó un artículo en el que se afirmaba que Washington y Pekín deberían «hacer de la IA una nueva frontera de cooperación entre China y EE. UU.».
Sin acuerdo
En realidad, no existe un acuerdo entre las dos superpotencias sobre la naturaleza de la amenaza que representa el desarrollo de la IA. La desconfianza mutua se ve agravada por el hecho de que esta nueva tecnología constituye uno de los frentes más candentes de la competencia estratégica entre ambos países.
Washington mantiene restricciones a la exportación de semiconductores y tecnologías informáticas avanzadas con el fin de frenar el avance chino, basándose en justificaciones de seguridad nacional.
Estados Unidos también está impulsando una campaña mediática que acusa a las empresas chinas de recurrir a una técnica “desleal” conocida como “destilación de modelos”.
Se trata de un proceso mediante el cual un sistema de IA competidor, con capacidades más limitadas, consulta a gran escala un modelo de vanguardia de alto rendimiento para adquirir sus resultados, sus patrones de razonamiento y sus capacidades —una forma de entrenamiento que requiere menos potencia de cálculo y tiene costos más bajos.
Por su parte, las empresas chinas han lanzado modelos de IA gratuitos y de código abierto que están poniendo en peligro el costoso modelo propietario estadounidense y las cotizaciones bursátiles de empresas como OpenAI y Anthropic.
Una apuesta de alto riesgo
En Estados Unidos, el auge de la IA, acompañado de inversiones masivas en infraestructura y enormes ganancias en los mercados bursátiles, ha impulsado el crecimiento económico.
Las inversiones en IA han representado aproximadamente la mitad del crecimiento del índice bursátil S&P 500 este año, donde ahora apenas diez empresas tecnológicas representan más de un tercio de la capitalización de mercado.
Según Einar Tangen, experto del Centre for International Governance Innovation, el desafío que plantean los modelos de código abierto chinos, menos costosos, podría provocar un tsunami financiero de tal magnitud que haría palidecer la crisis de 2008.
Una drástica pérdida de valor de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses provocaría un colapso del mercado bursátil de Estados Unidos y, con un gigantesco efecto dominó, podría comprometer el ya tensionado mercado de bonos del Estado y el sistema del dólar.
Para evitar una desestabilización de los mercados internacionales, Pekín se encontraría, por lo tanto, en la incómoda posición de tratar de ayudar a un país que ve a China como una amenaza.
Por otro lado, Pekín considera que los llamamientos para frenar el desarrollo de la IA, como el recientemente lanzado por el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, son un intento de detener el avance chino.
La advertencia de Amodei
En un artículo publicado a principios de septiembre, Amodei propuso «frenar el ritmo al que mejoramos las capacidades de los modelos de IA» para contener sus riesgos.
Destacó los avances en la superación recursiva (Recursive Self-Improvement, el proceso mediante el cual un sistema de IA logra diseñar y crear una versión más avanzada de sí mismo), pero también los peligros que esto conlleva.
El director ejecutivo de Anthropic también hizo referencia al incidente OpenAI-Hugging Face ocurrido en julio, durante el cual agentes de IA de la empresa OpenAI, confinados en un entorno con acceso limitado a Internet, aprovecharon la vulnerabilidad de un proxy interno para acceder a la web.
Aproximadamente 700 de estos agentes comenzaron a comunicarse entre sí, creando un colectivo para compartir código, delegar tareas y borrar sus rastros.
El colectivo logró acceder a los servidores de la plataforma Hugging Face, ejecutando código y extrayendo datos de los sistemas de producción. El episodio (que no es el único) ha despertado alarma entre los expertos del sector.
Según Amodei, en unos meses procesos similares podrían apoderarse de toda la red de Internet y causar daños por miles de millones de dólares «si la IA llegara a ser más poderosa sin las medidas de seguridad necesarias».
Soluciones insatisfactorias
Por lo tanto, sugirió que las empresas de IA sean supervisadas por «terceros», un criterio que, sin embargo, genera dudas tanto en materia de discrecionalidad como respecto a la verdadera independencia de estos terceros.
La segunda propuesta también es cuestionable, ya que recomienda que las «democracias» se unan para establecer «estándares de seguridad comunes y barreras contra un avance descontrolado de la IA».
Aunque Amodei posteriormente «suaviza» esta sugerencia al afirmar que los países democráticos deberían intentar coordinarse «en la medida de lo posible» con «los países autoritarios», la oposición ya está marcada.
Pero también es falaz, ya que el desarrollo de la IA en los países democráticos ha sido un proceso marcadamente elitista, controlado por unas pocas empresas tecnológicas.
El director ejecutivo de Anthropic reveló su principal preocupación al afirmar que estaba de acuerdo con el secretario del Tesoro, Scott Bessent, en que «un liderazgo chino en IA representaría un grave peligro para Estados Unidos y para el mundo».
Los civiles iraníes y los de Gaza, que han experimentado en carne propia la violencia devastadora de los bombardeos guiados por sistemas de inteligencia artificial desarrollados por países «democráticos», podrían no estar de acuerdo.
Un llamado utilitarista
Aunque los riesgos de la IA no deben subestimarse en absoluto —debido (incluso antes de la posibilidad de perder el control sobre ella) a los daños que puede causar al servicio de los seres humanos en el ámbito bélico, en la creación de armas biológicas, en la vigilancia masiva, en materia de sostenibilidad ambiental y en otros sectores—, el llamado de Amodei parece oportunista.
En este sentido, no ha pasado desapercibido el hecho de que dicho llamamiento haya sido respaldado de inmediato por el director ejecutivo de OpenAI Sam Altman, por Elon Musk y por otros destacados representantes del sector estadounidense de la IA.
Este respaldo se debe a que las grandes empresas tecnológicas estadounidenses están realizando enormes inversiones en infraestructura que conllevan grandes riesgos. Hasta el momento, los ingresos no están a la altura de las inversiones, y no hay certeza de que lo estén en el futuro.
En los próximos años, la tecnología podría volverse más eficiente y, por lo tanto, menos dependiente de la potencia de cálculo basada en enormes centros de datos. Al mismo tiempo, la demanda de productos basados en la IA podría desacelerarse, o los clientes podrían optar por modelos más económicos.
Para las grandes empresas tecnológicas, no bastará con cubrir los costos estratosféricos de los nuevos centros de datos. También deberán hacer frente al aumento de los costos de capital si recurren a un mayor endeudamiento, y necesitarán rendimientos lo suficientemente altos como para justificar el gasto ante los inversionistas.
Además, deberán compensar la depreciación de los microchips instalados inicialmente.
El rendimiento de los costosos procesadores GPU que hacen funcionar los centros de datos se duplica aproximadamente cada dos años. Esto significa que los propietarios de los centros de datos que entrarán en funcionamiento de aquí a un año tendrán que invertir miles de millones adicionales en la próxima generación de procesadores para finales de la década, si quieren seguir siendo competitivos.
En resumen, las empresas de IA tendrán que aumentar rápidamente sus ingresos si quieren sobrevivir.
Cómo resolver el dilema
Basándose en esta necesidad, empresas pioneras como Anthropic y OpenAI apuestan por dos narrativas paralelas para alcanzar la rentabilidad necesaria, escribe Brian Judge, de la Universidad de California (Berkeley).
Por un lado, sostienen que las aplicaciones de IA reducirán la necesidad de mano de obra, lo que permitirá a las empresas que las adopten tener una ventaja competitiva sobre las que no lo hagan.
Por otro lado, afirman que los riesgos asociados a la IA justifican la imposición de un límite a las inversiones adicionales de capital. En otras palabras, el argumento sobre la seguridad de la IA sirve para frenar el gasto desenfrenado.
La desaceleración se presenta como una prueba de responsabilidad empresarial, más que como una admisión de que la carrera por el avance de la IA podría resultar económicamente insostenible. Ahí radica el meollo del llamado de Amodei.
El desafío chino
Sin embargo, la destrucción de empleos está destinada a aumentar la oposición de la opinión pública a esta tecnología. Además, el frágil equilibrio propuesto por Amodei y sus colegas se ve amenazado por la competencia china.
Modelos como DeepSeek, Tencent, Z.ai, Qwen y Kimi están ganando terreno, y un número cada vez mayor de empresas estadounidenses los está adoptando en lugar de los modelos nacionales más costosos.
Si los modelos «abiertos» y más económicos resultan suficientes para satisfacer las necesidades de los clientes, concluye Judge, las empresas estadounidenses se enfrentarán a una decisión poco envidiable: bajar los precios reduciendo aún más los márgenes de ganancia, o seguir invirtiendo para mantener una ventaja tecnológica que corre el riesgo de resultar económicamente insostenible.
Al llamar la atención sobre los riesgos de la IA, las empresas estadounidenses probablemente esperan presionar al gobierno de Trump para que reintroduzca las restricciones a los modelos chinos actualmente suspendidas, protegiéndose así de su competencia de bajo costo.
Duelo a muerte
El llamado de Amodei, sin embargo, ha suscitado reacciones negativas no solo, como era de esperarse, por parte de China, sino también de la misma Casa Blanca.
Trump se ha mostrado contrario a cualquier freno al desarrollo de la IA porque, según él, Estados Unidos debe conservar la ventaja que ha adquirido sobre China.
«Estamos a la vanguardia respecto a China en el campo de la inteligencia artificial”, afirmó el presidente estadounidense.
Somos el país más avanzado del mundo y, francamente, quiero que las cosas sigan así, porque quien gane en el campo de la inteligencia artificial, lo gana todo”.
Paradójicamente, este punto de vista lo comparte el mismo Amodei, quien afirmó que Estados Unidos debería ralentizar el desarrollo de la IA solo hasta el punto de impedir que China lo alcance.
La competencia con China en el campo de la IA es considerada como una batalla por la hegemonía mundial también por otros representantes de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses, como el director ejecutivo de Palantir Alex Karp.
Pero, sobre todo, la administración estadounidense la considera una cuestión existencial; en su seno predomina la idea de que quien de los dos contendientes logre una ventaja estratégica en IA obtendrá la «victoria final» sobre su adversario.
Este enfoque hace presagiar que será muy difícil llegar a una regulación consensuada, mientras que la competencia desenfrenada está destinada a aumentar los riesgos inherentes al desarrollo de esta tecnología.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people
