EL ÁRTICO, EN EL PUNTO DE MIRA DE PARÍS. Lorenzo Maria Pacini.

Lorenzo Maria Pacini.

Ilustración: OTL

30 de junio 2026.

El Extremo Norte ya no es, en todos los aspectos, una periferia helada, sino un bastión de la seguridad euroatlántica.


Un escenario que ha perdido su carácter excepcional

Durante décadas, el Ártico representó una anomalía virtuosa en el sistema internacional: una región regida por la cooperación multilateral, donde la rivalidad entre las grandes potencias parecía suspendida por un pacto tácito de no intervención.

Esta «excepción ártica» tenía sus raíces en la Declaración de Ilulissat de 2008 y en la estructura del Consejo Ártico, establecido por la Declaración de Ottawa de 1996, que reunía a los ocho Estados ribereños al tiempo que excluía explícitamente las cuestiones militares de su mandato. Este equilibrio se basaba en el aislamiento geográfico y en las condiciones climáticas extremas, más que en una auténtica convergencia de intereses.

El inicio de la Operación SMO ha destrozado, de hecho, este paradigma, reavivando la rivalidad histórica entre las potencias hasta el punto de que el conflicto ha puesto fin a la fase de cooperación y ha alterado el equilibrio de poder regional. El cambio estratégico ha sido radical: con la adhesión de Finlandia a la OTAN en 2023 y la de Suecia en 2024, siete de los ocho Estados ribereños del Ártico son ahora miembros de la Alianza Atlántica, mientras que Rusia es ahora el único Estado ribereño no alineado.

Es en este contexto —en el que Rusia mantiene una presencia militar activa, si no reforzada, y en el que China expresa con cada vez mayor claridad sus ambiciones como «Estado cuasi-ártico»— en el que Francia ha optado por codificar por primera vez una doctrina de defensa específica.

La Revisión Estratégica de 2017 ya había anticipado la posibilidad de que el Ártico se convirtiera en una «zona de confrontación», y la presencia de Francia en la región tiene profundas raíces: en 1963, Francia fue la primera nación en establecer una base de investigación en Svalbard, sumándose así a una tradición de excelencia polar que incluye a figuras como Paul-Émile Victor y Jean-Baptiste Charcot.

Lo que cambia en 2025 es el contexto: la investigación científica está dando paso ahora a la responsabilidad estratégica, y el laboratorio se está convirtiendo en un campo de batalla.

La estrategia francesa se articula en torno a tres objetivos fundamentales, enunciados sin ambigüedades. El primero es contribuir activamente a la estabilidad de la región, en coordinación con aliados y socios. El segundo es la salvaguarda de la libertad de acción —comercial y militar, tanto francesa como europea— en los espacios compartidos de la región. El tercero es el desarrollo de capacidades militares adaptadas a las condiciones del Ártico, con el fin de poder operar y combatir hacía, dentro y desde el Ártico.

Detrás de estos objetivos se esconde una motivación que París no oculta: la seguridad del abastecimiento estratégico.

El documento señala que se estima que el Ártico contiene el 13 % de las reservas mundiales de petróleo aún por descubrir y el 30 % de sus reservas de gas natural aún por descubrir, además de un potencial de 127 millones de toneladas métricas de tierras raras y metales críticos —lo que lo sitúa en segundo lugar, solo por detrás de China (161 millones de toneladas métricas).

Para una Europa que aspira a la autonomía estratégica en los sectores energético, industrial y tecnológico, esta concentración de recursos reviste una importancia capital. No es casualidad que la estrategia vincule explícitamente la seguridad de las cadenas de extracción y transporte de níquel, cobalto, grafito y tierras raras con la competitividad europea.

Luego está la cuestión de las rutas marítimas. El deshielo está haciendo gradualmente navegable el Paso del Nordeste —la ruta del Mar del Norte—, lo que podría reducir los tiempos de viaje entre Europa y Asia en casi un 40 %.

Francia está demostrando una gran cautela analítica en este punto, reconociendo que la viabilidad comercial sigue siendo incierta y que esta ruta afecta actualmente sobre todo a las exportaciones de gas natural licuado ruso. Sin embargo, el interés chino —con la «Ruta de la Seda Polar» y los proyectos de COSCO destinados a establecer un servicio regular de buques portacontenedores— sitúa esta cuestión en el contexto de la competencia sistémica con Pekín.

El cuarto factor impulsor —menos publicitado, pero decisivo— es la disuasión nuclear. El texto afirma sin ambigüedades que la recopilación de datos medioambientales es esencial para el componente oceánico de la disuasión francesa: la Force océanique stratégique, con sus submarinos de misiles balísticos, depende de un conocimiento profundo del entorno submarino y de las altas latitudes.

Es aquí donde la estrategia ártica se vincula con el núcleo mismo de la soberanía estratégica nacional y donde la justificación «científica» revela su naturaleza puramente militar.

Por último, la legitimación institucional sirve de telón de fondo. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, aliado de la OTAN y Estado miembro de la UE, Francia reivindica su derecho y su deber a tener voz y voto en un escenario en el que la solidaridad estratégica puede llegar a la invocación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte o del artículo 42, apartado 7, del Tratado de la Unión Europea.

La doctrina de los tres pilares y sus implicaciones estratégicas

El documento esboza una doctrina basada en tres pilares fundamentales.

El primer pilar es el posicionamiento; tiene por objeto reforzar la legitimidad de París en la región mediante la participación activa en foros árticos, una mayor coordinación interministerial y una comprensión más profunda del contexto operativo a través de la recopilación de información y datos medioambientales. Este es el pilar que transforma la presencia en influencia y la influencia en la capacidad de influir en las decisiones multilaterales.

El segundo pilar es la cooperación, cuyo objetivo es desarrollar asociaciones bilaterales con las naciones árticas y reforzar la interoperabilidad con los aliados de la OTAN mediante ejercicios conjuntos y capacidades compartidas. El documento identifica a la OTAN —que ahora incluye a siete de los ocho miembros del Consejo Ártico— como el «vehículo más relevante» para estructurar la cooperación regional y busca sinergias con la Estrategia Ártica de la UE de 2021, que se considera estrechamente alineada con las prioridades de defensa francesas. La razón de ser es proporcionar un apoyo concreto a la soberanía de los Estados árticos, ofreciéndoles capacidades defensivas y alianzas operativas.

El tercer pilar se refiere a las capacidades, que abordan el reto de adquirir equipos adaptados a las condiciones polares extremas —ya sean diseñados desde cero o mediante la adaptación de sistemas existentes con sensores específicos, características de protección y módulos—, respetando siempre las restricciones de rentabilidad.

Es en este pilar donde se enmarca la inversión en el sector espacial ártico: el desarrollo de satélites adaptados a las altas latitudes y de estaciones terrestres («repetidoras»), destinados a la vigilancia marítima, las telecomunicaciones de banda ancha y la utilización de órbitas bajas y elípticas.

París tiene un interés particular en la cooperación en los segmentos terrestres —mencionando explícitamente la estación de Kiruna en Suecia—, así como en la vigilancia espacial desde altas latitudes, un sector en el que la geografía polar ofrece ventajas únicas en cuanto al volumen y los tiempos de transferencia de la información recopilada por los satélites en órbita polar.

Es significativo que la estrategia sitúe todo esto dentro de un plazo claro —2030— y dentro de una «lógica de mejora progresiva, razonable y realista», acorde con las limitaciones presupuestarias e industriales. París describe la década actual como una «fase de transición y latencia»: una inversión mesurada hoy para garantizar que no se vea sorprendida sin estar preparada mañana. Este es el sello distintivo de una potencia que reconoce sus limitaciones materiales, pero que reivindica su importancia política.

La aplicación concreta de esta doctrina ya es visible. La misión Jeanne d’Arc 2025, que llevó al buque de asalto anfibio Mistral frente a las costas de Groenlandia, envió una señal clara de la determinación de Francia de «afirmar su presencia» en el Extremo Norte. Pero es el marco multilateral el que define el impacto real de estos despliegues.

En febrero de 2026, la OTAN puso en marcha Arctic Sentry, una misión multidominio dirigida por el Mando de Fuerzas Conjuntas en Norfolk (Virginia), diseñada para coordinar bajo un único mando ejercicios que antes se realizaban por separado —desde el ejercicio noruego Cold Response hasta el danés Arctic Endurance—. Es en este contexto donde tiene lugar la intensificación de los ejercicios mencionada en la estrategia francesa.

La edición de 2026 de Cold Response, que comenzó en marzo de ese año, movilizó a aproximadamente 25 000 militares de catorce países por el norte de Finlandia, Noruega y Suecia —un indicador revelador de cómo la defensa del Ártico se ha convertido en una prioridad para la Alianza y ya no es meramente una preocupación regional—.

La respuesta rusa no se hizo esperar: la Flota del Norte emitió repetidas advertencias sobre lanzamientos de misiles en el mar de Barents, a caballo entre la frontera marítima ruso-noruega, coincidiendo con las maniobras aliadas.

Se trata, con toda probabilidad, más de una señal estratégica que de un ejercicio de disparo real: un lenguaje de disuasión que confirma la naturaleza ahora competitiva de este teatro de operaciones.

Para Francia, los despliegues previstos tienen implicaciones en tres niveles. En el frente militar, la identificación de «puntos de apoyo» operativos y logísticos en la zona de interés prioritaria —desde Groenlandia hasta Svalbard— tiene como objetivo aumentar la autonomía y la capacidad de respuesta de sus fuerzas en caso de crisis.

A nivel industrial, la adaptación del equipamiento a las condiciones polares allana el camino para la cooperación tecnológica europea, en la que el entorno ártico también sirve como campo de pruebas para futuros sistemas.

En el frente diplomático, ofrecer capacidades defensivas a los Estados ribereños —como demuestra, por ejemplo, el acuerdo de cooperación técnica firmado en marzo de 2026 entre la Oficina de Investigación Geológica y Minera (BRGM) y el Gobierno de Groenlandia— posiciona a París como un socio fiable en un contexto agravado por la presión de EE. UU. sobre Groenlandia.

Es precisamente este último punto el que pone de relieve lo que está en juego. La reivindicación del presidente Trump sobre Groenlandia —que nunca se descartó del todo, ni siquiera de forma coercitiva, hasta principios de 2026— sacudió la cohesión interna del frente occidental y allanó el camino para una diplomacia del equilibrio.

Francia, al presentarse como una «voz sensata» frente a las crecientes ambiciones de los Estados ribereños y como garante de la soberanía danesa y europea, ocupa precisamente este espacio.

Seguridad y competencia

La estrategia francesa debe situarse en el marco de una dinámica regional que muchos observadores describen ahora como un dilema de seguridad clásico. El refuerzo de la presencia militar de un actor genera una sensación de inseguridad entre los demás, lo que desencadena reacciones en cadena en una espiral difícil de detener.

Rusia está modernizando su Flota del Norte y volviendo a poner en servicio instalaciones de la era soviética; la OTAN está reforzando su control sobre el paso GIUK (Groenlandia-Islandia-Reino Unido), un punto de estrangulamiento crucial que limita el acceso ruso al Atlántico Norte; los aliados están aumentando las patrullas y los acuerdos bilaterales, a menudo al margen de los propios marcos multilaterales.

Es en este contexto donde se cierne la sombra de la cooperación sino-rusa. El acercamiento entre Moscú y Pekín en el Ártico —desde las patrullas navales conjuntas hasta el interés de China por las rutas de transporte y los recursos— es el factor que más preocupa a las capitales occidentales, ya que vincula las dimensiones euroatlántica e indopacífica en un único continuo estratégico. La propia Francia reconoce en este documento que los acontecimientos geográficos en el Ártico están uniendo dos grandes regiones de competencia global: Europa y el Pacífico.

En este contexto, la posición francesa se caracteriza por una doble ambición que constituye tanto su punto fuerte como su limitación. Por un lado, París aspira a ser una fuerza disuasoria creíble, plenamente integrada en el marco de la OTAN y capaz de operar de forma autónoma en un entorno extremo; por otro lado, reivindica el papel de potencia equilibradora, comprometida con el multilateralismo y el derecho internacional, que contribuye a la estabilidad en lugar de a la escalada.

Esta tensión recorre toda la tradición estratégica francesa: la aspiración gaullista a la autonomía y al prestigio choca, en el Ártico, con la realidad de unos recursos limitados y la necesidad de actuar dentro de una alianza dominada por Washington.

A largo plazo, el riesgo es que la retórica de la estabilidad y la práctica de la militarización acaben divergiendo, mientras Francia, al igual que otros actores europeos, se ve obligada a navegar entre el deseo declarado de volver a una «alta cooperación y baja tensión» y una lógica de rearme que, de hecho, alimenta la espiral de competencia.

Que el armamento sea —según el viejo adagio— la piedra angular de la paz, o más bien el preludio del conflicto, dependerá de la capacidad de los actores para poner en marcha, junto a las capacidades militares, mecanismos de gestión de crisis y normas de conducta compartidas. A este respecto, el Ártico sigue careciendo hoy de tales mecanismos.

El Extremo Norte ya no es, en todos los aspectos, una periferia helada, sino un puesto avanzado de la seguridad euroatlántica, donde se entrelazan la disuasión nuclear, la seguridad del abastecimiento, el control espacial y la rivalidad entre las grandes potencias.

El reto al que se enfrenta Francia —y con ella, Europa— consiste en traducir la ambición de desempeñar un papel equilibrador en capacidades efectivas, sin alimentar una escalada que, en principio, nadie desea.

En un escenario en el que «la excepción» no es más que un recuerdo y donde la cooperación da paso a la rivalidad, lo que está en juego no se limita al acceso a los recursos o al control de las rutas de transporte, sino que atañe a la posibilidad misma de mantener el Extremo Norte por debajo del umbral de un conflicto abierto.

Es en esta delgada línea donde se pondrá a prueba la credibilidad de la posición de Francia en el Ártico durante la próxima década.

Traducción nuestra


*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.

Fuente original: Strategic Culture Foundation

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