EL DOLOR COMO PARTE INTEGRANTE DEL CAPITALISMO DIGITAL. Luigi Guelpa.

Luigi Guelpa.

Ilustración: Miriam Cahn, b.t. 10.05.2012, 2012

30 de junio 2026.

Desde Ceriale hasta Venezuela, pasando por cualquier periferia del planeta donde la desgracia irrumpe sin avisar, el guion parece siempre el mismo: detrás de una catástrofe, alguien que graba y comenta. Las sociedades contemporáneas no están generando necesariamente personas más malvadas. Están generando personas que han aprendido a relacionarse con el mundo a través de un dispositivo. Luigi Guelpa nos invita a reflexionar sobre la progresiva anestesia emocional provocada por la acumulación incesante de imágenes.


Desde Ceriale hasta Venezuela, pasando por cualquier periferia del planeta donde la desgracia irrumpe sin avisar, el guion parece siempre el mismo. Un coche volcado. Una riada. Una casa que se derrumba. Una persona que llora. Y junto a ella, casi inevitablemente, alguien que sonríe, graba, comenta, retransmite en directo.

Alguien que no parece compartir el dolor, sino registrarlo. Como si la realidad ya no fuera una experiencia que vivir, sino material para publicar.

La reacción inmediata es la indignación moral. Se habla de cinismo, de egoísmo, de generaciones sin valores. Se evoca la educación perdida, la familia ausente, la escuela incapaz de formar conciencias. Es una explicación tranquilizadora porque es sencilla. Demasiado sencilla.

Las sociedades contemporáneas no están produciendo necesariamente individuos más malvados. Están produciendo individuos que han aprendido a relacionarse con el mundo a través de un dispositivo. Es una diferencia enorme.

Durante siglos, los seres humanos han construido su relación con lo real a través de la presencia física. Si se veía un incendio, se corría en busca de agua. Si se presenciaba una tragedia, el cuerpo reaccionaba incluso antes que la mente. La mirada formaba parte del suceso.

Hoy, en cambio, entre el hecho y la conciencia se interpone una pantalla. El smartphone no es solo una herramienta. Se ha convertido en una prótesis perceptiva.

Una lente a través de la cual la realidad adquiere significado. Muchos ya no se preguntan qué está sucediendo. Se preguntan inconscientemente cómo se verá lo que está sucediendo una vez publicado. Se trata de una profunda mutación cultural.

En el siglo XX, el filósofo francés Guy Debord describía la «sociedad del espectáculo» como un sistema en el que la representación sustituye progresivamente a la experiencia. Hoy en día, ese diagnóstico parece casi ingenuo.

El espectáculo ya no lo producen los grandes aparatos mediáticos. El espectáculo somos nosotros. Cada uno lleva en el bolsillo una dirección, una redacción y un canal de distribución global.

La tragedia, en este contexto, tiene un valor especial. Atrae la atención. Genera tráfico. Genera comentarios. Alimenta los algoritmos. No importa si el tema es una guerra, un terremoto o un accidente de tráfico. Lo importante es que suscite reacciones.

La economía digital ha descubierto lo que los antiguos directores de periódico ya sabían: el dolor vende. Con una diferencia decisiva.

Antes, el dolor lo mediaban los profesionales de la información. Hoy lo gestionan millones de creadores de contenidos improvisados. Ya no existe la distancia entre el testigo y el espectador. Ambas figuras coinciden.

Así, asistimos a escenas que parecen sacadas de una sátira cruel. Gente que se hace fotos delante de los escombros. Chicos que se ríen durante una retransmisión en directo mientras a sus espaldas se desarrolla un drama. Influencers que comentan una catástrofe con el mismo tono que usarían para reseñar un restaurante.

La cuestión, sin embargo, no es el mal gusto. El mal gusto siempre ha existido. La verdadera novedad es la progresiva anestesia emocional que produce la acumulación incesante de imágenes. Cada día desfilan ante nuestros ojos guerras, naufragios, bombardeos, asesinatos, hambrunas, terremotos.

Una cantidad de sufrimiento que ningún ser humano, en ninguna otra época histórica, habría podido presenciar a lo largo de toda una vida. El cerebro humano no está diseñado para soportar tal avalancha. Para defenderse, desarrolla una forma de adaptación.

Las tragedias se convierten en fondo. El dolor se transforma en ruido. Lo excepcional se convierte en ordinario. No es el fin de la empatía. Quizá sea algo más sutil. Es su dilución.

Se siente compasión durante unos segundos. Se escribe un comentario indignado. Se comparte una historia. Luego se pasa al siguiente vídeo, a la receta, al gato que baila, a la polémica deportiva. Todo ocupa el mismo espacio mental.

Todo se consume a la misma velocidad. Un funeral y un anuncio de zapatillas conviven en el mismo flujo. Un niño bajo las bombas y un tutorial de maquillaje están separados por unos pocos centímetros de desplazamiento del pulgar.

El ejemplo más trivial, y quizá precisamente por eso el más revelador, viene de YouTube. Buscas la grabación de un terremoto, ese fragmento de realidad que documenta el miedo, el caos, la fragilidad repentina de las cosas.

Pero antes de concederte acceso al desastre, la plataforma exige su tributo: treinta segundos dedicados al último helado que se ha vuelto viral, a la crema «revolucionaria» del verano, a la enésima promesa de felicidad empaquetada por el marketing. Es una liturgia perfecta de nuestro tiempo.

El mercado no interrumpe el dolor: lo precede. Se insinúa como un maestro de ceremonias que recuerda a los espectadores que toda emoción, incluso la consternación, debe pasar por el peaje de la publicidad.

No es solo una cuestión económica. Es un hecho cultural. El algoritmo no distingue entre tragedia y entretenimiento, porque ambos se reducen a la misma unidad de medida: el tiempo de permanencia en la pantalla.

El sufrimiento se convierte en una categoría de contenido, exactamente igual que una receta o un tutorial para montar una estantería. El terremoto y el helado conviven en el mismo flujo continuo, separados apenas por un anuncio, como si la distancia moral entre ambos hubiera sido abolida por la lógica de la plataforma.

En este cortocircuito se aprecia uno de los rasgos más significativos de la sociedad contemporánea.

El capitalismo digital no se limita a vender productos: coloniza el propio ritmo de la atención. Cada pausa es una oportunidad comercial, cada curiosidad una ocasión para la elaboración de perfiles, cada tragedia un espacio publicitario. No censura la realidad, la monetiza.

Y así, el ciudadano, convencido de que se está informando, descubre que es, ante todo, un consumidor al que hay que guiar, con tacto y precisión estadística, desde el horror hasta el deseo de compra.

Quizá la paradoja más inquietante sea precisamente esta: ya no nos escandaliza la yuxtaposición. Hemos aprendido a aceptar como algo natural que el derrumbe de una casa pueda ir precedido de la exaltación de un helado de pistacho. La publicidad ya no interrumpe la realidad; se ha convertido en su puntuación. Y cuando una civilización deja de percibir lo absurdo de esta sintaxis, significa que el mercado ha conquistado algo más precioso que las carteras: el imaginario.

La estructura tecnológica borra las jerarquías morales. Ya no existen acontecimientos que obliguen a detenerse de verdad. El algoritmo no contempla el recogimiento. Contempla la atención. Y la atención, en el capitalismo digital, es una mercancía. Por eso, el problema no afecta solo a los jóvenes que se ríen ante una tragedia. Estos no son más que la manifestación más visible de una transformación que nos afecta a todos. Incluso los adultos que se escandalizan participan en el mismo mecanismo. También ellos fotografían, comparten, comentan. También ellos consumen el dolor ajeno como una experiencia mediática.

La diferencia suele ser cuantitativa, no cualitativa. La sociedad de las redes ha construido una paradoja extraordinaria. Nunca hemos estado tan informados sobre los sufrimientos del mundo y, al mismo tiempo, tan incapaces de asimilarlos. Lo vemos todo. Pero sentimos cada vez menos.

El conocimiento crece mientras que la comprensión retrocede. Las imágenes se multiplican y disminuye el silencio necesario para atribuirles un significado. El riesgo no es que la humanidad se vuelva de repente despiadada. La gente sigue amando, ayudando, conmoviéndose. Sigue movilizándose ante las grandes emergencias.

El riesgo es más sutil. Es la costumbre. La costumbre de observar sin participar. La costumbre de registrar antes de comprender. La costumbre de convertir cada experiencia en contenido.

Cuando esta costumbre se consolida, el dolor ya no escandaliza. Se convierte en un elemento habitual del panorama informativo. Como el tráfico, el tiempo o la evolución de la bolsa.

Y es en ese momento cuando la sociedad corre el peligro más grave. No cuando deja de ver el mal. Sino cuando sigue viéndolo por todas partes sin poder ya sentir su peso. Porque una civilización no muere cuando pierde la capacidad de mirar. Empieza a decaer cuando pierde la capacidad de detenerse.

Una sociedad que monetiza cada segundo lleva a las personas a confundir el consumo con la participación y la exposición con el conocimiento. Alejarse, aunque solo sea por unas horas, de esta lógica de la hiperconectividad significa reafirmar que no todo debe medirse en clics, visualizaciones o tiempo de permanencia ante la pantalla.

La desintoxicación, en el fondo, es un gesto político antes incluso que personal. No cambia el mercado, pero cambia la relación que tenemos con él. Y cada vez que logramos preservar un espacio de atención no colonizado por la publicidad ni por los algoritmos, recuperamos una pequeña porción de nuestra libertad.

Y tal vez bastaría con una desintoxicación menos heroica de lo que imaginamos. No una huida a las montañas, ni el rechazo ascético de la tecnología, sino la simple decisión de sustraer unas horas, unos gestos, unos pensamientos a la tiranía del algoritmo.

Porque la humanidad no desaparece de repente: se va consumiendo poco a poco, una pausa publicitaria tras otra, una notificación tras otra, hasta olvidar que existe un tiempo que no debe monetizarse. Y, sin embargo, la recuperación de la medida humana no pertenece al reino de las utopías.

Depende de nuestra obstinación por seguir siendo hombres y mujeres antes que consumidores, ciudadanos antes que usuarios.

Traducción nuestra


*Luigi Guelpa, nacido en 1971, es periodista profesional y escritor. Colabora con varios medios nacionales cubriendo temas de política exterior. En 2010 ganó el Premio Selezione Bancarella Sport con el libro Il tackle nel deserto. Para DeriveApprodi ha publicado La lunga marcia della tartaruga. Una partita contro il destino (2026).

Fuente: Machina Rivista

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