LA GEOGRAFÍA CONTRAATACA: LA SOBERANÍA EN LA ERA DE LOS FLUJOS. Olivier Roynard.

Olivier Roynard.

26 de junio 2026.

Por qué la multipolaridad puede indicar el regreso de los núcleos históricos frente a un sistema global de circulación y control


Washington lleva mucho tiempo tratando de contener a sus rivales designados. Rusia, China, Irán y Corea del Norte han sido objeto, de diferentes formas y en distintos grados, de sanciones, presión militar, exclusión financiera, cerco estratégico, guerras indirectas y deslegitimación política e ideológica. Sin embargo, el resultado ha sido a menudo el contrario al deseado. En lugar de aislar a estas potencias, la presión ha contribuido a acercarlas entre sí.

Moscú, Pekín, Teherán y Pyongyang no comparten la misma cultura, régimen, historia ni intereses inmediatos. Su convergencia no es fruto de una amistad sentimental. Se trata más bien de una alianza por necesidad, surgida de una percepción común de la presión externa.


“Las personas no viven en abstracciones. Habitan lugares, y los lugares imponen límites, posibilidades y orientaciones”


Esta convergencia se hace patente en la expansión del comercio energético entre Rusia y China, el uso creciente de mecanismos de liquidación distintos del dólar, la cooperación militar y tecnológica, la coordinación diplomática en foros internacionales y la búsqueda de instituciones menos dependientes de la infraestructura financiera controlada por Occidente.

En ese sentido, la política de contención ha contribuido a acelerar precisamente la alineación que pretendía evitar. No se trata meramente de un fracaso estratégico. Revela algo más profundo: el mundo no se somete indefinidamente a los designios de quienes creen que pueden poseerlo.

La globalización no es uniformización

Las últimas décadas han conectado el planeta como nunca antes. Las comunicaciones son instantáneas. Los flujos financieros cruzan las fronteras en segundos. Los mercados energéticos, las rutas marítimas, las cadenas de suministro, las plataformas digitales y los datos estratégicos forman una densa red de interdependencia global.

De este hecho surgió una poderosa ilusión: conectar el mundo era aplanarlo.

La globalización financiera imaginaba el planeta como un mercado homogéneo, gobernado desde unos pocos centros de mando, donde las fronteras, las memorias, los pueblos y las geografías se disolverían gradualmente en flujos controlables.

Pero la conexión no es uniformización. Cuanto más conectado está el mundo, más visibles se hacen sus profundas diferencias.

La geografía no desaparece. La demografía no desaparece. Las civilizaciones, las lenguas, las memorias, los recursos y las identidades históricas no se desvanecen porque el capital, las imágenes y los datos circulen más rápido.

La globalización financiera quería crear un mercado uniforme. La globalización real está revelando un organismo diferenciado.

Esto no contradice la realidad de la interdependencia. La aclara. La interdependencia no borra la forma política; la somete a presión. Cuando la presión aumenta, las estructuras históricas no se disuelven necesariamente. A veces se endurecen, se reorganizan y regresan.

La geografía como esqueleto de la historia

El retorno de la geografía es uno de los signos más evidentes de este proceso.

Irán no es solo un actor ideológico en Oriente Medio. Es una fortaleza montañosa que domina el Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. Ninguna sanción puede abolir esa posición.

Rusia no es una mera periferia europea. Es la profundidad euroasiática: un espacio continental cuya propia escala hace extremadamente difícil cualquier estrategia a largo plazo de cerco total. Los intentos de reducir a Rusia a un problema regional chocan constantemente con su geografía.

China y la India no son simplemente grandes Estados. Son masas demográficas y civilizatorias. Su mera escala obliga a cualquier observador serio a pensar más allá de los ciclos cortos de la política electoral occidental.

La propia Europa ilustra la tensión entre la geografía y la alineación política. Su estructura económica, sus necesidades energéticas y su posición continental no siempre coinciden con las prioridades estratégicas impuestas por los marcos de seguridad atlánticos.

Esta tensión no dicta una política sencilla, pero sí revela una contradicción estructural.

La geografía no es un telón de fondo. Es una limitación, una memoria y, a veces, un destino. Las personas no viven en abstracciones. Habitan lugares, y los lugares imponen límites, posibilidades y orientaciones.

La nación como núcleo orgánico

Para comprender lo que se resiste a la uniformización, una analogía biológica puede resultar útil si se utiliza con cautela. Una célula viva tiene un núcleo, un citoplasma y una membrana. El núcleo no contiene todo el organismo, pero concentra la información, la continuidad y la dirección.

La analogía no debe tomarse al pie de la letra: las naciones no poseen ADN biológico, ni se comportan como células. Se trata de una imagen heurística para comprender cómo las comunidades políticas preservan la memoria, los límites y la capacidad de decisión.

En la historia moderna, la nación ha desempeñado a menudo ese papel político. No es simplemente una unidad administrativa ni un mito sentimental. Una nación es un núcleo histórico a través del cual un pueblo recuerda, decide, se defiende y responde por sí mismo.

Esto no significa glorificar el nacionalismo. Hay que establecer una clara distinción entre la nación orgánica y el nacionalismo patológico. La primera es una forma de responsabilidad colectiva. Organiza la memoria, la toma de decisiones y la soberanía. El segundo convierte la forma nacional en un ídolo y puede volverse agresivo, cerrado y autodestructivo.

Pero sin algún tipo de núcleo político, la soberanía se convierte en una palabra sin sustancia. Se puede administrar a una población sin que esta sea soberana. Se puede explotar un territorio sin que este sea responsable de sí mismo. Se puede organizar un mercado sin que ello dé lugar a un pueblo.

Por eso la defensa de la soberanía ha cobrado un papel central en el mundo multipolar. Lo que muchas potencias emergentes defienden no es meramente la supervivencia del régimen. Es la posibilidad de seguir siendo sujetos históricos en lugar de quedar reducidos a zonas funcionales dentro de un sistema global de flujos.

Estados Unidos: ¿nación o plataforma imperial?

El caso estadounidense es el más delicado. Estados Unidos tiene un pueblo, una historia, una Constitución y una poderosa cultura política. Sería absurdo negar la existencia de una nación estadounidense en el sentido cultural o histórico.

Sin embargo, la función geopolítica contemporánea de Estados Unidos trasciende cada vez más la forma de un Estado-nación clásico. Funciona como una plataforma imperial de flujos financieros, militares, tecnológicos, jurídicos e informativos.

Esta interpretación no carece de precedentes. Desde el análisis de C. Wright Mills sobre la «élite del poder» hasta la advertencia de Eisenhower contra el complejo militar-industrial, el propio pensamiento político estadounidense lleva mucho tiempo reconociendo que las instituciones democráticas formales coexisten con estructuras de poder más permanentes.

Se pueden distinguir varias capas. En primer lugar, la capa política visible: el presidente, el Congreso, las elecciones, el conflicto partidista y el debate público. Este es el nivel al que prestan atención la mayoría de los observadores. A continuación viene el nivel permanente de seguridad y burocracia: agencias de inteligencia, administraciones estratégicas, mandos militares y la memoria institucional que sobrevive a la alternancia electoral.

Más allá de eso se encuentra el complejo militar-industrial ampliado, una realidad contra la que ya advirtió el presidente Eisenhower en 1961. Hoy en día, este complejo no se limita a la producción de armas. Incluye tecnología, finanzas, centros de estudios, redes de medios de comunicación, ONG, estructuras de presión y operaciones de influencia. Por último, por encima o a través de estas capas, se encuentra la concentración financiera: gestores de activos, mercados de deuda, calificaciones crediticias, sanciones, acceso al capital y control sobre las infraestructuras de pago globales.

La América oficial sigue hablando el lenguaje de la nación. Su aparato imperial operativo habla el lenguaje de los flujos.

Esta distinción también protege el análisis de la caricatura antiamericana: no deben confundirse automáticamente los intereses del pueblo estadounidense con la lógica operativa del aparato imperial.

Estados Unidos perpetúa ciertas lógicas anglo-imperiales más antiguas: la primacía marítima, el control de las rutas, la centralidad financiera, el establecimiento de normas jurídicas y la dominación a través de redes en lugar de la posesión territorial directa. Se trata menos de un imperio clásico de territorio que de un imperio de acceso, presión y circulación.

Sus instrumentos son bien conocidos: la compensación en dólares, las sanciones extraterritoriales, el control sobre las infraestructuras de pago, el acceso a los mercados de capitales, los estándares tecnológicos, las bases militares y la presión jurídica.

La multipolaridad como contramovimiento orgánico

Visto desde este ángulo, la multipolaridad es más que un ajuste del equilibrio de poder. Puede interpretarse como un contramovimiento orgánico.

Los polos soberanos que resisten la presión estadounidense no son meros oponentes ideológicos. Son núcleos históricos que reaccionan contra la disolución en un mundo de flujos controlables.

Rusia, China, Irán, Corea del Norte y otras formas de despertar nacional o civilizacional no son idénticas, ni deben idealizarse. Pero expresan el mismo rechazo estructural: el de ser tratados como objetos dentro de un sistema diseñado en otro lugar.

Esto no significa que la multipolaridad vaya a producir automáticamente paz o justicia. También puede generar nuevas rivalidades y conflictos. Pero sí demuestra que el sueño de un mundo reducido a flujos controlables ha llegado a su límite.

El mundo multipolar no es, por tanto, una casualidad. Es el retorno de la estructura: la geografía frente a la abstracción, la memoria frente a la amnesia, la soberanía frente a la administración, los núcleos políticos frente a la dominación fluida.

La globalización financiera quería un mundo sin núcleos, sin límites, sin memoria. Pero la humanidad no existe como un mercado plano.

La multipolaridad puede ser la señal de que los pueblos, los lugares y los núcleos históricos están regresando.

Traducción nuestra


*Olivier Roynard es un ensayista e investigador francés independiente que estudia la relación entre la geopolítica, la tecnología, la espiritualidad, la crisis de la civilización y la transformación de las formas políticas e intelectuales en el mundo moderno

Fuente original: New Eastern Outlook

Deja un comentario