LA MOVILIZACIÓN EUROPEA CONTRA RUSIA Y LOS FANTASMAS DEL PASADO. Roberto Iannuzzi.

Roberto Iannuzzi.

Foto: El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius (Crédito de la foto: Tobias Schwarz/AFP/Getty Images)

26 de junio 2026.

El conflicto se ha convertido ya en un enfrentamiento militar directo entre Moscú y los países miembros de la OTAN. Desde el punto de vista ruso, la historia se repite 85 años después del inicio de la Operación Barbarroja.


El 22 de junio de hace ochenta y cinco años (1941), la Alemania nazi lanzó contra la Unión Soviética la mayor invasión militar de la historia, movilizando a millones de soldados y miles de aviones, tanques y vehículos motorizados.

Denominada «Operación Barbarroja», la invasión daría inicio al desastroso frente oriental de la Segunda Guerra Mundial.

La destrucción de ciudades enteras, el desplazamiento y la muerte de decenas de millones de personas, así como el inmenso sufrimiento humano provocado por una catástrofe de tal magnitud, servirían de advertencia para toda la humanidad en los años venideros.

En su obra «The Wages of Destruction», el historiador Adam Tooze destaca la lógica económica que subyace a la operación nazi. Para hacer frente al desmesurado poderío económico de Estados Unidos y del Imperio Británico, Hitler necesitaba los enormes recursos naturales de Europa del Este y del Cáucaso.

Según Tooze, la invasión alemana de la Unión Soviética puede entenderse mejor como la última gran conquista territorial en la larga y sangrienta historia del colonialismo europeo:

El exterminio de la población judía fue el primer paso hacia la eliminación del Estado bolchevique. A esto le siguió una gigantesca campaña de desbroce y colonización. Esta no solo supuso la eliminación de la población judía, sino también el «desalojo» de la inmensa mayoría de la población eslava y el asentamiento de colonos alemanes en millones de hectáreas de Lebensraum oriental.

Al recordar este trágico período de la historia de su país, el periodista e historiador ruso Evgeny Norin escribió hace unos días que el 22 de junio de 1941 marcaría el inicio del desastre para la URSS y para Rusia:

La Segunda Guerra Mundial, conocida en Rusia como la Gran Guerra Patriótica, infligió el trauma colectivo más terrible de la historia moderna del país; las consecuencias a largo plazo siguen afectando a la población aún hoy. La mayoría de las familias rusas saben dónde combatieron, trabajaron y murieron sus antepasados durante el conflicto.

Nuevos tambores de guerra

Ochenta y cinco años después, los países europeos se están movilizando una vez más para la guerra.

Las tropas británicas cavan trincheras en los bosques de Estonia, a lo largo de la frontera con Rusia. Alemania ha desplegado una brigada blindada en Lituania, lo que supone el primer despliegue permanente de una fuerza militar alemana en el extranjero desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Londres y París han intensificado su guerra contra la denominada «flota fantasma» rusa, multiplicando las intercepciones y las incautaciones de petroleros rusos en aguas internacionales. Moscú ha calificado estas operaciones como actos de piratería.

En abril, Gran Bretaña formó una coalición naval internacional para contener a Rusia entre el Ártico y el Báltico.

Poco antes, el viceministro de Asuntos Exteriores ruso había advertido de los riesgos que supondría la fusión de estos dos frentes de la nueva guerra fría entre Rusia y Occidente.

En ese mismo periodo, el embajador ruso en Finlandia, Pavel Kuznetsov, había declarado que el desafío más grave para la seguridad rusa en este momento probablemente lo representan las «amplias operaciones de la OTAN de vigilancia electrónica y reconocimiento aéreo llevadas a cabo desde territorio finlandés», que se suman a la militarización de la frontera.

Según Kuznetsov, en el país vecino se está «extendiendo un clima de psicosis bélica» en el que se intimida a los ciudadanos finlandeses con la supuesta «amenaza rusa» y se les insta a prepararse para la guerra.

Francia, por su parte, ha propuesto ampliar hacia el este su paraguas nuclear, según lo que el presidente francés Emmanuel Macron ha definido como un plan de «disuasión avanzada».

Noruega es el noveno país en sumarse a la propuesta francesa, tras Alemania, Polonia, Suecia, Dinamarca, Grecia, Países Bajos, Bélgica y Gran Bretaña.

A finales de abril, Francia y Polonia decidieron llevar a cabo ejercicios periódicos de disuasión nuclear en el Báltico, a un paso de la frontera rusa. Los cazas franceses Rafale, capaces de transportar misiles con ojivas nucleares, volarán junto a los F-16 polacos.

En concreto, se trata de simulacros que prevén el traspaso del umbral nuclear en un posible conflicto con Rusia.

Varsovia también apuesta por la modernización de sus fuerzas armadas y por desarrollar un ejército de 300 000 efectivos para 2030. Dicha modernización se inscribe en el marco más amplio del refuerzo militar europeo.

El ambicioso (y probablemente quimérico) plan de rearme impulsado por la Unión Europea, denominado inicialmente «ReArm Europe» y posteriormente rebautizado como «Readiness 2030», debería movilizar, sobre el papel, hasta 800 mil millones de financiación.

El plan irá acompañado del denominado «Schengen militar», una iniciativa de la UE destinada a eliminar las barreras burocráticas y de infraestructura que obstaculizan el rápido desplazamiento de tropas y material bélico por el territorio europeo.

El giro de Berlín

En el centro de la movilización militar europea destaca el rearme alemán.

El aumento vertiginoso del gasto en defensa, que alcanzó los 114 mil millones de dólares en 2025, marca un punto de inflexión histórico que convierte a Alemania en el país con mayor gasto militar de Europa y el cuarto a nivel mundial.

Según este plan de rearme, Alemania aspira a contar con las fuerzas armadas convencionales más poderosas de Europa para 2039.

En total, en 2025 los miembros europeos de la OTAN gastaron 559 mil millones en sus fuerzas armadas, con un aumento del gasto que el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) ha calificado como el más vigoroso desde 1953.

El rearme europeo se inscribe en el marco de la reestructuración de la Alianza Atlántica prevista por Washington.

En una reciente reunión de ministros de la OTAN, el secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth, reiteró la petición de que los equilibrios en la Alianza se redefinan según el principio de que Europa asuma la responsabilidad principal de su propia defensa.

Entre las consecuencias preocupantes de este proceso destacan dos en particular: el creciente intento de militarizar la sociedad alemana y la integración progresiva entre la industria armamentística europea (y alemana en particular) y la ucraniana.

En Alemania, los enfermeros deben ahora aprender específicamente a tratar las heridas de guerra; y el personal de las oficinas de empleo recibe formación para colocar a los desempleados en puestos dentro del ejército.

El Gobierno alemán está promoviendo la integración de las organizaciones de protección civil en la planificación bélica, en particular de cara a un posible conflicto armado con Rusia.

Según los planes que han sido financiados con 10 mil millones de euros, los miembros de dichas organizaciones deben contemplar la posibilidad de ser convocados por las fuerzas armadas para prestar servicios de apoyo en un escenario de guerra.

Mientras tanto, como escribí en un artículo anterior,

Berlín está estrechando la cooperación bélica con Kiev, convirtiéndose cada vez más en un país cobeligerante en el conflicto con Rusia.

Con la retirada estadounidense, Alemania es desde hace tiempo el principal financiador de Ucrania. Pero a mediados de abril, por primera vez, el Gobierno alemán estableció una alianza estratégica con el sector de la defensa de un país en guerra.

El acuerdo allana el camino para la coproducción, junto con Kiev, de sistemas de armamento, drones con un alcance de hasta 1 500 km y misiles de largo alcance. El Gobierno alemán zanja de un plumazo todo el debate interno de los últimos años sobre el suministro de armas alemanas a Ucrania para atacar objetivos en territorio ruso.

Como ha escrito la exdiputada alemana Sevim Dagdelen, con la integración entre la industria armamentística de Berlín y la de Kiev estamos asistiendo al nacimiento de un complejo militar-industrial germano-ucraniano bajo la hegemonía de Berlín.

Se derrumban los últimos tabúes

En Rusia, todo esto no pasa desapercibido, y numerosos comentaristas y políticos destacados hablan del «regreso del enemigo alemán», con evidente referencia a la Segunda Guerra Mundial.

La creciente hostilidad entre Europa y Rusia va acompañada de una situación bastante paradójica en Ucrania.

Las dos localidades estratégicas de Konstantinovka y Lyman, en la región de Donetsk, están a punto de caer bajo el impacto de la ofensiva rusa. Esto abriría el camino hacia los dos centros clave de Kramatorsk y Slovyansk, y al posible colapso de todo el frente ucraniano en el Donbás.

Aunque las fuerzas armadas de Kiev están poniendo en aprietos las líneas de abastecimiento rusas hacia Crimea, Ucrania es ya un país en crisis económica y demográfica, lo que repercute en la resistencia de un ejército ya desgastado.

Sin embargo, Kiev está intensificando los ataques con drones de largo alcance en territorio ruso, con el claro apoyo europeo, y últimamente ha llegado a atacar las dos ciudades más importantes de Rusia, Moscú y San Petersburgo.

Aunque no son capaces de alterar significativamente el curso del conflicto, estos ataques tienen un gran impacto visual y emocional.

Al alcanzar refinerías, terminales petroleras y depósitos de combustible, provocan graves daños medioambientales, mientras que los objetivos alcanzados permanecen envueltos en columnas de humo y llamas durante horas.

La imagen de los cielos de Moscú oscurecidos por densas nubes de humo negro no tiene precedentes. Cabe recordar que, durante la Guerra Fría, el territorio de Rusia, y mucho menos su capital, nunca había sido atacado directamente.

Se ha traspasado claramente una línea roja sin precedentes.

Enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia

Si a esto se suma el reciente ataque a la fábrica de Vorónezh, en el suroeste de Rusia, que producía componentes para los misiles Iskander y Kh-101, el balance para el Kremlin resulta aún más grave y difícil de minimizar.

El probable uso de los Storm Shadow de fabricación británica, sofisticados misiles de crucero que no pueden utilizarse sin la intervención de Londres, pone una vez más de relieve la implacable hostilidad de Gran Bretaña hacia Rusia.

Aunque las reservas de Storm Shadow se están agotando, el diario británico The Telegraph ha revelado de forma provocadora que Londres está desarrollando misiles «de bajo coste», con una ojiva de 250 kg y un alcance de unos 500 km, que pretende entregar a Kiev.

Los misiles, que deberían estar disponibles en unos meses y que, en teoría, podrían alcanzar Moscú, se fabricarán inicialmente a un ritmo de unos 20 ejemplares al mes.

Una vez más, no se trata de un arma capaz de cambiar el rumbo del conflicto, ya que los rusos emplean un número mucho mayor de misiles en un solo ataque sobre territorio ucraniano.

Pero una ojiva de 250 kg es capaz de provocar daños muy superiores a los causados por un ataque con drones.

La operación llevada a cabo con los Storm Shadow en Vorónezh, y la revelación del Telegraph, lanzan, sin embargo, un mensaje político antes incluso que militar, y es que Londres está decidida a seguir adelante con el enfrentamiento con Moscú, aunque se prepare para un nuevo cambio en la cúpula del Gobierno.

Los ataques cada vez más frecuentes y masivos en territorio ruso, con una creciente implicación europea, precisamente mientras Kiev está sufriendo derrotas militares en su propio territorio, envían a Moscú una señal que no solo han comprendido los altos mandos rusos, sino también, progresivamente, los ciudadanos de a pie.

El conflicto ya no es una guerra por poder limitada a Ucrania. Es un enfrentamiento militar directo entre Rusia y los países miembros de la OTAN. Desde el punto de vista ruso, la historia se repite 85 años después del inicio de la Operación Barbarroja.

Traducción nuestra


*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».

Fuente original: Intelligence for the people

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