Alastair Crooke.
Ilustración: OTL
04 de junio 2026.
Es probable que esta fase del conflicto iraní solo termine cuando Occidente caiga por el precipicio económico que se avecina…
La guerra de Estados Unidos con Irán ha traspasado su fase inicial para entrar en una nueva etapa emergente, en la que Irán apuesta implícitamente por que la siguiente fase sea la guerra.
Lo más probable es que se trate de episodios breves de guerra limitada, pero que, no obstante, encierran el potencial de extenderse a nivel regional, en caso de que Estados Unidos (e Israel) decidan intensificar drásticamente el conflicto.
La nueva fase conlleva riesgos, por supuesto, pero Irán tiene las cartas ganadoras: la capacidad de infligir daños desproporcionadamente mayores a la infraestructura del Golfo como represalia por cualquier daño que se le cause, y la conciencia de que Occidente se está acercando cada vez más al «precipicio» energético.
Los tres pilares que sustentan este cambio son, en primer lugar, la confianza en que Irán no será (ni puede ser) desplazado de su control sobre Ormuz, y que, al consolidar allí sus estructuras administrativas, la realidad del control iraní sobre Ormuz será asimilada cada vez más por los Estados, y se reflejará en su aceptación del control iraní-omaní.
Asociada a este principio fundamental está la aplicación por parte de Irán de una disuasión escalada frente al bloqueo naval estadounidense. Cualquier intento de interceptar o atacar buques iraníes o de interferir en la administración del estrecho se enfrentará a represalias cada vez más duras.
En última instancia, esta política puede llevar a que Irán inflinja daños cada vez mayores a los buques de guerra estadounidenses —otro punto de fricción—.
El 3 de junio, por ejemplo, Estados Unidos disparó un misil Hellfire contra un petrolero iraní cerca del estrecho de Ormuz. En respuesta, un buque de propiedad estadounidense (o parcialmente estadounidense), el Panaya, fue alcanzado por misiles.
Además, Irán lanzó tres oleadas de misiles de crucero contra la base aérea y de helicópteros estadounidense en Kuwait desde donde se había originado el ataque. También han surgido imágenes de graves daños en el aeropuerto internacional de Kuwait (aunque la causa de los daños sigue siendo objeto de controversia).
El segundo principio subyacente que influye en este cambio refleja simplemente el desdén iraní ante el continuo aumento de las exigencias de Trump, sus amenazas exageradas (que claramente no están a la altura de las capacidades de EE. UU.), junto con sus continuos giros y su retórica despectiva hacia Irán.
Al parecer, los dirigentes iraníes han llegado a la conclusión de que probablemente no habrá compromiso, y de que es mejor poner fin a las «negociaciones» «antes que continuar con las inútiles negociaciones de mala fe con un régimen estadounidense engañoso y decrépito», como el New York Times ha calificado las «negociaciones» con Irán — lo que sugiere que el «caos del acuerdo» no es un fallo puntual de Trump limitado a la cuestión de Irán, sino más bien un patrón constante de disfuncionalidad que se repite en prácticamente todas las iniciativas de «paz» de Trump.
Sin embargo, detrás de la decisión de Irán de suspender las conversaciones se esconde probablemente la claridad que va surgiendo gradualmente, filtrándose a través de las declaraciones y análisis israelíes y estadounidenses, de que el verdadero objetivo del ataque por sorpresa estadounidense-israelí del 28 de febrero nunca fue el cambio de régimen per se —con el fin de sustituir a los «radicales» iraníes por un líder más moderado al estilo de «Delcy Rodrigues»—; sino que pretendía, más bien, provocar la completa destrucción y fractura de Irán —una perspectiva que estaba destinada a cambiar los cálculos de Irán.
Esta perspectiva ha consolidado enormemente el apoyo público a la República Islámica y, al mismo tiempo, ha convertido la guerra en una lucha existencial por preservar los valores éticos de la Revolución. Desde esta perspectiva, Irán tiene poco que discutir con Trump, salvo algún futuro modus vivendi —en el momento en que Washington comprenda que se encuentra acorralado y que el nuevo realismo se imponga.
El tercer principio que sustenta esta nueva fase del conflicto es el enunciado por Irán desde el inicio de las conversaciones de Islamabad: «Alto el fuego para todos; o alto el fuego para nadie». Esto se volvió a subrayar en el último ultimátum de Irán a Trump: «Si se hubieran llevado a cabo las amenazas israelíes de la semana pasada de arrasar el barrio de Dahiyeh, en el sur de Beirut, Irán habría golpeado duramente el norte de Israel con sus misiles. “Era un alto el fuego para todos, o ningún alto el fuego”.
Trump optó por el alto el fuego y, tras su conversación con Netanyahu, anunció que estaba en vigor. Le dijo a Netanyahu que cancelara el bombardeo previsto sobre Dahiyeh, en el sur de Beirut. En Israel, una oleada masiva de indignación procedente de todos los sectores del espectro político arremetió contra Netanyahu ante la mera idea de frenar cualquier ataque israelí en el Líbano.
El ex primer ministro Naftali Bennett acusó a Netanyahu de «perder el control sobre la soberanía israelí». Y el ex primer ministro Yair Lapid afirmó que Israel se había visto reducido a un «Estado vasallo» tras la suspensión de los ataques.
Desde hace algunos meses, Estados Unidos e Israel han estado intentando que un sector de los líderes libaneses acepte la tarea de desarmar a Hezbolá, tal y como explicó Rubio, «para que Israel no tenga que hacerlo», algo que los líderes libaneses claramente no pueden hacer.
Israel carece de una estrategia coherente para el Líbano. El exalto cargo de la inteligencia militar israelí, Danny Citrinowicz, esboza un nuevo «logro iraní» estratégico:
Teherán ha logrado efectivamente vincular el frente libanés al ámbito más amplio de las relaciones entre Irán e Israel. Cualquier escalada en el Líbano se percibe ahora cada vez más a través del prisma de la dinámica entre Estados Unidos e Irán.
No obstante, observa:
La situación en el Líbano sigue siendo muy inestable. Israel y Hezbolá continúan interpretando los acuerdos actuales de formas fundamentalmente diferentes. [Mientras que] Israel sostiene que conserva libertad de acción en todo el Líbano, excepto en Beirut, Hezbolá [por su parte] insiste en que cualquier actividad militar israelí —cualquiera que sea— viola el marco del alto el fuego. Estas interpretaciones contrapuestas crean un potencial significativo para una renovada fricción y escalada sobre el terreno.
En Israel, la situación en las localidades del norte sigue siendo un punto neurálgico para casi todos los israelíes. Muchas localidades a lo largo de la frontera con el Líbano y hacia el sur, en Galilea, están medio vacías —«franjas enteras de territorio abandonadas por [el] Gobierno», escribe Ben Caspit. Los políticos locales afirman que «ellos también son israelíes» y que el Gobierno debe responder.
Es seguro que el Líbano seguirá siendo un punto de discordia. No se trata de si se producirá la próxima crisis, sino de cuándo. Israel no dejará que el asunto quede así: incluso los líderes de la oposición liberal exigen la destrucción de Hezbolá y protestan por el hecho de que Trump haya atado las manos de Netanyahu en el Líbano.
Irán tampoco dejará pasar el asunto. Los mediadores han informado a los estadounidenses de que Irán considera que el fin de la guerra en el Líbano, la retirada de las fuerzas israelíes y la retirada de Ormuz son condiciones vinculantes —antes de discutir otras cuestiones—.
Así pues, aquí estamos. Continúan las escaramuzas militares —en la práctica, una serie abreviada de ataques de las fuerzas estadounidenses contra el transporte marítimo iraní y la infraestructura del estrecho, surgidas del deseo de Trump de reafirmar su bloqueo naval ante la opinión pública estadounidense—. Esta situación es claramente inflamable, al igual que lo es el contexto libanés.
Irán está reconociendo de hecho la realidad de que, en esta nueva fase —con tantos puntos álgidos inherentes—, la escalada militar estadounidense probablemente se convertirá en algún momento en una necesidad política para satisfacer las necesidades de Trump y de sus financiadores judíos nacionales.
¿Y las negociaciones? No llegarán a ninguna parte mientras Israel y los donantes multimillonarios judíos de EE. UU. rechacen cualquier resultado con Irán que deje a este país intacto y más fuerte y —pari passu en este pensamiento binario— debilite en consecuencia el proyecto «Israel First» dentro de EE. UU. y de la región.
Un acuerdo que no vea a Irán irremediablemente debilitado será condenado por estas últimas fuerzas como una «negligencia traicionera» por parte de Trump. Será atacado sin piedad. Sin embargo, debe darse cuenta de que Irán está, de todos modos, a punto de liberarse de las ataduras de EE. UU.
Es probable que esta fase del conflicto iraní solo termine cuando Occidente caiga por el precipicio económico que se avecina…
Traducción nuestra
*Alastair Crooke, es un exdiplomático británico y es el fundador y director del Foro de Conflictos con sede en Beirut, una organización que aboga por el compromiso entre el Islam político y Occidente.
Fuente original: Conflicts Forum
