Lorenzo Maria Pacini.
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29 de mayo 2026.
La IA ya ha redefinido el panorama de los conflictos mundiales. El verdadero reto consiste en crear una arquitectura de gobernanza que se adapte a la velocidad y la complejidad de esta transformación.
El doble uso como condición estructural
Cuando, en 2011, el matemático y empresario Eric Schmidt —entonces al frente de Google— describió la inteligencia artificial como «la tecnología más transformadora que la humanidad haya desarrollado jamás», pocos podían imaginar la rapidez con la que esa predicción se traduciría en doctrina militar.
Hoy, poco más de una década después, la IA no es meramente una herramienta que mejora la eficacia de los ejércitos: se ha convertido en el mecanismo mismo a través del cual se genera, organiza y proyecta el poder militar en el mundo contemporáneo.
Hemos entrado en una nueva era de conflicto, en la que las fronteras entre la guerra y la paz, entre la tecnología civil y el armamento militar, entre las operaciones cinéticas y las campañas de influencia digital, se han vuelto tan difusas como un algoritmo. Y con cada día que pasa, esa línea se vuelve más difícil de trazar.
El primer elemento que distingue a la IA de cualquier innovación tecnológica anterior —desde la pólvora hasta la energía nuclear, pasando por los drones— es su naturaleza intrínsecamente de doble uso.
A diferencia de los sistemas de armas tradicionales, diseñados desde el principio con fines militares, los sistemas de inteligencia artificial casi siempre tienen su origen en ecosistemas comerciales y civiles: laboratorios universitarios, startups tecnológicas, grandes plataformas digitales.
Un modelo lingüístico desarrollado para ayudar a los clientes de un banco puede, con relativamente pocas modificaciones, utilizarse para analizar las comunicaciones del enemigo o generar desinformación a escala industrial. Un sistema de visión artificial diseñado para conducir coches autónomos puede reutilizarse para el reconocimiento de objetivos militares.
Un algoritmo de optimización logística creado para gestionar cadenas de suministro comerciales puede planificar movimientos de tropas y calcular rutas de reabastecimiento.
Esta dinámica genera una situación estructural sin precedentes: la distinción entre las esferas civil y militar se está volviendo cada vez más difusa e inestable.
La inversión privada en investigación y desarrollo de IA supera ahora con creces los presupuestos gubernamentales dedicados al mismo sector, lo que significa que las principales innovaciones tecnológicas en el ámbito militar provienen —directa o indirectamente— de empresas privadas que operan en el mercado global.
Esto conduce a una consecuencia geopolítica paradójica: las tecnologías civiles de IA ya no pueden considerarse herramientas políticamente neutras. Una vez adaptados y desplegados en contextos de conflicto, estos sistemas se integran en la lógica militar y adquieren progresivamente funciones estratégicas que sus creadores a menudo no previeron ni pretendieron.
La OTAN se organiza: de Ucrania a DIANA
A nivel institucional, Occidente ha comprendido lo que está en juego con relativa rapidez. En el contexto de la guerra en Ucrania —el primer gran conflicto convencional del siglo XXI en el que la IA ha desempeñado un papel operativo destacado—, el Reino Unido ha apoyado activamente la creación de un Centro de Excelencia para la Inteligencia Artificial en el Ministerio de Defensa de Ucrania.
Una iniciativa que no solo constituye una muestra de apoyo a Kiev, sino también un laboratorio a cielo abierto para poner a prueba las doctrinas, capacidades y vulnerabilidades de los sistemas de IA en condiciones de guerra real.
La Alianza Atlántica en su conjunto ha adoptado una Estrategia de la OTAN sobre Inteligencia Artificial, un documento que reconoce explícitamente la IA como una tecnología habilitadora fundamental para las operaciones militares contemporáneas.
Al mismo tiempo, la OTAN ha puesto en marcha el Acelerador de Innovación en Defensa para el Atlántico Norte, conocido por las siglas DIANA: una red transnacional diseñada para conectar a empresas emergentes, centros de investigación y actores de la industria de la defensa en el desarrollo compartido de tecnologías de doble uso, con los sistemas de inteligencia artificial como prioridad principal.
DIANA representa un intento de institucionalizar la permeabilidad entre los mundos civil y militar que la IA ha hecho inevitable, transformándola de una vulnerabilidad en una ventaja estratégica. La idea es que las potencias occidentales puedan mantener una ventaja tecnológica sobre sus adversarios acelerando los ciclos de innovación y reduciendo el tiempo que transcurre entre un descubrimiento científico y su aplicación operativa sobre el terreno.
La integración de la IA en los sistemas de mando y control, el análisis de inteligencia y los procedimientos de identificación de objetivos ya es una realidad operativa.
Los procesos de toma de decisiones militares se están acelerando a un ritmo que pone a prueba las capacidades de supervisión humanas: los algoritmos analizan enormes volúmenes de datos satelitales, electrónicos y de señales en tiempo real, proporcionando recomendaciones operativas en plazos cada vez más reducidos.
La cuestión de cuánto peso debe tener el juicio humano en esta cadena —y en qué punto de la misma debe intervenir— es hoy uno de los temas más acuciantes en el debate sobre la seguridad internacional.
Venezuela e Irán: los primeros laboratorios de la IA geopolítica
Mientras la dimensión institucional de la IA militar se desarrolla en los pasillos de la OTAN y en los centros de investigación occidentales, es en los escenarios de crisis del mundo real donde se ponen a prueba las nuevas doctrinas. Dos casos, en particular, han llamado la atención de los analistas como los primeros ejemplos documentados de operaciones estratégicas a gran escala basadas en la inteligencia artificial: Venezuela e Irán.
Durante la crisis venezolana de 2026, según se informa, Estados Unidos empleó tecnologías de IA en el contexto de operaciones no cinéticas —es decir, operaciones que no implican el uso directo de la fuerza militar—, entre las que se incluían ciberataques, campañas de influencia en las redes sociales e interferencias en las comunicaciones electromagnéticas.
Lo que hace que el caso venezolano sea especialmente significativo no es tanto la naturaleza de las operaciones individuales —que ya se habían probado de diversas formas en contextos anteriores— como su integración en un marco unificado y basado en datos.
La recopilación de inteligencia, las actividades de vigilancia, las operaciones de rastreo financiero y las campañas de influencia digital se orquestan de manera coordinada, impulsadas por un flujo continuo de datos analizados en tiempo real por sistemas de inteligencia artificial.
El detalle más revelador se refiere a la naturaleza de las herramientas empleadas. Se afirma que se han integrado sistemas avanzados de IA generativa —incluidos, según algunas fuentes, modelos como Claude, desarrollado por Anthropic— en entornos operativos a través de plataformas creadas por Palantir, la empresa estadounidense especializada en análisis de datos para los sectores de la defensa y la inteligencia.
Esto indica algo estructuralmente nuevo: los modelos fundamentales comerciales, desarrollados y distribuidos para uso civil, se están incorporando progresivamente a las arquitecturas de inteligencia militar y de selección de objetivos.
Venezuela ofrece así la primera ilustración concreta de lo que podríamos denominar el «conjunto de herramientas geopolíticas de la era algorítmica»: un instrumento integrado que combina capacidades de inteligencia, mecanismos de aplicación de sanciones, operaciones cibernéticas y manipulación de la información dentro de un marco operativo unificado, persistente y escalable.
Si bien el caso venezolano ilustra un modelo de conflicto de baja intensidad mediado por la IA, el contexto iraní lleva esta lógica hacia formas más intensas y directas.
El enfrentamiento entre Irán, Israel y Estados Unidos se ha extendido progresivamente a la esfera digital, con operaciones dirigidas no solo a infraestructuras críticas, sino también a las plataformas digitales que utiliza a diario la población civil.
Los informes disponibles describen operaciones cibernéticas llevadas a cabo con el objetivo de comprometer aplicaciones móviles ampliamente utilizadas por los ciudadanos iraníes, con el fin de difundir mensajes coordinados destinados a moldear la percepción pública e influir en el comportamiento.
Esto representa un salto cualitativo significativo en comparación con las operaciones tradicionales de desinformación: la IA permite la personalización a gran escala de los mensajes, adaptándolos a los perfiles individuales de los usuarios, a sus patrones de comportamiento digital y a sus redes sociales.
En conjunto, los casos de Venezuela e Irán representan algo más que meros episodios de la geopolítica contemporánea. Son prototipos de una nueva forma de conflicto en la que la inteligencia artificial no sirve como herramienta para apoyar operaciones diseñadas según la lógica tradicional, sino que se convierte en el componente estructurante de todo el ciclo operativo: desde la recopilación de datos hasta la planificación, desde la ejecución hasta la evaluación de los efectos.
La proliferación nuclear renace en formato digital
Junto a las aplicaciones operativas, la integración de la IA en el ámbito de la seguridad plantea una cuestión que los gobiernos occidentales están empezando a abordar con creciente urgencia: el riesgo de que los sistemas avanzados de IA puedan facilitar el desarrollo de armas de destrucción masiva, en particular las químicas, biológicas o nucleares.
No se trata de escenarios de ciencia ficción. Los sistemas avanzados de IA, entrenados con corpus masivos de literatura científica, son capaces de sugerir vías de síntesis para compuestos químicos peligrosos, simular el comportamiento de agentes biológicos y optimizar el diseño de artefactos explosivos.
Las salvaguardias existentes —las denominadas «barreras de seguridad» integradas en los modelos— están diseñadas para limitar estos resultados, pero los propios desarrolladores reconocen que no pueden ofrecer garantías absolutas.
Las sofisticadas técnicas de ingeniería de prompts —es decir, la manipulación de la forma en que se formulan las solicitudes al sistema— pueden, en algunos casos, eludir las protecciones previstas. La posible filtración de información clasificada a través de sistemas de IA integrados en entornos operativos sensibles añade una capa adicional de riesgo.
La consecuencia es que la seguridad de la IA ya no puede tratarse exclusivamente como una cuestión técnica —como un problema de ingeniería que debe resolverse con un código mejor y filtros más eficaces—.
Se trata cada vez más de una cuestión de no proliferación y gobernanza de la seguridad internacional, que requiere herramientas análogas a las desarrolladas en el período de posguerra para el control de las armas nucleares: tratados internacionales, mecanismos de verificación, regímenes de inspección y normas compartidas sobre la responsabilidad de los Estados.
La gobernanza que falta
Sin embargo, precisamente en el ámbito de la gobernanza internacional, el marco parece hoy profundamente deficiente. No existen convenios internacionales vinculantes que prohíban o limiten sustancialmente la aplicación militar de la inteligencia artificial.
No hay ningún tratado análogo al Tratado de No Proliferación Nuclear, ningún equivalente a la Convención sobre Armas Químicas, ninguna norma vinculante comparable a los Convenios de Ginebra para las armas autónomas.
Lo que existe, hasta ahora, es un conjunto de principios declarativos, directrices voluntarias y foros multilaterales que, aunque producen documentos importantes, son incapaces de vincular el comportamiento de los Estados.
La cumbre «Responsible AI in the Military Domain» —conocida como REAIM— reiteró, en su edición más reciente, que las iniciativas lideradas por Occidente siguen dando prioridad a los principios voluntarios frente a las restricciones vinculantes.
Un enfoque que refleja, al menos en parte, la reticencia de las potencias más avanzadas tecnológicamente a renunciar a las ventajas competitivas que tanto les ha costado construir y que temen ver erosionadas por competidores menos escrupulosos.
La situación se ve agravada por una paradoja estructural: los países que defienden con mayor firmeza la necesidad de normas son a menudo los mismos que, en la práctica, muestran la menor disposición a aceptar restricciones vinculantes para sus propios programas militares de IA.
La brecha entre la retórica de la responsabilidad y la realidad de las inversiones y las doctrinas operativas es, en este ámbito, abismal.
BRICS y la Mayoría Global: una vía alternativa
La gobernanza de la IA militar no se limita únicamente al ámbito occidental. En el marco de los BRICS y entre los países que se identifican con la denominada «mayoría global» —término que designa al grupo de países del Sur Global que se niegan a alinearse automáticamente con las posiciones de Washington o Bruselas—, está tomando forma una trayectoria alternativa, marcada por preocupaciones y prioridades profundamente diferentes.
En el centro de esta trayectoria se encuentra la cuestión de la soberanía tecnológica.
Los países que no se encuentran a la vanguardia del desarrollo de la IA —y constituyen la gran mayoría— temen verse en una situación de dependencia estructural respecto a sistemas desarrollados en Estados Unidos, China o Europa: sistemas que podrían incorporar sesgos, puertas traseras o mecanismos de vigilancia ajenos a sus intereses nacionales.
La cuestión del acceso desigual a las tecnologías avanzadas de IA se percibe, en este contexto, como una nueva forma de imperialismo tecnológico, capaz de cristalizar y amplificar las jerarquías de poder globales existentes.
Al mismo tiempo, muchos de estos países expresan su resistencia a lo que describen como un intento por parte de las potencias dominantes en el sector de monopolizar las normas internacionales sobre IA.
Si son los Estados Unidos y sus aliados quienes redactan las reglas del juego —decidiendo qué constituye una «IA responsable» y qué no, qué aplicaciones militares son aceptables y cuáles deben prohibirse—, se corre el riesgo de que esas reglas reflejen los intereses y valores de quienes las redactaron, en lugar de un consenso genuinamente global.
El resultado es una tensión recurrente en los foros internacionales dedicados a la gobernanza de la IA: por un lado, diversos Estados hacen hincapié en la necesidad de moderación y responsabilidad colectiva en el uso militar de la inteligencia artificial; por otro, las propuestas concretas destinadas a limitar o prohibir determinadas aplicaciones no logran obtener un consenso suficiente, ya que las potencias líderes —tanto occidentales como no occidentales— encuentran sistemáticamente razones políticas o estratégicas para no adherirse a ellas.
La carrera armamentística algorítmica
En este contexto de gobernanza frágil y crecientes tensiones geopolíticas, el desarrollo de capacidades militares de IA sigue su curso entre todos los principales actores mundiales.
Estados Unidos, China y Rusia, así como potencias regionales emergentes como India, Israel, Turquía y Corea del Sur, están invirtiendo fuertemente en sistemas autónomos, en inteligencia artificial aplicada a la inteligencia y la guerra electrónica, y en plataformas de análisis de datos para uso operativo.
La competencia tecnológica entre Washington y Pekín es especialmente intensa y se está desarrollando en múltiples frentes simultáneamente: desde la investigación sobre chips y semiconductores avanzados —considerados la infraestructura física de la IA— hasta los grandes modelos lingüísticos, desde los sistemas de reconocimiento de imágenes hasta las plataformas autónomas de mando y control.
Ambas superpotencias se han dado cuenta de que la ventaja en materia de IA militar no se limita a la capacidad de librar guerras futuras con mayor eficacia: tiene que ver con la disuasión, la credibilidad estratégica, la influencia en las negociaciones diplomáticas y, en última instancia, la posición relativa en el orden internacional.
Esta dinámica competitiva genera una carrera armamentística que se perpetúa a sí misma: cada actor percibe la inversión del oponente como una amenaza que requiere una respuesta, y cada respuesta, a su vez, se convierte en la justificación para una mayor inversión por parte del otro.
Un mecanismo ya conocido por la historia de las armas nucleares y la Guerra Fría, pero que en la era de la IA se desarrolla a velocidades mucho mayores e implica a una gama mucho más amplia de actores.
El riesgo en este escenario no es necesariamente el de una guerra convencional a gran escala. Más bien, es el de una desestabilización gradual y sigilosa: conflictos de baja intensidad mediados por la IA, crisis aceleradas por procesos algorítmicos de toma de decisiones e incidentes causados por sistemas autónomos a los que nadie había autorizado explícitamente a actuar.
La historia militar está llena de guerras que comenzaron por error, malentendidos o una escalada involuntaria.
La IA, con su capacidad para acortar los tiempos de toma de decisiones y reducir la presencia humana en la cadena de mando, podría multiplicar este riesgo de forma exponencial.
Entonces, ¿hacia dónde nos dirigimos?
La inteligencia artificial ya ha redibujado el mapa de los conflictos globales. No se trata de un proceso que esté aún por producirse: es un proceso en curso, documentado en teatros de operaciones reales, institucionalizado en las estrategias de las principales alianzas e incorporado a los presupuestos de defensa de las principales potencias mundiales.
El verdadero reto para los gobiernos, las instituciones internacionales y la sociedad civil es construir una arquitectura de gobernanza adecuada a la velocidad y la complejidad de esta transformación.
Una arquitectura que pueda equilibrar las necesidades de seguridad de los Estados con la protección de los derechos fundamentales, que garantice un acceso equitativo a las tecnologías de IA sin convertirlas en herramientas de dominación, y que establezca normas vinculantes sobre el uso militar de la IA sin renunciar a la supervisión humana en los procesos de toma de decisiones que atañen a la vida y la muerte.
Se trata de una tarea política extraordinariamente difícil, que requiere un compromiso con la cooperación internacional que va en contra de las dinámicas de fragmentación y rivalidad que predominan en la actualidad.
Pero también es una tarea urgente, quizá la más urgente de la agenda diplomática mundial. Porque si la tecnología va por delante de la política, las consecuencias podrían ser irreversibles.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
