PUTIN EN PEKÍN: RUSIA Y CHINA REFUERZAN SU ALIANZA ESTRATÉGICA. Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Foto: El presidente ruso Vladimir Putin es recibido por el presidente chino Xi Jinping durante una ceremonia de bienvenida en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, China, el 20 de mayo de 2026. EFE.

25 de mayo 2026.

Cuando Vladimir Putin llegó a Pekín, Xi Jinping envió un mensaje cuidadosamente calibrado a Washington: el diálogo de China con Estados Unidos no se llevará a cabo a expensas de su alianza estratégica con Moscú. Más allá del simbolismo y la grandiosidad de la ceremonia, la cumbre entre Putin y Xi puso de manifiesto una alineación cada vez más estrecha entre China y Rusia, centrada en la energía, el comercio y la construcción de un orden multipolar que, en creciente medida, está siendo configurado por Pekín y Moscú.


Apenas unos días después de que Donald Trump concluyera su visita a Pekín, minuciosamente coreografiada, me encontré presenciando otra escena que se desarrollaba en el Gran Salón del Pueblo; esta vez, cuando el presidente chino Xi Jinping daba la bienvenida al presidente ruso Vladimir Putin.

El simbolismo era llamativo, pero como observador inmerso en las relaciones internacionales y los matices del teatro diplomático, lo que más importaba era el ambiente.

Mientras que la visita de Trump puso de manifiesto la fricción y los matices competitivos de las relaciones entre Estados Unidos y China, la llegada de Putin irradiaba un sentido de camaradería: calidez personal y una clara señal de coordinación sostenida e intencionada entre Pekín y Moscú.

Era imposible ignorar el momento en que se celebró la cumbre. La visita de Putin —su primer viaje al extranjero de 2026— se produjo inmediatamente después de las largas conversaciones de Xi con Trump sobre comercio, Taiwán, la guerra en Irán y las opciones diplomáticas para Ucrania.

Para quienes seguimos estos asuntos, el mensaje de Moscú fue claro: Rusia pretendía manifestar su alineamiento con Pekín inmediatamente después del intercambio entre Xi y Trump, reafirmando su propia indispensabilidad en cualquier configuración del poder mundial —la afirmación de los «tres grandes»—. Fue una jugada calculada en la partida de ajedrez geopolítica en curso.


“Ambos líderes defendieron un sistema internacional más descentralizado, basado en la igualdad soberana, la diversidad de civilizaciones y la no injerencia”


En Pekín, los funcionarios describen cada vez más la relación con Washington como la relación bilateral «más importante» de China en términos de consecuencias, pero a Rusia como su «asociación más importante».

El propio Xi se ha referido repetidamente a Putin como un «viejo amigo», una formulación notablemente más cálida que el lenguaje empleado durante la visita de Trump.

Desde que Xi asumió el cargo en 2013, los dos líderes se han reunido más de 40 veces, y esta última cumbre reforzó la sensación de confianza política que ahora define los lazos sino-rusos.

Alineamiento estratégico y prioridades económicas

La cumbre también transmitió un claro mensaje geopolítico, uno que he visto a Pekín articular con creciente atención en los últimos años. Los esfuerzos de China por estabilizar las relaciones con Estados Unidos no suponen un alejamiento de Moscú.

En todo caso, Pekín aprovechó la oportunidad para reafirmar la continuidad de lo que ambas capitales siguen calificando como una asociación estratégica «sin límites».

Putin llegó a Pekín acompañado de una delegación excepcionalmente poderosa. Entre los presentes se encontraban el director de Rosneft, Igor Sechin; el director ejecutivo de Gazprom, Alexei Miller, y el magnate del aluminio Oleg Deripaska, así como los dirigentes de Rosatom, Roscosmos y VEB.

La composición de la delegación reveló el objetivo principal de Moscú: fortalecer los cimientos económicos de la asociación en un momento en que Rusia sigue sometida a amplias sanciones occidentales.

Desde el inicio de la guerra en Ucrania, he observado cómo China se ha convertido rápidamente en el principal socio económico de Rusia. Hoy en día, un tercio de las importaciones rusas proceden de China, y los mercados chinos absorben aproximadamente una cuarta parte de las exportaciones de Rusia.

Como era de esperar, la energía ocupa un lugar central en esta dinámica, siendo China actualmente el mayor comprador de petróleo y gas de Rusia. No se trata solo de cifras; son los pilares de un reajuste geoeconómico que está reconfigurando Eurasia.

Para Putin, uno de los objetivos más importantes de la cumbre era avanzar en las negociaciones sobre el gasoducto «Power of Siberia 2». El proyecto propuesto conectaría los yacimientos de gas de Siberia con China a través de Mongolia, consolidando aún más la integración energética euroasiática.

Aunque no se firmó un acuerdo definitivo sobre los precios, las conversaciones continuaron de forma intensa. Pekín se mantiene cauteloso ante una dependencia excesiva de los suministros energéticos rusos y sigue negociando condiciones comerciales favorables.

No obstante, la lógica estratégica que subyace al proyecto sigue siendo sólida para ambas partes: Rusia busca mercados energéticos estables y a largo plazo, mientras que China pretende reducir su vulnerabilidad ante los cuellos de botella marítimos en un contexto de creciente inestabilidad en Oriente Medio y posibles interrupciones futuras en el estrecho de Malaca. (Malasia firmó un memorando de entendimiento sobre cooperación en materia de defensa con EE. UU. en 2025, descrito como el primer marco más estructurado para la cooperación bilateral en materia de defensa entre ambos países).

En términos más generales, la cumbre entre Xi y Putin dio lugar a más de 40 acuerdos de cooperación que abarcan el comercio, la tecnología, el transporte, la energía, las finanzas y la coordinación institucional.

A diferencia de la reciente visita de Trump —que generó una amplia atención mediática pero pocos acuerdos concretos—, el viaje de Putin supuso una agenda diplomática y económica sustancial.

Junto a los acuerdos comerciales, los dos Gobiernos anunciaron también una nueva declaración en apoyo de la construcción de un «mundo multipolar» y un «nuevo tipo de relaciones internacionales».

Esa formulación no fue casual. Tanto Moscú como Pekín se presentan cada vez más como defensores de la soberanía, el multilateralismo y la autonomía estratégica frente a lo que describen como un unilateralismo occidental excesivo.

Multipolaridad con Pekín y Moscú en el centro

El comunicado conjunto criticó repetidamente el «hegemonismo», los regímenes de sanciones y los esfuerzos de potencias individuales por dominar los asuntos mundiales.

Xi y Putin argumentaron que el mundo se enfrenta a una creciente inestabilidad, fragmentación y al riesgo de un retorno a la «ley de la selva». En respuesta, ambos líderes defendieron un sistema internacional más descentralizado, basado en la igualdad soberana, la diversidad de civilizaciones y la no injerencia.

Desde la perspectiva de Moscú, esta convergencia con Pekín ha ido más allá de la conveniencia; ahora es una necesidad estratégica. Años de sanciones occidentales y el prolongado enfrentamiento con la OTAN han dejado a Rusia sin otra opción que orientarse decididamente hacia Asia.

Por su parte, China ha llegado a ver a Rusia como una presencia estabilizadora en medio de la turbulencia, un socio cuyo valor aumenta a medida que crecen las incertidumbres globales.

Se puede observar cómo ambos gobiernos profundizan su cooperación en ejercicios militares, logística, energía nuclear, tecnología avanzada e infraestructura transfronteriza, difuminando cada paso más las líneas entre los intereses económicos y de seguridad.

Al mismo tiempo, la cumbre puso de relieve la creciente confianza de ambas capitales en la promoción de alternativas a las estructuras de gobernanza lideradas por Occidente.

Organizaciones como el BRICS, el G20, el Nuevo Banco de Desarrollo (banco del BRICS) y las iniciativas más amplias de conectividad euroasiática sirven cada vez más como plataformas para esta visión de la multipolaridad. En lugar de construir bloques ideológicos rígidos, Pekín y Moscú parecen centrados en crear redes flexibles de cooperación estratégica en todo el Sur Global.

Es importante destacar que la cumbre también envió un mensaje directamente a Washington. El compromiso de China con Estados Unidos no debilita su asociación estratégica con Rusia.

En todo caso, la rápida sucesión de visitas de Trump y Putin a Pekín subrayó la creciente confianza diplomática de China a la hora de gestionar simultáneamente las relaciones con potencias globales rivales.

En última instancia, lo que reveló la visita de Putin es que las relaciones sino-rusas han evolucionado más allá de meras tácticas o reacciones a la presión occidental.

Lo que estamos presenciando es la institucionalización de una asociación, entrelazada económicamente y geopolíticamente ambiciosa. China, por supuesto, ostenta una mayor influencia económica, pero Moscú proporciona a Pekín profundidad estratégica, seguridad energética y un peso diplomático crucial en el complejo proyecto de construir un mundo más multipolar.

Puede que Pekín no haya suplantado a Washington como centro único de la diplomacia mundial, al menos no todavía.

Pero tras presenciar la coreografía y el fondo de la visita de Putin, me resulta difícil eludir una conclusión: los contornos del futuro orden mundial no se trazarán solo en Washington, sino también a través del eje estratégico cada vez más profundo entre Pekín y Moscú.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins – Doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica

Fuente original: New Eastern Outlook

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