TRUMP EN PEKÍN: LA LECCIÓN DE XI JINPING SOBRE EL PODER, TAIWÁN Y EL NUEVO EQUILIBRIO DE PODER. Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Diseño: Tomado de New Eastern Outlook

21 de mayo 2026.

Más allá de la diplomacia ceremonial y las promesas de acuerdos comerciales, la cumbre de Pekín puso de manifiesto una realidad geopolítica más profunda: China negocia ahora con Estados Unidos en pie de igualdad, con confianza y paciencia estratégica. El verdadero objetivo de Xi Jinping no era económico, sino dejar muy claro a Donald Trump un punto: Taiwán sigue siendo la línea roja definitiva de China, y Washington ya no tiene la misma influencia que antes creía tener.


Trump llega en una posición más débil

Trump llegó a Pekín en una posición debilitada tras perder la guerra comercial con China. Además, no estaba logrando que Irán se plegara a sus exigencias, ni era capaz de garantizar la reapertura del estrecho de Ormuz en sus propios términos.

La inflación en Estados Unidos volvía a convertirse en un lastre político, mientras que los aranceles impuestos a China en los últimos años también habían perjudicado a las empresas y a los consumidores estadounidenses. Incluso los principales círculos financieros y de política exterior estadounidenses reconocían cada vez más que China tenía la ventaja en las negociaciones.

Además, Trump se encontraba en una posición negociadora más débil porque Xi Jinping piensa a largo plazo —desde una perspectiva confuciana y civilizacional—, mientras que Trump piensa a corto plazo, de forma inmediata, transaccional y personal. El tiempo, por lo tanto, juega a favor de Xi Jinping. China puede absorber la presión con mayor paciencia porque Pekín concibe la estrategia en décadas, no en ciclos electorales. Trump, por su parte, mide el éxito a través de anuncios inmediatos, la imagen mediática y la apariencia de victoria.


«La cumbre demostró que Washington ya no puede abordar a Pekín desde una posición de superioridad incuestionable»


A ello hay que añadir también la composición de la propia delegación estadounidense. La parte estadounidense se centró en gran medida en empresarios, figuras corporativas y algunos familiares, en lugar de en diplomáticos experimentados.

Trump viajó acompañado de directores ejecutivos y líderes empresariales de Nvidia, Apple, Tesla, Blackstone y Boeing, proyectando la imagen de que los acuerdos económicos y el acceso a los mercados eran la prioridad central de Estados Unidos.

Mientras tanto, los diplomáticos y estrategas chinos llevaban meses preparándose para la cumbre.

Cada palabra pronunciada por Xi reflejaba una posición estatal cuidadosamente calculada, anclada en la historia, el interés nacional y un pensamiento geopolítico a largo plazo.

Trump se basó principalmente en su instinto personal y en su llamado «arte de la negociación». Frente a un sistema político civilizacional y a diplomáticos experimentados como los de China, siempre iba a estar en desventaja.

Xi Jinping buscó proyectar la imagen de un orden multilateral estable en el que China actúa cada vez más como uno de los polos centrales de poder, ocupando principalmente el vacío dejado por EE. UU. en las organizaciones multilaterales. Trump, por el contrario, siguió abordando la diplomacia a través del personalismo bilateral y el rechazo hacia las instituciones multilaterales.

Trump confiaba en que su relación personal con Xi Jinping y su propio carisma negociador serían suficientes. Xi confiaba en la preparación, las instituciones, la continuidad del Estado y la estrategia nacional.

Esta es también la razón por la que Trump se mostró visiblemente más cauteloso y comedido en Pekín de lo que suele hacerlo con los líderes europeos o incluso con el presidente de Ucrania. China es uno de los pocos países capaces de proyectar un poder igual o superior frente a Trump, y el poder sigue siendo el lenguaje que mejor entiende y admira.

Al mismo tiempo, China entiende muy claramente que Estados Unidos sigue dependiendo económica y tecnológicamente de aspectos importantes del mercado y la cadena de suministro chinos. Pekín también sabe que muchas grandes empresas estadounidenses no pueden, de manera realista, desvincularse de China a corto plazo. En este sentido, la visita de Trump reflejó no solo diplomacia, sino también necesidad.

Taiwán: la línea roja más importante de China

Xi Jinping dejó clara la línea roja fundamental de China: es Taiwán. Este fue el mensaje central de la cumbre. Xi advirtió de que un mal manejo de Taiwán podría conducir a una «colisión o incluso a un conflicto» entre las dos superpotencias, invocando directamente la lógica de la trampa de Tucídides: la tendencia histórica hacia la guerra cuando una potencia emergente desafía a una dominante.

La diferencia entre Xi y Trump se hizo especialmente patente en este punto. Xi se expresó en un lenguaje histórico y civilizacional, refiriéndose a transformaciones «sin precedentes en un siglo» y a la necesidad de evitar una confrontación catastrófica entre grandes potencias. Trump tuvo dificultades para comprender plenamente la profundidad intelectual e histórica que subyace a tales conceptos. Su visión del mundo es inmediata y personal; la de Xi es histórica y estratégica.

La advertencia sobre Taiwán fue, en realidad, la forma en que Xi Jinping ofreció un camino hacia la paz. El mensaje de Pekín fue relativamente sencillo: si se maneja con cautela la cuestión de Taiwán, la coexistencia entre China y Estados Unidos sigue siendo posible.

De lo contrario, la confrontación podría volverse inevitable; de ahí la invocación de la «trampa de Tucídides». Por lo tanto, Taiwán no es simplemente un desacuerdo diplomático para China; es una cuestión directamente ligada a la soberanía, la humillación histórica, la integridad territorial y la legitimidad del propio Estado chino.

Unos días antes del viaje, el embajador chino en Washington, Xie Feng, comparó el caso de Taiwán con la Guerra Civil estadounidense, cuando el Norte luchó contra el Sur para mantener la unidad del país.

Lo que resultó especialmente revelador fue la propia reacción de Trump. Cuando los periodistas le preguntaron directamente sobre Taiwán tras las advertencias de Xi, Trump evitó la confrontación y dio respuestas vagas, elogiando en cambio a China. Ese silencio no fue casual.

Trump pareció comprender que Taiwán es, en verdad, la cuestión en la que Pekín no cederá. En realidad, esto podría indicar que Washington podría acabar reduciendo o suavizando discretamente algunas formas de apoyo directo a la independencia de Taiwán, aunque oficialmente la postura estadounidense se mantenga sin cambios.

Los dirigentes chinos querían que Trump comprendiera algo fundamental: Taiwán no es Ucrania, ni es simplemente otra moneda de cambio geopolítica. Para Pekín, es una cuestión existencial. Y, a diferencia de muchos líderes occidentales, Xi Jinping planteó esta cuestión no desde un punto de vista emocional, sino estratégico e histórico.

Mis conclusiones personales

El mayor logro de la cumbre no fue un gran acuerdo, sino la estabilización de las relaciones entre las dos superpotencias, ahora en pie de igualdad.

La cumbre demostró que Washington ya no puede abordar a Pekín desde una posición de superioridad incuestionable. China negocia ahora con Estados Unidos como un competidor en pie de igualdad en términos económicos, tecnológicos, militares y diplomáticos.

Xi Jinping logró imponer sutilmente la idea de que Trump debe respetar a China. Y Trump lo hizo, de forma más abierta de lo que muchos esperaban. Elogió repetidamente a Xi personalmente y admiró la organización de China, su poder ceremonial, su larga historia civilizatoria y sus logros tecnológicos. El simbolismo de las reuniones también fue de gran importancia. Xi recibió a Trump no solo como a un presidente visitante, sino casi como a alguien a quien se le presenta la realidad de un nuevo equilibrio de poder.

Mientras tanto, China cedió muy poco en términos estratégicos concretos.

Hubo promesas de compras de soja, acuerdos de aviones y relaciones económicas más cordiales, pero pocos compromisos por escrito y ninguna concesión importante en materia de tecnología, Taiwán o competencia estratégica.

En muchos sentidos, Pekín logró exactamente lo que quería: estabilidad sin ceder su influencia.

Trump, por su parte, necesitaba la cumbre tanto política como económicamente. Las empresas estadounidenses necesitan acceso al mercado chino, las industrias estadounidenses siguen dependiendo de las cadenas de suministro y las tierras raras chinas, y Washington comprende cada vez más que la confrontación simultánea con China, Rusia e Irán es estratégicamente insostenible. Pekín lo sabe.

La cumbre confirmó, de hecho, una realidad geopolítica más profunda: Estados Unidos y China no avanzan hacia una asociación, sino hacia una rivalidad controlada.

El objetivo de Xi Jinping no era la amistad con Trump, aunque este último intentó establecer vínculos personales en algunas ocasiones. La actitud respetuosa de Xi se mantuvo en el plano institucional formal. Su objetivo era evitar la confrontación directa mientras China continúa fortaleciéndose a largo plazo.

Las relaciones de poder están cambiando, y Pekín lo sabe. Trump también pareció darse cuenta de ello durante esta visita. Ya se ha convertido en un cliché, pero el poder es, en última instancia, el único lenguaje que Trump entiende plenamente —y en Pekín se encontró con una China capaz de hablar ese lenguaje con confianza, paciencia y desde una posición mucho más fuerte de lo que Washington esperaba hace solo unos años.

“La mayoría de la gente no se da cuenta de que Trump puede haber hecho a China más poderosa”. Esta afirmación se atribuye al expresidente Bill Clinton, y creo que es una buena forma de resumir esta cumbre.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins es Doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica

Fuente original: New Eastern Outlook

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