RULETA RUSA. Enrico Tomaselli.

Enrico Tomaselli.

Foto: Oreshnik, el misil balístico ruso que viaja a 3 kms por segundo.

19 de mayo 2026.

Que los dioses nos preserven a Putin y su paciencia, pero tarde o temprano —con él o con cualquier otro en el Kremlin— tendremos que hacer frente a las consecuencias de nuestra irresponsabilidad. Y no será nada agradable.


Una de las cuestiones cruciales, en el marco de un conflicto bélico, es la gestión de la escalada. Y quien tiene la capacidad de controlarla, dispone automáticamente de una herramienta muy poderosa para influir en el conflicto.

Parece bastante evidente que, en la guerra entre Rusia y Ucrania, el mayor esfuerzo por parte de Rusia ha consistido precisamente en intentar gestionar la escalada por parte del bloque de la OTAN, algo que, sin embargo, ha hecho principalmente tratando de contenerla.

A lo largo de los últimos 51 meses de guerra, son innumerables las líneas rojas que han traspasado las fuerzas ucranianas y los países de la Alianza Atlántica, y, en esencia, Moscú siempre ha tratado de no responder elevando a su vez el nivel del enfrentamiento, prefiriendo encajar el golpe y demostrar su ineficacia con fines estratégicos.

Obviamente, esto no ha desanimado en absoluto a los atlantistas, quienes, por el contrario, siempre han interpretado esto como la posibilidad de dar un paso más allá —que, de hecho, es exactamente lo que han hecho.

En tiempos más recientes, Rusia ha intentado poner freno a esta situación aumentando el nivel de disuasión, primero modificando su doctrina sobre el uso de armas nucleares, luego con ataques demostrativos utilizando el misil balístico hipersónico de alcance intermedio Oreshnik, y anunciando otras armas como el torpedo nuclear Poseidon, el misil balístico intercontinental Sarmat y el misil de crucero de propulsión nuclear Burevestnik.

Pero, evidentemente, el efecto disuasorio esperado no se ha producido en absoluto.

Es más, los países europeos han pasado a desempeñar un papel aún más activo en el conflicto, convirtiéndose en fabricantes directos de drones para el ejército ucraniano y, por lo tanto, trasladando de hecho la parte crítica del sector de fabricación de material bélico de Kiev a territorio de la OTAN.

Todo ello, obviamente, está llevando el desafío a Rusia hacia un umbral peligroso, y obligará a Putin a tomar decisiones que, muy probablemente, nunca hubiera querido tomar.

De hecho, es cada vez más evidente que la OTAN es un perro que no tiene intención de soltar el hueso, y que, aunque se concluyera en un plazo relativamente breve la liberación de las cuatro óblast constitucionalmente integradas en la Federación Rusa, la falta de destitución del Gobierno ultranacionalista ucraniano y la demolición incompleta de sus fuerzas armadas dejarán vivos todos los gérmenes para que vuelva a brotar —de aquí a unos años— la amenaza occidental a través de Ucrania.

Y es igualmente claro que sería un resultado tan parcial, tras cuatro o cinco años de guerra, que difícilmente podría justificarse ante la opinión pública rusa. Sobre todo después de que los dirigentes del Kremlin hayan reiterado continuamente que se alcanzarían todos los objetivos, es decir, también la desnazificación y la desmilitarización de Ucrania.

Además, la posibilidad de completar en un breve plazo la liberación no solo de la región de Donetsk, sino también de las de Zaporizhzhya y Jersón, parece en estos momentos todo menos segura.

Ya sea por imprudencia o por otros motivos, está claro que los dirigentes europeos pretenden continuar por esta senda de lenta y continua escalada, con la evidente intención de cocinar a la rana rusa.

Además de la participación en la producción de drones, parece que se está imponiendo el uso del territorio de los países bálticos como plataforma de lanzamiento para ataques en profundidad sobre el territorio ruso.

Aunque la primera ministra letona dimitió, precisamente a raíz de un incidente con drones ucranianos, según informa el servicio secreto ruso, en realidad ya existiría un acuerdo entre Kiev y Riga, y personal de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados de Ucrania ya se ha desplegado en las bases letonas de Adazi, Selija, Lielvarde, Daugavpils y Jekabpils.

Al mismo tiempo, el ministro de Asuntos Exteriores lituano, Kęstutis Budrys, ha declarado:

Debemos demostrar a los rusos que podemos entrar en la pequeña fortaleza que han construido en Kaliningrado. La OTAN dispone de los medios necesarios para destruir las bases rusas en el enclave.

En definitiva, los países de la OTAN siguen gestionando la escalada, y la capacidad de contención por parte de Rusia se va reduciendo cada vez más, acercando el momento en que la ventana de oportunidades para responder se reducirá drásticamente —y de forma dramática—.

Como es sabido, frente a esta postura moderada del liderazgo de Putin, se contrapone otra decididamente más radical, encabezada en cierto sentido por el politólogo Serguéi Karaganov, cuya tesis fundamental es que, precisamente para evitar que esta continua escalada conduzca a un punto de no retorno, es decir, a un conflicto abierto entre Rusia y la OTAN, es necesario cortarla de raíz, asestando un golpe intimidatorio, decidido y directo, precisamente contra los países de la Alianza Atlántica que están alimentando la guerra.

Según Karaganov, sería necesario atacar —por ejemplo— algunas instalaciones de producción militar implicadas en el conflicto y situadas en territorio de la OTAN; y, en caso de que esto resultara insuficiente, pasar a los centros de mando militar. En casos extremos, recurriendo incluso a armas nucleares tácticas.

En esencia, quienes se oponen a la tesis radical cuentan a su vez con argumentos válidos. En primer lugar, por una cuestión relacionada con el posicionamiento internacional de Rusia, que en este momento se considera —al igual que China— un poderoso factor de estabilización global (tal es, por ejemplo, la valoración que hacen de ella los países árabes del Golfo).

Una posición que correría el riesgo de verse socavada si Moscú llegara a ser percibida, por el contrario, como el actor que desencadena un conflicto directo con la OTAN. Y, obviamente, existe la objeción igualmente válida de que no hay garantía alguna de que —ante un ataque, digamos, intimidatorio— la OTAN se detenga y desista de continuar la escalada y el apoyo a Kiev.

En definitiva, se comprende bien que la cuestión gira en torno a valoraciones hipotéticas, por muy ineludibles que sean.

Sin embargo, lo que en mi opinión falta en el debate sobre este tema es una valoración atenta y racional del aspecto militar de la cuestión.

Todo parece girar en torno a la idea de que —independientemente de la chispa que desencadene el conflicto, ya sea un Oreshnik sobre Ramstein o una operación de la OTAN contra Kaliningrado— lo que seguirá será un conflicto convencional entre la Alianza Atlántica y la Federación Rusa, susceptible de escalar hacia un conflicto nuclear. Una hipótesis que considero totalmente irrealista.

De hecho, si se llegara a una situación de conflicto cinético directo entre Rusia y los países europeos de la OTAN, las dos primeras cosas que ocurrirían —diría que necesariamente— serían la ocupación rusa de los países bálticos, con el intento de ocupar inmediatamente el Corredor de Suwałki para evitar el cerco de Kaliningrado, y el despliegue de las fuerzas de la OTAN a lo largo de toda la línea del frente ucraniano.

No tienen aquí gran importancia todos los debates sobre la capacidad de estas fuerzas para resistir —y durante cuánto tiempo— el enfrentamiento.

La cuestión es que, de repente, la cantidad de personal militar y de medios, de sistemas antiaéreos y antimisiles, así como de aviación de combate, desplegada contra Rusia, se multiplicaría por dos o por tres.

Lo cual no solo haría necesaria una movilización masiva en Rusia, sino que abriría la perspectiva de una prolongación adicional, y más sangrienta, de la guerra. Huelga decir que, si más de cuatro años no han sido suficientes para derrotar a las fuerzas ucranianas, respaldadas únicamente por la OTAN, un cambio de tal magnitud en la relación de fuerzas tendría un impacto enorme en la duración del conflicto.

Todo esto para decir que la hipótesis de un conflicto convencional con la OTAN, aunque solo sea por su parte europea, es, desde el punto de vista ruso, absolutamente inaceptable.

Y, por lo tanto, Moscú se vería en la situación de tener que lanzar un ataque fulminante, capaz de desarticular inmediatamente el sistema de mando político-militar de la Alianza, con todo lo que ello conllevaría.

En esencia, la cuestión se resume a esto. Por mucho que la OTAN pueda estar —y esté— en condiciones de inferioridad en muchos aspectos, su participación activa sería, en cualquier caso, tal que impondría un salto cualitativo considerable en el esfuerzo bélico ruso. Aunque solo fuera por la inmensa profundidad estratégica del territorio europeo, en comparación con el ucraniano.

De ello se deduce que la posición de Karaganov se aleja de este escenario únicamente porque tiende a anticiparlo. La cuestión, por tanto, no es si, ni cómo, sino únicamente cuándo se materializará este escenario.

A menos que —y aquí radica el quid de la moderación de Putin— en el lapso de tiempo comprendido en ese cuándo se produzcan —en el campo de batalla o en el tablero global— cambios tales que empujen a los dirigentes europeos a desistir de proseguir con la escalada.

Es bastante evidente, por otra parte, que estos también esperan un posible regreso de los demócratas a la Casa Blanca, para obtener todo el apoyo necesario, en un contexto de rusofobia generalizada.

Lo cual podría no darse, tanto en el sentido de que podría no producirse el cambio de gobierno en Washington, como en el de que ello podría no significar sic et simpliciter la voluntad estadounidense de reanudar el conflicto con Moscú.

Se comprende con bastante facilidad, por tanto, que la apuesta rusa es, en cualquier caso, una apuesta arriesgada. Pero, al mismo tiempo, es igualmente claro que si los países europeos insisten en esta línea —y nada hace presagiar que quieran desistir—, el margen de maniobra de Putin se reduce.

Por otra parte, resulta difícil comprender hasta qué punto en las cancillerías del viejo continente son realmente conscientes de lo que están haciendo y de las posibles consecuencias.

La duda hamletiana del presidente ruso es, por tanto, un asunto de gran importancia. Si echamos la vista atrás, vemos que lanzó su advertencia con motivo de la Conferencia sobre Seguridad en Europa celebrada en Múnich, en 2007 —hace casi veinte años—.

La OTAN se burló de ello, en esencia, y siguió su camino, hasta que —en febrero de 2022— Putin rompió el impasse y puso en marcha la Operación Militar Especial.

Y esto nos dice, en esencia, dos cosas: que ciertamente no es propenso al conflicto, pero que cuando se hace necesario, no duda. Con un poco de visión de futuro y sentido común por parte de todos los miembros de la OTAN, pero de los europeos en particular, muy probablemente se habría podido evitar. Sin embargo, insistieron en seguir por el camino que conducía al enfrentamiento. Y lo consiguieron puntualmente.

Pensar que Rusia se dejará cocer como la rana es realmente una ingenuidad peligrosa.

Que los dioses nos preserven a Putin y su paciencia, pero tarde o temprano —con él o con cualquier otro en el Kremlin— tendremos que hacer frente a las consecuencias de nuestra irresponsabilidad. Y no será nada agradable.

Traducción nuestra


*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.

Fuente original: Giubbe Rosse

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