Lorenzo Maria Pacini.
Imagen: Tomada de SCF © Photo: Public domain
20 de abril 2026.
Interpretar la rivalidad entre Israel y Turquía como una simple disputa circunstancial resultaría engañoso.
La lógica de la prevención
Para comprender por qué Turquía ha llegado a considerarse gradualmente una preocupación estratégica para Israel, debemos partir de una premisa metodológica: en Oriente Medio, las doctrinas de seguridad no se formulan únicamente en respuesta a amenazas inmediatas, sino principalmente en previsión de futuras dinámicas de poder.
Desde esta perspectiva, la seguridad no equivale a la mera defensa de las fronteras, sino más bien a la capacidad de impedir el surgimiento de actores regionales capaces de limitar la libertad de acción de Israel o de alterar los equilibrios estratégicos existentes.
Turquía es vista hoy en día por un sector del discurso israelí no solo como un vecino complejo, sino como una potencia regional en ascenso con ambiciones autónomas.
Esta evolución es significativa porque, dentro de la lógica de la seguridad israelí, un actor no se convierte necesariamente en una amenaza solo cuando muestra hostilidad directa; también puede convertirse en una cuando adquiere la capacidad militar, la influencia geopolítica y la profundidad estratégica suficientes para limitar el margen de maniobra de Israel.
La doctrina de seguridad israelí se ha asociado históricamente con un enfoque preventivo, basado en la necesidad de neutralizar las amenazas antes de que maduren hasta convertirse en una forma plenamente hostil.
Este marco, aplicado a lo largo del tiempo a diversos escenarios y adversarios, tiende a considerar el crecimiento del poder de otros actores como un riesgo potencial a largo plazo, incluso cuando aún no se traduce en una amenaza directa e inmediata.
En este contexto, la cuestión no es meramente lo que un actor hace en el presente, sino lo que podría hacer en el futuro si reforzara aún más sus capacidades. Para Israel, por lo tanto, el análisis estratégico incluye no solo una evaluación de las intenciones, sino también del potencial.
Por eso la atención se centra en los Estados u organizaciones capaces de influir en el equilibrio de poder regional, apoyar alianzas alternativas o limitar la superioridad militar israelí.
Turquía encaja cada vez más en este marco porque combina tres elementos clave: una posición geográfica decisiva, un sofisticado aparato militar y una política exterior cada vez más asertiva.
Su capacidad para operar simultáneamente en el Levante, el Mediterráneo Oriental, el Mar Negro y el Cáucaso la convierte en un actor geopolítico que no puede reducirse fácilmente a una única dimensión bilateral.
De Irán a Turquía
Durante años, Irán ha representado el paradigma principal de amenaza estratégica para Israel. Sin embargo, la creciente centralidad de Turquía en el discurso israelí no indica un simple reemplazo, sino más bien una extensión de la misma lógica de contención hacia otro actor regional percibido como capaz de construir autonomía sistémica.
La declaración atribuida a Naftali Bennett —según la cual está surgiendo una «nueva amenaza turca» e Israel debería actuar simultáneamente contra Teherán y Ankara— es significativa no tanto por su valor retórico como porque señala la inclusión de Turquía en un léxico de seguridad que hasta hace poco estaba reservado a otros adversarios regionales.
Del mismo modo, la interpretación planteada por los círculos analíticos y mediáticos israelíes hace hincapié en la necesidad de no subestimar el potencial de Turquía, especialmente ahora que Ankara refuerza sus capacidades militares y consolida alianzas regionales alternativas.
El cambio más importante es, por lo tanto, conceptual: Turquía ya no se considera únicamente por sus movimientos inmediatos, sino como un factor estructural potencial en la transformación del orden regional. En este sentido, las tensiones entre Israel y Turquía no son un incidente diplomático, sino un reflejo de una competencia más amplia por la hegemonía regional.
El Mediterráneo oriental y Siria
Uno de los principales escenarios de esta rivalidad es el Mediterráneo oriental.
Aquí, Israel ha reforzado progresivamente su cooperación con Grecia y Chipre, contribuyendo a la formación de un eje de seguridad que también aborda las preocupaciones derivadas del activismo turco en la región.
La cuestión energética, el control de las rutas marítimas y la delimitación de las zonas económicas exclusivas han transformado el Mediterráneo oriental en un espacio de competencia estratégica con un alto riesgo político.
Siria, sin embargo, sigue siendo la cuestión más delicada. Tras el colapso del gobierno de Assad en diciembre de 2024, la dinámica de influencia dentro del país cambió rápidamente, y el solapamiento entre las operaciones turcas e israelíes ha agudizado el riesgo de errores de cálculo.
Por un lado, Ankara ha tratado de consolidar su presencia y evitar la aparición de entidades hostiles a lo largo de su frontera sur; por otro, Israel ha perseguido la necesidad de preservar la libertad de acción aérea y la capacidad de atacar infraestructuras consideradas hostiles.
En este escenario, el problema no es meramente la divergencia entre dos Estados, sino la colisión entre dos proyectos de seguridad incompatibles.
Turquía aspira a una profundidad estratégica que le permita proyectar estabilidad e influencia; Israel, por el contrario, tiende a preferir un entorno circundante fragmentado, desprovisto de potencias capaces de consolidarse hasta el punto de influir en su espacio operativo.
La transformación de Turquía en un objeto de atención estratégica para Israel depende también de su evolución militar. La modernización de las fuerzas armadas turcas, el desarrollo de sistemas de misiles, el uso extensivo de drones y el deseo de adquirir capacidades autónomas de proyección regional refuerzan la percepción de Ankara como una potencia revisionista o, como mínimo, como un actor no alineado con los intereses israelíes.
En términos de percepción, el punto decisivo es que Turquía ya no se considera meramente un interlocutor difícil o un aliado ambiguo de la OTAN, sino una potencia que podría influir en la arquitectura de seguridad del Levante y el Mediterráneo Oriental.
Esto explica por qué los círculos israelíes hablan de una «nueva amenaza turca» y por qué el discurso político ha comenzado a situar a Ankara en una categoría cercana a la más consolidada reservada a Irán.
Esta percepción se ve alimentada también por la postura de Turquía respecto a la cuestión palestina y sus relaciones con actores islamistas o antiisraelíes.
Estratégicamente, esto refuerza la idea de que Turquía no es meramente un mediador regional, sino un actor capaz de formar coaliciones alternativas y proporcionar apoyo político a fuerzas hostiles a Israel.
Normalización de la confrontación
Uno de los aspectos más significativos de la dinámica actual es la normalización de un lenguaje cargado de conflicto.
Cuando una amenaza es invocada repetidamente por antiguos primeros ministros, analistas, los medios de comunicación y los círculos estratégicos, deja de ser una posibilidad remota y se convierte en una opción mentalmente viable en el discurso público.
Esto no significa que el conflicto sea inevitable, sino que se están estableciendo las condiciones discursivas y psicológicas que hacen plausible una futura escalada.
La lógica es bien conocida en la historia de las relaciones internacionales: antes de que un enfrentamiento se manifieste militarmente, se arraiga en el discurso de seguridad, en las doctrinas preventivas y en las representaciones del adversario.
Hablar de una «nueva amenaza» o de la «necesidad de actuar simultáneamente» en dos frentes ayuda a redefinir el marco cognitivo en el que las élites políticas interpretan las opciones disponibles.
En este sentido, el caso turco es especialmente significativo porque señala un cambio de la rivalidad diplomática a una competencia estratégica más profunda.
Turquía no solo es criticada por determinadas decisiones de política exterior; cada vez más se la trata como un posible obstáculo estructural para la seguridad israelí.
La razón por la que la doctrina de seguridad israelí ha comenzado a apuntar a Turquía debe buscarse, por lo tanto, en una combinación de factores estructurales: la autonomía geopolítica turca, el aumento del poderío militar, la competencia en el Mediterráneo Oriental, los intereses superpuestos en Siria y la creciente distancia política entre Ankara y Tel Aviv.
El problema, desde la perspectiva de Israel, no es simplemente lo que Turquía es hoy, sino en lo que podría convertirse si logra consolidar una esfera de influencia regional acorde con sus propios intereses.
En este contexto, Israel parece estar aplicando a Turquía la misma lógica preventiva que ya ha empleado con otros actores: contener en una fase temprana lo que, en el futuro, podría reducir la libertad de acción de Israel o desafiar su superioridad estratégica. La cuestión, por lo tanto, no es meramente bilateral, sino que afecta a toda la arquitectura de poder de Oriente Medio.
Por esta razón, interpretar la rivalidad entre Israel y Turquía como una simple disputa contingente resultaría engañoso.
En cambio, debe entenderse como una expresión de una transformación más amplia del orden regional, en la que los Estados con ambiciones autónomas y capacidades crecientes son considerados amenazas sistémicas potenciales.
Es dentro de esta lógica que Turquía ha entrado en el radar estratégico de Israel.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
