Juliane Furno.
Ilustración: Tomada de Tricontinental Political Economy
01 de octubre 2026.
Lo que se está gestando es algo más modesto: un proceso de erosión gradual del dólar como moneda hegemónica y, en la práctica, casi la única del sistema monetario internacional.
El dólar como instrumento del imperialismo
La nota anterior de esta serie, «La correa financiera», analizó el excedente que las burguesías periféricas se niegan a reinvertir y descubrió que este sale del país, dirigiéndose hacia activos denominados en dólares y los circuitos financieros del centro. Concluyó señalando que, en un mundo multipolar donde la hegemonía del dólar ya no es indiscutible, las condiciones para cortar esa correa son más favorables que en cualquier otro momento desde la década de 1970.
Juliane Furno aborda esa cuestión aquí. Ella interpreta la financiarización no como una desviación técnica del capitalismo contemporáneo, sino como un engranaje en la maquinaria del imperialismo estadounidense; reconstruye cómo se construyó la arquitectura de poder del dólar después de 1971 y evalúa, sin ilusiones, las estrategias de desdolarización que ahora se discuten dentro de los BRICS y en todo el Sur Global.
La financiarización de la economía mundial no es ni un desvío del capitalismo contemporáneo ni un percance que haya secuestrado al capitalismo para someterlo a la lógica de las finanzas.
De hecho, el propio Marx, específicamente en el volumen III de *El Capital*, describe lo que hoy llamamos la hegemonía del capital ficticio y del capital que genera intereses. La lógica de la financiarización está, por lo tanto, inscrita en la propia lógica del modo de producción capitalista.
Más allá de ser intrínseca al modo de producción capitalista, la financiarización, en la forma que adoptó a partir de finales de la década de 1970, funciona como uno de los engranajes específicos del imperialismo estadounidense en su fase de superimperialismo, por utilizar el término acuñado por Michael Hudson.
En esta fase, y sobre todo tras el fin de la convertibilidad del dólar en oro en 1971, Estados Unidos obtuvo el «privilegio exorbitante» de financiar sus déficits gemelos —fiscal y comercial— con los ahorros del resto del mundo, sin que esto le supusiera, en la práctica, ningún ajuste real.
El mundo, y sobre todo la periferia, llegó a financiar al mismo poder que lo subordina, en una lógica perversa: para defenderse del poder del dólar, debe acumular dólares, y esa acumulación termina reafirmando la primacía del dólar y su poder ilimitado.
Esta maquinaria no nació ya formada, y vale la pena reconstruir el movimiento histórico concreto que la construyó. El Acuerdo de Bretton Woods fue fundamental para allanar el camino hacia la hegemonía del dólar, pero la moneda estadounidense aún estaba vinculada a su respaldo metálico y expuesta a los desafíos de las demás potencias capitalistas.
En la década de 1970, el poder de Estados Unidos enfrentó serios desafíos en al menos tres frentes, lo que impulsó cambios importantes en la política monetaria estadounidense y en la lógica de la financiarización que se intensificaría a partir de entonces (Tricontinental, 2026).
Los desafíos provenían del ámbito de la supremacía industrial, con la competencia de las grandes empresas japonesas y alemanas; del ámbito militar, con la derrota de Estados Unidos en Vietnam; y del ámbito monetario, con el agotamiento del patrón oro-dólar de Bretton Woods.
La respuesta de Washington no fue defensiva, sino ofensiva. Nixon rompió unilateralmente el vínculo con el oro en 1971, trasladando el costo del ajuste a sus socios comerciales. Paul Volcker, al frente de la Reserva Federal, elevó la tasa de interés de referencia del 11 % a más del 20 % entre 1979 y 1981, atrayendo capital de todo el mundo hacia los títulos del Tesoro de Estados Unidos.
El efecto secundario fue la crisis de deuda que sumiría a América Latina en la llamada década perdida, mientras que Estados Unidos, al mismo tiempo, logró poner en cintura a sus principales competidores, en particular a Japón.
Reagan desreguló entonces el sistema financiero nacional, sentando las bases de lo que hoy llamamos financiarización: la creciente subordinación de la producción, el comercio y las propias políticas económicas nacionales a los flujos y las reglas del capital financiero denominado en dólares.
Qué es la financiarización y por qué agrava la dependencia periférica
Antes de seguir adelante, vale la pena ser precisos sobre lo que estamos discutiendo. La financiarización no es sinónimo de «más bancos» o «mercados de capital más grandes».
La financiarización es la inversión del mando dentro del propio capitalismo. Bajo el dominio financiero, es el capital ficticio (acciones, títulos de deuda públicos y privados, derivados) el que llega a dirigir las decisiones de inversión, el ritmo de producción y, en gran medida, la política económica de los propios Estados.
La financiarización es la prevalencia de la lógica financiera sobre la lógica productiva, una lógica que, desde la década de 1970, ha logrado volverse relativamente autónoma de la producción de valor.
Su modo de funcionamiento se deriva precisamente de esta inversión entre la producción y la apropiación financiera. El capital ficticio no necesita pasar por el proceso de producción para valorizarse: el precio de una acción, un bono del Estado o un derivado sube porque el mercado anticipa rendimientos futuros, no porque se haya producido algo más.
Esto permite que la valorización financiera se desacople, por un tiempo, de la producción real, creando ciclos de euforia en los que incluso las empresas industriales se ven impulsadas a canalizar sus utilidades hacia inversiones financieras en lugar de reinvertirlas en la producción.
El problema es que esta desconexión no es permanente, ya que toda creación de valor es producto del trabajo humano vivo. En otras palabras, tarde o temprano una crisis económica vuelve a conectar violentamente el valor ficticio con el valor realmente producido, y es la economía real (empleo, crédito, actividad) la que paga la cuenta del ajuste.
Es precisamente aquí donde la periferia se ve aún más limitada por su papel dependiente. Las monedas periféricas se encuentran en la base de la jerarquía monetaria internacional.
No son buscadas como reservas de valor, sino que se las trata como activos de riesgo, expuestas a flujos de capital especulativo que llegan en busca de rendimiento y se retiran ante el primer indicio de inestabilidad, ya sea interna o externa, real o simplemente percibida.
Para compensar el riesgo cambiario inherente a sus propias monedas, los países periféricos se ven obligados a mantener tasas de interés más altas que las de los países centrales, solo para retener el capital que ya han atraído, y a acumular reservas en dólares como un seguro propio contra una fuga repentina.
En otras palabras, cuanto más se financiariza el capitalismo, más costoso resulta para la periferia simplemente mantenerse a flote dentro de él.
La apertura de la cuenta de capital y la integración en los mercados financieros internacionales, tal como lo prescribía el manual del Consenso de Washington, no colocó a la periferia en pie de igualdad con el centro; por el contrario, profundizó su posición subordinada.
La periferia entró en la era de la financiarización como prestataria en moneda extranjera, nunca como emisora del activo seguro que busca el resto del mundo.
También se expuso a flujos de capital volátiles, nunca como fuente de la liquidez que dirige el sistema. Es por eso que la financiarización, lejos de ofrecer a la periferia una vía hacia el desarrollo financiero autónomo, tiende a reproducir y profundizar exactamente la misma jerarquía de poder que la subordina en las esferas comercial y productiva.
Una arquitectura diseñada para reproducir la dependencia
Desde el punto de vista de la periferia capitalista, esta arquitectura organiza estructuralmente nuestra dependencia.
Dado que el dólar sigue siendo la moneda de denominación para alrededor del 80 % al 90 % del comercio de materias primas —desde alimentos hasta energía y minerales— y para casi el 90 % de las transacciones cambiarias mundiales, los países periféricos se ven obligados a buscar constantemente la moneda estadounidense, simplemente para importar lo que necesitan para consumir y producir (Tricontinental, 2026).
Esta búsqueda constante de dólares nos convierte en rehenes de la política monetaria de un banco central que responde exclusivamente a los intereses de la economía estadounidense, pero cuyas decisiones —como quedó en evidencia en 1979 y nuevamente en los recientes ciclos de endurecimiento monetario— se propagan como choques externos a los tipos de cambio, la deuda y el empleo de todo el Sur Global.
En las últimas dos décadas, esta jerarquía monetaria ha adquirido una dimensión adicional, en la que la infraestructura de pagos —especialmente el sistema SWIFT— y el acceso al dólar mismo funcionan como armas de coacción explícita contra aquellas partes de la periferia que no están alineadas políticamente con Estados Unidos.
La incautación de las reservas de países como Rusia, Venezuela y Afganistán, la exclusión de bancos del sistema de compensación internacional y el régimen cada vez más amplio de sanciones unilaterales demuestran que la financiarización bajo la hegemonía del dólar no es solo uno más entre los muchos mecanismos económicos de extracción de valor que operan en el mercado mundial. Es también un instrumento de coacción geopolítica directa, al que queda expuesto cualquier país que desafíe los intereses de Washington.
Esta jerarquía golpeó a América Latina con especial violencia. La «crisis de la deuda» de la década de 1980 no fue ni una desgracia regional ni el resultado de una mala gestión fiscal por parte de los gobiernos latinoamericanos, como insistió el discurso convencional durante décadas.
Fue el resultado directo y predecible de una decisión de política monetaria tomada en Washington para resolver tres problemas estadounidenses a la vez: la inflación, la pérdida del dominio industrial frente a Alemania y Japón, y la fragilidad del dólar.
El costo de ese ajuste se trasladó más allá de las fronteras de Estados Unidos. Los gobiernos que habían contraído préstamos en dólares a tasas flotantes vieron cómo el servicio de su deuda se multiplicaba de la noche a la mañana, sin que hubiera cambiado ni una sola política económica interna.
El ajuste recesivo, las privatizaciones y la apertura financiera que siguieron, bajo la batuta del FMI, cumplieron la misma función estructural de siempre: reciclar los ahorros de la periferia para sostener al centro.
Una ventana histórica, por más estrecha que sea
Al igual que en la década de 1970, Estados Unidos se enfrenta una vez más a un desafío simultáneo en tres frentes: el militar, con los límites puestos de manifiesto por la guerra en Ucrania; el tecnológico, con el ascenso de China; y el monetario, con la proliferación de acuerdos comerciales en monedas locales.
La diferencia fundamental con respecto al período anterior es que hoy el rival no es simplemente un competidor industrial, como lo fueron en su momento Japón y Alemania, sino una potencia que combina peso económico, tecnológico, militar y político: China.
A esto se suma el hecho de que la expansión de los BRICS y el uso cada vez más indiscriminado de sanciones por parte de Estados Unidos están produciendo, como efecto secundario, precisamente lo que Washington intenta evitar: un incentivo político para que cada vez más países busquen alternativas fuera del dólar.
Vale la pena mantener un sentido de realismo. La hegemonía del dólar no será reemplazada por decreto, ni a corto plazo, ni por ninguna moneda nacional en particular, incluido el renminbi chino.
Lo que se está gestando es algo más modesto: un proceso de erosión gradual del dólar como moneda hegemónica y, en la práctica, casi la única del sistema monetario internacional.
Entre las estrategias que se debaten actualmente en el marco del BRICS y otras iniciativas Sur-Sur, cuatro merecen ser destacadas, en mi opinión.
La primera es liquidar el comercio en monedas locales, eliminando al dólar como moneda puente.
El comercio entre Rusia y China, por ejemplo, ya se realiza casi en su totalidad en rublos y renminbi, y el comercio entre Rusia y la India avanza a un ritmo similar.
La segunda es la creación de sistemas de pago internacionales alternativos que puedan reemplazar a SWIFT para las transacciones entre países que hoy sufren, o temen, sanciones.
La tercera es el fortalecimiento de los propios mecanismos financieros del Sur Global, como el Acuerdo de Reserva Contingente de los BRICS, que hoy en día está infrautilizado y sigue dependiendo en parte de la aprobación del FMI.
Esta paradoja debe resolverse si se quiere que esta arquitectura ofrezca verdaderamente una alternativa al Fondo.
La cuarta, quizás la más prometedora a mediano plazo, es la fijación de precios de los productos básicos estratégicos —como los granos, la energía y los minerales— en monedas distintas al dólar, aprovechando el hecho de que los países del Sur Global representan una parte significativa de la producción mundial de alimentos, petróleo y minerales críticos, pero siguen aceptando que sus precios se fijen en las bolsas de productos básicos y en moneda estadounidense.
Ninguna de estas iniciativas, por sí sola, desafía la hegemonía del dólar. Sin embargo, combinadas y mantenidas a lo largo del tiempo, reducen progresivamente la dependencia estructural de la moneda estadounidense que hoy limita el margen de maniobra en materia de política económica de prácticamente todos los países periféricos.
También merecen mención dos iniciativas complementarias. Rusia las ha presentado principalmente en el marco del BRICS, pero son de interés directo para el resto del Sur Global.
Una es la creación de una compañía de reaseguros propia del bloque, que podría eludir el papel que desempeñan actualmente las reaseguradoras europeas y estadounidenses como una especie de «policía de sanciones» informal, al negar cobertura a operaciones que desagradan a Washington o a sus aliados.
La otra es la propuesta de una bolsa de granos entre países que, en conjunto, representan más de la mitad de la producción mundial de soya, trigo, arroz y maíz, lo que les permitiría dejar de aceptar pasivamente que los precios de sus propios productos básicos se fijen en Chicago y en dólares.
Ambas se encuentran aún en las primeras etapas de negociación, pero apuntan en la dirección correcta: convertir el poder productivo real en una capacidad autónoma para fijar precios y brindar protección financiera.
Por último, creo que es importante afirmar, y seguir reiterando, que la desdolarización no es un problema de ingeniería financiera, que deban resolver especialistas a puerta cerrada en reuniones técnicas. Por encima de todo, es una lucha política.
Requiere que los gobiernos del Sur Global —históricamente acostumbrados a competir entre sí por los mercados y las inversiones— estén dispuestos a cooperar, así como la capacidad de resistir la presión y las represalias de Estados Unidos. Vale la pena recordar que, a juzgar por la historia reciente, cuanto mayores son las amenazas al imperialismo estadounidense, más dispuesto está este a enfrentarlas de manera agresiva.
Entender la financiarización como un engranaje del imperialismo estadounidense, y no como una inevitabilidad técnica del capitalismo globalizado, es el primer paso para que los países periféricos dejen de tratar la arquitectura monetaria internacional como un hecho inmutable de la naturaleza y comiencen a cuestionarla como lo que siempre ha sido: un terreno de poder, construido históricamente y, por esa misma razón, abierto a la transformación a través de la acción política colectiva del Sur Global.
Traducción nuestra
Juliane Furno es profesora de la Facultad de Economía de la Universidade Federal Fluminense (UFF) e investigadora de Tricontinental: Instituto de Investigación Social.
Fuente: Tricontinental Political Economy
