EUROPA ES UNO DE LOS PRINCIPALES PERDEDORES DE LA CRISIS DEL ESTRECHO DE ORMUZ. Roberto Iannuzzi.

Roberto Iannuzzi.

Foto: Saudi Aramco.

12 de junio 2026.

Con la crisis del estrecho de Ormuz y Libia, que sigue siendo un Estado fallido, tras haber renunciado a las fuentes rusas, Europa se queda sin alternativas energéticas y, en esencia, es rehén de Washington.


La agresión israelo-estadounidense contra Irán tiene un perdedor no declarado: Europa. Aunque no haya participado directamente en el conflicto, el viejo continente está destinado a sufrir sus repercusiones negativas.

Desde este punto de vista, existe un singular paralelismo entre los países europeos y las monarquías árabes del Golfo. Tanto unos como otras son aliados históricos de una superpotencia, Estados Unidos, de la que aún creen no poder prescindir, pero que cada vez más se está revelando como una fuente de problemas más que de protección.

Tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, EE. UU. arrastró a los europeos a un conflicto por poder con Moscú, para luego descargar sobre estos últimos los costes de la guerra y erigirse en mediador en un enfrentamiento en el que, en realidad, son cobeligerantes.

En la operación contra Irán, Washington ha hecho uso de las bases del Golfo (además de las europeas), lo que ha provocado la dura represalia iraní contra las monarquías petroleras que las acogen. Teherán también ha amenazado con atacar las bases europeas en una posible segunda ronda del conflicto.

A pesar de estos lamentables resultados, muchos países europeos se muestran reacios a negociar con Moscú, al igual que varias monarquías del Golfo se resisten a llegar a un acuerdo con Teherán (Arabia Saudí y Catar han abierto canales de negociación, mientras que los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin mantienen una línea intransigente).

A primera vista, Europa parece estar mejor posicionada que otros para soportar el impacto energético y económico derivado del cierre del estrecho de Ormuz.

Aunque una parte importante de las necesidades europeas de fertilizantes proviene del Golfo, solo el 6 % del crudo y menos del 10 % del gas que necesita el viejo continente pasaban por el estrecho.

Pero el aumento de los precios de la energía es global, y la crisis actual se suma a los daños causados por las anteriores, desde la COVID-19 hasta el enfrentamiento con Rusia.

Además, desde 2023, la inseguridad en el Mar Rojo ha obligado a gran parte del tráfico comercial a rodear el continente africano pasando por el Cabo de Buena Esperanza, lo que alarga los tiempos de navegación y aumenta los costes de transporte.

Si se reanudara el conflicto armado con Teherán, Ansarallah, grupo aliado de Irán en Yemen, ha prometido cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, que da acceso al mar Rojo, lo que incrementaría aún más los costes energéticos y de navegación.

La guerra contra Irán ha mermado aún más los arsenales estadounidenses, ya puestos a prueba por los conflictos en Ucrania, Gaza y Yemen, reduciendo así los recursos militares (en particular los interceptores esenciales para la defensa aérea) que pueden suministrarse a Kiev.

El presidente estadounidense Donald Trump ha amenazado además a los europeos con ayudarles aún menos en el enfrentamiento con Rusia, ya que se han negado a intervenir directamente junto a Washington contra Irán.

Esto agudiza el dilema europeo entre la voluntad de seguir apoyando a Ucrania y reforzar el flanco oriental, y la posibilidad de desplegar recursos militares en el Golfo para defender a las monarquías petroleras.

Por el momento, países como Francia y Gran Bretaña han enviado algunos buques, cazas y sistemas de defensa aérea, lo que no altera significativamente los equilibrios en el Golfo, pero expone dichos recursos a una posible implicación bélica en caso de que el conflicto volviera a estallar.

A esto se suma el dilema energético. Los proyectos de infraestructura que eviten el estrecho de Ormuz, por ejemplo, aumentando la capacidad del oleoducto saudí que va desde la costa oriental hasta el mar Rojo y desarrollando corredores logísticos a lo largo de la península arábiga, requieren inversiones y años para su realización.

La cooperación económica entre Europa y las monarquías árabes está expuesta a la creciente inestabilidad de la región, lo que puede desanimar a los inversores y ralentizar la realización de proyectos importantes.

Por otra parte, Europa carece de alternativas energéticas. Tras renunciar a las fuentes rusas de bajo coste, ha recurrido al gas natural licuado estadounidense, contaminante y costoso de extraer y transportar. Estados Unidos se encamina a convertirse en el principal proveedor de gas de la Unión Europea.

La UE decretó el año pasado que todos los países miembros deberán completar la «desrusificación» de sus importaciones energéticas antes de 2028. Para muchos países, la única alternativa es recurrir a Turquía (excluyendo el TurkStream, que transporta gas ruso) y a la región del Cáucaso.

Pero también aquí Estados Unidos está asumiendo un papel de control, estrechando lazos tanto con Armenia como con la vecina Azerbaiyán, en cuyo sector energético ya están presentes las empresas estadounidenses ExxonMobil y Chevron.

Tras la victoria electoral del partido liderado por el primer ministro prooccidental Nikol Pashinyan en Armenia, también debería seguir adelante la denominada «Trump Route for International Peace and Prosperity» (TRIPP), un corredor de 43 km que conectará Azerbaiyán con su exclave de Najicheván a través del sur de Armenia.

Todas las obras de desarrollo del corredor, por el que también podrían pasar oleoductos, deberían ser llevadas a cabo por una empresa conjunta armenio-estadounidense controlada en un 74 % por Washington.

Con Libia como un Estado fallido y Argelia ya al máximo de su capacidad productiva, Europa se queda sin alternativas energéticas y, en esencia, como rehén de Washington.

Este artículo apareció en Il Fatto Quotidiano.

Traducción nuestra


*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».

Fuente original: Intelligence for the people

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