EL CIRCO OCCIDENTAL EN VÍSPERAS DE UNA GUERRA CIVIL. Andrea Zhok.

Andrea Zhok.

Imagen: Tomada de Arianna Editrice

12 de junio 2026.

Sin una transformación de la representación política (hoy en día difícil incluso de imaginar), este circo occidental seguirá pudriéndose, hasta llegar a alguna forma de guerra civil.


Neumáticos quemados en las calles en varios puntos de Belfast DPA vía Europa Press DPA vía Europa Press

Dado que los acontecimientos de Belfast han vuelto a situar en el centro del debate temas que ya se han analizado a fondo en todos sus aspectos, intentemos hacer un resumen para aclarar un poco las ideas.

1) El fenómeno migratorio en Occidente es, en su totalidad, un fenómeno con raíces económicas, dependiente de la lógica del capital.

Se favorecen los desplazamientos de mano de obra que busca ocupar los puestos de trabajo disponibles en el mercado mundial.

Al capital le interesa obtener una mano de obra que esté lo más dispuesta posible a trabajar por poco dinero y que sea fácilmente chantajeable. No es una cuestión de «inmigración irregular». Los irregulares también forman parte del juego, porque son un poco más chantajeables, pero el juego en su conjunto es aceptado, deseado y teorizado.

2) La presión que ejercen los modos de vida cultivados en Occidente (desde los costes de criar a los hijos, pasando por las responsabilidades legales, hasta las dificultades pedagógicas para los hijos que crecen en entornos desocializados, etc.) crea constantemente las condiciones para una reducción de la fecundidad. (Esto ocurre también con las segundas generaciones de migrantes, tan pronto como se aclimatan).

La falta de mano de obra interna de los países occidentales se compensa importándola de partes del mundo donde los «costes de producción de niños» son bajos, porque no existe un sistema de protección pública, servicios sanitarios, sistemas escolares, etc. Occidente es una tumba atareada que absorbe a jóvenes «producidos» en otros lugares para transformarlos en concentraciones de capital.

3) Este proceso nunca está guiado ni controlado porque para guiarlo y controlarlo se necesitarían enormes inversiones: dinero para los procesos de asimilación, educación o reeducación, enseñanza de idiomas, socialización, pero también para el control y la represión de comportamientos ilícitos.

Así pues, se dejan en manos de algunos payasos políticos las consignas de la inclusión y la acogida, pero como todo el sentido del proceso está exclusivamente orientado a incrementar los márgenes de beneficio, todo este «proceso de inclusión y acogida» queda necesariamente en el papel.

Por otra parte, si viviéramos en Estados dispuestos a sostener estos niveles de gasto público para los procesos de socialización e inclusión, el problema migratorio ni siquiera surgiría: estaríamos en Estados dispuestos a drenar dinero del gran capital para mejorar las condiciones laborales de los autóctonos, para mejorar los servicios públicos, para reprimir la explotación y el trabajo en negro, para ayudar a las familias a criar a sus hijos, etc.

Por lo tanto, si estuviéramos en el mundo idealizado (pero nunca implementado) por los promotores de la «acogida infinita», simplemente no habría ningún interés en importar mano de obra, porque nada más llegar a nuestro país estaría protegida y, por lo tanto, sería costosa.

4) El proceso se deja, por tanto, siempre a su suerte, porque quien dirige estos procesos es el capital y este no tiene ningún interés en gestionar los efectos sociales de los procesos migratorios.

Por lo tanto, de forma constante e inevitable, estos procesos crean formas de desestabilización social. La escuela pública sale degradada porque se ve desbordada por un exceso de demanda sin los medios adecuados para responder; las viviendas sociales desaparecen de la oferta pública; sujetos culturalmente ajenos e imposibles de integrar —porque la única forma de integración que se ofrece es el trabajo y no hay para todos— acaban engrosando las filas de la pequeña delincuencia.

Me ahorraré la obviedad de que no hay equivalencia entre inmigración y delincuencia. Obviamente no hay equivalencia, pero con igual obviedad e irrefutabilidad, en las sociedades en las que crecen grupos de sujetos culturalmente ajenos e inempleables, aumentan la inseguridad y los delitos.

Solo personas de perfecta y culpable mala fe pueden negar este nexo que se atestigua constantemente y se registra estadísticamente.

5) En un sistema competitivo como el nuestro, el peso de esta situación recae principalmente sobre las personas que se encuentran en relación de competencia directa con la mano de obra importada, es decir, ese proletariado o esa pequeña burguesía que lucha por mantener a flote el salario y la dignidad.

Estas personas suelen pertenecer a zonas ya socialmente desfavorecidas o en riesgo de desfavorecimiento, y perciben al Estado como distante e incluso hostil, como si no estuviera interesado en defenderlas ni en el ámbito laboral ni en el de la seguridad pública.

La ineficacia y la inercia de los sistemas represivos (como cualquier servicio público, infradotado y sometido a recortes) acaba, paradójicamente, siendo más eficaz a la hora de castigar las pequeñas infracciones de ese proletariado que ha conservado con esfuerzo lo poco que tiene (un coche, una casa), que las grandes infracciones de quienes acaban de llegar y no tienen nada que perder (si es que delinquen).

Pedir sabiduría infinita, moderación perenne y santo autocontrol a estas personas significa ser o estúpidos o de mala fe. Es tan cierto como que sale el sol que, en algún momento, estas situaciones están destinadas a estallar en formas de violencia civil.

6) Que estas formas de violencia civil sean horribles, inmorales, que adopten formas de violencia indeterminada, incapaces de distinguir entre objetivos culpables e inocentes, es obvio e inevitable.

El problema, el verdadero problema, es que ahora —solo ahora— las clases políticas desprovistas de vergüenza están listas para abalanzarse como buitres sobre la escena de la violencia social.

No estaban ahí cuando las familias, ya fueran autóctonas o migrantes, no podían hacerse cargo de un hijo enfermo o sucumbían ante el más mínimo revés de la suerte; no estaban ahí cuando se chantajeaba a la gente durante años, durante décadas, para que aceptara condiciones laborales cada vez más precarias.

Pero ahora están ahí.

Están, por un lado, para sacar provecho avivando el fuego de la «sacrosanta protesta contra el intruso», y por otro, para sacar provecho indignándose por el «racismo» y el «fascismo».

Así transforman los problemas, esos problemas que ambos han contribuido a crear, en otras tantas oportunidades personales para una entrevista llena de indignación y para alguna sesión fotográfica.

7) En conclusión. La trampa que se ha tendido (ya sea intencionadamente o por casualidad, da igual) es esta.

Mientras la gente no reaccione, se finge que el sistema está funcionando mágicamente según los mecanismos de alguna «mano invisible» y que todos se están beneficiando de ello.

Cuando la olla a presión estalla, cuando hay disturbios y violencia (pueden ser de autóctonos, pero también de migrantes de primera o segunda generación —pensemos en los banlieues*—), en ese momento se desata el juego de la polarización artificial, que mantiene con vida a la clase política que ha causado el daño y, de hecho, le otorga mayores poderes.

Si no reaccionas, no existes y se ríen en tu cara.

Si reaccionas, te pones del lado de los que están en el error y das fuerza a quienes han creado el problema.

Sin una transformación de la representación política (hoy en día difícil incluso de imaginar), este circo occidental seguirá pudriéndose, hasta llegar a alguna forma de guerra civil.

Traducción nuestra


*Andrea Zhok estudió y trabajó en las universidades de Trieste, Milán, Viena y Essex. Actualmente es catedrático de Filosofía Moral en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Milán; colabora con numerosas revistas y medios periodísticos. Entre sus publicaciones monográficas destacan: «El espíritu del dinero y la liquidación del mundo» (2006), «La realidad y sus sentidos» (2013), «Libertad y naturaleza» (2017), «Identidad de la persona y sentido de la existencia» (2018), «Crítica de la razón liberal» (2020) y «El sentido de los valores» (2024).

Nota nuestra

*Banlieues: zonas densamente pobladas compuestas en su mayoría por bloques de viviendas sociales, donde vive una gran parte de la población inmigrante de primera y segunda generación.

Fuente original: Arianna Editrice

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