POLICENTRISMO Y RECONFIGURACIÓN DEL ORDEN INTERNACIONAL. Tiberio Graziani.

Tiberio Graziani.

09 de mayo 2026.

La crisis del orden unipolar no coincide con una simple redistribución del poder, sino con una reconfiguración sistémica más profunda. Entre la reafirmación de la soberanía, la competencia tecnológica, la centralidad euroasiática y las vulnerabilidades internas de los Estados, el policentrismo se perfila como la característica definitoria del nuevo escenario internacional.


Notas sobre la transición geopolítica contemporánea

La fase actual de las relaciones internacionales se interpreta a menudo mediante categorías analíticas que ya no se ajustan plenamente a la transformación en curso.

Se sigue describiendo el cambio sistémico con el léxico del bipolarismo residual o mediante una idea simplificada de multipolarismo, como si el orden mundial contemporáneo fuera atribuible a una mera redistribución del poder entre los grandes actores estatales.

En realidad, lo que observamos es una reconfiguración más profunda del orden internacional.

La crisis del orden unipolar surgido tras el fin de la Guerra Fría no representa solo el debilitamiento relativo de la hegemonía estadounidense, sino el agotamiento progresivo de un paradigma político y cultural fundado en la pretensión de universalidad del modelo occidental.

El llamado «fin de la historia», concebido como el destino inevitable de las sociedades contemporáneas hacia una forma única de organización político-económica, ha resultado ser una construcción ideológica incapaz de interpretar la pluralidad de las civilizaciones históricas.

En este contexto, la creciente asertividad de los países del Sur global no puede reducirse a una mera demanda de reequilibrio económico o redistribución de los recursos. Representa, más propiamente, la contestación de un orden internacional basado en la universalización del paradigma occidental y en su pretensión normativa.

Lo que se manifiesta es el resurgimiento de subjetividades histórico-políticas que reivindican concepciones autónomas de la soberanía, diferentes modelos de organización del poder y sus propias temporalidades históricas.

Desde esta perspectiva, la dinámica en curso se inscribe en un proceso más amplio de reequilibrio sistémico posterior al largo ciclo colonial y neocolonial que ha acompañado a la expansión geopolítica de Occidente.

Paralelamente, la aparente reevaluación estratégica de Estados Unidos no puede interpretarse en términos simplistas de declive irreversible. Más correctamente, se presenta como una adaptación selectiva a las condiciones sistémicas cambiantes.

Toda gran potencia, cuando el coste de la proyección global excede los beneficios estratégicos, tiende a redefinir su núcleo prioritario de interés.

La atención de Washington hacia la competencia estratégica con China y hacia la conservación de la primacía tecnológica refleja una estrategia de concentración de recursos más que una simple retirada.

Es necesario, a estas alturas, distinguir con claridad entre multipolarismo y policentrismo.

El multipolarismo sigue remitiéndose a una concepción estatocéntrica del orden internacional, en la que el poder se distribuye entre un número limitado de polos reconocibles, insertados en una dinámica competitiva relativamente estable.

El policentrismo describe, en cambio, una configuración más compleja, en la que el poder no se distribuye exclusivamente entre Estados soberanos, sino entre múltiples centros funcionales —económicos, financieros, tecnológicos, logísticos e informativos— capaces de influir de forma autónoma en los equilibrios sistémicos.

Se trata de una transformación cualitativa del sistema internacional.

En este contexto, también cambia sensiblemente el comportamiento de las denominadas potencias medias. Actores como Turquía, India o Brasil operan según una lógica de flexibilidad estratégica que supera el modelo tradicional de alianzas rígidas. Lo que une a estos actores es la búsqueda de una creciente autonomía decisoria en un contexto de progresiva descomposición de las jerarquías internacionales anteriores.

La adhesión permanente a un bloque ideológico da paso progresivamente a configuraciones modulares, orientadas por intereses contingentes y convergencias funcionales.

La geometría de las relaciones internacionales tiende así a volverse variable. Esta reconfiguración adquiere una relevancia particular si se observa a través del prisma tecnológico.

La soberanía, en la fase histórica actual, ya no puede medirse exclusivamente en términos territoriales. El control de las infraestructuras digitales, de las capacidades computacionales, de los algoritmos y de los flujos de datos representa hoy en día un componente decisivo del poder.

En términos geopolíticos, la inteligencia artificial, el control de los datos y las infraestructuras computacionales constituyen nuevos espacios estratégicos. La capacidad de orientar los flujos de información y los procesos de toma de decisiones representa ya un componente estructural del poder.

Desde esta perspectiva, la dependencia tecnológica configura una vulnerabilidad estratégica comparable, en algunos aspectos, a la subordinación territorial.

De ello se deriva una transformación del conflicto. La guerra contemporánea rara vez adopta las formas convencionales propias de la modernidad industrial.

Se manifiesta cada vez con mayor frecuencia a través de formas de conflicto híbrido: desestabilización cognitiva, ataques a infraestructuras críticas, presión económico-financiera, manipulación informativa.

La distinción clásica entre paz y guerra tiende progresivamente a perder nitidez.

En este escenario, la cuestión euroasiática mantiene una centralidad decisiva.

La desarticulación del espacio euroasiático constituye, de hecho, una de las condiciones estratégicas de la influencia persistente de las potencias marítimas.

La separación estratégica entre Europa y Rusia representa uno de los acontecimientos geopolíticos más significativos de la fase histórica actual.

No por razones ideológicas o coyunturales, sino por implicaciones estructurales.

Europa, al privarse de profundidad estratégica y reducir su autonomía energética, corre el riesgo de una creciente marginación sistémica.

Esta dinámica acaba, inevitablemente, por consolidar la proyección estratégica atlántica sobre el continente europeo.

La capacidad de un actor continental para influir en los equilibrios globales depende también de la coherencia geográfica de su propio espacio estratégico. En este contexto, Italia parece carecer aún de una visión estratégica completa de su propia proyección mediterránea.

Por su posición geográfica, su historia y su función logística, nuestro país posee una proyección mediterránea natural. El Mediterráneo ampliado no constituye solo un espacio geográfico, sino un área de intersección entre flujos energéticos, rutas comerciales, dinámicas migratorias y competencia estratégica.

Sin embargo, la geografía no genera automáticamente estrategia. Ofrece posibilidades que requieren voluntad política, capacidad diplomática y visión sistémica.

Por último, queda la cuestión del futuro orden internacional.

El llamado orden internacional regulador de matriz occidental ha mostrado límites evidentes, sobre todo en la medida en que su aplicación ha resultado selectiva y subordinada a las relaciones de poder. Todo orden internacional que pretenda la universalidad sin reciprocidad acaba inevitablemente por perder legitimidad.

El problema de las próximas décadas no será la construcción de un consenso ético universal, probablemente inalcanzable, sino la definición de mecanismos mínimos de coexistencia entre sujetos portadores de diferentes visiones del mundo.

El desafío central no consiste en eliminar la divergencia, sino en hacerla compatible con la estabilidad sistémica. El principal factor de inestabilidad no reside necesariamente fuera de los Estados, sino en su propia solidez interna.

Las transformaciones tecnológicas, las tensiones sociales generadas por la redistribución de la riqueza, la presión demográfica y las fracturas identitarias representan elementos de creciente vulnerabilidad. La solidez de los sistemas políticos dependerá de su capacidad para preservar la cohesión social y la continuidad institucional.

Ninguna estrategia internacional puede compensar la implosión del cuerpo político interno.

El policentrismo contemporáneo, por lo tanto, no debe interpretarse como una promesa de equilibrio, sino como una condición estructural de complejidad permanente.

Y la complejidad, a lo largo de la historia, no produce necesariamente orden. Impone adaptación.

Traducción nuestra


*Tiberio Graziani es Presidente de Vision & Global Trends Director de Geopolitica. Journal of Geopolitics and Related Matters

Fuente original: Meridiano Italia TV

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