IRÁN: “ESTADOS UNIDOS NO PUEDE GANARSE NUESTRA CONFIANZA”. LA CULTURA DIPLOMÁTICA DETRÁS DE LA RUPTURA. Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Foto: Mohammad Javad Zarif, exministro de Asuntos Exteriores de Irán. Foto: Getty Images/S. Gallup

14 de abril 2026.

El fracaso de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán pone de manifiesto algo más que un desacuerdo sobre los términos: revela la incapacidad de Washington para ganarse la única moneda que realmente importa en Teherán: la confianza.


Desde la perspectiva iraní, el enfoque estadounidense pareció precipitado y poco adaptado al ritmo más pausado que sustenta la credibilidad diplomática, lo que puso de relieve una asimetría más profunda en las culturas y la experiencia negociadoras.

La diplomacia puede entenderse como la práctica estructurada mediante la cual los Estados gestionan los conflictos, negocian intereses y construyen marcos de coexistencia en condiciones de incertidumbre (Bjola y Kornprobst, 2023).

En su esencia no reside meramente el intercambio de posiciones, sino la generación gradual de confianza, forjada a través de la coherencia y la alineación creíble entre palabras y acciones. Este proceso se desarrolla a lo largo del tiempo, resistiéndose a menudo a la inmediatez que buscan los enfoques más transaccionales.


“Las negociaciones en Islamabad han puesto de manifiesto una vez más los límites de un proceso en el que la división no es solo estratégica, sino también perceptiva”


El colapso de la última ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán marca un punto de inflexión familiar, aunque aún trascendental, en un panorama diplomático ya de por sí frágil.

Tras 21 horas de conversaciones en Islamabad —un escenario que en sí mismo refleja lo que está en juego a nivel regional—, ambas partes se han marchado sin haber conseguido ni siquiera un marco mínimo para la desescalada. Irán insistió en garantizar sus derechos a enriquecer uranio con fines civiles; para EE. UU., esta es una línea roja, e insistió en imponer su agenda.

Sin embargo, el fracaso se debe menos al agotamiento diplomático y más a un déficit persistente de confianza. Los funcionarios iraníes han sido explícitos al enmarcar el resultado desde esta perspectiva.

Mohammad Bagher Ghalibaf destacó que, a pesar de lo que describió como «iniciativas constructivas» presentadas por la delegación iraní, Washington finalmente no logró ganarse la confianza de Teherán en esta ronda de negociaciones.

La implicación es clara: para Irán, la cuestión no es meramente el contenido de las propuestas, sino la credibilidad del actor que las presenta.

Esta perspectiva la refuerza Mohammad Javad Zarif, una figura central en las negociaciones nucleares de 2015. Su intervención apunta a una tensión estructural más profunda, a saber, la percepción persistente en Teherán de que Estados Unidos aborda la diplomacia a través de la imposición en lugar de la reciprocidad.

Como dijo Zarif, las negociaciones con Irán no pueden tener éxito si se enmarcan en términos de «nuestras condiciones» frente a «vuestras condiciones», una crítica que desafía implícitamente la lógica jerárquica a menudo implícita en las estrategias de negociación estadounidenses.

Desde el lado de Washington, el tono fue notablemente diferente. En declaraciones realizadas a primera hora, JD Vance enmarcó la ausencia de un acuerdo en términos marcadamente asimétricos, sugiriendo que el fracaso acabaría pesando más sobre Irán que sobre Estados Unidos. Su referencia a una «oferta final y mejo», junto con la reiteración de «líneas rojas» claramente definidas, indica la percepción de que el margen diplomático se ha agotado, por ahora.

Lo que se desprende de estas narrativas contrastantes no es simplemente una negociación fallida, sino un desajuste más profundo en las epistemologías diplomáticas.

Para Estados Unidos, el proceso parece girar en torno a la influencia y la imposición de límites; para Irán, se centra en el reconocimiento, el respeto mutuo y —fundamentalmente— la confianza construida a lo largo del tiempo.

El recuerdo de la retirada estadounidense del acuerdo nuclear de 2015 y los dos bombardeos contra Irán durante las negociaciones, todo ello bajo el mandato de Donald Trump, sigue marcando esta perspectiva, reforzando el escepticismo hacia los compromisos estadounidenses.

La falta de experiencia de la delegación estadounidense en negociaciones diplomáticas de alto riesgo, en contraste con los experimentados negociadores iraníes, también podría haber influido.

A un nivel más personal, hay algo revelador en el tono y el momento en que se han producido las declaraciones de ambas partes. El anuncio de Estados Unidos, realizado al amanecer tras prolongadas discusiones, transmite fatiga y una sensación de cierre.

Las respuestas iraníes, por el contrario, se perciben como mesuradas pero firmes, basadas en una narrativa de desconfianza a largo plazo más que en la inmediatez de una sola ronda fallida, y añaden que las puertas están abiertas para nuevas negociaciones.

En ese sentido, este episodio no representa una ruptura, sino más bien una continuación, aunque Donald Trump no está acostumbrado al ritmo diplomático, sino a la negociación acelerada.

Las negociaciones en Islamabad han puesto de manifiesto una vez más los límites de un proceso en el que la división no es solo estratégica, sino también de percepción.

Concretamente, Teherán busca medidas previas de fomento de la confianza y garantías creíbles para reanudar nuevas negociaciones sustantivas.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins es Doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica

Fuente original: New Eastern Outlook

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