LA FLOTILLA VUELVE A CENTRAR LA ATENCIÓN EN GAZA. Roberto Iannuzzi.

Roberto Iannuzzi.

Foto. Un niño de Gaza recoge líquido de un charco de agua estancada, con la esperanza de obtener combustible que pueda vender para mantener a su familia (Crédito de la foto: OCHA)

22 de mayo 2026.

Mientras la guerra en el Golfo se recrudecía, Netanyahu endureció el cerco sobre la Franja. No hay perspectivas de reconstrucción y las condiciones de vida son insostenibles.


La detención ilegal y la reclusión violenta de los activistas de la Flotilla Global Sumud por parte de Israel ha reavivado la atención internacional sobre las acciones indiscriminadas del Gobierno de Netanyahu, en particular en lo que respecta a la cuestión de Gaza.

En el dramático panorama de Oriente Medio, marcado por el peligroso estancamiento en el Golfo Pérsico y la devastación israelí del Líbano, el enclave palestino —en cierto modo, la chispa de la actual crisis regional— había quedado sumido en la penumbra.

Desde el 28 de febrero, fecha en que comenzó la agresión israelo-estadounidense contra Irán, el Gobierno de Netanyahu ha vuelto a estrechar el cerco sobre la Franja, intensificando los bombardeos a pesar del alto el fuego nominalmente en vigor desde el pasado mes de octubre, y reduciendo en un 80 % la entrada de ayuda humanitaria.

Israel ha ido desplazando progresivamente hacia delante la línea amarilla que separa la zona de Gaza bajo control israelí, prácticamente despoblada, de la controlada por Hamás, donde se concentra la casi totalidad de la población que aún habita el enclave palestino.

Debido a este desplazamiento, Israel controla ahora el 60 % de la Franja. Así lo declaró el propio primer ministro Benjamin Netanyahu durante una reciente reunión del Gobierno. Al inicio del alto el fuego, las fuerzas israelíes controlaban el 53 % de esta estrecha franja de tierra.

La mayor parte de las tierras cultivables se encuentra en la zona controlada por Israel. Solo el 5 % de la tierra que queda en manos de los palestinos es apta para el cultivo.

La crisis se ve agravada por la devastación de las infraestructuras. Israel ha destruido más de 1 100 pozos, 450 000 metros lineales de redes de riego, junto con unos 12 500 invernaderos.

Gaza se enfrenta a un auténtico apocalipsis medioambiental: 61 millones de toneladas de escombros, entre los que se esconden 100 000 toneladas de explosivos, sustancias químicas peligrosas y metales pesados que contaminan el suelo.

Según un informe de la ONU, más del 60 % de la población ha perdido su hogar, y alrededor de un millón novecientas mil personas se han visto obligadas a desplazarse una y otra vez.

La reconstrucción parece un sueño lejano. La ONU ha estimado que reconstruir Gaza llevará al menos una década y costará más de 70 000 millones de dólares. El Consejo de Paz, liderado por el presidente estadounidense Donald Trump, ha prometido 17 000 millones, pero los países donantes han aportado solo el 1 % de esa cifra.

Unicef estima que los palestinos de la Franja se ven obligados a sobrevivir con una disponibilidad media diaria de 7 litros de agua potable (a menudo de pésima calidad) y 16 litros de agua para uso doméstico. Muchas personas ni siquiera tienen acceso a estas cantidades mínimas.

La crisis hídrica y la escasez de productos de limpieza contribuyen a la propagación de infecciones y enfermedades, que rara vez pueden tratarse debido a la destrucción del sistema sanitario.

Varias organizaciones internacionales han denunciado la falta de acceso al agua como un instrumento de castigo colectivo utilizado por Israel contra los palestinos.

A las insoportables condiciones de vida se suma el dolor de los supervivientes por las innumerables pérdidas y lutos sufridos.

En este contexto de sufrimiento indescriptible, inseguridad total y indigencia, Israel ha lanzado folletos en algunos puntos de Gaza en los que invita a los habitantes a desempeñar un papel de informadores para la fuerza de ocupación.

Los folletos instan a los palestinos a ponerse en contacto con los servicios de inteligencia israelíes «para proteger su futuro y el de sus hijos».

Mientras tanto, las fuerzas armadas israelíes han lanzado en repetidas ocasiones ataques aéreos y han bombardeado numerosas zonas desde el sur hasta el norte de la Franja, matando a más de 800 personas desde el inicio del alto el fuego.

Nickolay Mladenov, diplomático búlgaro al frente del comité ejecutivo del Consejo de Paz, ha enviado a Hamás una propuesta que prevé el desarme total del movimiento. En caso de que Hamás la rechace, el plan exime a Israel de obligaciones que ya debería haber cumplido.

En la fase 1 del alto el fuego, Israel debería haber permitido la entrada en Gaza de al menos 200 000 tiendas de campaña y 60 000 viviendas temporales, condiciones que el Gobierno de Netanyahu nunca ha respetado.

El rechazo del plan Mladenov por parte de Hamás podría proporcionar al ejército israelí el pretexto para reanudar operaciones militares a gran escala en la Franja. El único obstáculo para un escenario de este tipo es el desgaste del ejército tras más de dos años y medio de guerra en múltiples frentes.

Las fuerzas armadas israelíes se están preparando para un posible nuevo ataque contra Irán, y siguen inmersas en una campaña militar extremadamente violenta en el Líbano, donde están arrasando pueblos enteros a pesar del alto el fuego nominal vigente también en ese país.

El comandante del ejército, Eyal Zamir, ha dado la voz de alarma sobre la creciente escasez de soldados. Se necesitarían reclutar al menos 12 000, mientras que en Israel se desata la polémica sobre la exención del servicio militar de la que aún disfrutan los ultraortodoxos.

A la catastrófica realidad de Gaza se suma la situación, igualmente dramática, de Cisjordania, donde, entre la violencia de los colonos israelíes, la construcción de nuevos asentamientos, las demoliciones y las expulsiones en Jerusalén Este, prosigue el proyecto de anexión llevado a cabo por Israel.

Lo que confirma que, en todos los territorios palestinos, no solo en los controlados por Hamás, el objetivo israelí es el mismo: zanjar la cuestión palestina.

Este artículo ha aparecido en Il Fatto Quotidiano

Traducción nuestra


*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».

Fuente original: Intelligence for the people

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