LA VISITA DE XI JINPING A EE. UU. Vijay Prashad.

Vijay Prashad.

Foto: El presidente chino, Xi Jinping, saluda con un gesto al presidente estadounidense, Donald Trump, en Pekín (China), el 15 de mayo de 2026. Crédito de la foto: Evan Vucci.

22 de septiembre 2026.

China y Estados Unidos se enfrentan a la disyuntiva entre la confrontación y la cooperación.


El presidente Xi Jinping tiene previsto visitar Estados Unidos del 23 al 25 de septiembre. Su visita debe entenderse como algo más que un encuentro entre dos jefes de Estado; debe considerarse como un encuentro entre dos futuros posibles.

En un futuro, Estados Unidos impone una espiral de confrontación contra China. Las disputas comerciales se endurecen hasta convertirse en una guerra económica; a continuación, la guerra económica se intensifica y da lugar a bloqueos tecnológicos; los bloqueos tecnológicos provocan un cerco militar; y, finalmente, el cerco militar genera incidentes, y los incidentes entrañan el peligro de desembocar en una guerra inimaginable.

En el otro futuro, ambos países aceptan que ninguno puede destruir al otro sin destruir gran parte de la humanidad. Reconocen que la coexistencia no es un acto de caridad y que la colaboración no es una concesión. Ambas son necesidades.

Ese es el significado de la decisión del presidente Xi de viajar a Estados Unidos. El Ministerio de Asuntos Exteriores de China ha descrito la diplomacia de jefes de Estado como algo que desempeña un papel «insustituible» a la hora de orientar las relaciones entre ambos países.

La visita se produce tras el viaje del presidente Donald Trump a China en mayo y las continuas negociaciones sobre aranceles, comercio e inversión.

Hay indicios de que el presidente Xi viajará acompañado de una nutrida delegación de líderes empresariales chinos. Estos hechos sugieren que Pekín quiere alejar la relación de la crisis permanente y orientarla hacia un compromiso práctico.

Pero la diplomacia entre China y Estados Unidos no puede limitarse a ser una simple sesión fotográfica. Tampoco debe entenderse como una negociación en la que una de las partes deba rendirse ante la otra.

Debe basarse en un reconocimiento sobrio de la realidad. O, para ser precisos, de cuatro realidades.

La primera realidad es que China no puede ser contenida. China no es un país menor cuyo desarrollo pueda sofocarse con sanciones. Cuenta con una población de más de 1 400 millones de personas, un vasto sistema industrial, una comunidad científica cada vez más sofisticada y profundas relaciones comerciales en Asia, África, América Latina y Europa.

Se piense lo que se piense de China, es absurdo imaginar que pueda simplemente excluirse de la economía mundial. El intento de contener a China ya ha dado lugar a un extraordinario catálogo de restricciones: aranceles, controles sobre los semiconductores, prohibiciones de inversión, sanciones a empresas chinas, patrullas navales a lo largo de la costa china y la creación de nuevos acuerdos militares desde el Pacífico hasta el Océano Índico.

Cada una de estas medidas se presenta como defensiva. Sin embargo, en su conjunto, forman una arquitectura de confrontación. En Washington existe la peligrosa ilusión de que la presión obligará a China a abandonar su desarrollo. Ningún Gobierno chino podría aceptar tal exigencia.

Tras un siglo de humillaciones (desde las Guerras del Opio hasta la invasión japonesa), la restauración de la soberanía nacional y la mejora del nivel de vida son cuestiones no negociables para el pueblo chino. Estados Unidos puede ralentizar ciertos aspectos del desarrollo de China, pero no puede persuadir a China de que vuelva a la pobreza.

La segunda realidad es que la separación económica no es ni sencilla ni indolora. Estados Unidos y China siguen profundamente interconectados a través del comercio, la inversión, las cadenas de suministro, el conocimiento científico y los mercados de consumo. Los agricultores estadounidenses dependen de los compradores chinos. Las empresas estadounidenses dependen de la industria manufacturera china y de los consumidores chinos.

China, por su parte, se beneficia del acceso a la tecnología, los productos agrícolas y el capital estadounidenses. Los negociadores están debatiendo ahora reducciones arancelarias recíprocas y nuevos mecanismos para el comercio y la inversión.

Se trata de medidas modestas, pero reconocen una verdad importante: la guerra económica perjudica a ambos países. Los aranceles se anuncian con discursos nacionalistas, pero sus costes se reflejan silenciosamente en las facturas del supermercado, en los cierres de fábricas, en las cadenas de suministro interrumpidas y en la pérdida de puestos de trabajo.

Los trabajadores de Estados Unidos no se benefician cuando China se debilita. Sus dificultades tienen su origen principalmente en las decisiones tomadas por su propia clase dirigente: décadas de desindustrialización, el poder de las finanzas, los ataques a los sindicatos, la privatización de los servicios públicos y la negativa a realizar una inversión social seria.

China no cerró las fábricas del Medio Oeste de EE. UU. Fueron las empresas estadounidenses las que las cerraron en busca de mayores beneficios. La respuesta a la desigualdad en cualquiera de los dos países no es el nacionalismo económico por parte de Estados Unidos.

La tercera realidad es que la humanidad se enfrenta a problemas que ninguno de los dos países puede resolver por sí solo. La catástrofe climática no tiene pasaporte. El carbono emitido en un país calienta la atmósfera en todas partes. Estados Unidos posee inmensos recursos científicos y financieros, mientras que China ha desarrollado una enorme capacidad productiva en paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, transporte público e infraestructuras de energías renovables.

La colaboración entre ambos podría acelerar una transición energética a escala mundial. La confrontación la retrasará precisamente cuando ese retraso se ha vuelto intolerable. Lo mismo ocurre con la salud pública. La pandemia de la COVID-19 nos mostró el coste humano del secretismo, la competencia y el nacionalismo vacunal. La inteligencia artificial constituye otro ámbito urgente de cooperación.

Estas tecnologías no pueden ser reguladas adecuadamente por doctrinas militares rivales ni por empresas privadas que buscan el máximo beneficio. Ambos países deben desarrollar salvaguardias comunes contra las armas autónomas, los ciberataques desestabilizadores, la vigilancia masiva y el uso de la inteligencia artificial para agravar la desigualdad social.

Por último, la cuarta realidad es la cuestión de la guerra. China y Estados Unidos son potencias con armas nucleares. Cualquier conflicto militar directo entre ambos tendría consecuencias incalculables. Por eso Taiwán no debe convertirse en el detonante de un enfrentamiento catastrófico.

El marco de «una sola China» y los acuerdos diplomáticos existentes no deben verse socavados por provocaciones, ventas de armas o gestos destinados al teatro político interno.

La paz requiere moderación por ambas partes, pero la moderación no puede significar que Estados Unidos rodee a China con bases militares y buques de guerra y luego exija que solo China mantenga la calma.

La seguridad no puede lograrse a través de la inseguridad permanente de otro país. Por supuesto, habrá desacuerdos. La colaboración no requiere estar de acuerdo en todas las cuestiones políticas. Tampoco la coexistencia exige guardar silencio sobre las diferencias.

Pero los desacuerdos deben resolverse mediante la diplomacia, el derecho internacional y las instituciones de las Naciones Unidas, no a través de sanciones, amenazas y maniobras militares.

Los países del Sur Global tienen un interés particular en el éxito de esta visita. No quieren que se les obligue a elegir entre China y Estados Unidos. No quieren que sus puertos, minerales, sistemas de telecomunicaciones e instituciones políticas se conviertan en campos de batalla de una nueva guerra fría.

Quieren acceso a la financiación, la tecnología, la medicina y los mercados sin subordinación política. Quieren desarrollo, no ser reclutados para bandos militares rivales. La visita de Xi Jinping conlleva, por tanto, una responsabilidad que va mucho más allá de Washington y Pekín.

El mundo no necesita un acuerdo que se limite a repartir los mercados entre las empresas chinas y estadounidenses. Necesita un compromiso para reducir el peligro de guerra, desmantelar las medidas coercitivas unilaterales, restablecer las relaciones económicas normales, cooperar en materia de clima y salud pública, y reforzar los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

La importancia de la visita no radica en la ceremonia, sino en la posibilidad. Ofrece a ambos países la oportunidad de alejarse del precipicio.

Estados Unidos debe abandonar la fantasía de que puede preservar su primacía impidiendo el desarrollo de China. China, por su parte, ha afirmado en repetidas ocasiones que no pretende sustituir a Estados Unidos como potencia hegemónica. Ese principio debe convertirse en la base de una relación duradera: sin contención, sin dominación, sin guerra.

Existe una vieja costumbre entre los Estados poderosos de considerar el compromiso como una debilidad. En la era nuclear, ocurre lo contrario. No hace falta valor para ordenar que otro buque de guerra se adentre en aguas disputadas.

Se necesita valor político para reconocer que el adversario también tiene intereses legítimos, que la coexistencia requiere reciprocidad y que la supervivencia de la humanidad es más importante que la vanidad de la supremacía.

Por lo tanto, esta visita debería transmitir un mensaje sencillo desde Washington al mundo: la colaboración no es rendición, la diplomacia no es debilidad y la paz no es una abstracción.

La confrontación no ofrece un futuro a ninguno de los dos países.

La colaboración ofrece al mundo una oportunidad.

Traducción nuestra


*Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es colaborador y corresponsal jefe de Globetrotter. Es editor de LeftWord Books y director de Tricontinental: Instituto de Investigación Social. Es investigador sénior no residente en el Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer NationsSus últimos libros son Struggle Makes Us Human: Learning from Movements for Socialism y (junto con Noam Chomsky) *The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of U.S. Power*.

Fuente: Savage Minds

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