TRUMP CONTRA BRASIL: LA NUEVA BATALLA POR LATINOAMÉRICA. ¿UN RESURGIMIENTO DE LA DOCTRINA MONROE? Ricardo Martins.

Ricardo Martins.

Ilustración: NEO

10 de agosto 2026.

Cuando el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva advirtió de que «intentarán interferir en las elecciones brasileñas», no se refería únicamente a una disputa diplomática entre Brasil y Estados Unidos. Apuntaba a una lucha geopolítica más amplia sobre el lugar que ocupa Brasil en el mundo y sobre si América Latina seguirá siendo tratada como una esfera de influencia exclusiva de Washington.


La soberanía de Brasil bajo presión

La escalada con Washington ha convertido cada vez más la soberanía en el lema de la campaña de Lula. Hasta ahora, Brasil se ha resistido a responder a la presión con más presión: a pesar de los aranceles de la Administración Trump, las sanciones contra funcionarios brasileños y, ahora, la medida extraordinaria de revocar el visado del embajador de Brasil en Washington, Brasilia ha evitado una ruptura diplomática total.

La respuesta de Lula ha sido deliberadamente mesurada: Brasil quiere respeto, y sus elecciones no están sujetas a injerencias extranjeras. Aun así, cada vez resulta más difícil restar importancia a las acciones de Washington como meras disputas bilaterales.

Desde los aranceles impuestos durante el juicio por el golpe de Estado de Bolsonaro hasta las nuevas medidas comerciales, las sanciones y la última afrenta diplomática, la Administración Trump ha ido combinando de forma constante la presión económica y política sobre Brasil.


“Las elecciones brasileñas determinarán no solo el rumbo de la mayor economía de América Latina, sino también si la región avanza hacia una renovada dependencia de Washington o hacia una identidad geopolítica más autónoma”.


Brasilia ve ahora un patrón y, con la proximidad de las elecciones del 4 de octubre, le preocupa que el próximo campo de batalla para convertir a Brasil en un país gobernado por la derecha pueda ser la propia urna electoral.

Mientras tanto, Estados Unidos parece cada vez más inclinado a tratar a Brasil no solo como un socio complicado, sino como un problema estratégico que debe ajustarse a sus grandes planes.

Trump, y especialmente el Departamento de Estado de Marco Rubio, han presionado a Brasilia, se han enfrentado al poder judicial brasileño, han mostrado una hostilidad abierta hacia el Gobierno de Lula y se han comprometido abiertamente con el bando de Bolsonaro, creando la percepción inequívoca de un esfuerzo por alterar el entorno político de Brasil.

Oficialmente, EE. UU. niega cualquier injerencia, pero el asunto de dos funcionarios del Departamento de Estado que habían trabajado en Europa apoyando a grupos de extrema derecha —a quienes se les ha denegado el visado para entrar en Brasil— mantiene la situación turbia.

Si el objetivo es realmente, como sospecha Brasilia, alejar a Brasil de la izquierda de Lula y de su política exterior independiente, y orientarlo hacia un gobierno más complaciente y sumiso a Washington, entonces ya no estamos hablando de diplomacia al uso.

Es la vieja lucha hemisférica repitiéndose una vez más, solo que con una nueva máscara: unos Estados Unidos decididos a dirigir el futuro de la mayor democracia de América Latina.

Pero el momento elegido y la acumulación de medidas resultan políticamente explosivos.

La escalada va más allá

La última escalada entre Brasil y Estados Unidos ha transformado lo que antes era una relación bilateral difícil en una de las crisis más graves de la diplomacia moderna entre ambos países.

La decisión de Washington de revocar el visado de entradas múltiples de la embajadora de Brasil en Estados Unidos, Maria Luiza Ribeiro Viotti (lo que significa que, si la embajadora abandona EE. UU. por cualquier compromiso diplomático, no podrá volver a entrar), representa una medida extraordinaria sin precedentes entre dos países que tradicionalmente se describen a sí mismos como socios.

La medida se produjo después de que Brasil se negara a aprobar al candidato a embajador de Washington, Daniel Pérez, miembro de la base política «MAGA» de Trump procedente de Florida, antes de que el Congreso estadounidense lo hubiera aprobado, donde se enfrentaba a dificultades para obtener el visto bueno.

Dado que el embajador ya había recibido el agrément de Brasil, Trump querría ejercer presión sobre el Congreso. Otra razón por la que Brasil sigue deliberadamente el protocolo diplomático es que Pérez procede de la base del MAGA y se teme su activa injerencia interna en las próximas elecciones y en la política, ya que se ha comprometido con los grupos de extrema derecha de América Latina.

El desacuerdo se centra además en que a dos funcionarios del Departamento de Estado de EE. UU. no se les concedieron visados para visitar Brasil durante la campaña electoral, ya que estos dos funcionarios habían desempeñado anteriormente funciones similares en Europa con grupos de extrema derecha, y en las acusaciones de Brasilia de que las acciones estadounidenses corrían el riesgo de influir en la política interna.

La controversia va más allá del protocolo diplomático. Abarca la cuestión central de la soberanía: ¿quién tiene derecho a influir en el futuro político del país más grande de América Latina?

Las autoridades brasileñas sostienen que la presión de Washington —que combina la confrontación diplomática, las medidas comerciales, las sanciones contra el Poder Judicial que han condenado a Bolsonaro y el compromiso político con figuras de la oposición y grupos de extrema derecha— crea un ambiente en el que la política exterior se convierte en un instrumento de influencia electoral.

El segundo hijo de Bolsonaro, Eduardo, se ha trasladado a EE. UU. para ejercer presión a favor de las medidas que el Gobierno de Trump ha adoptado contra Brasil.

La percepción política en Brasilia es que Brasil se ha convertido en un campo de batalla estratégico. La razón es sencilla: Brasil importa.

La geopolítica habla

Con más de 200 millones de habitantes, enormes recursos naturales, uno de los sectores agrícolas más grandes del mundo, importantes reservas energéticas, uno de los niveles más altos del mundo en redes de energía limpia y renovable, avances significativos en alta tecnología como la aviónica (Embraer es el tercer mayor fabricante de aviones comerciales) y los pagos digitales (el director del FMI señaló a Pix como modelo), y una influencia creciente en el Sur Global, Brasil no es simplemente otro país latinoamericano. Es la potencia regional cuyas decisiones diplomáticas pueden afectar al equilibrio entre Estados Unidos y China.

Esto explica por qué el secretario de Estado Marco Rubio ha destacado en repetidas ocasiones a Brasil como un reto importante para la estrategia estadounidense en el hemisferio («Brasil es nuestro próximo reto»).

La preocupación de Washington no es solo ideológica, sino también geopolítica. La búsqueda de la autonomía estratégica por parte de Brasil, el fortalecimiento de la cooperación con los BRICS, la ampliación de las relaciones con China y la defensa de un orden internacional multipolar representan una visión diferente a la de una América Latina estrechamente alineada con Washington.

Para muchos observadores de la región, esto se asemeja a una versión renovada de la Doctrina Monroe: la idea tradicional de que América Latina pertenece a una esfera de influencia privilegiada de Estados Unidos.

En el siglo XXI, sin embargo, la contienda no se manifiesta únicamente a través de la intervención militar o la presión política directa. Se manifiesta a través de disputas comerciales, influencia diplomática, sanciones, batallas informativas, tecnología y alianzas con fuerzas políticas nacionales.

La ciencia política toma la palabra

Las elecciones brasileñas se han convertido, por tanto, en algo mucho más amplio que una contienda interna entre rivales políticos. Se han transformado en una lucha simbólica entre dos modelos: uno basado en la alineación con Washington (caracterizado por gobiernos de derecha y extrema derecha) y otro basado en una mayor autonomía en política exterior (representado por gobiernos de centroizquierda e izquierda —en vías de extinción en la región—).

Históricamente, la política latinoamericana ha seguido a menudo este patrón. Los gobiernos conservadores y de extrema derecha han mantenido, en general, relaciones estratégicas más estrechas con Estados Unidos, mostrándose más sumisos al plan de Washington, mientras que los gobiernos progresistas y nacionalistas han buscado con frecuencia una mayor independencia, la integración regional y estrategias de desarrollo menos dependientes y menos alineadas con Washington.

Esto no significa que todos los gobiernos de derecha estén automáticamente subordinados a los intereses de Estados Unidos, ni que todos los gobiernos de izquierda rechacen la cooperación con este país.

Pero la división histórica entre autonomía y alineamiento sigue siendo una característica determinante de la política en América Latina.

La ideología también influye

El presidente de Argentina, Javier Milei, se ha convertido en uno de los actores más visibles de este nuevo panorama ideológico. Sus críticas diplomáticas y embarazosas a Lula durante su estancia en Brasil, sus ataques contra el Tribunal Supremo de Brasil —que condenó a Bolsonaro por liderar un intento de golpe de Estado— y su participación en actos de apoyo a la campaña presidencial del hijo de Bolsonaro se han interpretado en Brasilia como parte de un realineamiento regional más amplio, en el que Milei actuaría como enviado especial de Trump.

Los críticos sostienen que la política exterior de Milei antepone la lealtad ideológica a Washington a los propios intereses económicos y estratégicos de Argentina.

El choque económico de Milei empujó inicialmente a más de la mitad de los argentinos por debajo del umbral de la pobreza, mientras que la pobreza extrema alcanzó el 18,1 %. Aunque ambos indicadores han descendido posteriormente, el coste social del ajuste fue inmediato y severo.

Los partidarios de Milei ven su enfoque de otra manera, presentándolo como un líder que defiende los valores occidentales y se enfrenta a lo que consideran gobiernos de izquierdas en la región.

Pero la controversia pone de manifiesto una cuestión más profunda: si los países latinoamericanos están desarrollando sus propias agendas o se están convirtiendo en instrumentos de una nueva competencia entre grandes potencias.

La ironía es que el discurso de la soberanía se ha convertido en un elemento central para ambas partes. El Gobierno de Brasil sostiene que defender la democracia significa proteger las instituciones y garantizar su funcionamiento independiente frente a presiones o injerencias.

Las elecciones brasileñas determinarán no solo el rumbo de la mayor economía de América Latina, sino también si la región avanza hacia una renovada dependencia de Washington o hacia una identidad geopolítica más autónoma.

Para Lula, el mensaje es claro: Brasil no puede aceptar volver a un hemisferio en el que potencias externas decidan el futuro político de las naciones latinoamericanas.

Para Washington, el argumento es igualmente claro: las decisiones de Brasil afectan a los intereses estratégicos de Estados Unidos.

El enfrentamiento entre estas dos visiones ha situado a Brasil, una vez más, en el centro de una cuestión histórica que ha marcado a América Latina durante dos siglos: soberanía o dependencia.

Mi principal conclusión también es clara: Brasil se ha convertido en el nuevo campo de batalla por el futuro político de América Latina.

La resistencia del actual Gobierno brasileño al dictado de Washington debería servir de modelo para muchos países y regiones.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins  es Doctor en Sociología, especialista en política europea e internacional, así como en geopolítica

Fuente original: New Eastern Outlook

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