Roberto Iannuzzi.
Foto: El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en la cumbre de la Alianza celebrada en Turquía (Crédito de la foto: AP/Hussein Malla)
10 de julio 2026.
Ya se trate del genocidio de Gaza o del rearme de la OTAN frente a Rusia, el triunfo de la lógica del beneficio puede tener graves consecuencias para el futuro de los ciudadanos europeos.
Dos acontecimientos aparentemente inconexos han marcado los últimos días.
El 3 de julio se cumplieron 1000 días de crisis en Gaza, bajo el signo de lo que numerosas organizaciones internacionales han definido como un genocidio, que sigue en curso a la luz de las condiciones catastróficas en las que se encuentra la Franja y del alto el fuego continuamente violado por Israel.
Pocos días después, los días 7 y 8 de julio, se celebró la cumbre de la OTAN en Ankara, centrada en la supuesta urgencia del rearme europeo basada en previsiones alarmistas —aunque sin fundamento— según las cuales Rusia podría atacar Europa en unos años. Mientras tanto, los niveles de gasto militar en el viejo continente nunca han crecido tan rápidamente desde 1953.
El hilo conductor que une estos dos acontecimientos es la crisis de civilización que aflige a Europa, dominada por la hipocresía y la exaltación del lucro. Una crisis que, al fomentar la «normalización» de acontecimientos como un genocidio o un rearme tan costoso como ineficaz, puede tener graves consecuencias para el futuro de los ciudadanos del viejo continente.
En los últimos días, un nuevo informe de la ONU, en gran medida ignorado por los medios de gran difusión, ha concluido que
la impresionante tasa de víctimas y heridos entre los niños de Gaza no tiene parangón en ningún otro conflicto moderno a nivel mundial.
El informe confirma testimonios anteriores según los cuales las fuerzas armadas israelíes han atacado deliberadamente a los niños de Gaza, como parte de una estrategia destinada a aniquilar a la sociedad palestina en la Franja.
La destrucción sistemática de colegios, orfanatos, centros pediátricos, hospitales e infraestructuras hidráulicas deja pocas dudas. Según el informe, más de 20 000 niños fueron asesinados entre octubre de 2023 y octubre de 2025 (aproximadamente el 30 % del total de víctimas), mientras que más de 44 000 resultaron heridos.
La comisión que ha elaborado el informe sostiene que, si en un conflicto se aceptan el asesinato sistemático de niños y la destrucción planificada de escuelas, hospitales e infraestructuras civiles, se sienta un precedente destinado a repetirse en guerras posteriores.
Las tácticas aplicadas por las fuerzas israelíes en el Líbano lo confirman. Israel, sin embargo, no es un actor marginal ni aislado.
Como ha aclarado otro informe, elaborado por la relatora especial de la ONU Francesca Albanese, industrias e instituciones financieras de medio mundo, en primer lugar occidentales y europeas, están implicadas a distintos niveles en la operación de exterminio llevada a cabo en Gaza.
Desde la industria de defensa hasta las compañías navieras, pasando por los gigantes de la «Big Tech». Además, muchos bancos europeos han adquirido los títulos emitidos por Israel para financiar sus gastos bélicos.
También como consecuencia de esta implicación económica, Israel suele ser justificado y defendido por esos mismos gobiernos europeos que proclaman su compromiso con la defensa de los derechos humanos y el derecho internacional.
Debido a las lógicas de lucro y al escudo diplomático que a menudo ofrecen a Israel, los países europeos no son meros espectadores pasivos de los crímenes cometidos contra la población civil palestina, sino cómplices.
Lógicas de lucro no muy diferentes impulsan el rearme europeo contra Rusia.
Como ha escrito la politóloga macedonia Biljana Vankovska,
durante décadas, los gobiernos [europeos] han sostenido que las finanzas públicas exigían medidas de austeridad. Los hospitales, las universidades, las pensiones y la asistencia social debían someterse a una dolorosa disciplina presupuestaria. De repente, ninguna de estas restricciones fiscales se aplica ya al gasto militar. Déficits que eran políticamente inaceptables para la sanidad o la educación se han vuelto totalmente aceptables para la compra de armas. El gasto en defensa ya no se presenta como una carga, sino como una estrategia de inversión.
A esto hay que añadir que, no solo las inversiones en defensa van en detrimento de las destinadas a los servicios públicos y las infraestructuras civiles, sino que garantizan multiplicadores económicos más mediocres, menos puestos de trabajo y un menor crecimiento del PIB en comparación con estas últimas.
También hay que recordar que la tesis de la «amenaza rusa» resulta bastante contradictoria. Se describe a Moscú como dispuesta a invadir Europa y, al mismo tiempo, débil y a punto de ser derrotada en Ucrania.
El general Alexus Grynkewich, comandante de las fuerzas aliadas en Europa, ha afirmado que Rusia no está interesada en un enfrentamiento directo con la OTAN. Declaraciones como estas deberían ser decisivas.
En realidad, ha escrito Vankovska, tras la retórica de la «seguridad colectiva» y la «disuasión» frente a Rusia se esconde una realidad más sencilla: la OTAN encarna cada vez más un mecanismo para transferir ingentes sumas de dinero público a manos de empresas privadas.
Esto plantea otras preguntas preocupantes. Si la inteligencia artificial, las comunicaciones por satélite y los sistemas de armamento son desarrollados por empresas privadas, ¿quién controla, en última instancia, la seguridad nacional? ¿Qué control democrático queda en manos de los ciudadanos? Y si la defensa se subordina a lógicas de lucro privado, mientras que la diplomacia queda relegada a un segundo plano, ¿se evitan realmente los riesgos de conflicto? ¿O más bien los aumentan?
Este artículo ha aparecido en Fatto Quotidiano.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people
