Emiliano López.
Ilustración: Tomado de Tricontinental Political Economy.
24 de agosto 2026.
Construir soberanamente las condiciones que la dependencia impidió: los sistemas de agua, la salud, la energía y la capacidad de innovación, y, a la vez, desmercantilizar y socializar el trabajo de cuidado que hoy recae sin paga sobre las mujeres, es el contenido concreto de una autonomía no hegemónica.
La teoría económica hegemónica, tanto en su versión neoclásica como en la desarrollista, construyó su objeto de estudio a partir de la forma mercancía.
Tal como planteaba oportunamente Marx al comenzar El Capital, lo más simple, por tanto, el menor nivel de determinaciones en la sociedad capitalista, lo lleva la categoría de mercancía.
Así aparece ante nuestros ojos esta forma de organización de la vida social como un “gran cúmulo de mercancías”, un intercambio de cosas producidas para ser vendidas. En este sentido, lo que una economía produce, acumula y distribuye sólo se comprende a partir del intercambio, pero, por supuesto, esto es sólo la apariencia.
El PBI, las tasas de crecimiento e incluso el Índice de Desarrollo Humano del PNUD miden el éxito por la capacidad de generar y difundir valor de cambio, es decir, la capacidad de producir mercancías que efectivamente se venden e intercambian.
Sin embargo, podemos pensar que el desarrollo de una sociedad implica preguntas más fundamentales, pero a la vez más elementales. ¿Puede esta sociedad reproducirse a sí misma de manera sostenible? ¿Puede garantizar que quienes la componen y las generaciones siguientes tengan las condiciones materiales para existir, desarrollarse en el sentido más humano y pleno del término y consolidarse a lo largo del tiempo?
La pregunta, antes que nada, es por cuál es la pauta que interesa, desde un punto de vista humano, para la discusión del desarrollo: ¿Cuál es el objetivo concreto del desarrollo de las fuerzas productivas materiales de una sociedad si no es realizar el reino de la libertad en sentido pleno, que claramente está lejos de las bizarras construcciones de todas las formas liberales de pensar el problema?
Junto a la reproducción del capital que Marx expuso en el Libro II de El Capital, recorre toda su obra un sentido más hondo de la reproducción: el metabolismo social (Stoffwechsel) entre la sociedad humana y las condiciones naturales de su propia existencia.
Para Marx, precisamente el trabajo es la mediación entre la humanidad y la naturaleza, la actividad mediante la cual una sociedad transforma el mundo para satisfacer sus necesidades y, al hacerlo, se reproduce a sí misma.
Desde esta perspectiva, el desarrollo no es la acumulación de valor, sino la producción de valores de uso: alimento, salud, agua potable, vivienda, conocimiento, hábitat, transporte, entretenimiento, entre otros. Resulta evidente que, en la sociedad dominada por el capital, este logra subordinar el valor de uso al valor: subsume el metabolismo social bajo la lógica del valor de cambio, convierte en mercancía lo que podría ser un bien común y orienta la producción hacia la valorización del capital antes que, hacia la satisfacción de necesidades, a pesar de las afirmaciones neoclásicas de manual acerca del para qué de la “ciencia económica”.
Las medidas e indicadores construidos exclusivamente sobre el crecimiento heredan dicha lógica de subordinación. Cuentan el valor y tratan la reproducción de la vida como un subproducto que, se supone, ha de derramarse hacia abajo.
Marx dejó una parte de esto sin desarrollar, y la economía política feminista la completó desde los años setenta: el trabajo que reproduce la vida a diario, no pagado y realizado abrumadoramente por mujeres, es trabajo en sentido pleno, y en ningún caso es un telón de fondo natural de la producción. Esa corrección no es aquí una nota al pie. Se convierte en una de las dos mitades con las que se mide efectivamente la reproducción de la vida.
Pero la columna vertebral del argumento es anterior al debate: la reproducción de la vida es un problema de economía política por derecho propio, no un residuo del crecimiento, y una nueva teoría del desarrollo tiene como fundamento central el análisis de las buenas condiciones de vida de una sociedad como un todo.
Pero claro que la economía política desde el Sur Global, requiere de la comprensión de nuestro lugar completamente desigual en las dinámicas de acumulación a escala global Si, como sostuvo Marini, el imperialismo no es externo a la economía dependiente sino constitutivo de ella y atraviesa su estructura, su Estado y sus relaciones sociales, entonces la subordinación estructural no es solo la extracción y fuga de valor, algo que el Índice de Dependencia Estructural y las cuentas del excedente ya registran tal que hemos desarrollado en este Substack, sino que inscripta en la capacidad misma de una sociedad de reproducir su vida material.
La dependencia no solo extrae excedente, sino que también limita la reproducción. En un trabajo desarrollado junto a Maisa Bascuas y Pilar Troya Fernández, hemos llamado a ese resultado sub-reproducción estructural periférica: no un deterioro respecto de una adecuación previa, como en la “crisis de la reproducción social” diagnosticada en los países ricos, sino una insuficiencia constitutiva de la propia inserción dependiente.
La reproducción en el Sur Global no fue socavada desde bases que funcionaban. Fue moldeada a través de la historia como sub-reproductiva. No hay un lugar al que volver, nada que restaurar, solo condiciones que construir por primera vez.
Una aclaración evita una lectura equivocada previsible. Cuestionar el sesgo productivista de la economía dominante no equivale a sostener que el Sur Global necesite menos desarrollo de sus fuerzas productivas.
La electricidad, el agua, el transporte, la conectividad, el alimento son condiciones para la reproducción de la vida, no concesiones a un productivismo maniqueo.
Lo que el argumento cuestiona es la forma capitalista bajo la cual el desarrollo tiende a ocurrir en la periferia, orientado a enclaves de exportación y a la valorización externa antes que a las necesidades populares. La distinción entre el desarrollo soberano de las fuerzas productivas y el desarrollo capitalista dependiente subyace a todo lo que sigue.
Dos caras de la misma moneda
El instrumento que mide esto se apoya en una distinción que la tradición feminista puso sobre la mesa y conviene enunciarla con claridad porque permite organizar el debate.
La reproducción de la vida tiene dos caras. Por un lado, las condiciones estructurales de la reproducción: los recursos materiales, los bienes colectivos y las infraestructuras que hacen posible la reproducción de la vida.
Sistemas de agua, provisión de salud, escuelas, energía, transporte. Por otro lado, tenemos el trabajo concreto de la reproducción: la actividad cotidiana mediante la cual esas condiciones se convierten en vidas efectivamente sostenidas, cocinar, limpiar, cuidar al enfermo y al niño, sostener las redes que mantienen todo unido.
El trabajo que hemos desarrollado con la herramienta Dependency Lab permite medir como dos subíndices. El primero, el SRI-E, registra las condiciones estructurales, el sustrato construido y el provisto por el Estado y por la comunidad.
El segundo, el SRI-T, registra la organización del trabajo reproductivo: su intensidad y distribución según el género, medida directamente mediante las encuestas de uso del tiempo, el equilibrio entre lo que provee el Estado y lo que recae sobre el hogar, la autonomía reproductiva y el cuidado que migra a través de las cadenas globales.
Los dos no forman parte de un listado de conceptos separados, sino que constituyen los dos momentos de un mismo circuito. Y el hallazgo central que presentamos aquí es que la dependencia no golpea a uno y perdona al otro: los comprime a ambos.
Lo que la dependencia destruye
Empecemos por las condiciones estructurales. Su relación con la dependencia es fuerte y directa: a lo largo del panel de 67 países, ambas se mueven en sentido contrario, con una correlación de −0,63 que persiste tras controlar por el ingreso per cápita.
Cuanto más alto se sitúa un país en la jerarquía de la dependencia, más delgado es el sustrato material con el que su gente cuenta para reproducir su vida.
Y se agrava a medida que se desciende por la jerarquía: agrupado por dependencia, el puntaje de condiciones estructurales disminuye en cada escalón, desde 0,83 en las economías menos dependientes hasta 0,52 en las más dependientes. En ningún tramo la relación se torna menos intensa.
Figura 1. La dependencia comprime la condiciones de reproducción social

Este es el golpe directo. Sistemas de agua que nunca se construyeron, porque requieren una inversión soberana que la inserción dependiente bloquea de manera rutinaria. Provisión de salud y educación erosionada por la subordinación fiscal impuesta por la deuda externa y la dependencia monetaria.
Infraestructura de energía y transporte orientada a los enclaves de exportación más que a los barrios donde vive la clase trabajadora. Cada uno es un canal por el cual la posición estructural se traduce en un sustrato degradado para la vida, y en conjunto constituyen lo que denominamos la “sub-reproducción estructural periférica”: no un Estado de bienestar desmantelado, sino un sustrato que la dependencia impidió construir adecuadamente alguna vez.
Figura 2. Dependence hits all the dimensions of structural reproduction conditions

Nota: correlación entre cada dimensión de ambos subíndices y la dependencia estructural. La destrucción atraviesa las dos mitades: se hunden tanto las condiciones estructurales, salud y supervivencia (E1, −0,63), infraestructura reproductiva (E2, −0,63), provisión pública (E3, −0,53), como la organización del trabajo reproductivo, provisión estatal de cuidados (T2, −0,67), autonomía reproductiva (T3, −0,59), cadenas de cuidado (T4, −0,50) y el trabajo no pago medido por uso del tiempo (T1, −0,28, sobre los países con encuesta). La única dimensión que se mueve en sentido inverso es la de bienes comunes ecológicos (E4, +0,21): los países más dependientes conservan más bosque porque su industrialización está bloqueada, no porque cuiden mejor.
La segunda compresión
Aquí es donde una lectura apurada podría equivocarse. Uno esperaría que, si el sustrato estructural se derrumba, el trabajo reproductivo funcione como amortiguador: absorba la falta y se mantenga alto, tapando el agujero. No es lo que muestran los datos.
El trabajo reproductivo no amortigua la caída: cae con ella. El SRI-T correlaciona con la dependencia tan fuertemente como el SRI-E, y todas sus dimensiones, provisión estatal, autonomía, cadenas de cuidado y trabajo no pago, se degradan a medida que aumenta la dependencia.
La intensificación de la carga sobre las mujeres no aparece, entonces, como un índice que se mantiene alto, sino que se intensifica con la dependencia. Cuando no existe un sistema de agua, alguien camina kilómetros para conseguirla. Cuando la atención de salud es escasa, alguien cuida a los enfermos en casa. Cuando el gasto social se achica, alguien estira un presupuesto imposible sumando un empleo más y un tercer turno no pagado. Ese alguien es, de manera abrumadora, una mujer y, entre las mujeres, desproporcionadamente las más pobres, las migrantes, las racializadas. Las encuestas de uso del tiempo confirman estos datos con claridad: cuanto más dependiente es un país, mayor es la brecha en horas de trabajo no pagado entre mujeres y varones.
Figura 3. A mayor dependencia mayor carga del trabajo no pago recae sobre las mujeres

Este es el punto en el que el planteo de la economía feminista presenta toda su potencia para la discusión de la economía política del Sur Global en general y no como un tópico particular.
La dependencia degrada el trabajo reproductivo de manera evidente; por lo tanto, no es solo una crisis de los cuidados, sino un nivel estructuralmente diferente, más grave, de lo que ocurre en el centro, y puede teorizarse a partir de la crisis del Estado neoliberal y del giro neoliberal.
Menor provisión estatal de cuidados, menor autonomía reproductiva y una carga de trabajo no pagada que se vuelve más pesada y más feminizada constituyen la propia condición de existencia del trabajo reproductivo en la gran mayoría de los países del Sur Global.
La periferia dependiente somete a las mujeres a una doble compresión: un sustrato material colapsado y una organización del trabajo reproductivo que se hunde con él.
La huella en el mundo del trabajo a lo largo del tiempo
Las encuestas de uso del tiempo son la medición más directa de la carga reproductiva, pero son esporádicas: cada país las realiza una vez cada década y muchos de nuestros países nunca las llevan a cabo.
Para ver la dinámica a lo largo del tiempo, conviene mirar las desigualdades en el mundo del trabajo que alimentan esa carga y que sí cuentan con una serie anual completa. Los indicadores más elocuentes son el empleo femenino vulnerable, el trabajo por cuenta propia precario y el trabajo familiar no remunerado, que, cuando el empleo asalariado escasea, absorbe aún más a las mujeres.
Es la contraparte mercantil del trabajo reproductivo: la misma insuficiencia estructural que descarga el cuidado sobre el hogar empuja a las mujeres al borde precario del mercado laboral.
Figura 4. Más alta dependencia, más mujeres en empleos precarios

Y no es una foto sino más bien un rasgo persistente. A lo largo de treinta años, la vulnerabilidad femenina disminuye lentamente en todas partes, pero la estratificación por la posición del país en la dinámica global de acumulación no se modifica.
En las economías más dependientes, más de la mitad de las mujeres siguen en un empleo vulnerable; en las menos dependientes, menos de un quinto. La distancia de 1995 es prácticamente la misma que la de 2024.
Figura 5. La dependencia carga el trabajo precario sobre las mujeres

La brecha de participación laboral cuenta una historia más matizada, y por eso vale mostrarla. Cae en todas las regiones, pero se mantiene alta justo donde el cuidado no se ha socializado de manera generalizada: en el norte de África, Medio Oriente y el sur de Asia, mientras que en el África subsahariana es baja no por igualdad, sino porque la participación en la subsistencia empuja a las mujeres a un doble turno de trabajo agrícola y doméstico. La relación con la dependencia no es lineal; la heterogeneidad regional forma parte del hallazgo.
Figura 6. La brecha de paticipación cae pero es elevada en las regiones deon del cuidado no se ha socializado

Que estas desigualdades laborales alimentan la carga reproductiva no es una conjetura: se mide. Entre los países con encuesta de uso del tiempo, la brecha de participación laboral predice la brecha de horas de trabajo no pagas con una correlación de 0,80, y el empleo vulnerable femenino con una correlación de 0,43. El mundo del trabajo y el trabajo reproductivo son las dos caras de una misma organización social del cuidado bajo la dependencia.
Figura 7. Las desigualdad del mundo del trabajo alimentan la carga reproductiva

Contra qué medimos
Todo lo anterior mide una distancia, y conviene detenerse en qué se mide, porque del sentido del argumento depende la comparación que consideremos correcta.
Como hemos afirmado, el Sur Global se encuentra mayormente en condiciones de sub-reproducción. Por tanto, esto nos obliga a responder al interrogante acerca de por debajo de qué. La elección no es técnica, sino teórica y política, y hay tres candidatos habituales que, desde nuestra perspectiva, fallan.
El primero es el promedio mundial de las condiciones de reproducción. Este sería meramente descriptivo y no nos dice nada acerca de cuáles son las condiciones deseables. Además, está obviamente influido por la propia periferia que se quiere evaluar y, por ello, se arrastra hacia abajo.
El segundo es el umbral que ofrecen los países centrales: reintroduce la escalera única del desarrollo, el Norte como destino, que la teoría de la dependencia y toda la economía política del Sur Global pasaron cincuenta años desarmando. Y el tercero, el piso de derechos que desarrolló la economista británica Kate Raworth mediante el doughnut, o el que proponen las Naciones Unidas a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, define un mínimo por debajo del cual nadie debería caer, pero ese mínimo está estipulado sin considerar las capacidades y el desarrollo de las fuerzas productivas.
Detengámonos en el tercero, el más serio. El doughnut de Kate Raworth acierta al desplazar la meta del PBI hacia la satisfacción de necesidades dentro de los límites del planeta, pero conviene precisar qué es: un monitor visual de una meta y un cambio de mentalidad, no una teoría de las relaciones sociales.
Fija un piso tomado de los derechos y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y mide quién queda debajo, pero no explica qué lo produce. Su respuesta a la mala distribución es el rediseño de las organizaciones, como si la insuficiencia fuera un problema de diseño y no el resultado de una relación social determinada.
Es la forma de razonamiento que Marx sometió a crítica en la Crítica del Programa de Gotha: la distribución de los bienes de consumo no es un momento autónomo que pueda corregirse por sí solo, sino consecuencia de cómo están distribuidas las condiciones de producción.
Y aquí está el punto de fondo: las fuerzas productivas que hoy permitirían reproducir la vida de todos son un producto social, acumulado por el trabajo de generaciones, pero bajo la dinámica del capital esas fuerzas y los valores de uso que generan se apropian de manera privada y se subordinan a la valorización.
El déficit de reproducción no expresa entonces una escasez, sino la forma en que se distribuye una riqueza producida socialmente y apropiada privadamente; en el Sur Global, esa apropiación suma el drenaje del excedente hacia el centro. Un umbral que mide la distancia a la vida posible sin nombrar esa apropiación registra el resultado y omite su causa.
Ese umbral tiene, siguiendo a Marx, un doble carácter. El componente físico de la reproducción es invariable y universal, agua, calorías, atención de salud básica, y para él no hay discrecionalidad: el umbral es la satisfacción universal, y el déficit es la fracción de la población excluida de una necesidad vital.
El componente histórico y moral, en cambio, no es un mínimo fijo. Marx lo dejó deliberadamente abierto, porque su nivel no lo determina la naturaleza sino el grado de desarrollo alcanzado y la relación de fuerzas entre las clases: la vida digna de este siglo incluye escolarización, conectividad, una esperanza de vida que no eran necesidad hace un siglo, no porque el capital las haya concedido, sino porque el desarrollo de las fuerzas productivas las volvió posibles y la lucha social las inscribió como debidas.
Por eso, para ese componente, la medida no puede ser un absoluto eterno ni el nivel del Norte, sino lo históricamente posible: aquello que las fuerzas productivas, socialmente construidas, ya permiten reproducir. Y si esa vida ya es posible y aun así no llega, la distancia no mide una carencia natural sino la apropiación privada de una capacidad social.
Definir así el umbral no es una operación técnica sino el comienzo de una disputa. Si el nivel del componente histórico y moral lo fija la relación de fuerzas entre las clases, entonces medir la reproducción contra lo que el trabajo social ya hace posible, y no contra un mínimo de supervivencia, es ya tomar partido en esa relación de fuerzas: es afirmar que esa vida es debida, y nombrar la distancia que separa a la sociedad existente de la que sería capaz de garantizarla.
Por eso la discusión de un nuevo proyecto de desarrollo no puede reducirse a un ajuste de política dentro del orden dado. Es, necesariamente, la disputa por otra sociedad, una que subordine la producción a la reproducción de la vida y no la vida a la acumulación de capital. El umbral, entonces, no solo mide un déficit: señala el contenido de una transformación social necesaria.
Figura 8. El umbral de la reproducción

Nota: El gap deja de ser un número de índice cuando se lo baja al núcleo físico de la reproducción. Para cuatro necesidades vitales, agua potable segura, alimentación, salud básica y electricidad, la distancia entre lo que cada país alcanza y la frontera de lo ya posible (el mejor nivel que algún país logra hoy) se traduce en personas: en la India, 105 millones sin agua potable, 129 millones subalimentados, 57 millones sin electricidad y unas 759 mil muertes de menores de cinco años por año que no ocurrirían en la frontera; en Nigeria, 53, 25 y 93 millones, y 833 mil muertes infantiles evitables por año; en Mozambique, 13, 8 y 21 millones, y 77 mil. En agua, alimentación y electricidad, cada cifra es un stock de personas privadas hoy de un valor de uso; en mortalidad, un flujo: vidas que se pierden cada año y que no se perderían contra el techo que otro país ya toca.
¿Cómo explicar la sub-reproducción estructural del Sur Global?
Que un país dependiente quede lejos de esa frontera de reproducción admite dos explicaciones que conducen a conclusiones opuestas. La primera naturaliza la carencia y, básicamente, sostiene que el país es pobre, y de la pobreza se sigue el déficit. La segunda es entender esta carencia como resultado de una relación: el país produce lo suficiente, pero ese producto le es sustraído.
Claro que el primer caso puede ser el de varios países, pero dadas las condiciones naturales y productivas de buena parte del Sur Global, consideramos más interesante la segunda conclusión, puesto que permite comparar países con recursos equivalentes.
Para arbitrar entre las dos explicaciones alcanza con una sola medida, la misma que sostiene todo el argumento: la correlación entre cuán dependiente es un país y cuán lejos está de la frontera de reproducción. Tomada sin más, esa correlación es fuerte (+0,67): a mayor dependencia, mayor déficit de vida. La pregunta es qué la explica y, para responderla, se la recalcula controlando dos variables distintas.
La primera es el ingreso. Si comparamos solo países de ingreso equivalente, la correlación cae de +0,67 a +0,20: buena parte del déficit se debe, en efecto, a que las economías dependientes disponen de un producto total inferior.
Podría concluirse que el problema es la pobreza y no la dependencia. Pero el ingreso es una categoría equívoca para este argumento, porque el ingreso deprimido ya es un efecto de la inserción dependiente: es, en buena medida, el excedente sustraído al Sur Global en el intercambio desigual, expoliado por el Norte Global y, en muchos casos, por las burguesías locales.
Controlar por ingreso equivale a controlar por el resultado de la propia dependencia, y por eso hace desaparecer aquello que se quería medir.
Figura 9. Correlaciones entre dependencia y reproducción social controladas por ingreso y excedente.

La categoría pertinente no es el ingreso, sino el excedente que una economía efectivamente genera, antes de que le sea drenado.
Y cuando se recalcula la misma correlación comparando países con excedente equivalente, el resultado se invierte: en lugar de reducirse, asciende a +0,36, por encima del observado a igual ingreso.
A igualdad de excedente generado, el país dependiente reproduce menos vida, no más. Como ya hemos trabajado en este Substack, la periferia no carece de excedente: lo produce en abundancia, sobre la base de una muy elevada tasa de explotación de su clase trabajadora, extrayendo más plustrabajo por unidad de trabajo pagado que los centros.
Lo que ocurre es que ese excedente se drena hacia el exterior y se orienta a la valorización a corto plazo del capital. Se genera en el trabajo social y no retorna como reproducción de la vida. Es la articulación de las dos tradiciones que sostienen este marco: el excedente se constituye intensificando la explotación del trabajo y se pierde por drenaje y mala orientación, como demostró Baran, en lugar de reproducir la vida.
Figura 10. Correlaciones entre dependencia, tasa de plusvalor y condiciones de reproducción social

Esto invierte la pregunta corriente.
No se trata de explicar por qué el Sur Global es demasiado pobre para reproducir la vida, sino por qué no lo hace pese a poder hacerlo. La respuesta no reside en una incapacidad de la periferia, sino en una estructura que sustrae el excedente antes de que este llegue a convertirse en vida reproducida, esto es, en una vida mejor.
Romper el circuito
Al juntar ambas caras de la moneda, podemos dejar expuesto el mecanismo. La dependencia comprime al mismo tiempo las condiciones estructurales de la reproducción y la organización del trabajo que la sostiene, y como buena parte de ese trabajo es invisible para la contabilidad convencional, nunca entra en las políticas de desarrollo que siguen reproduciendo la dependencia.
La compresión del sustrato material y la intensificación de la carga feminizada son un mismo mecanismo visto desde dos prismas, por lo que debemos analizarlas en conjunto.
Pero un mecanismo no es un destino y nombrarlo con precisión es la condición para intervenirlo. Si la dependencia deforma la reproducción de la vida al subordinarla a la valorización externa del capital y las lógicas de clase que de ella emergen, entonces revertir esa deformación no es una cuestión de más crecimiento ni de mejores políticas sociales compensatorias dentro del mismo circuito.
Exige lo que la tradición de la economía política del Sur Global, desde Amin, llamó desconexión: subordinar la inserción externa a una lógica de desarrollo interna, y esa lógica interna, si ha de significar algo, tiene por medida la reproducción de la vida y no la acumulación.
Construir soberanamente las condiciones que la dependencia impidió: los sistemas de agua, la salud, la energía y la capacidad de innovación, y, a la vez, desmercantilizar y socializar el trabajo de cuidado que hoy recae sin paga sobre las mujeres, es el contenido concreto de una autonomía no hegemónica. Esto es la recuperación de la facultad de orientar el metabolismo social hacia las necesidades populares.
Y ese giro tiene en las clases trabajadoras no solo el sujeto clave que puede disputar la orientación de las políticas de desarrollo porque se corresponde con sus necesidades de vida, sino también la columna vertebral de coaliciones políticas que permitan repensar el horizonte de lo posible para priorizar la vida por sobre el capital.
El desarrollo, por tanto, no se agota en repartir mejor una carga dada de trabajo productivo y reproductivo, sino en ampliar las condiciones estructurales mismas y aliviar la carga a la vez: más agua, más salud, más energía, más cuidado provisto colectivamente, puestos al servicio de una vida mejor.
Una teoría del desarrollo que empiece por la reproducción de la vida no trata a los sujetos como sujetos víctimas a compensar, sino como el punto de partida desde el cual se piensa la transformación.
Hacia una nueva teoría del desarrollo
Con esta nota se completa el arco que la serie viene trazando. El Índice de Dependencia Estructural ubicó a cada país en la jerarquía global; la Capacidad Mediadora del Estado midió su margen de acción respecto de esa posición; los Resultados de Reproducción Social preguntan qué produce todo eso en las vidas que se supone deben sostener.
Son tres preguntas de un mismo problema y, solo leídas juntas, vuelven visible lo que, por separado, queda en sombra: que la dependencia se juega, en última instancia, en la capacidad de una sociedad para producir la vida de su gente. El desarrollo, medido así, no es lo que una economía amontona, sino la vida que logra producir, y para quién.
Estos tres instrumentos son los primeros trazos de una tarea mayor: construir una nueva teoría del desarrollo desde el Sur Global. Una teoría que no importe sus categorías del canon del Norte ni mida el progreso con la vara de la acumulación, sino que parta de la reproducción de la vida como criterio y de la posición dependiente como punto de partida analítico.
Frente a un pensamiento del desarrollo que durante décadas prometió convergencia y entregó subordinación, se trata de reconstruir la economía política desde nuestra propia condición: nombrar los mecanismos que nos producen como periferia, medir lo que nos quitan y, sobre esa base, disputar un proyecto en el que producir vida deje de ser la excepción y se vuelva la medida del desarrollo.
Nota metodológica
Los indicadores de reproducción social se organizan en dos subíndices. Las condiciones estructurales (SRI-E) promedian cuatro dimensiones: salud y supervivencia, infraestructura reproductiva, provisión pública y bienes comunes ecológicos. El trabajo reproductivo (SRI-T) promedia la intensidad y distribución del trabajo no remunerado, medida por las brechas de género en las encuestas de uso del tiempo, la provisión estatal y de mercado de servicios de cuidado, la autonomía reproductiva y las cadenas globales de cuidado. Las variables se normalizan sobre el panel completo, y las correlaciones con el Índice de Dependencia Estructural (−0,63 para el SRI-E y −0,67 para el SRI-T) persisten al controlar por el ingreso per cápita. Todos los datos provienen del Dependency Lab, powered by Global South Insights, y son reproducibles en la plataforma abierta.
*Emiliano López es investigador de CONICET–Universidad Nacional de La Plata y economista en jefe del Tricontinental: Institute for Social Research
Fuente: Tricontinental Political Economy
