Giuseppe Gagliano.
Imagen: Tomada de La Fionda
14 de mayo 2026.
La historia no ha dado marcha atrás. Simplemente se ha quitado la máscara. El mar nunca ha sido neutral. Y hoy, más que nunca, quien sabe controlar el mar puede controlar el mundo.
Del poder naval a la guerra de los flujos
La historia nos enseña que el mar nunca ha sido solo una extensión de agua. Ha sido una vía de comunicación, una frontera, una fuente de riqueza, un refugio, un campo de batalla, un espacio de conquista y un instrumento de dominio.
Quien controlaba el mar controlaba el comercio; quien controlaba el comercio acumulaba riqueza; quien acumulaba riqueza podía construir flotas, financiar ejércitos, fundar colonias, imponer tratados, decidir sobre la paz y la guerra.
Pero en el siglo XXI esta antigua verdad cambia de forma. No desaparece, se complica. Hoy en día ya no basta con decir que una potencia domina los mares porque posee más buques, más portaaviones, más bases o más misiles. El poder marítimo no consiste únicamente en la capacidad de derrotar a una flota enemiga.
Consiste cada vez más en la capacidad de garantizar, desviar, ralentizar o interrumpir los flujos de los que depende la economía global: petróleo, gas, mercancías, cereales, semiconductores, tierras raras, cables submarinos, datos, seguros, crédito, logística.
Es aquí donde los pasos marítimos obligatorios vuelven a situarse en el centro de la historia. Los estrechos, los canales y los puntos de estrangulamiento ya no son solo lugares geográficos.
Son interruptores de la globalización. Basta con tocarlos para que todo el sistema tiemble. Ormuz, Malaca, Bab el-Mandeb, Suez, el Bósforo, Gibraltar, Taiwán, Dover, Panamá, el Cabo de Buena Esperanza, los pasos árticos: cada uno de estos nombres designa una porción de mar, pero también una vulnerabilidad política, económica y militar.
La globalización ha construido su fortuna sobre la idea de la fluidez. Barcos cada vez más grandes, puertos cada vez más automatizados, tiempos cada vez más calculados, cadenas de producción cada vez más extensas. Pero precisamente esta eficiencia ha creado una nueva fragilidad. Cuando todo funciona, el mar parece invisible. Cuando algo se bloquea, se descubre que el mundo moderno, con toda su tecnología, sigue dependiendo de antiguas rutas y de estrechos.
Mahan y la lección del poder marítimo
Alfred Thayer Mahan había intuido a finales del siglo XIX lo que las grandes potencias europeas ya habían experimentado en la práctica: el poder mundial nace del mar.
La flota no es un adorno militar, sino la condición de la fuerza económica. Las rutas comerciales, las bases, los puertos, los pasos estratégicos, las colonias, la marina mercante y la de guerra forman un único sistema.
Para Mahan, el mar era el gran espacio de competencia entre imperios. Quien lograra proteger sus propias comunicaciones marítimas y amenazar las del enemigo poseía una ventaja decisiva.
La guerra no era solo un enfrentamiento entre ejércitos, sino una lucha por mantener abiertas las propias arterias y cerrar las ajenas. En este sentido, el mar ya era economía militarizada.
Hoy en día, esta intuición sigue siendo válida, pero ya no basta. Porque las rutas marítimas no solo conectan imperios coloniales y mercados lejanos.
Conectan fábricas repartidas por distintos continentes, cadenas de producción fragmentadas, sistemas energéticos interdependientes, plataformas digitales, aseguradoras, bancos, puertos automatizados, redes de telecomunicaciones e intereses financieros globales.
El buque que atraviesa un estrecho no solo transporta mercancías. Transporta continuidad industrial. Transporta estabilidad de precios. Transporta seguridad alimentaria. Transporta equilibrio político interno para gobiernos que dependen de la energía importada o de las exportaciones.
Por eso los estrechos se han vuelto más importantes, no menos. La globalización no los ha superado; los ha hecho más vulnerables.
Castex y la estrategia como totalidad
Raoul Castex ayuda a comprender el siguiente paso.
Para él, la estrategia naval no puede separarse de la estrategia general del Estado. El mar no es un escenario aislado, habitado únicamente por almirantes y flotas. Forma parte de la política nacional, de la diplomacia, de la economía, de la industria, de la psicología colectiva y de la capacidad de resistencia de un país.
Esta lección es hoy decisiva. La crisis de un estrecho nunca es solo una crisis naval. Si Hormuz se bloquea, no solo sufren las marinas militares: suben los precios de la energía, aumentan los costes de producción, tiemblan las bolsas, se complican los presupuestos públicos, crece la inflación, se debilitan gobiernos situados a miles de kilómetros de distancia.
Si Suez se ve amenazado, no solo se ve afectado Egipto: Europa debe replantearse sus suministros, las compañías de seguros aumentan las primas, los buques alargan sus rutas, los puertos sufren retrasos y las industrias reciben los componentes con retraso.
El mar, por lo tanto, no es una periferia del poder. Es el sistema nervioso del poder contemporáneo. Su interrupción produce dolor en partes del cuerpo político y económico que parecían lejanas. Un golpe en un punto de estrangulamiento puede tener efectos en cadena en continentes enteros.
Desde este punto de vista, Castex es más actual de lo que parece. Había comprendido que la marina nunca combate sola: combate dentro de una estrategia general. Hoy podríamos decir que tampoco un buque mercante navega nunca por sí solo: navega dentro de una estrategia global compuesta por producción, energía, finanzas, seguridad y diplomacia.
Los estrechos como aduanas del poder
El siglo XXI está transformando los pasos marítimos en aduanas políticas de la globalización. No basta con que exista una ruta. Es necesario que sea segura, asegurable, previsible, aceptada por los actores regionales, protegida por una fuerza creíble e integrada en un marco jurídico estable.
Cuando una de estas condiciones deja de cumplirse, el mar se estrecha. No físicamente, sino políticamente. El buque aún puede pasar, pero su paso se vuelve más caro, más arriesgado, más lento, más incierto. Y la incertidumbre es ya una forma de poder.
Quien controla un estrecho no tiene por qué cerrarlo necesariamente. Puede hacer algo más sutil: puede amenazar con cerrarlo, puede ralentizar el tráfico, puede imponer inspecciones, puede encarecer el seguro, puede obligar a los barcos a cambiar de rumbo, puede crear un clima de riesgo tal que modifique los cálculos de las empresas y de los Estados.
Este es el nuevo arte de la coacción marítima. No siempre es necesario disparar. A veces basta con hacer que el mar sea menos fiable. El poder no se expresa solo mediante la batalla naval, sino con la capacidad de alterar las expectativas. El tráfico mundial se nutre de la regularidad; la estrategia se nutre a menudo de la incertidumbre. Quien introduce incertidumbre en los flujos controla una parte del sistema.
Ormuz, el laboratorio de la nueva guerra económica
El caso de Ormuz es emblemático. Durante décadas, el estrecho se ha considerado una de las grandes vulnerabilidades de la economía mundial. Una parte esencial del petróleo y del gas natural licuado pasa por allí. Es un nexo entre el Golfo Pérsico y el Océano Índico, entre los productores de energía y los consumidores asiáticos y europeos. Pero hoy en día Ormuz no es solo un lugar de tránsito. Es un campo de presión política.
Cuando Irán amenaza a Ormuz, no solo amenaza el tráfico marítimo. Amenaza la estabilidad de los mercados energéticos, la tranquilidad de las economías asiáticas, la seguridad de los aliados de Estados Unidos y la credibilidad de la protección estadounidense en el Golfo.
Teherán sabe que no puede competir simétricamente con Washington en el ámbito naval. No puede desplegar una flota equivalente a la estadounidense. Pero puede utilizar la geografía como multiplicador de poder.
Aquí se aprecia el paso de la antigua a la nueva geopolítica del mar. En el modelo clásico, la pregunta era: ¿quién controla el mar? En el modelo actual, la pregunta pasa a ser: ¿quién puede desestabilizar el flujo?
Una potencia inferior puede compensar su debilidad con misiles costeros, minas, drones, unidades rápidas, guerra electrónica, fuerzas especiales, ciberataques contra infraestructuras portuarias, amenazas contra petroleros y capacidad de intimidación.
Esto no garantiza necesariamente la victoria. Pero otorga poder de negociación. Irán no necesita dominar el océano Índico. Le basta con poder crear problemas en Ormuz. En la guerra económica contemporánea, a menudo no es necesario controlarlo todo: basta con perturbar el punto adecuado.
Bab el-Mandeb, Suez y la fragilidad europea
Lo mismo ocurre con Bab el-Mandeb y Suez. La crisis del Mar Rojo ha demostrado que un actor no estatal o semiestatal puede condicionar una de las principales arterias comerciales del planeta.
Los ataques contra los buques han obligado a muchas compañías a desviarse hacia el Cabo de Buena Esperanza, lo que ha prolongado los plazos, los costes y los riesgos. El resultado no ha sido solo militar. Ha sido económico.
Europa, en particular, ha descubierto una vez más su dependencia del mar. Se habla mucho de la autonomía estratégica europea, pero un continente que depende de rutas vulnerables, de energía importada, de componentes fabricados en otros lugares y de cables submarinos expuestos no puede hacerse ilusiones de ser plenamente soberano.
La soberanía no se mide únicamente por las leyes aprobadas en los parlamentos. Se mide por la capacidad de garantizar la continuidad de las cadenas vitales. Si una crisis en el Mar Rojo o en el Golfo Pérsico basta para desestabilizar los precios, el abastecimiento y las decisiones industriales, entonces la autonomía sigue siendo parcial.
Europa cuenta con grandes puertos, grandes empresas y grandes mercados. Pero tiene una debilidad estratégica: tiende a considerar la seguridad de los flujos como un hecho natural, casi administrativo. No lo es. Es el resultado de las relaciones de poder, la presencia naval, la diplomacia, los servicios de inteligencia, la industria militar, los acuerdos regionales y la capacidad de protección.
Malaca y Taiwán: el corazón indopacífico de la competencia
Si Ormuz es la clave energética, Malaca y Taiwán son dos de las claves decisivas de la competencia indopacífica. El estrecho de Malaca conecta el océano Índico y el Pacífico. Por allí pasan mercancías, energía y componentes indispensables para las economías asiáticas. Es una vulnerabilidad para China, pero también para Japón, Corea del Sur, la India, el sudeste asiático y todo el sistema comercial mundial.
China conoce bien el problema. Por eso invierte en puertos, corredores terrestres, ferrocarriles, oleoductos, rutas alternativas, bases y relaciones políticas a lo largo del Océano Índico. No se trata solo de comercio. Se trata de reducir la dependencia de pasos que, en caso de crisis con Estados Unidos, podrían convertirse en instrumentos de presión.
Taiwán añade otra dimensión. El espacio marítimo que rodea la isla no es solo un escenario militar. Es el punto de encuentro entre semiconductores, rutas comerciales, supremacía tecnológica, contención de China, credibilidad estadounidense y seguridad de los aliados asiáticos. Una crisis en el estrecho de Taiwán no sería una crisis local. Sería una crisis sistémica.
Es aquí donde el Indo-Pacífico se convierte en el escenario central de la competencia estratégica. El mar ya no es el trasfondo fluido de una globalización feliz. Es el lugar donde Estados Unidos y China miden su respectiva capacidad para proteger, amenazar o reorganizar las conexiones del mundo.
Panamá, Gibraltar y el Bósforo: los antiguos pasos vuelven a cobrar relevancia
No solo existen los grandes puntos calientes del presente. También existen pasos que parecían haberse convertido en algo habitual y que, en cambio, vuelven a ser estratégicos cuando cambia el contexto mundial.
El Canal de Panamá, por ejemplo, no es solo un atajo entre el Atlántico y el Pacífico. Es una infraestructura vital para el comercio del continente americano y para el equilibrio logístico mundial.
Cuando la sequía, las restricciones hídricas, la congestión o las tensiones políticas reducen su capacidad, el impacto se deja sentir en los plazos de entrega, los costes y las cadenas comerciales. También aquí la geografía física se une a la fragilidad económica.
Gibraltar sigue siendo un umbral entre el Mediterráneo y el Atlántico. En tiempos normales, se presenta como una puerta abierta. En tiempos de crisis, se convierte en un punto de observación, control y proyección.
Quien vigila Gibraltar observa el Mediterráneo occidental, el norte de África, el Atlántico y las rutas energéticas. Es un recordatorio histórico: ciertos lugares parecen pertenecer al pasado hasta que la crisis los vuelve a situar en el centro.
El Bósforo y los Dardanelos muestran, por su parte, la dimensión política de los pasos marítimos regulados por tratados, equilibrios regionales y relaciones de poder. La guerra en Ucrania ha recordado que el mar Negro no es una cuenca periférica, sino una frontera estratégica entre Rusia, Turquía, la OTAN, el Cáucaso, el trigo, la energía y la proyección naval.
El control de los accesos al Mar Negro influye en la guerra, la diplomacia, las exportaciones agrícolas y la seguridad alimentaria de países muy lejanos.
El Ártico y las nuevas rutas de la competencia
El calentamiento climático abre otra dimensión: el Ártico. Durante siglos, las rutas polares han sido marginales, difíciles, estacionales y hostiles. Hoy en día se están convirtiendo progresivamente en objeto de interés comercial y militar.
No porque vayan a sustituir inmediatamente a las grandes rutas tradicionales, sino porque ofrecen nuevas posibilidades: conexiones más cortas entre Asia y Europa, acceso a recursos, espacios de patrullaje, bases, vigilancia, competencia entre Rusia, Estados Unidos, Canadá, los países nórdicos y China.
El Ártico pone de manifiesto un punto fundamental: incluso el cambio climático se convierte en geopolítica del mar. El deshielo no es solo un fenómeno medioambiental. Es la apertura de espacios, la redefinición de fronteras, la militarización potencial, la competencia por los recursos, una nueva cartografía del poder. Allí donde el mar se abre, llega la estrategia.
La guerra bajo el umbral
La característica más importante de la nueva conflictividad marítima es que a menudo se sitúa por debajo del umbral de la guerra declarada. No siempre nos enfrentamos a batallas navales tradicionales.
Nos enfrentamos a sabotajes, intimidaciones, interferencias, incidentes ambiguos, amenazas indirectas, bloqueos selectivos, operaciones con milicias, actores intermedios, buques civiles militarizados, la pesca utilizada como presencia política, guardacostas transformados en instrumentos de presión.
Esta zona gris es el verdadero escenario de la competencia contemporánea. Es demasiado grave para ser simple paz, pero no lo suficientemente explícita como para ser una guerra formal. Es un espacio en el que el derecho tiene dificultades para reaccionar, porque la agresión es fragmentada, negable, distribuida y, a menudo, enmascarada como un incidente o una medida defensiva.
Las marinas militares deben, por tanto, afrontar una tarea más compleja que en el pasado. No basta con prepararse para el enfrentamiento decisivo.
Hay que presidir, vigilar, disuadir, acompañar, proteger, recabar información, coordinarse con los aliados, tranquilizar a los mercados, impedir la escalada y, al mismo tiempo, mostrar firmeza. El mar se convierte en un escenario permanente de presión.
La victoria, en este contexto, no coincide necesariamente con la destrucción del enemigo. Coincide con la capacidad de mantener abiertos los flujos, impedir la coacción, absorber los impactos y convencer a adversarios y aliados de que el propio sistema es más resistente.
La geoeconomía de los estrechos
Los estrechos son hoy el punto en el que la geopolítica y la geoeconomía coinciden. Cada paso obligado es también un mercado potencial del miedo. Cuando aumenta el riesgo, aumentan las primas de los seguros.
Cuando los barcos se desvían, aumentan los costes de transporte. Cuando se alargan los plazos, las fábricas reciben los componentes con retraso. Cuando la energía cuesta más, la inflación vuelve a subir. Cuando la inflación sube, los gobiernos pierden consenso.
No es necesario que un misil impacte en una capital para producir un efecto político. Basta con que amenace una ruta comercial. La coacción moderna también funciona así: no siempre destruye; a menudo encarece, ralentiza, desestabiliza. Transforma la economía en un campo de batalla sin necesidad de declararlo.
Este es el punto decisivo: la globalización ha creado riqueza porque ha reducido tiempos, costes y fricciones. Pero precisamente por eso ha multiplicado las vulnerabilidades. Cuanto más eficiente es el sistema, menos tolera las interrupciones. Cuanto más optimizada está la logística, menos soporta los retrasos. Cuanto más dependen las empresas de suministros distribuidos, más sufren cuando se bloquea una ruta.
Los estrechos son, por tanto, los lugares donde la eficiencia global se encuentra con la fragilidad estratégica. Durante treinta años hemos creído que el comercio pacificaría el mundo. Hoy descubrimos que el comercio puede ser tomado como rehén por el mundo.
Cables submarinos, datos y nuevos fondos del poder
La geopolítica de los mares no se refiere únicamente a los barcos y al petróleo. También se refiere a los cables submarinos. Gran parte de las comunicaciones digitales globales discurre bajo el mar.
Datos financieros, comunicaciones militares, transacciones bancarias, servicios digitales, información industrial: todo fluye a través de infraestructuras físicas a menudo invisibles para la opinión pública.
Esto añade un nuevo nivel a la vulnerabilidad de los estrechos y los pasos marítimos. Ya no se trata solo de proteger petroleros y portacontenedores. Se trata de proteger infraestructuras submarinas, nodos energéticos, conductos, cables, sensores, plataformas y puertos digitalizados. El mar del siglo XXI es a la vez superficie, profundidad y red.
Una potencia capaz de amenazar cables e infraestructuras submarinas puede producir efectos enormes sin ocupar territorios.
También en este caso, la guerra suele permanecer por debajo del umbral: un cable dañado, una infraestructura interrumpida, una causa nunca aclarada, una sospecha sin pruebas definitivas. La ambigüedad se convierte en arma.
Evaluación militar: la flota ya no basta
Desde el punto de vista militar, la lección es clara: la superioridad naval tradicional sigue siendo indispensable, pero ya no es suficiente.
Las grandes flotas son necesarias, los portaaviones son necesarios, los submarinos son necesarios, las fragatas son necesarias, los patrulleros son necesarios.
Pero también se necesitan drones, vigilancia por satélite, guerra electrónica, defensa cibernética, inteligencia marítima, capacidad de escolta, cooperación con puertos y empresas privadas, conocimiento de las rutas, protección de los cables y rapidez en la toma de decisiones.
La guerra de los flujos es una guerra distribuida. No se libra en un solo punto ni se gana con una sola batalla. Requiere presencia continua, capacidad de reacción, alianzas, bases, logística, mantenimiento, municiones, tripulaciones entrenadas, astilleros e industria.
Una potencia que no sabe construir ni reparar buques no puede ser realmente una potencia marítima. Una potencia que depende por completo de puertos extranjeros no puede controlar sus propios flujos. Una potencia que no protege sus propias líneas de comunicación no es soberana.
Esto también se aplica a Europa. Sin una capacidad naval seria, sin industria de defensa, sin coordinación entre las marinas, sin presencia en el Indo-Pacífico, en el Mediterráneo ampliado, en el Mar Rojo y en el Atlántico, cualquier discurso sobre la autonomía estratégica queda incompleto.
Evaluación geopolítica: el retorno de la geografía
La gran ilusión de la globalización fue creer que la geografía había quedado obsoleta. Internet, las finanzas, el comercio global, el transporte de bajo coste, la apertura de los mercados: todo parecía indicar un mundo sin distancias.
En realidad, la geografía no había desaparecido. Había quedado oculta por la fluidez de los flujos.
Ahora regresa. Regresa al Mar Rojo, al Golfo Pérsico, al Mar Negro, al Estrecho de Taiwán, al Ártico, al Mediterráneo oriental. Regresa porque las potencias han comprendido que controlar un punto geográfico puede significar influir en un sistema mundial. Regresa porque los Estados ya no quieren solo participar en la globalización: quieren condicionarla.
La geopolítica de los estrechos es, por tanto, la geopolítica del retorno de la restricción. El mar parece libre, pero está lleno de pasos obligatorios. La economía parece global, pero depende de lugares concretos. La soberanía parece digital, pero se sustenta en puertos, cables, combustibles, cascos, seguros y marineros.
La dimensión industrial: astilleros, puertos y municiones
Una potencia marítima no se improvisa. No basta con comprar unos cuantos barcos o anunciar una estrategia. La potencia marítima requiere astilleros, acero, electrónica, radares, misiles, mantenimiento, diques secos, escuelas navales, puertos seguros, combustible, municiones y personal cualificado. Requiere mucho tiempo e inversiones continuas.
Este es un punto que a menudo se pasa por alto. La guerra marítima moderna consume enormes recursos. Un buque avanzado requiere años para ser construido y personal altamente entrenado para ser utilizado.
Un misil interceptor puede costar mucho más que el dron o el cohete que debe derribar. Una campaña de protección de las rutas puede agotar las existencias, las tripulaciones, los presupuestos y las capacidades operativas.
Aquí surge la diferencia entre declarar una presencia marítima y mantenerla a lo largo del tiempo. Estados Unidos sigue manteniendo una ventaja enorme gracias a su red de bases, portaaviones, submarinos y logística global.
China crece rápidamente, construye buques, expande su presencia, refuerza la guardia costera y utiliza también instrumentos civiles para ejercer presión. Europa, por su parte, corre a menudo el riesgo de ser rica en análisis y pobre en masa crítica.
El poder marítimo es también industria. Sin industria naval, sin munición, sin mantenimiento y sin capacidad para reemplazar rápidamente las bajas, la estrategia no pasa de ser teoría.
La dimensión jurídica: el derecho del mar bajo presión
La libertad de navegación es uno de los pilares del orden internacional. Pero este principio se encuentra hoy bajo una presión creciente.
Los Estados reclaman zonas económicas exclusivas, militarizan islas, reinterpretan los derechos de paso, utilizan a las guardias costeras para imponer su presencia, impugnan los laudos arbitrales e invocan la seguridad nacional para limitar los tránsitos o controlar las actividades.
El derecho del mar sigue siendo esencial, pero se ve cada vez más cuestionado por la política de la fuerza. Un buque militar puede respaldar un principio jurídico, pero si no existe voluntad política para defenderlo, dicho principio retrocede. Por el contrario, un actor decidido puede cambiar gradualmente la realidad sobre el terreno —o, mejor dicho, en el mar— sin declarar formalmente una ruptura.
Es la lógica del hecho consumado marítimo. Se ocupa un acantilado, se construye una pista, se despliegan radares, se envían barcos pesqueros, luego guardacostas, luego buques militares. En ese momento, el derecho sigue existiendo, pero la realidad operativa ha cambiado.
La militarización de la interdependencia
La palabra clave es interdependencia. Durante años la hemos considerado una garantía de paz: si todos dependen de todos, a nadie le interesará romper el sistema. Pero esto es solo la mitad de la verdad. La otra mitad es más dura: si todos dependen de todos, entonces cada dependencia puede convertirse en un arma.
Rusia lo ha demostrado con la energía. China lo demuestra con ciertas materias primas y cadenas industriales. Estados Unidos lo demuestra con el dólar, las sanciones, la tecnología y el sistema financiero. Las potencias regionales lo demuestran con los estrechos. La interdependencia no elimina el conflicto. Lo hace más sofisticado.
Los estrechos son el escenario perfecto de esta transformación. Nunca pertenecen realmente a un solo actor, pero algunos actores pueden influir en ellos más que otros. Son internacionales, pero cercanos a las costas nacionales. Son indispensables, pero vulnerables.
Están regulados por el derecho, pero expuestos a la fuerza. Son corredores de paz, pero pueden convertirse en teatros de guerra en cuestión de horas.
La conclusión: quien controla el paso, controla el tiempo
La geopolítica del mar en el siglo XXI ya no puede limitarse a la vieja imagen de la flota que domina el horizonte.
Debe fijarse en los flujos, los retrasos, los costes, los seguros, los cables, los puertos, las cadenas logísticas, los drones, los misiles, las crisis subliminales, las dependencias energéticas e industriales.
Mahan tenía razón: el poder mundial pasa por el mar. Castex tenía razón: la estrategia naval forma parte de la estrategia general. Pero hoy hay que añadir un paso más: quien controla los estrechos no solo controla el espacio. Controla el tiempo.
Controla el tiempo de las entregas, el tiempo de la producción, el tiempo de los mercados, el tiempo de la diplomacia, el tiempo de la crisis, el tiempo de la decisión política. Ralentizar un flujo significa ganar poder. Interrumpirlo significa imponer un precio. Garantizarlo significa ejercer la hegemonía.
Los estrechos son pequeños en el mapa, pero inmensos en la política mundial. Son los puntos en los que la libertad del mar se enfrenta a la dureza del poder.
Son los lugares en los que la globalización revela su dependencia de la fuerza. Son, en el fondo, la prueba de que el mundo moderno, aunque esté lleno de algoritmos, satélites y finanzas digitales, sigue dependiendo de pasos antiguos, de estrechos corredores, de costas disputadas, de mares vigilados.
La historia no ha dado marcha atrás. Simplemente se ha quitado la máscara. El mar nunca ha sido neutral. Y hoy, más que nunca, quien sabe controlar el mar puede controlar el mundo.
Traducción nuestra
*Giuseppe Gagliano en 2011 fundó la Red Internacional Cestudec (Centro de Estudios Estratégicos Carlo de Cristoforis), con sede en Como, centro de estudios inscrito en el Registro de Investigación desde 2015. El objetivo del centro es estudiar, desde una perspectiva realista, las dinámicas conflictivas de las relaciones internacionales, haciendo hincapié en la dimensión de la inteligencia y la geopolítica a la luz de las reflexiones de Christian Harbulot, fundador y director de la Escuela de Guerra Económica (EGE) de París. cestudec.com
Fuente original: La Fionda
