Lorenzo Maria Pacini.
09 de septiembre 2026.
Los líderes no son irrelevantes: son ellos quienes determinan el momento y la forma de la distensión.
¿El fin de la competencia sin límites?
Durante casi una década, la relación entre Estados Unidos y China se ha analizado desde una única perspectiva: la de la competencia estratégica.
Este marco tenía el mérito de reconocer una realidad —el fin de la ilusión, cultivada en las décadas de 1990 y 2000, de que la integración económica convertiría a China en un actor «responsable» dentro de un orden liderado por Estados Unidos—, pero también tuvo un costo analítico.
Terminó agrupando en un solo frente dimensiones que merecen mantenerse separadas: comercio, tecnología, seguridad, industria, finanzas y poder militar.
Cuando cada ámbito se convierte en un escenario del mismo conflicto, la competencia deja de ser una variable y se convierte en el principio organizador de toda la relación.
Sin embargo, algo parece haberse resquebrajado en esta arquitectura. La cumbre de Pekín de mayo de 2026, con la adopción conjunta de la fórmula «estabilidad estratégica constructiva», sacó a la luz un cambio que se venía gestando desde hacía tiempo.
No se trata de cooperación, y cualquiera que interprete la distensión como un retorno a la asociación está cometiendo un error fundamental. China y Estados Unidos no se están convirtiendo en aliados; las rivalidades estructurales permanecen intactas; la competencia tecnológica no ha desaparecido; la confrontación económica continúa; y Taiwán sigue siendo el punto de fricción donde todo podría llegar a un punto crítico.
Y, sin embargo, ambas potencias están mostrando un interés creciente en una sola cosa: hacer que la competencia sea manejable.
La posible distensión chino-estadounidense no marca el fin de la rivalidad, sino más bien un cambio en su naturaleza. Se trata del paso de la competencia como principio que rige la relación a la competencia como un fenómeno que hay que gestionar.
La diferencia no es meramente semántica. Se refiere a la forma en que ambas potencias conciben su coexistencia: ya no como una carrera para eliminar al otro, sino como la construcción paciente de un umbral dentro del cual la confrontación pueda mantenerse sin desbordarse en una guerra.
La estabilidad estratégica no es la ausencia de conflicto. Es la capacidad de conciliar intereses incompatibles sin que su incompatibilidad se vuelva destructiva.
El vocabulario que una potencia utiliza para describir a otra nunca es neutral: ya contiene una estrategia.
La trayectoria conceptual de las relaciones entre China y Estados Unidos puede trazarse como una secuencia de redefiniciones sucesivas —asociación, luego competencia estratégica, luego competencia controlada, ahora estabilidad estratégica— y cada cambio ha alterado no solo las palabras, sino también las expectativas mutuas de comportamiento.
Definir al otro como un «competidor» es diferente a considerarlo un «enemigo». A un enemigo hay que derrotarlo; a un competidor hay que contenerlo, superarlo en estrategia o, a la larga, desgastarlo, pero su existencia se da por sentada.
El vocabulario de la estabilidad da un giro adicional: presupone el reconocimiento mutuo de que existen intereses irreconciliables y de que estos intereses, precisamente porque son irreconciliables, deben mantenerse dentro de un umbral controlable.
No es casualidad que sea el lenguaje heredado de la Guerra Fría nuclear, donde la «estabilidad estratégica» se refería a la condición en la que ninguna de las partes tenía un incentivo para atacar primero.
Aquí sale a la luz la paradoja que recorre toda la línea de razonamiento: la estabilidad no surge de la desaparición de la competencia, sino del reconocimiento de su inevitabilidad.
Las dos potencias no buscan un equilibrio porque confíen la una en la otra, sino porque han dejado de creer que pueden imponerse a un costo aceptable. Es una estabilidad construida sobre la desconfianza, no sobre su eliminación —y tal vez por esta razón más sólida de lo que sugiere la retórica de la cooperación.
China recupera la confianza
Un cambio decisivo, a menudo subestimado en los análisis occidentales, tiene que ver con la percepción que China tiene de sí misma.
Durante gran parte de la última década, Pekín ha actuado desde una posición que puede describirse como ansiedad estratégica: la conciencia de una vulnerabilidad tecnológica —semiconductores, software, estándares— que las restricciones de Estados Unidos podrían convertir en una herramienta de chantaje. Esa ansiedad ahora parece haber disminuido un poco, y la razón es reveladora.
Las políticas de contención de Estados Unidos han producido un efecto que es, en parte, opuesto a lo esperado. En lugar de detener el desarrollo de China, a menudo han acelerado los procesos de autonomía industrial y tecnológica: el fortalecimiento de la capacidad manufacturera, los avances en inteligencia artificial, la consolidación del papel de China en las cadenas de suministro, el control casi monopolístico sobre segmentos del procesamiento de tierras raras y una creciente resiliencia frente a las sanciones.
Las restricciones, pensadas como un freno, han funcionado en varios casos como un incentivo para la sustitución nacional. Esta es la lógica recurrente de las sanciones que no aíslan por completo a un objetivo: lo empujan a construir lo que se le negó.
Esto plantea una pregunta geopolítica sin respuesta obvia: ¿Una China más segura de sus capacidades se vuelve necesariamente más agresiva, o podría, por el contrario, mostrarse más abierta a gestionar la competencia? Ambas interpretaciones son defendibles.
La primera —una potencia segura de sí misma es una potencia revisionista— nos recuerda que, históricamente, las fases de creciente confianza coinciden con fases de mayor asertividad. La segunda observa que quienes se sienten menos vulnerables tienen menos necesidad de adoptar comportamientos defensivos arriesgados: la confianza puede generar moderación en lugar de arrogancia.
La evaluación que aquí se propone es que el factor decisivo no es el nivel de confianza china en sí mismo, sino la estructura de incentivos en la que se expresa esa confianza —y es esta estructura, no la psicología de los líderes, la que está impulsando el cambio hacia la gestión en la actualidad.
Las cadenas de suministro suelen describirse como fenómenos económicos. Esta descripción se queda corta. Semiconductores, tierras raras, baterías, vehículos eléctricos, sistemas de inteligencia artificial, manufactura avanzada, materias primas críticas e infraestructura digital: no se trata simplemente de bienes que se comercializan en un mercado, sino de infraestructuras geopolíticas de poder.
Quien controla un nodo en una cadena global controla un punto de influencia sobre cualquiera que dependa de ese nodo.
Esto explica por qué el desacoplamiento total sigue siendo, por ahora, más una hipótesis retórica que una práctica. Las dos economías están entrelazadas a un nivel tal que ninguna decisión política puede desenredarlas rápidamente sin costos devastadores para ambas.
El volumen del comercio bilateral se ha contraído bajo la presión arancelaria, pero una separación completa requeriría reconstruir sectores productivos enteros desde cero —una empresa que tomaría décadas y tendría resultados inciertos.
Aquí es donde entra en juego el concepto de «interdependencia como arma» —es decir, el uso de la interdependencia como arma—. La dependencia mutua no es meramente una limitación: es a la vez vulnerabilidad —lo que la otra parte puede atacar—; disuasión —lo que impide que la otra parte ataque, por temor a represalias—; una herramienta para ejercer presión —lo que se puede amenazar con cortar—; y, aunque resulte menos intuitivo, un incentivo para la moderación —pues quienes tienen mucho que perder tienen razones para no permitir que el sistema que los sustenta se derrumbe—.
Esto conduce a una tesis que revoca la sabiduría convencional. La creciente interdependencia no elimina el conflicto geopolítico: lo transforma.
Lo transforma de una confrontación militar abierta en una competencia a través de la dependencia mutua, librada mediante controles a las exportaciones, restricciones a la inversión y la gestión estratégica del acceso a cuellos de botella tecnológicos.
Es una forma más sofisticada de conflicto, pero no menos real. El modelo de interdependencia compleja había predicho que la interdependencia económica disminuiría la relevancia de la fuerza militar; la realidad demuestra, por el contrario, que este entrelazamiento se ha convertido en sí mismo en un campo de batalla.
La paradoja de la estabilidad competitiva y el factor Trump
En el corazón de la nueva fase yace una paradoja que merece ser expresada con precisión: cuanto más compiten China y Estados Unidos, más necesitan la estabilidad. La proposición parece contradictoria, pero no lo es. La razón radica en el costo prohibitivo que una confrontación directa implicaría para ambas partes.
Consideremos lo que significaría una guerra entre las dos economías más grandes del mundo.
La magnitud económica de los contendientes multiplica las consecuencias sistémicas de cualquier colapso; la interdependencia garantiza que el daño infligido al adversario recaiga en gran medida sobre quien lo inflige; sus capacidades militares mutuas hacen poco probable una victoria rápida y decisiva; la disuasión nuclear impone un límite insuperable a la escalada, o al menos la mantiene dentro de límites racionales; el comercio mundial se vería perturbado de manera permanente; y, sobre todo, el riesgo de una escalada descontrolada —desde un incidente local hasta una catástrofe generalizada— no puede ser gestionado de manera confiable por ninguna de las partes.
Así surge lo que podría denominarse un equilibrio de vulnerabilidad mutua. Esta fórmula reformula la lógica de la destrucción mutua asegurada, trasladándola del ámbito nuclear al económico y tecnológico: si ninguna de las dos potencias puede neutralizar por completo a la otra sin sufrir un daño comparable, entonces la estabilidad deja de ser un acto de confianza y se convierte en una necesidad estratégica.
Las dos partes se estabilizan no porque se respeten mutuamente, sino porque están unidas por el mismo riesgo. Es una paz basada en el miedo simétrico —la forma más antigua y tal vez más confiable de equilibrio entre las grandes potencias.
La tentación de interpretar la distensión como resultado de la relación personal entre Donald Trump y Xi Jinping es fuerte y debe manejarse con cautela. La personalización es un error recurrente en los comentarios geopolíticos: atribuye a individuos lo que a menudo es producto de fuerzas impersonales. Hay que comparar dos hipótesis.
La primera es la idea de una distensión exclusivamente a nivel personal. Según esta interpretación, la estabilidad actual depende fundamentalmente de los intereses, los estilos de negociación y las decisiones contingentes de los dos líderes.
Trump prefiere acuerdos transaccionales visibles —acuerdos que pueda presentar como victorias—; Xi busca certeza y el reconocimiento de su estatus. La convergencia de estas dos necesidades habría hecho posible el «Pekín 2026». Si esto fuera cierto, la estabilidad sería tan frágil como un mandato electoral: reversible con un cambio de gobierno o un giro en la opinión pública.
Sin embargo, una visión más optimista considera la distensión como un factor estructural. Según esta interpretación alternativa, el avance hacia la estabilidad proviene de factores más profundos que los líderes individuales: la interdependencia económica, que hace que la desconexión sea poco práctica; la disuasión nuclear, que pone un límite a la escalada; el creciente poder de China, que hace que la contención sea más costosa y menos efectiva; los costos sistémicos de la guerra; la necesidad compartida de regular las tecnologías —sobre todo la inteligencia artificial— cuyo avance descontrolado amenaza a ambas partes; y la multipolarización, que reduce la libertad de maniobra de cada bando.
El establecimiento de nuevos órganos bilaterales para el diálogo sobre comercio e inversión va en esta dirección: crea una infraestructura que sobrevive a sus fundadores.
Los líderes no son irrelevantes: determinan el momento y la forma de la distensión, acelerándola o retrasándola, dándole el carácter de una cumbre o de un estancamiento, pero no son su causa fundamental.
Trump y Xi aprovecharon una oportunidad que las estructuras ya habían puesto en marcha; otros líderes, tarde o temprano, se habrían visto impulsados hacia soluciones similares por la misma presión de los acontecimientos.
La gente enciende el fósforo; es la estructura la que ha acumulado el combustible.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
