Intervención de William Castillo Bollé ante la XXVIII Convocatoria Internacional de la Clase Obrera, organizada por la Comisión Internacional Constituyente Obrera y Central Bolivariana Socialista de Trabajadoras y Trabajadores.
28 de agosto 2026.
Introducción
Compañeras y compañeros de la clase obrera venezolana y del mundo:
Es un honor presentar la intervención del camarada William Castillo, viceministro de políticas antibloqueo y gerente general del Observatorio Venezolano Antibloqueo, en el marco de nuestra XXVIII Convocatoria Internacional de la Clase Obrera, organizada por la Comisión Internacional Constituyente Obrera y la Central Bolivariana Socialista de Trabajadoras y Trabajadores de la Ciudad, el Campo y la Pesca (CBST-CCP).
Su exposición, titulada «Verdad: Venezuela renace de la agresión a la negociación. Seis meses de gestión», no solo constituye un análisis riguroso y documentado de la realidad que atraviesa nuestro país, sino que también reafirma la línea de lucha y resistencia que desde la Comisión Internacional Constituyente Obrera y la Central Bolivariana Socialista de Trabajadoras y Trabajadores venimos impulsando.
La intervención del camarada Castillo es un aporte invaluable para desmontar las narrativas falsas y para fortalecer la conciencia revolucionaria de nuestro pueblo y de los pueblos solidarios del mundo.
Aquí presentamos la intervención de William Castillo
Como apoyo a su intervención William Castillo presento una serie de laminas que puedes descargarlas aquí SEIS MESES DE GESTION VENEZUELA RENACE

Buenos días a todos los compañeros y compañeras que están en esta conferencia. Es un honor estar en esta sede, repotenciada para la formación de la clase obrera. Agradezco a Alexis, a Francisco y a todos los compañeros la oportunidad de dirigirme, tanto a quienes están en nuestro país como a quienes están en distintas naciones, para hablar de la situación de Venezuela.
Al preparar esta conferencia decidí hacerle un agregado, porque hoy, contra Venezuela, hay una campaña que lleva más de un cuarto de siglo de mentiras y de infamias. Esa campaña se ha multiplicado, incluso tratando de penetrar en factores y sectores obreros, gremiales y populares de otras naciones, para malponer a la Revolución Bolivariana, distorsionar la verdad de lo que está pasando en Venezuela y continuar la agresión simbólica y cultural contra el país.
Por eso, además de abordar las medidas coercitivas —un elemento fundamental para entender el proceso—, vamos a hablar de lo que ha pasado en estos últimos seis meses. Esta presentación la hemos titulado Verdad: Venezuela renace de la agresión a la negociación. Seis meses de gestión, y es importante fijar el tiempo, porque vamos a abordar aspectos teóricos, ideológicos y factuales, así como un análisis a través de datos y estadísticas que permitan entender la situación de Venezuela y despejar esta campaña de mentiras y agresiones recargada contra la dirigencia, contra la Revolución Bolivariana y, al final, contra el pueblo venezolano.
Todas estas campañas, que hoy lamentablemente encuentran eco incluso en sectores progresistas o que han apoyado a la Revolución Bolivariana, buscan debilitar precisamente la resistencia y el proceso de defensa de la soberanía nacional, de la paz y de la estabilidad de Venezuela, tarea que hoy lleva adelante la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, en su condición de representante del gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, hoy secuestrado en Estados Unidos.
Hay muchas más preguntas hoy que respuestas sobre la situación venezolana, y hay razones para no comprender o no explicarse bien determinadas acciones y medidas. Por eso es muy importante reflexionar sobre ello, y creo que esta Constituyente Obrera, en su comisión internacional, abre un espacio necesario para esa reflexión.
Esta es una conferencia mucho más larga, pero hoy voy a tratar de sintetizarla en el tiempo que tenemos.
Vamos a hablar del proceso de agresiones históricas contra Venezuela; del bloqueo y los impactos de las medidas coercitivas unilaterales, con la actualización de las cifras a esta fecha —esta es la primera conferencia que incorpora las licencias emitidas ayer, así que está actualizada hasta el día anterior—; de los logros de la resistencia heroica de la Revolución Bolivariana, del gobierno revolucionario y del pueblo venezolano frente a esta agresión, porque hoy se le quiere vender al mundo que la situación de Venezuela deriva de la agresión del 3 de enero, como si algunas mejoras en la economía venezolana derivaran de un acto ilegal y criminal como ese.
Se quiere ocultar que llevamos más de una década —vamos a cubrir doce años— bajo medidas coercitivas unilaterales, período en el que el pueblo venezolano ha resistido y ha ido construyendo una estrategia antibloqueo. Hablaremos también, necesariamente, del 3 de enero y de la caracterización general que hacemos de esta nueva etapa y de su complejidad.
Y, como un bonus final, unos comentarios sobre el tema petrolero, porque hoy está en el centro del debate político, geopolítico e ideológico, incluso respecto a la Revolución Bolivariana: se dice que estamos regalando el petróleo, que vamos a salir de la OPEP.
Se crea así un conjunto de narrativas descalificadoras y falsas que buscan debilitar el apoyo del pueblo y la solidaridad internacional con la Revolución Bolivariana, como si no existiera una tradición histórica e ideológica ligada al proyecto de Hugo Chávez.
Voy a hablar con sinceridad y sin filtro, porque estamos entre camaradas, y creo que el debate en todos los espacios es necesario. Nuestro pueblo quiere escuchar nuestras razones, porque todos los días es bombardeado con mentiras y falsas narrativas sobre Venezuela.
Las agresiones históricas contra Venezuela
Es necesario partir de un hecho real, innegable e histórico. Como dice el refrán marinero, a quien no sabe de dónde viene ni hacia dónde va, ningún viento le es favorable: no importa la dirección del viento si no se sabe de dónde se partió ni hacia dónde se dirige. Comprender el proceso histórico en el que está inmersa Venezuela es, por tanto, indispensable.
Venezuela tuvo el destino histórico de haber dado a luz al que probablemente sea el héroe más grande de la independencia latinoamericana: Simón Bolívar. Frente al nacimiento del naciente imperio estadounidense en el siglo XIX, Bolívar elaboró la doctrina bolivariana: la unión de nuestros pueblos, la patria grande, la soberanía y la defensa colectiva de nuestros procesos políticos, porque entendía que, si no nos uníamos, íbamos a ser devorados. Del otro lado se erigió la doctrina Monroe, hoy actualizada como lo que podríamos llamar la doctrina Trump.
Existe una contradicción histórica que ha dominado la historia de nuestro país y que se catapulta con la llegada al poder de la Revolución Bolivariana, porque Venezuela y la Revolución Bolivariana significan un desafío al modelo de colonización y neocolonización de nuestros pueblos.
No porque la Revolución Bolivariana se haya definido enemiga del pueblo de Estados Unidos o de sus ciudadanos, sino porque el hecho de defender la soberanía —como lo hizo la Revolución Cubana en su resistencia heroica, como lo hicieron movimientos populares, como lo pagaron con su vida presidentes como Salvador Allende al proponer un país soberano e independiente, con política propia— es en sí mismo un desafío para el poder imperial. Esa historia no la podemos negar: está como telón de fondo de todas estas reflexiones.
Quiero presentar aquí una conceptualización nueva sobre cómo podemos caracterizar el momento político. Si graficamos matemáticamente cómo han sido las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, podemos identificar un proceso de agresión que va escalando durante todo el gobierno del comandante Chávez: golpe de Estado, paro petrolero, sabotaje, y las primeras sanciones aisladas de 2008-2009 contra la Fuerza Armada y PDVSA.
Durante la primera década se mantuvo una suerte de inercia entre confrontación y resistencia —la sangre no llegó al río; llegaría, literalmente, el 3 de enero—, mientras Venezuela resistía esa agresión y trataba de construir, a través de una nueva Constitución, un nuevo modelo democrático: la democracia participativa y protagónica.
El primer punto de inflexión en las relaciones se da con la llegada del chavismo al poder. Un punto de inflexión histórica es un hecho que cambia la naturaleza de los acontecimientos y obliga a los actores a redefinir estrategias y tácticas, como si el curso de la historia cambiara de dirección. La llegada al poder de la Revolución Bolivariana reconfigura unas relaciones que hasta entonces habían sido de dominación: Venezuela había sido, durante cien años, una franquicia petrolera de los Estados Unidos.
El segundo momento que altera dramáticamente las relaciones es el inicio del bloqueo, en 2014, un año después del fallecimiento del comandante Chávez. Es entonces cuando la curva se dispara, porque se inicia un proceso de agresión sistemática, profunda e integral —diplomática, política, de desestabilización— centrada en la economía, que escala durante diez años hasta alcanzar su punto culminante el 3 de enero.
El 3 de enero no puede verse como un hecho aislado ni como la consecuencia de una resistencia victoriosa del pueblo venezolano, como suele decir el presidente Nicolás Maduro. Estados Unidos no esperaba tener que llegar a la agresión militar: creía que, con el desarrollo del proceso de agresión integral y multiforme —económico, petrolero, financiero, diplomático—, podía destruir a la Revolución Bolivariana, y no lo logró.
Podemos leer entonces los hechos del 3 de enero como una salida hacia adelante, como una aceleración de la agresión que alcanza su punto máximo con una incursión militar contra Venezuela y con el secuestro del presidente. La historia, de alguna manera, vuelve a cambiar.
Es fundamental entender la naturaleza de ese cambio, porque siendo un acto ilegal y criminal, violatorio del derecho internacional —y que hay que seguir denunciando—, no logró su objetivo final, que era el asalto al poder. La Revolución Bolivariana logró resistir el ataque. El golpe es profundo y doloroso, porque ningún país puede estar bien con su presidente legítimo secuestrado y su vida en peligro.
Pero lo que no lograron las sanciones durante diez años tampoco lo logró la agresión militar: desbancar a la Revolución Bolivariana y aniquilar al liderazgo revolucionario. Muchos, fuera de Venezuela, no saben que el 3 de enero no fue una operación solo contra el presidente Maduro, sino una operación para descabezar al Estado venezolano, y no lo lograron: las instituciones respondieron y se unieron en una política que explicaremos con hechos y con cifras.
Hoy estamos en un momento complejo, porque la coerción y la agresión continúan, aunque por otras vías. Venezuela está tratando de hacer —y voy a usar las palabras literales de la presidenta encargada— transformar una relación de agresión en una relación de negociación.
No estamos renunciando a la soberanía ni negando ni traicionando nuestro proyecto político: estamos buscando llevar al plano del derecho, de la negociación y de la diplomacia, lo que sigue siendo una agresión económica y política de dimensiones que no se habían visto en muchos años en nuestro continente.
En esa contención histórica hay momentos de transformación, y esos momentos obligan a los actores políticos —y al liderazgo de la revolución— a redefinir su estrategia.
Volviendo a la historia: Bolívar ya lo advertía. Un año antes de que se emitiera la doctrina Monroe, en diciembre de 1823, Bolívar escribió una carta al presidente de la Gran Colombia, Francisco de Paula Santander, advirtiendo que estaba creciendo en este continente una nación poderosísima, muy belicosa y capaz de todo. Si a alguien le quedaba alguna duda sobre la posición del imperialismo norteamericano hacia los países soberanos, el 3 de enero lo demostró.
La visión de Bolívar sigue dominando, de alguna manera, ese hecho. La contención histórica está ahí; el problema es cómo transitamos ese proceso de agresión —que hiere profundamente el alma nacional, que hiere la economía venezolana y que ha matado y asesinado a miles de venezolanos durante más de diez años— hacia un camino de relaciones de respeto y de soberanía.
Toda esta información es pública —la del Observatorio Venezolano Antibloqueo lo es— y esta presentación puede difundirse para el debate. Si hacemos un recorrido rápido por los veintiséis, veintisiete años de la Revolución Bolivariana, encontramos un proceso político que ha estado tratando de construir un nuevo modelo en medio de una agresión constante: desde la Constituyente, pasando por el golpe de Estado contra Chávez, el paro y el sabotaje petrolero.
En esa primera etapa siempre he dicho que la Revolución Bolivariana nunca gobernó: entre 1999 y 2004 no tuvo tiempo de gobernar, porque estuvo defendiéndose de ser derrocada. Chávez, con cinco años en el poder y legitimado dos veces, no tenía el control total de la Fuerza Armada ni de las instituciones, muchas de ellas adversas a la revolución. La Fuerza Armada estaba dividida, como se demostró en abril de 2002: había un sector favorable al cambio político y un sector conspirador. En el referéndum de 2004, Chávez logra canalizar por la vía pacífica esa agresión que era interna.
Los cuatro momentos en que Chávez escogió la paz
Hay un primer momento muy importante que quiero destacar, sobre el que escribí hace unos días un artículo titulado Cuatro momentos en que Chávez cogió la paz, que puedo hacer llegar para su difusión. Identifico cuatro momentos —hay muchos más— en el recorrido de la vida política de Chávez en que optó por la paz.
El primero es el 4 de febrero de 1992, cuando Chávez se da cuenta de que el movimiento revolucionario rebelde ha fracasado y le dice al país: no quiero más sangre, no quiero que mueran más hermanos, no quiero más enfrentamiento entre venezolanos; asumo la responsabilidad, voy a ir preso y seguiremos construyendo el modelo.
Fue una derrota que Chávez convirtió en una victoria estratégica. Pudo haberse inmolado, llamando a Francisco Arias Cárdenas o a otros que todavía tenían control de algunas posiciones, aunque evidentemente iban a ser barridos. En cambio, optó por la paz.
El segundo momento es 1994. Chávez sale de la cárcel tras dos años de reflexión y dice que se va a las catacumbas del pueblo a construir un movimiento político, que nunca más la vía violenta para llegar al poder. Entre 1992 y 1994 cierra históricamente la vía de la lucha armada y la presenta al pueblo como tal. Ese movimiento llega al poder en 1998.
El tercer momento es el 11 de abril de 2002. Esta historia la contaron varias veces Chávez, Aristóbulo Istúriz y José Vicente Rangel. Había quienes le decían que se quedara a morir como Allende, pero Chávez recibe una llamada de Fidel Castro, quien le dice: tú no puedes morir hoy, porque a ti no te eligieron para morir ni para inmolarte, te eligieron para construir una revolución; negocia, busca, vive.
Chávez dice que esa llamada lo iluminó, porque él estaba dispuesto a morir ese día. Termina entregándose a los golpistas. ¿Fue derrotado? La historia dice que no, porque el pueblo lo devolvió al poder cuarenta y ocho horas después. Escogió la paz por tercera vez: puesto en la disyuntiva de vivir o morir, escogió vivir, pero para seguir construyendo el proyecto, no para pasar a la historia como mártir.
El último momento es la despedida de Chávez al país, cuando habla de seguir construyendo la patria —no en guerra, con devastación, sino con política, con organización, con ideología, con movilización popular—. En el génesis de la Revolución Bolivariana, que nació ciertamente como un hecho violento frente al país, el objetivo final siempre fue la paz.
Como decía Bolívar, la paz debía ser su puerto, aunque él, lamentablemente, no pudo llegar a ella. Chávez sí nos dejó una patria que defender, y esa es la diferencia histórica entre la caída del proyecto de la República Bolivariana de Bolívar y las derrotas tácticas que una revolución puede tener en un momento de su historia: no perder el proyecto, no perder el rumbo, no perder el horizonte.
Lo que estuvo en juego el 3 de enero fue precisamente eso: la paz y la vida del pueblo de Venezuela, porque ya no era una simple amenaza sino un hecho cumplido. La capacidad de destrucción del imperialismo norteamericano obligó a nuestro liderazgo a repensar la estrategia, y eso se hizo. Quieren presentarlo como traición, como que doblamos la cerviz o nos arrodillamos ante el imperio.
Esa dialéctica lamentable —y en esto tiene razón Alexis cuando dice que deberíamos empezar a llamar a las redes de otra manera, porque no son sociales sino asociales, antisociales, el espacio de la antipolítica, de la mentira y del engaño, como se está demostrando hoy que una sola empresa, en toda América Latina, decidía en la práctica quién ganaba las elecciones— es la que enfrentamos.
El inicio del bloqueo y el balance de doce años de agresión
Tras la muerte del comandante Chávez se inicia este proceso de agresión, porque el imperialismo, con su visión siempre autocomplaciente y distorsionada de nuestros pueblos, calculó que, muerto Chávez, el proceso caería por su propio peso. Como no ocurrió por sí solo, decidieron acelerarlo iniciando el bloqueo.
El balance de estos años es de 1.089 medidas coercitivas y sanciones contra Venezuela en casi doce años: bloqueo financiero, bloqueo petrolero, robo de nuestro dinero en el sistema financiero internacional, exclusión de Venezuela de ese sistema, ataques políticos como el llamado interinato.
Toda la estrategia de desestabilización y aniquilación de la Revolución Bolivariana en la política y en la economía venezolana respondió a este plan. ¿Y cuál es el balance? El pueblo venezolano está aquí, de pie. La Revolución Bolivariana está aquí, de pie.
Nos han robado aviones, nos han robado barcos. Sanciones al presidente, a su familia, a todos los poderes públicos: lo que se busca sancionando a un presidente es disminuir la presencia del Estado que representa, construyendo la narrativa de un Estado paria, de un Estado fallido, un Estado que —según esa narrativa— nadie reconoce, que tendría «dos presidentes».
La política y la economía no pueden analizarse por separado, porque la economía fue la vía para la desestabilización política y para la destrucción del proceso bolivariano. A esto se suman los ataques a los migrantes y la inducción de la migración venezolana, que respondió a una situación económica, no política.
En agosto de 2025 se inicia lo que ellos mismos llamaron la «fase final»: se dispuso un operativo militar como nunca antes se había visto. La única referencia histórica comparable al dispositivo desplegado por Estados Unidos en el Caribe a partir de esa fecha es la invasión a República Dominicana de 1965, con sesenta y cinco mil marines, para derrocar a Juan Bosch.
Ni siquiera en la invasión a Panamá, en 1989, se había desplegado un dispositivo militar tan amplio, con miles de marines, cientos de aeronaves y, esta vez, apoyado en tecnologías avanzadas y en inteligencia artificial que les permitió tomar prácticamente el control tecnológico del espacio aéreo venezolano, con un mapeo detallado y con la prueba de tecnologías y armamentos que no se conocían hasta entonces —algo que ni siquiera han reconocido algunos países aliados que han analizado la invasión—.
El carácter asimétrico de la agresión es evidente: no se trataba de resistir a un imperio, a una potencia nuclear, bajo las formas para las que nos habíamos preparado —una resistencia terrestre—, sino de enfrentar algo completamente distinto.
De esas 1.089 medidas, 1.040 siguen activas hoy. Sobre las licencias hay que ser claros: no eliminan las sanciones. La coerción económica sobre Venezuela continúa; lo que ocurre es que ahora se administra a través de lo que llaman permisos o waivers. Es decir, el bloqueo continúa, pero se va negociando quién puede entrar, quién puede producir, quién puede comerciar.
Las licencias otorgadas en 2026 tienen una magnitud e importancia relevantes, porque han permitido levantar parcialmente algunos aspectos del bloqueo, pero no constituyen su levantamiento. Por eso la presidenta encargada, incluso antes del doble terremoto, encabezó durante cuatro o cinco meses la llamada Peregrinación Nacional, desde el 19 de abril, por un país en paz y libre de sanciones.
No nos hemos rendido ni hemos aceptado las licencias como mecanismo definitivo, aunque evidentemente, en esta negociación compleja, vamos a utilizar todas las ventanas posibles para mejorar la economía del país, el ingreso de los trabajadores y trabajadoras, y para devolver al pueblo el sistema de protección que le fue arrebatado por las medidas coercitivas en salud y en educación pública.
Después de más de una década de bloqueo, Venezuela no cerró una sola universidad pública ni una escuela pública, y no privatizó los servicios de vivienda ni el servicio eléctrico. Vamos a defender los valores centrales de nuestro proyecto, ligados a los derechos sociales y a los derechos de los trabajadores y trabajadoras.
Sobre la desinformación y el debate interno
Sobre estas afirmaciones no hay pruebas más allá de campañas en redes sociales que repiten lo que dice Donald Trump como si fuera una verdad incuestionable, salvo, curiosamente, cuando habla de Venezuela. Nadie cree lo que dice sobre el estrecho de Ormuz, ni sobre Ucrania, ni sobre Cuba —donde reconocen que hay una agresión militar—, pero hay quienes sí creen lo que dice sobre Venezuela.
Hay que preguntarse en qué mundo estamos viviendo, cómo nos relacionamos con la información y por qué permitimos que dominen estas narrativas. No se trata de satanizar a nadie: hay gente que quiere creer eso, gente que es engañada de buena fe, gente manipulada y dominada por los algoritmos, y gente que quiere creerlo porque le da la razón y hace política con ello —una suerte de autosatisfacción que no es un factor menor.
Vale la pena recordar una frase del periodista José Roberto Duque, en una discusión de hace algunos años que hoy resulta igualmente pertinente: lo que se dijo de Nicolás Maduro en su momento —que traicionó, que se entregó al imperialismo, que es «monetarista», «antiobrero»— se está diciendo hoy de la presidenta Delcy Rodríguez, pero peor. Quiero ser claro en que no busco agredir personalmente a ningún compañero: tengo mucho respeto por todos, y ese respeto no me impide rebatir lo que dicen, porque el tema no es de personas, sino de proyecto.
Además, creo que los revolucionarios estamos obligados a debatir con intensidad y con pasión, pero con argumentos. Como decía José Roberto Duque refiriéndose a estos compañeros: algunos, en el fondo, quisieran que la Revolución Bolivariana fracasara, para después ir por el mundo dando conferencias y escribiendo libros sobre por qué fracasó.
Pero el pueblo venezolano, como dijo Chávez, vino a triunfar; no vinimos a escribir libros sobre por qué fracasó la revolución, sino para que nuestros hijos y nietos escriban cómo triunfó. No quiero personalizar este debate, porque tengo respeto y afecto por muchas personas que hoy hacen críticas que considero, a mi juicio, inmerecidas e injustas, y que revelan una lectura pobre y precaria de este momento histórico, muy atada a la repetición de narrativas de redes y plataformas, sin presentar hechos. Habrá también quien resiente haber perdido privilegios, pero esa es otra historia.
El impacto económico del bloqueo
Un gráfico que abarca las últimas cuatro administraciones de Estados Unidos demuestra que esta es una política de Estado que no depende de un presidente en particular, aunque Donald Trump muestra una pasión particular por imponer sanciones a Venezuela: solo el año pasado impuso sesenta y una medidas coercitivas adicionales.
Estas medidas afectan a todos los sectores del país —el comercio, las finanzas, el petróleo, el ingreso de divisas, el transporte— y, por primera vez en más de una década, incluso sectores de la empresa privada reconocen abiertamente que las sanciones existen. La salud, la educación, el comercio y las vacunas también se vieron afectados: entre 2016 y 2019 Venezuela no pudo traer vacunas al país, lo que trajo como consecuencia el aumento del sarampión, la difteria y la malaria.
Las sanciones, al principio, nos afectaron y nos sorprendieron; no las entendíamos bien. Recuerdo que trabajaba con quien hoy es la presidenta encargada cuando era canciller, en 2017, cuando comenzaron las medidas contra PDVSA, y ella me pidió que empezáramos a montar una base de datos diaria, porque cada día se dictaba algo nuevo contra Venezuela.
No había entonces literatura ni investigaciones sobre el tema; hoy, afortunadamente, sí las hay, y contamos con un Observatorio Antibloqueo para llevar el pulso de ese proceso. Pero es cierto que, en los primeros momentos, no entendíamos bien lo que ocurría, hasta que el presidente Maduro conceptualizó la situación y comenzó a generar políticas para enfrentarla.
El bloqueo petrolero tuvo un impacto contundente: la producción cayó de 2.300.000 barriles diarios en 2015 a un mínimo de 498.000 barriles en junio de 2020, en plena pandemia. Esto significó una pérdida de 232.000 millones de dólares en siete años. Vale la pena preguntarse qué le pasaría a la economía de cualquier país si perdiera esa cifra en ese lapso de tiempo por causa del bloqueo.
Esa misma caída de la producción y de los ingresos de PDVSA generó una crisis de ingresos públicos. El gráfico que el propio presidente Maduro presentó al país en octubre de 2020 —el día en que lanzó a la Constituyente la propuesta de la Ley Antibloqueo— mostró, con mucha valentía, cómo el ingreso público, que promediaba 39.000 o 40.000 millones de dólares anuales, cayó a menos de mil millones.
Es como si alguien que gana cuarenta bolívares al mes, al mes siguiente ganara solo uno: una relación de cuarenta a uno. De ahí se derivó todo lo que conocimos: desabastecimiento, hiperinflación, migración, cierre de empresas, fuga de capitales. Era una agresión multiforme centrada en la devastación de la economía.
En cuanto al Producto Interno Bruto: en los últimos años de gobierno del comandante Chávez la economía venezolana creció 4,4% y 0,08% respectivamente; inmediatamente después de su fallecimiento, la economía comienza a caer, y esa caída se agudiza porque forma parte del plan para destruir la Revolución Bolivariana.
En 2020 el PIB decreció un 33% en un solo año, lo que significó menos servicios, menos productos, menos transacciones y menos salarios. Esa es la raíz real de la crisis venezolana, aunque los medios internacionales la presentaron como prueba de que «el socialismo había fracasado» y de que Maduro «no sabía gobernar».
Lo que esos gráficos no muestran es que detrás había más de mil medidas coercitivas: bloqueo petrolero, financiero y al comercio exterior. La economía venezolana comenzó a recuperarse a finales de 2021, y hacia finales de este año acumulamos veintiún trimestres consecutivos de crecimiento gracias al programa económico del presidente Maduro. Aun así, la economía en su conjunto perdió 642.000 millones de dólares en los primeros siete años de bloqueo: son datos reales, no inventados.
Para dimensionarlo de otra manera: si tomamos el tamaño de la economía venezolana en 2012 como base (100%), esa economía se redujo a una cuarta parte durante los años de bloqueo, y hoy, aun en recuperación, apenas alcanza el 36% del tamaño que tenía en 2012. Ese es el tamaño de lo que falta por recuperar.
En materia de activos, la última cifra oficial —de 2022— hablaba de 22.000 millones de dólares bloqueados en 29 bancos internacionales, incluyendo oro y recursos del Fondo Monetario Internacional que se han venido recuperando a cuentagotas.
En su año más agresivo, Trump impuso 61 medidas adicionales, incluyendo dos rondas de aranceles contra Venezuela, e incautó más activos venezolanos —incluidos aviones— que en cualquier año anterior, hasta desembocar en la operación militar de enero. Para justificar esa agresión ante la opinión pública y el sistema judicial de Estados Unidos, se construyó la narrativa de presentar a Nicolás Maduro como jefe de un cartel de drogas.
Esa acusación ya no existe formalmente en el juicio al presidente: fue retirada, y hoy se le juzga, según el propio documento oficial estadounidense, por presunta promoción de la corrupción, no por narcotráfico. El caso de Cilia Flores es todavía más ilustrativo desde el punto de vista jurídico: no tenía ninguna imputación abierta antes del 3 de enero, y al trasladarla —primero a Guantánamo, luego a Nueva York— hubo que inventarle cargos sobre la marcha. Es un juicio que, si queda siquiera un 1% de justicia en los tribunales estadounidenses, el presidente va a ganar, y la verdad quedará demostrada.
En cuanto a las medidas específicas de la OFAC: sesenta aviones sancionados, el 89% de ellos pertenecientes a Conviasa —que durante años no pudo comprar ni un software ni una pieza de repuesto, con el riesgo que ello implica para una aerolínea y para sus pasajeros—, junto con embarcaciones sancionadas y 217 personas sancionadas, entre las cuales me encuentro, un hecho que el propio presidente Maduro reconoció con una condecoración, porque sancionar a alguien es también la prueba de que está haciendo bien su trabajo.
La resistencia y los logros de la Revolución Bolivariana
A partir de 2018, el presidente Maduro diseñó un programa económico que presentó al país en cadena nacional, reconociendo que la situación era grave y que se vivirían años difíciles.
El programa incluyó medidas monetarias, cambiarias, comerciales y financieras; alianzas internacionales para sortear el bloqueo; el relanzamiento de los motores productivos y una nueva política industrial; y, con los pocos recursos disponibles, la decisión de proteger a los más vulnerables —»los pobres de los pobres», como decía Amartya Sen—, de donde nace el sistema de misiones y, más adelante, el sistema Patria, que algunos diputados de oposición hoy proponen eliminar en la Asamblea.
También se diseñó la estrategia de digitalización del bolívar, que tuvo tropiezos —nadie lo niega— tras la retirada del efectivo del país, y que empieza a resolverse en 2022. El presidente fue claro en que no debían esperarse resultados de corto plazo: primero la recuperación y la estabilización, y después el crecimiento y, finalmente, la prosperidad. Un componente central fue el diálogo con el sector empresarial, una medida compleja pero necesaria para atraer inversión nacional en un momento en que el Estado se había quedado sin recursos.
El resultado es lo que el presidente llama «la recuperación con músculo propio»: una economía en recuperación ya antes del 3 de enero. Subrayo esto porque es importante tener claro que Venezuela venía recuperándose antes de la agresión militar, y que esta última puede leerse como un catalizador: el imperialismo aceleró la agresión precisamente porque el país venía creciendo con recursos propios.
Algunas cifras de 2025 ilustran esa recuperación: la producción de productos vegetales del campo creció 21%; la reserva de alimentos alcanzó 120 días; la producción animal y de carne creció 6%. Todo esto en medio del bloqueo y todavía antes de la agresión militar: la Revolución Bolivariana estaba herida, pero no derrotada; estaba en fase de recuperación, y por eso, precisamente, se aceleró la agresión.
Sobre la seguridad alimentaria —los días de alimentos que tenemos en reserva estratégica, no lo que está en los anaqueles—: cuando llega Chávez al poder, Venezuela tenía apenas tres días de reserva de alimentos. Chávez la llevó a un histórico de 66 días. En 2017, con el bloqueo, volvió a caer a tres días, y hoy se ubica en 120 días, cuatro meses.
Ese es el esfuerzo y la resistencia de campesinos y campesinas, de las comunas agrícolas, de los pequeños, medianos y grandes productores: un esfuerzo nacional, porque si la gente no come, no hay revolución posible. Esto está estudiado en la teoría política, en la experiencia de la Revolución rusa y en los escritos de Gramsci: cubrir las necesidades materiales es condición para garantizar el proceso de pensamiento, de crítica y de participación.
Una de las estrategias del imperialismo hoy, como se ve en países como Argentina, es precisamente devastar los derechos sociales para que la gente no tenga tiempo de organizarse porque debe concentrarse en resolver la comida del día: es la forma más eficaz de despolitizar a la clase obrera.
Hoy estamos prácticamente en un 98-99% de abastecimiento. El problema que persiste es la inflación: hay alimentos, pero los ingresos de las familias trabajadoras no siempre alcanzan. Salimos de la hiperinflación, pero seguimos con una inflación alta que hay que reconocer y enfrentar —reconocer un problema no es rendirse ante él—.
Es un fenómeno multifactorial: factores internos, productivos, tecnológicos y geopolíticos, sumados a problemas de cultura empresarial. Tenemos un empresariado mayoritariamente prebendario y rentista, aunque el propio bloqueo ha empujado a que surjan empresarios que compiten, exportan y se modernizan. Cuando el presidente Maduro llamó al empresariado a sentarse en mesas de diálogo —el Consejo de Economía Productiva—, también se le acusó de traicionar a Chávez, del mismo modo que hoy se acusa a la presidenta Delcy Rodríguez de traicionar a Maduro: hay, en realidad, plena continuidad en esa visión estratégica.
En materia nutricional, en 2025 se rompió el déficit nutricional, llevándolo por debajo de los niveles que dejó Chávez, quien lo situó en 2,7% —es decir, el porcentaje de población que no consume las calorías suficientes al día—, tras haber llegado a 35% durante el bloqueo.
El año pasado la cifra volvió a 3%, muy cerca del nivel dejado por Chávez, razón por la cual la FAO reconoció que él hizo, en una década, más por eliminar el hambre en el mundo que cualquier otro mandatario en ese período.
No solo no hemos renunciado a nuestro modelo, sino que lo hemos profundizado en medio del bloqueo. Un ejemplo es el proyecto de consultas populares —la próxima está prevista para el 18 de octubre—, mediante el cual la gente elige y vota sus proyectos comunitarios y el gobierno entrega los recursos y el apoyo para su realización: una profundización del poder popular en el territorio, mediante un método democrático, que nada tiene que ver con imperialismo, protectorado o neoliberalismo.
También derrotamos la llamada guerra del combustible: por primera vez en doce años, producimos toda la gasolina que necesita la economía nacional, después de una década buscando diluyentes en distintos países para producir apenas un poco de gasolina.
Eso se acabó gracias al programa económico y a la gestión de la presidenta encargada. Y, además, tenemos un programa de migración reversa, financiado con recursos propios, para que regresen quienes quieran hacerlo —ya son más de 2.000 solo desde Estados Unidos—, negociado para que no lleguen esposados y encadenados como ocurrió en otros países, porque el migrante tiene derecho a migrar y ningún país puede permitir que se le humille de esa forma.
Además de las acciones económicas, políticas y sociales, y del refuerzo de las misiones, hay que destacar la solidaridad expresada durante esta última década entre comunas que intercambian productos entre sí. El pueblo resistiendo, reinventándose y produciendo, sin que ello signifique negar que existan errores y fallas: ninguna revolución es un jardín de rosas.
Tenemos, además, doce investigaciones publicadas de manera gratuita en nuestra página web bajo el título Resistencia Comunal al Bloqueo Imperialista, que documentan, a través de más de veinte comunas, cómo el pueblo enfrentó el bloqueo sin filtro, incluyendo las críticas que corresponden cuando un alcalde no cumplió lo prometido: eso también tiene que ser parte de una revolución.
En el plano jurídico, frente a una agresión antijurídica hemos respondido con leyes: la Ley de Zonas Económicas Especiales, la Ley Antibloqueo, la Ley de Extinción de Dominio, la Ley de Protección de Activos en el Extranjero, y la Ley Libertador Simón Bolívar —que aborda los derechos políticos de quienes piden sanciones contra el país—.
Si algo debemos sacar como balance político de estos años difíciles es que este país llegue al punto en que nunca más se use la economía como arma de agresión política contra un pueblo, como ocurrió y como impulsó la oposición venezolana. A esto se suma una amplia agenda legislativa, incluida la reforma orgánica de hidrocarburos, también satanizada en medios y redes sociales.
El 3 de enero y la nueva etapa
Sobre el 3 de enero ya expresé mi opinión: es un hecho que nos obliga a repensar nuestras estrategias militares de defensa de la soberanía, pero también un punto de inflexión histórica que nos obliga a pensar, a discutir, a debatir y a recomponernos mientras transitamos hacia relaciones de paz, de diplomacia y de negociación, y no hacia una agresión permanente.
A esta nueva etapa la he llamado la estrategia del judo, porque en ese deporte la clave no está en usar la fuerza propia para derrotar al adversario, sino en usar la fuerza del adversario a favor de uno mismo.
Es una estrategia con una connotación filosófica importante, y esta idea aplica a un país que busca utilizar la propia dinámica de la agresión para ir transitando hacia un camino de paz: un país con plenos derechos, libre de sanciones, que recupere plenamente su sistema de bienestar social y de derecho —salarios, ingresos, prestaciones—, que viva en paz y convivencia, y que avance hacia un proceso de normalización política.
No hay que temerle a eso. Si la normalización política ayuda a superar esta etapa histórica, no se trata de «borrón y cuenta nueva», sino de transitar hacia una etapa de bienestar y de paz, en la que la lucha política se defina en la arena política: en elecciones, sindicatos, gremios, gobierno, alcaldías y gobernaciones.
Si la oposición golpista y extremista renuncia definitivamente al expediente de la conspiración y de la agresión, que sea el pueblo quien decida. Chávez ya lo dijo: el camino ha de ser el camino pacífico.
Quiero ser claro en los objetivos: rescatar al presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores está en juego en la negociación, y es un punto fundamental de la misma, aunque algunos quieran presentar como si el tema hubiera dejado de existir.
El propio presidente ha enviado mensajes a través de su hijo, el diputado Nicolás Ernesto Maduro Guerra: «nosotros estamos dando nuestra batalla aquí, den ustedes su batalla allá». Es una conciencia que los sectores revolucionarios, populares, laborales y gremiales, la clase obrera, deben tener frente a un momento extremadamente complejo y difícil, en el que no todo puede explicarse con un tuit, y en el que algunos usan la falta de explicación como propaganda.
Estamos, sin embargo, en nuestro plan, en nuestra estrategia, en nuestro camino.
La gestión frente al doble terremoto
Un resumen de lo actuado por la presidencia encargada en los últimos meses, especialmente tras el doble terremoto, ilustra esta gestión. Casi 20.000 pacientes han sido atendidos por el sistema de salud; más de 25.000 venezolanos han sido alojados en refugios temporales dignos; se ha despejado ya el 25% de los dos millones de toneladas de escombros generados por el sismo. Se han alcanzado acuerdos internacionales, incluida la reinserción con el Fondo Monetario Internacional para obtener recursos que se están entregando por cuotas —lo ideal sería que se entregaran de una sola vez, pero así funciona una negociación—, y esos fondos ya han comenzado a llegar.
Existe también un programa de convivencia y paz, con decisiones que pueden ser difíciles de aceptar para algunos, porque es cierto que ha salido en libertad gente que quizás no lo merecería, pero eso también forma parte de una negociación, de un diálogo, de un camino.
Se ha reforzado la eficiencia del Estado, incluido el sistema eléctrico, que ya arrastraba un déficit y que perdió 900 megavatios adicionales por el doble terremoto, con afectación a toda la generación termoeléctrica del centro del país —Planta Centro, Tacoa, Termocarabobo—; ya se están firmando los acuerdos para su recuperación, con empresas estadounidenses y europeas que están regresando porque, en definitiva, se les está pagando lo que se les debía después de una década de bloqueo.
En el mercado cambiario, analistas privados calculan que el Banco Central ha vendido entre 7.000 y 9.000 millones de dólares en los últimos seis meses; esos recursos —junto con los famosos 13.000 millones que supuestamente «se robaron» y que en realidad están invertidos en la reconstrucción, en el mejoramiento del país y en el plan de atención al «supernińo»— provienen también del crecimiento de la economía interna, que registró superávit en recaudación tributaria en el primer semestre del año.
Publicamos semanalmente infografías sobre la economía y el proceso venezolano en la página del Observatorio Venezolano Antibloqueo: los datos derrotan al relato, sobre todo cuando el relato es falso —porque si el relato fuera verdadero, habría que discutirlo con seriedad, no simplemente denunciarlo—.
Hacemos también seguimiento a sesenta medios y fuentes semanalmente: en un análisis de 980 informaciones económicas de este año, por primera vez en mucho tiempo predomina la percepción positiva, en agudo contraste con la percepción negativa que predomina en redes sociales.
Existe un desfase entre ese mundo artificial construido por los algoritmos y lo que reflejan los medios, que recoge en mayor medida la opinión de la gente, de los expertos, de los empresarios y también de los trabajadores y trabajadoras.
El tema petrolero
Sobre PDVSA, a pesar de las licencias, sigue siendo un actor sujeto a numerosas medidas restrictivas. El presidente Maduro planteó desde 2018 un nuevo modelo productivo —exportador, sustentable, ecológicamente responsable, no extractivista—, con desafíos en lo laboral, en lo productivo y en las exportaciones, aunque es evidente que Venezuela sigue dependiendo del petróleo. Recuperar la producción petrolera y atraer inversión es, por tanto, fundamental.
A quienes dicen que estamos regalando el petróleo a Estados Unidos, un gráfico de las ventas petroleras a ese país desde 2014 —y desde mucho antes, con Chávez— muestra que Venezuela nunca, en más de cien años, se negó a venderle petróleo a Estados Unidos.
Esas ventas caen a cero con el bloqueo de 2019, tras el inicio de las sanciones en 2017 y bajo la política de «máxima presión» que buscaba derrocar a Maduro. Hoy la producción está en recuperación, con altibajos, porque seguíamos sancionados y, hasta el 3 de enero, amenazados militarmente. Actualmente producimos alrededor de 1.200.000 barriles diarios, frente a los 3,5 millones que llegamos a producir; para volver a los 2 millones se necesitan unos 50.000 millones de dólares de inversión.
Cuando se habla de soberanía petrolera hay que entender que lo que estamos haciendo es un giro táctico —no constitucional, no contrario a la Constitución— para aprovechar las condiciones de mercado y las condiciones políticas y económicas, con el fin de recuperar rápidamente la producción y hacer que lo que está bajo tierra sirva a quienes están sobre ella.
Decimos que somos el país más rico del mundo porque tenemos 300.000 millones de barriles bajo tierra, pero esa riqueza no beneficia a nadie si permanece enterrada: beneficia cuando se convierte en escuela, en salud, en salarios, en oportunidades, en becas.
Para acelerar ese aprovechamiento se reformó la Ley Antibloqueo y, después, la Ley Orgánica de Hidrocarburos, con los llamados contratos de participación productiva. En el mundo hay 199 países en la ONU y 120 de ellos producen petróleo —no cinco o seis, como suele creerse—; en nuestro continente son dieciocho.
Con 1.200.000 barriles diarios, Venezuela ya está recuperando su espacio, aunque, de recuperar los 3 millones de capacidad instalada, nos correspondería estar entre los primeros cuatro productores del continente.
En uno o dos años comenzaremos, además, a exportar gas por primera vez, después de cien años de derrochar el recurso en los mecheros que tantas veces han sido retratados en poemas y canciones.
Convertirnos también en una potencia gasífera es parte de este proceso, en el que la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos busca permitir la inversión necesaria para superar el techo que había alcanzado la producción tras la licencia Chevron.
Las licencias que benefician al país son las petroleras, las mineras y las comerciales: abren una ventana, no eliminan el bloqueo, pero Venezuela la está aprovechando para reinsertarse en el sistema financiero internacional y avanzar en la refinanciación de la deuda externa.
Un gobierno es responsable de la economía y de que el bienestar llegue a la mayoría, y para eso necesita una economía productiva: no podemos aspirar a vivir únicamente de la renta petrolera. Tenemos que aprovechar el talento venezolano —hoy tantos jóvenes venezolanos ganan premios en olimpiadas de matemáticas y de robótica— para exportar servicios, software y otros productos que generen empleo y agreguen valor nacional.
Recientemente Venezuela ganó los tres primeros lugares —oro, plata y bronce— en una competencia internacional de chocolate, gracias a que contamos con el mejor cacao del mundo: durante doscientos años le vendimos ese cacao a otros países para que nos revendieran el chocolate terminado a un precio mucho mayor; hoy empezamos a revertir esa lógica.
Esta transformación requiere superar la mentalidad rentista y prebendaria instalada tanto en el Estado como en el sector privado, avanzando hacia un país más competitivo y productivo que genere divisas distintas al petróleo, estabilice precios y recupere plenamente el estado de bienestar que dejó el comandante Hugo Chávez.
Es una tarea de todos y de todas. Existen, en ese sentido, tres fondos soberanos con el concepto original de Chávez: el Fondo para los Trabajadores —con el cual se mejoraron los beneficios entregados el Primero de Mayo—, el Fondo para los Servicios Públicos y, ahora, el Fondo de la Reconstrucción, todos orientados a financiar el desarrollo social y económico y los ingresos de los trabajadores.
Sobre el hecho de que parte de estos recursos provenga de cuentas en el exterior —en Qatar, en el Reino Unido—, lo importante es que lleguen a quienes los necesitan: para la escuela, para la comida, para lo esencial. Nuestro objetivo es, por supuesto, que no existan sanciones ni mecanismos de coerción ni de administración externa de los recursos venezolanos, ni supervisión alguna: en eso coincidimos con quienes hacen crítica desde una posición constructiva.
El camino no puede ser quejarse en redes sociales mientras se añora el poder perdido: el camino es trabajar, con producción y con esfuerzo nacional, para lograrlo.
Cierre: Existir para construir
Comencé esta intervención con Bolívar y quiero cerrarla también con él, con una carta que confieso no había leído completa hasta que la preparé para esta conferencia, en enero de este año.
En esa carta, dirigida a Francisco de Paula Santander —entonces presidente de la Gran Colombia, mientras Bolívar se encontraba en la campaña del sur, en Quito—, Bolívar responde a las quejas y temores de Santander sobre las conspiraciones y sobre la potencia peligrosa que crecía en el norte, y le dice algo extraordinario:
que a pesar de todos los defectos y dificultades, lo importante es existir, porque al fin lo que importa para una patria es mejor ser que no ser, es mejor existir que no existir.
El 3 de enero, la Revolución Bolivariana recibió la agresión más brutal, cruel y canalla de su historia, y decidimos ser, decidimos existir, porque solo existiendo se puede seguir construyendo una revolución que está todavía en proceso de construcción, porque una revolución no se regala ni se compra.
¿Habría sido heroico inmolarse? ¿Cuánto habría costado esa inmolación, en términos de vidas, de la Fuerza Armada, de la milicia? Doscientas aeronaves estadounidenses participaron el 3 de enero contra Venezuela, en una superioridad militar totalmente asimétrica. ¿Valía la pena un muerto más, un sacrificio más de un venezolano?
Era, en cambio, un punto de inflexión histórica desde el cual replantear la estrategia dentro del proyecto. Como le dijo Bolívar a Santander: existamos, tengamos patria —esa patria que Chávez nos dejó en 2012— y defendámosla, porque es lo que está en juego hoy en Venezuela.
Quiero cerrar con un reconocimiento a quienes, sin buscarlo, la historia puso en el lugar que hoy ocupan, y a quienes Chávez dio esa responsabilidad: la han asumido con honor y con valor, seguramente también con errores, pero nunca pudieron haber traicionado a este pueblo, y no lo traicionaron.
Uno de ellos paga hoy, con su sacrificio, en una cárcel de Estados Unidos, el precio de haber defendido a este pueblo, y seguiremos luchando por su libertad, porque la merece, porque es inocente, porque su único pecado fue defender a Venezuela.
Y también acompañamos a la mujer que hoy asumió esa responsabilidad y que ha sido igualmente atacada por narrativas cínicas y sin ninguna evidencia. Hay una fotografía que me parece especialmente hermosa: la del día en que la presidenta encargada recibió el bastón de mando de los libertadores, símbolo de la unidad y del poder nacional.
Ese 4 y 5 de enero, todas nuestras instituciones —con sus errores y dificultades— se alinearon para sostener la institucionalidad. Si hoy existe mesa de diálogo, si hay reforma del Poder Judicial, si hay paz política, es porque el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial se unieron en torno a un objetivo: defender al Estado, porque el Estado nos trasciende a quienes ocupamos temporalmente un cargo público. Vamos a seguir defendiendo este camino, con las correcciones que haya que hacer.
Termino con una cita que no es del comandante Chávez, pero que él mismo empleó en el discurso con que instaló la Asamblea Nacional Constituyente, tomada de La Tempestad de William Shakespeare. En ese momento, la Constituyente había sido satanizada con toda clase de acusaciones —que traería el comunismo, que le quitarían a la gente la patria potestad de sus hijos, que ocuparían los cuartos vacíos de las casas—.
Chávez se burlaba de esas afirmaciones, pero reflexionaba políticamente sobre el temor de que la Constituyente dividiera al país. No está tan lejos esa reflexión de lo que vivimos hoy —los discursos de aquel momento pueden encontrarse en el archivo de la Fundación Hugo Chávez, y vale la pena volver a leerlos—. Chávez decía entonces: viene la tormenta, sí, pero la Constituyente es el instrumento que nos permite superarla; como dicen los marineros, no se necesita mar calmo para navegar una tormenta.
Hoy también estamos en una tormenta: el 3 de enero abrió una, y estos veintiséis años han sido, en más de un sentido, tormentosos.
Pero hoy la unidad de los trabajadores y trabajadoras, del pueblo, de los campesinos y campesinas, de los obreros y obreras, de los estudiantes —hoy la unidad nacional, hoy la conciencia nacional— es lo que nos permite navegar esa tormenta, superarla y seguir construyendo el modelo que Chávez soñó, que entregó al país y que el país aceptó, en democracia, para que llegue la libertad y la democracia plena para todos, ejercida con responsabilidad y con sentido patrio.
Esa conciencia es la que hoy pido que sigamos impulsando en cada espacio de la clase obrera, en cada espacio productivo, en cada espacio de trabajo, porque es la conciencia de Chávez y la conciencia de Bolívar, y es lo que nos permitirá decir, dentro de unos años, que seguimos venciendo.
Gracias.
Transcripción realizada por Observatorio de Trabajador@s en Lucha
