ANKARA, EN EL CORAZÓN DE LA ALIANZA. Lorenzo Maria Pacini.

Lorenzo Maria Pacini.

Foto: En esta fotografía facilitada por la Presidencia turca, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, a la derecha, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, caminan durante su reunión previa a la Cumbre de la OTAN, celebrada en Ankara el lunes 6 de julio de 2026. (Presidencia turca vía AP) (REUTERS)

17 de Júlio 2026.

Turquía, atrapada entre dos sistemas, desplaza el centro de gravedad de sus decisiones estratégicas.


Turquía recupera su posición

Los días 7 y 8 de julio de 2026, Ankara acogió la 36 cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN, la primera cumbre de la Alianza celebrada en Turquía desde la cumbre de Estambul de 2004. Veintidós años separan ambos acontecimientos y, durante este intervalo, la posición de Turquía dentro de la Alianza ha cambiado significativamente.

En 2004, Ankara recibió a sus aliados como guardiana del flanco sureste; en 2026, los recibió como potencia militar, mediadora diplomática y centro de gravedad geopolítico autónomo. Este cambio es el verdadero eje central del análisis que sigue.

La narrativa oficial, promovida por la presidencia turca y un sector de la prensa progubernamental, presenta la cumbre como una consagración: Turquía se encuentra ahora, supuestamente, «en el centro» de la nueva arquitectura de seguridad.

La narrativa crítica, respaldada por antiguos embajadores y oficiales militares retirados, advierte, sin embargo, que tras los elogios se esconde un intento de reincorporar a Ankara al sistema de defensa estadounidense. Lo que realmente está en juego en la cumbre se sitúa entre estas dos narrativas, y lo mejor es mantener ambas bajo observación en lugar de decantarse por una desde el principio.

La Declaración de Ankara reafirmó el compromiso «inquebrantable» con la defensa colectiva en virtud del artículo 5 y un enfoque integral de la disuasión.

En el ámbito financiero, el texto señala un aumento del gasto en defensa por parte de los aliados europeos y Canadá que superará los 139 000 millones de dólares solo en 2025, en comparación con el compromiso adquirido en la Cumbre de La Haya de 2025 de alcanzar el 5 % del PIB para 2035.

En Ankara se anunciaron nuevas adquisiciones por valor de más de 50 000 millones de dólares, junto con más de 40 000 millones de dólares a lo largo de cinco años para capacidades contra drones en el marco del programa «Drone Edge» y una inversión de 27 000 millones de euros para modernizar la infraestructura de almacenamiento y distribución de combustible.

En cuanto a Ucrania, los aliados se han comprometido a aportar 70 000 millones de euros en equipamiento, asistencia y formación para 2026, con la promesa de mantener al menos un nivel equivalente en 2027.

El secretario general, Mark Rutte, resumió la trayectoria en una sola frase: «OTAN 3.0, una Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte», una Alianza menos dependiente de Estados Unidos, pero en la que este país sigue firmemente arraigado.

Detrás del eslogan se esconde la verdadera fuerza motriz política de la cumbre: Washington está pidiendo a los europeos que asuman la mayor parte de la carga de la defensa convencional en Europa, y Turquía se está posicionando como uno de los pocos miembros capaces de producir capacidades de defensa, y no solo de consumirlas.

¿Por qué Ankara y no Bruselas?

La elección de la sede no es meramente ceremonial. Acoger la cumbre permitió a la presidencia turca orquestar una apretada agenda bilateral: Erdoğan se reunió con Macron, Meloni, Merz, Starmer y el sirio al-Sharaa, así como con los presidentes de las instituciones europeas, Costa y von der Leyen.

Al margen de la cumbre, Ankara y Londres firmaron un acuerdo de asociación en materia de seguridad y defensa, presentado por el Gobierno turco como un paso hacia una mayor cooperación estratégica. El mero número de estas reuniones es en sí mismo un mensaje: Turquía ya no debate su papel; lo gestiona.

Su ventaja geográfica sigue siendo el punto de partida. Ankara controla los estrechos, cuenta con el segundo ejército más grande de la Alianza después del de EE. UU. y mantiene la mayor fuerza submarina del Mediterráneo y del mar Negro.

Pero la geografía por sí sola no explica la creciente influencia del país. Lo que lo convierte en un actor clave en el sistema es la combinación de su posición, sus capacidades militares y una industria de defensa que ha pasado de ser importadora a exportadora. Es esta transformación —del consumo a la producción— la que está alterando el valor estratégico de Ankara dentro de la OTAN.

El momento más seguido de la cumbre fue la reunión bilateral entre Erdoğan y Trump. El presidente de EE. UU. se mostró dispuesto a levantar las sanciones de la CAATSA y a permitir el posible regreso de Turquía al programa del F-35. Estas dos cuestiones están vinculadas a dos capacidades que son cruciales para Ankara: el sistema ruso de defensa aérea S-400 y el caza de quinta generación KAAN.

Hay que tener en cuenta la secuencia de los acontecimientos. En julio de 2019, Turquía adquirió los S-400 a Rusia; ese mismo mes, Washington expulsó a Turquía del programa Joint Strike Fighter, en el que había sido socio y por el que ya había abonado aproximadamente 1.700 millones de dólares con la esperanza de recibir unos 100 F-35, sin llegar a recibir ni un solo avión.

El 14 de diciembre de 2020 entraron en vigor las sanciones de la ley CAATSA. El resultado es una interacción a cuatro bandas en la que cada elemento influye en los demás: las sanciones, el sistema ruso, el caza estadounidense y el programa nacional turco.

El KAAN, desarrollado por Turkish Aerospace Industries, es el primer caza de quinta generación de fabricación nacional de Turquía, pero está propulsado por el motor F110 de fabricación estadounidense: su producción depende, por tanto, de las licencias de exportación aprobadas por el Congreso. Aquí radica la paradoja estratégica que destacan los analistas turcos. La soberanía industrial, pregonada como un logro, sigue siendo rehén de un componente extranjero. Quien controla el motor controla el ritmo de producción.

La vía legal para revocar la CAATSA, tal y como la esboza Fırat, es estrecha: el presidente de EE. UU. debe certificar ante el Congreso que se cumplen tanto las condiciones de la CAATSA como las cláusulas contra Turquía de la Ley de Autorización de Defensa Nacional para el año fiscal 2021.

En concreto, los S-400 ya no deben figurar en el inventario de Turquía, no puede haber sistemas similares en territorio turco y Ankara debe garantizar que no adquirirá sistemas similares de Rusia en el futuro.

Según fuentes estadounidenses, las propuestas de compromiso debatidas hasta ahora —almacenamiento, desactivación o estado de inactividad verificable— no se ajustan al marco jurídico vigente. La opción que ahora ocupa el centro de las negociaciones es la venta de los S-400 a un tercer país, probablemente del Golfo, con el obstáculo adicional de obtener el consentimiento ruso, tal y como exige el acuerdo de uso final.

Es en este punto donde las dos interpretaciones divergen marcadamente, y resulta útil registrarlas como hipótesis contrapuestas en lugar de fusionarlas en un único juicio.

La primera, procedente del Gobierno, interpreta la propuesta de Trump como «un nuevo comienzo». La derogación de la CAATSA por sí sola no resolvería la cuestión del F-35, pero eliminaría uno de los principales obstáculos políticos y jurídicos, aliviando la presión sobre la industria de defensa turca.

En este contexto, la cumbre confirma que Ankara ha vuelto a ser un socio de pleno derecho de Washington en el sector militar, aunque empezando por cuestiones menos delicadas que los aviones de combate de quinta generación.

La segunda interpretación que mencioné al principio —planteada por figuras como el exembajador Halil Akıncı, primer secretario general de la Organización de Estados Turcos, y los oficiales militares retirados Beyazıt Karataş e İhsan Sefa— da un giro radical a esta perspectiva.

Akıncı se muestra irónico respecto a los «regalos» anunciados por Trump y señala que, tras la etiqueta de «aliado leal», se esconde una exigencia de obediencia; la cooperación industrial, según su agudo análisis, supone una intención de hacerse con el control de la industria y los ingenieros turcos. Karataş centra la atención en el KAAN: el verdadero objetivo de la oferta del F-35 sería frenar la producción del caza nacional tras las primeras unidades —es decir, neutralizar la herramienta misma que Ankara está utilizando para intentar liberarse, «aunque solo sea un poco», de la dependencia tecnológica.

Sefa añade el argumento relativo a la defensa aérea: renunciar a los S-400 sería una trampa, ya que privaría a Turquía del sistema más eficaz contra misiles balísticos en un momento en que nueve bases militares rodean el país.

Estas críticas no son neutrales, pero plantean una pregunta que nadie puede eludir: ¿cuál es el precio real de la readmisión?

Si el regreso de Turquía al programa del F-35 y la revocación de las sanciones de la CAATSA estuvieran condicionados a renunciar a los S-400 y a suspender implícitamente el programa KAAN, Turquía obtendría acceso a un avión cuya tasa de disponibilidad operativa ha sido objeto de críticas bien documentadas, a cambio de renunciar a dos palancas de autonomía estratégica.

Los beneficios del acuerdo, en otras palabras, no son en absoluto un hecho y dependen de los detalles de las negociaciones, no del tono cordial de la cumbre.

Turquía, atrapada entre dos sistemas, desplaza el centro de gravedad de sus opciones estratégicas

La posición de Turquía debe analizarse en el contexto de un orden internacional en proceso de reestructuración. En Ankara, la OTAN reiteró que Irán no debe adquirir armas nucleares y pidió que se respete la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz, una señal de que la Alianza mira ahora hacia el sur y el este de su perímetro tradicional.

Está claro que Turquía está jugando una partida en varios frentes, ya que sigue siendo miembro de la OTAN, mantiene canales de comunicación con Moscú en relación con la cuestión de Ucrania y el propio acuerdo sobre los S-400, y está forjándose un perfil de potencia regional desde Libia hasta el Cáucaso.

Ahí es precisamente donde radica la fricción. La ambición de Turquía por la autonomía estratégica entra en conflicto con la lógica de integración propuesta por Washington.

La OTAN ofrece a Ankara un papel de liderazgo en la «OTAN 3.0», pero con la condición de que sus capacidades sigan siendo interoperables con el sistema estadounidense y de que cualquier diferencia se resuelva dentro del marco de la Alianza.

Turquía, por su parte, ha construido parte de su credibilidad precisamente sobre su capacidad para decir «no»: para adquirir equipamiento ruso cuando se le denegaron los suministros estadounidenses y para producir por su cuenta lo que no podía comprar. Reabsorber esta autonomía dentro del marco atlántico es el objetivo implícito que denuncian los críticos turcos y que las comunicaciones oficiales prefieren no mencionar.

En consecuencia, la cumbre de Ankara confirmó una tendencia real: el centro de gravedad de la Alianza se está desplazando hacia el sureste, y Turquía es una beneficiaria directa de este cambio.

La retórica del «país en el centro» se basa en las cifras de defensa de Turquía y en la densidad diplomática de la cumbre, pero la cuestión decisiva sigue sin resolverse. El expediente CAATSA–S-400–F-35–KAAN, que ninguna declaración ha resuelto, es el barómetro exacto de esta ambigüedad.

Quienes evalúen la cumbre deberían, por tanto, resistirse a la tentación de interpretarla como una consagración o como una decepción.

Resulta más útil considerarla como una apuesta aún por zanjar: Washington ofrece la readmisión a cambio de la alineación, mientras que Ankara busca el reconocimiento sin renunciar a las palancas de su autonomía.

El resultado dependerá de cómo se resuelva la cuestión del S-400 y del ritmo de producción que el KAAN pueda mantener una vez que se hayan asegurado sus motores.

Hasta entonces, Turquía seguirá siendo lo que la cumbre ha dejado claro: un actor demasiado fuerte para ser periférico, demasiado autónomo para ser totalmente fiable a ojos de Washington y, por lo tanto, destinado a influir en las decisiones de la Alianza más de lo que a Bruselas y a Washington les gustaría.

Traducción nuestra


*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.

Fuente original: Strategic Culture Foundation

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