ACUERDO ENTRE EEUU E IRÁN: ¿CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA? Roberto Iannuzzi.

Roberto Iannuzzi.

Foto: El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, y el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Ghalibaf (Crédito de la foto: Hamed Malekpour, Middle East Images/AFP)

03 de julio 2026.

El pulso en Ormuz y la aparición de un acuerdo «paralelo» en el Líbano son indicios de que ya se ha producido un estancamiento en las negociaciones.


A poco más de dos semanas de la firma del memorándum de entendimiento entre Washington y Teherán, el acuerdo ya está haciendo agua y ha desembocado en un nuevo pulso entre ambos países.

Los puntos de desacuerdo son, esencialmente, dos: el control del estrecho de Ormuz y el frente libanés.

Israel no ha mostrado ninguna intención de retirarse del Líbano y ha proseguido con algunas operaciones militares en el país.

Sin embargo, según el artículo 1 del memorándum, los signatarios y sus aliados se comprometen a cesar las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano, y a garantizar la integridad territorial y la soberanía de este último.

No obstante, Washington ha mediado en un acuerdo trilateral, junto con Israel y el Gobierno libanés, que, en la práctica, elude el acuerdo con Teherán.

El otro elemento de controversia se centra en el control del estrecho de Ormuz, que el artículo 5 del Memorándum atribuye a Irán, en coordinación con Omán (a quien pertenece la orilla sur del estrecho).

El interés iraní por controlar el estrecho no está tanto relacionado con la posibilidad de imponer peajes o comisiones por el tránsito de buques, como con la necesidad de vincular la libertad de navegación en el estrecho a garantías de seguridad para Teherán.

En otras palabras, para los dirigentes iraníes, controlar la navegación en el estrecho sirve para garantizar que Irán no vuelva a ser atacado, como ocurrió el 28 de febrero y, antes aún, durante la denominada «guerra de los 12 días» de junio de 2025.

Múltiples violaciones

Pero, bajo presión estadounidense, Omán ha establecido su propio corredor de tránsito, en coordinación con la Organización Marítima Internacional, sin relacionarse con Teherán.

El presidente de EE. UU., Donald Trump, también ha calificado de inaceptable el pago de comisiones por parte de los buques que atraviesan el estrecho, una medida prevista, sin embargo, en el Memorándum tras un periodo inicial de 60 días.

Tras desplazarse al Golfo, el secretario de Estado Marco Rubio emitió una declaración conjunta con los ministros de Asuntos Exteriores del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en la que se rechaza «cualquier peaje, tasa o intento de ejercer control sobre el estrecho» y se insiste en la libertad de navegación incondicional.

En respuesta al intento iraní de bloquear el tránsito a través del corredor omaní, Estados Unidos ha atacado objetivos militares en las costas iraníes. Teherán ha reaccionado bombardeando las bases estadounidenses en Kuwait y Baréin.

Aunque esta enésima «guerra de fin de semana» se interrumpió el lunes con la reapertura de los mercados (lo que confirma la sensibilidad de Trump ante la evolución de Wall Street), ha provocado una paralización temporal de las negociaciones.

Las conversaciones previstas en Doha, en Catar, se han reducido a meras «reuniones técnicas» destinadas a aclarar cuestiones que, en teoría, ya estaban definidas en el Memorándum.

Mientras tanto, Trump ha vuelto a lanzar graves amenazas contra Teherán, planteando la posibilidad de que Estados Unidos «termine el trabajo» por la vía militar; en tal caso, advirtió el presidente, «la República Islámica de Irán dejará de existir».

Los iraníes han respondido que tales amenazas constituyen una nueva violación del Memorándum, cuyo artículo 1 establece que las partes contratantes «se abstendrán de amenazar o recurrir a la fuerza» contra la parte contraria.

Teherán también ha denunciado el despliegue de nuevas fuerzas estadounidenses en la región.

En concreto, la llegada de los dos buques anfibios USS Boxer y USS Portland eleva a al menos 24 el número de buques de guerra estadounidenses presentes en Oriente Medio (incluidos los dos portaaviones Abraham Lincoln y George H. W. Bush, y 15 destructores).

Se trata, una vez más, de una violación del Memorándum, cuyo artículo 9 establece que Estados Unidos «no desplegará fuerzas adicionales en la región».

La pistola sobre la mesa

Aunque EE. UU. ha levantado el bloqueo de los puertos iraníes en virtud del acuerdo alcanzado con Teherán, la considerable presencia naval estadounidense en la zona sigue representando una amenaza a ojos de Irán.

Dicha amenaza parece corroborarse con las recientes declaraciones del vicepresidente JD Vance, según las cuales Washington estaría utilizando el acuerdo con Irán para «recargar» el mercado petrolero y luego decidir qué hacer en función de la conducta de Teherán.

Vance ha sostenido que EE. UU. tendría dos opciones: un acuerdo a largo plazo con Irán que, sin embargo, requeriría «un cambio significativo» en el comportamiento iraní, o bien una nueva acción militar.

Las tesis del vicepresidente parecen confirmadas por Trump, quien, según el Wall Street Journal, habría mantenido numerosas reuniones con el secretario de Guerra, Pete Hegseth, y con el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, para decidir si abandonar las negociaciones y reanudar los ataques militares a gran escala contra Irán.

¿Un plazo de unos pocos meses?

La amenaza no parece inmediata, dado el estado de agotamiento de los arsenales estadounidenses tras el último conflicto, pero no augura nada bueno para la consecución de un acuerdo de paz duradero.

Trump también habría manifestado su disposición a prolongar las negociaciones más allá del plazo de 60 días fijado por el Memorándum el 18 de agosto, pero esa apertura podría estar ligada a la necesidad de evitar desestabilizar los mercados y la economía hasta las elecciones de mitad de mandato de EE. UU. previstas para noviembre.

En Irán, muchos temen que el conflicto pueda reavivarse incluso antes de octubre, cuando se celebren las elecciones en Israel. En Teherán se es consciente de que el Memorándum de Entendimiento ha supuesto una durísima derrota personal y política para el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

Sus perspectivas de victoria electoral nunca han sido tan bajas y, en caso de derrota, ya no podrá eludir los procesos por corrupción que se le imputan.

El memorándum supone, además, un terremoto estratégico para Israel. Reconoce a Irán un papel de potencia regional e incluye la exigencia de respetar la soberanía y la integridad territorial del Líbano.

Esto refuerza a Hezbolá a costa del presidente libanés Joseph Aoun, de orientación prooccidental, cuyas negociaciones con Israel no habían dado resultados positivos.

Además, sobre la base de las negociaciones entre Teherán y Washington, Irán había sido incluido en el mecanismo de «desconflicto» para el Líbano, que, en cambio, excluye a Israel.

El papel clave del Líbano

A ojos de Teherán, el Líbano es un papel de tornasol. Para los dirigentes iraníes no tiene sentido alcanzar un acuerdo con los estadounidenses en el que estos no tengan la intención —o no puedan— controlar a Israel.

En ese caso, de hecho, el Gobierno iraní se vería obligado a cumplir los compromisos estipulados con Washington, mientras que Israel tendría libertad de acción contra los aliados de Teherán y contra el propio Irán.

El acuerdo trilateral, firmado por EE. UU., Israel y el Gobierno libanés pocos días después de la firma del memorándum de entendimiento con Teherán, echa por tierra las esperanzas iraníes.

Dicho acuerdo elude el Memorándum con Teherán al establecer principios que están en total contradicción con este último.

Elimina a Irán de la ecuación libanesa sustituyéndolo por Israel, y no reconoce a priori la soberanía y la integridad territorial del Líbano, sino que condiciona la retirada israelí al desarme total de Hezbolá.

Dicho desarme deberá llevarlo a cabo el Gobierno libanés, que se compromete a «reconstruir el monopolio del Estado sobre el uso de la fuerza», con lo que se corre el riesgo de sumir al país en una guerra civil, tal y como han reconocido los propios comentaristas israelíes.

El texto adjunto al acuerdo relativo a la seguridad, que no se filtró hasta más tarde, habla de la creación de un Grupo de Coordinación Militar entre Israel y el Gobierno libanés, lo cual entra en total contradicción con el mecanismo de «desconflicto» surgido de las negociaciones entre Teherán y Washington, que excluía a Israel.

Dicho anexo aclara además que la retirada israelí no se llevará a cabo según un calendario preestablecido, sino que estará supeditada a la finalización de un proceso de desarme de Hezbolá que sea «verificable y acordado».

En la práctica, esto significa que Israel podrá prolongar su ocupación del territorio libanés alegando que el desarme de Hezbolá no se ha completado en todos sus aspectos.

Estamos, por tanto, muy lejos de la retirada incondicional prevista en el memorándum de entendimiento entre Washington y Teherán. Nos encontramos, en cambio, ante dos acuerdos sobre el Líbano —el primero firmado por la Administración Trump con Irán, y el segundo con Israel y el Gobierno de Beirut— que son totalmente incompatibles entre sí.

Al rechazar el primero y aceptar el segundo, el Gobierno libanés ha renunciado a la posibilidad de que Israel deje de bombardear el país y reconozca su soberanía, poniéndose a merced de la voluntad de Washington y Tel Aviv con el fin de reforzar su posición frente a Hezbolá.

El acuerdo trilateral, de hecho, permite a Israel violar el Memorándum de Entendimiento entre EE. UU. e Irán. Esto plantea a Teherán un dilema: si no quiere abandonar a su aliado Hezbolá, tendrá que responder, lo que supondría el fracaso del acuerdo con la Administración Trump (ya violado por esta última, como hemos visto).

Una crisis energética a la vuelta de la esquina

La Casa Blanca, por lo demás, está llevando a cabo una política contradictoria no solo en el Líbano, sino también en Ormuz.

Con motivo de la firma del memorándum con Irán, Trump había afirmado que había aceptado el acuerdo para evitar «una depresión mundial» provocada por el cierre del estrecho.

Pero el pulso con Irán por el control de Ormuz, y las consiguientes escaramuzas militares, tienen como consecuencia retrasar la normalización del tráfico marítimo en el Golfo, que sigue estando muy por debajo de los niveles anteriores al conflicto.

(Fuente: Bloomberg)

Esto significa que las reservas estratégicas de crudo de EE. UU. siguen disminuyendo (habiendo alcanzado ya su nivel más bajo desde 1983), mientras la crisis energética mundial sigue acechando.

El anuncio de la reapertura del estrecho de Ormuz y el recurso a las reservas estratégicas han contribuido a bajar los precios en los mercados petroleros, pero tras este aparente descenso se esconde una crisis explosiva.

Si la inestabilidad en el Golfo se prolongara, o si las negociaciones fracasaran (como parece) y un nuevo enfrentamiento armado provocara el cierre total del estrecho, el mundo ya no dispondría de un colchón de reservas energéticas en el que apoyarse.

En estas circunstancias, resulta difícil entender cómo Trump podría evitar la depresión mundial que pretendía conjurar al firmar el memorándum con Irán.

En Ormuz, el factor tiempo sigue jugando a favor de Teherán.

Traducción nuestra


*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».

Fuente original: Intelligence for the people

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