Lorenzo Maria Pacini.
Ilustración: © Photo: Public domain
14 de junio 2026.
El retorno de las identidades y los valores, su reafirmación y su reintegración en los procesos educativos marcan el advenimiento de un mundo diferente al moldeado por la hegemonía angloamericana.
Fukuyama se equivocó
En 1989, Francis Fukuyama presentó su famosa tesis del «fin de la historia», argumentando que el triunfo de la ideología y los valores liberales había marcado la culminación definitiva de la evolución política de la humanidad.
Según esta interpretación, el fin de la Guerra Fría representó la victoria de la democracia liberal como la forma óptima de gobierno y del capitalismo de mercado como el modelo económico más eficaz, poniendo así fin a los grandes conflictos ideológicos globales.
La figura del «último hombre», descrita por Fukuyama como satisfecha, próspera pero carente de ideales elevados, insinuaba el nacimiento de una identidad universal y «poshistórica».
La evolución posterior de las relaciones internacionales, sin embargo, ha puesto de manifiesto los límites de esta perspectiva. Las políticas de «democratización» de Estados Unidos en Oriente Medio, inspiradas al menos en parte por esta visión y que a menudo prestaban poca atención a las especificidades políticas y culturales locales, han contribuido a una serie de intervenciones y revoluciones que han desestabilizado toda la región.
Al mismo tiempo, mientras que algunos Estados han empleado con frecuencia los valores liberales como herramienta política o como justificación de determinadas acciones, se ha producido una creciente revalorización de los valores nacionales y tradicionales en numerosas partes del mundo, incluidos los propios países occidentales.
La demanda de modelos políticos alternativos, percibidos como más equitativos y respetuosos con las particularidades locales, ha encontrado su expresión en plataformas como el BRICS y la OCS.
La crisis ucraniana también ha puesto de relieve cómo la confrontación entre Rusia y Occidente ha ido adquiriendo cada vez más los contornos de un choque arraigado en valores y cosmovisiones, más que un mero conflicto etno-político postsoviético.
La globalización económica liderada por Occidente ha fomentado, en última instancia, el surgimiento de nuevos centros de poder en Asia, África y América Latina.
Este proceso ha impulsado dinámicas de regionalización que, en muchos casos, han fortalecido las identidades colectivas regionales. Países como Rusia, China, India y Turquía recurren cada vez más a una narrativa civilizacional en sus políticas internas y exteriores, y algunos de ellos se definen explícitamente como «Estados civilizacionales».
Estos acontecimientos son solo algunos ejemplos que refutan la visión de un «estado universal homogéneo» de las relaciones internacionales imaginada por Fukuyama hace casi cuarenta años. Demuestran que los contextos regionales, nacionales y locales siguen desempeñando un papel central, quizás incluso más significativo que en el pasado.
Las tendencias internacionales contemporáneas han generado una creciente demanda de perspectivas políticas alternativas y formas distintivas de autoidentificación, en oposición a la homogeneización cultural y política.
El universalismo liberal se ve cada vez más contrarrestado por un fenómeno que puede definirse como «pluralismo auténtico». Junto a la multipolaridad de las relaciones internacionales, está surgiendo de hecho una nueva dimensión: la «multipolaridad de significados».
Esto no apunta a un mundo posmoderno dominado por interpretaciones puramente subjetivas, sino más bien a una realidad caracterizada por la creciente complejidad de los procesos internacionales.
Esto presupone un pluralismo de ideologías políticas y sistemas de valores, capaz de reflejar simultáneamente perspectivas universales y nacionales, así como la libertad de los individuos y las comunidades para identificarse en función de su propio patrimonio histórico y cultural.
En otras palabras, la ideología, los valores y la identidad están adquiriendo una importancia cada vez mayor en las relaciones internacionales contemporáneas, lo que pone de relieve la necesidad de un uso más amplio de los enfoques constructivistas para comprender su dinámica.
Los siguientes estudios de caso demuestran cómo estos factores influyen en las políticas exteriores de diversos Estados y cómo pueden utilizarse como herramientas para la acción política.
El retorno de la ideología política más allá del paradigma
En las relaciones internacionales contemporáneas, la ideología se considera con frecuencia una variable secundaria en comparación con factores como las capacidades materiales, las necesidades de seguridad o la interdependencia económica.
Sin embargo, este enfoque corre el riesgo de pasar por alto el papel que desempeñan los significados compartidos, los supuestos normativos y las concepciones de legitimidad construidas socialmente en la configuración de la política mundial.
A medida que el orden internacional liberal se enfrenta a retos crecientes, la ideología ha vuelto al centro del debate teórico y analítico, ya no como una doctrina rígida y omnicomprensiva, sino como un marco interpretativo a través del cual los Estados comprenden el orden mundial, definen su identidad política y justifican sus decisiones de política exterior.
Desde una perspectiva constructivista, la ideología sirve de nexo entre los valores, la identidad y el comportamiento de los Estados. La renovada centralidad de la dinámica de los bloques constituye un ejemplo particularmente significativo de este fenómeno.
Las nuevas formas de alineamiento internacional se explican a menudo haciendo referencia a la redistribución del poder global o a consideraciones estratégicas. Aunque estos factores son sin duda relevantes, no bastan para explicar plenamente los patrones contemporáneos de cooperación y agrupación.
La formación de los bloques actuales refleja no solo cambios en las capacidades materiales de los actores, sino también interpretaciones divergentes de la soberanía, la democracia, el desarrollo y la gobernanza global.
Estas divergencias se manifiestan con especial claridad en las relaciones entre las potencias liberales tradicionales y los Estados comúnmente incluidos en la categoría del «Sur Global», donde las experiencias históricas y las trayectorias poscoloniales contribuyen a la construcción de visiones alternativas del orden político internacional.
En este contexto, la ideología asume una vez más un papel fundamental como categoría interpretativa. Desde una perspectiva constructivista, el resurgimiento de la política de bloques no puede explicarse únicamente a través de los cambios en las relaciones de poder o la distribución de recursos.
También refleja transformaciones en las estructuras ideológicas que influyen en cómo los Estados perciben el entorno internacional, definen lo que consideran un comportamiento legítimo y construyen sus identidades colectivas.
La ideología puede interpretarse, por tanto, como un sistema compartido de significados que da forma a las expectativas, fomenta formas de posicionamiento colectivo y delimita el abanico de opciones de política exterior consideradas aceptables. Contrariamente a lo que predijeron algunos análisis posteriores a la Guerra Fría, la ideología no ha desaparecido; simplemente ha alterado sus modos de expresión.
Los bloques contemporáneos ya no se organizan en torno a rígidas oposiciones doctrinales, sino en torno a narrativas compartidas que cuestionan o reinterpretan aspectos fundamentales del orden internacional liberal.
Estas narrativas proponen diferentes concepciones de la soberanía, la legitimidad política y los modelos de desarrollo. Desde esta perspectiva, la ideología no funciona tanto como un proyecto integral y omnicomprensivo, sino más bien como un elemento constitutivo del discurso político internacional.
Es particularmente significativo el papel que desempeña el concepto del «Sur Global». No representa simplemente una categoría geográfica, sino una construcción identitaria dotada de un fuerte significado político y normativo.
La invocación de la historia colonial, las desigualdades estructurales y la marginación dentro de las instituciones de gobernanza global contribuye a la formación de un lenguaje común a través del cual los Estados promueven reivindicaciones de autonomía y mayor representación.
Dentro de este marco discursivo, prácticas como el no alineamiento, la diversificación estratégica de las alianzas y la participación selectiva en regímenes de sanciones se presentan como expresiones coherentes de principios más amplios vinculados a la soberanía nacional y la independencia estratégica.
La ideología opera, por tanto, en múltiples niveles. En el nivel narrativo, influye en cómo los Estados explican sus acciones y responden a las expectativas externas. En el nivel institucional, ayuda a configurar el apoyo a nuevas organizaciones multilaterales o a la reforma de las existentes.
En el nivel conductual, se manifiesta a través de prácticas como el multilateralismo flexible y la formación de coaliciones temáticas. Estos comportamientos están influenciados no solo por incentivos materiales, sino también por concepciones compartidas de lo apropiado, la legitimidad y la justicia.
Las nuevas configuraciones de bloques pueden interpretarse, por tanto, como intentos de renegociar la estructura normativa de la gobernanza global. No buscan necesariamente sustituir por completo el orden internacional existente, sino más bien lograr una mayor inclusión de diferentes modelos políticos, institucionales y de desarrollo.
En este sentido, la ideología sigue teniendo una relevancia analítica considerable, ya que ayuda a definir cómo entienden los Estados su papel dentro de un sistema internacional en transformación.
Identidad y valores, el gran retorno
La identidad representa uno de los conceptos fundamentales del enfoque constructivista de las relaciones internacionales. Nos permite comprender cómo la política mundial no está determinada exclusivamente por la distribución del poder material, sino también por significados socialmente construidos, memorias colectivas y referencias culturales compartidas.
Un análisis de la identidad ayuda a explicar por qué Estados con condiciones materiales similares pueden adoptar comportamientos profundamente diferentes y por qué los factores culturales, históricos y normativos pueden ejercer una influencia igual, si no mayor, que la del poder militar o económico.
La identidad, de hecho, desempeña un papel decisivo en la definición de los intereses nacionales, la configuración de la política exterior y la configuración de las interacciones globales.
En el caso de las macrorregiones, la existencia de una identidad compartida suele constituir la base de los procesos de cooperación regional. Sin embargo, tales identidades pueden entrar en tensión con visiones universalistas y globalistas, generalmente asociadas a los valores promovidos por Occidente.
Una de las principales herramientas a través de las cuales se difunden los valores occidentales a nivel mundial es la cooperación educativa.
La formación de nuevas élites extranjeras constituye una inversión a largo plazo que sirve a intereses geopolíticos estratégicos. Estados Unidos y el Reino Unido siguen ocupando una posición dominante en la formación de las futuras clases dirigentes de numerosos países.
Desde 2022, las actividades de las instituciones educativas occidentales se han intensificado en Asia Central, donde la competencia por el acceso a los recursos y por contrarrestar la influencia rusa ha adquirido una importancia creciente.
Los Estados de Asia Central, por su parte, consideran estas iniciativas como oportunidades para diversificar sus alianzas internacionales y reducir la dependencia de actores externos concretos.
Las políticas de desarrollo internacional representan otro vehículo para la difusión de los valores occidentales. Las versiones anteriores de estas estrategias, sin embargo, han mostrado limitaciones significativas, en parte porque se basaban en la suposición de la existencia de valores universales aplicables indiscriminadamente a contextos culturales profundamente diferentes.
Los recientes acontecimientos en el sistema internacional sugieren, sin embargo, que los únicos valores verdaderamente compartibles a escala global son probablemente la paz y la protección de la vida humana, mientras que existe una creciente demanda de respeto por la diversidad cultural y por el derecho de los Estados a elegir de forma autónoma sus propias vías de desarrollo.
Al mismo tiempo, la lógica neoliberal de la interdependencia ha funcionado a menudo como una herramienta para difundir una concepción occidental particular del mundo presentada como universalmente válida.
El fenómeno de la denominada «cultura de la cancelación» también encaja en este contexto, habiéndose desplazado progresivamente de las plataformas digitales al ámbito de las relaciones internacionales.
El uso de la cultura de la cancelación contra Rusia ha demostrado cómo esta práctica puede aplicarse no solo a individuos, sino también a naciones enteras y tradiciones culturales.
Tiende a surgir especialmente cuando las medidas económicas resultan insuficientes para producir los resultados deseados y puede servir como herramienta de presión política y guerra de información.
Aunque originalmente se asoció con movimientos anticolonialistas y antirracistas, algunos observadores interpretan la cultura de la cancelación como una forma de neocolonialismo cultural, en la medida en que otorga a ciertos actores el poder de determinar qué comportamientos se consideran legítimos o ilegítimos en la política internacional.
Paradójicamente, en lugar de fomentar la confianza mutua y el diálogo, tales prácticas corren el riesgo de alimentar aún más el antagonismo. La presión excesiva para imponer valores, incluso cuando se presentan como universales, suele generar reacciones de rechazo y resistencia.
En Oriente Medio, la identidad se desarrolla simultáneamente a diferentes niveles: subestatal, estatal y supraestatal. Proyectos ideológicos como el panarabismo y el panislamismo han tratado de construir formas de pertenencia capaces de trascender las fronteras nacionales, sin, sin embargo, eliminar las divisiones existentes.
Las divisiones sectarias, en particular las entre suníes y chiíes, han adquirido una importancia política creciente desde la Revolución Iraní de 1979, contribuyendo a redefinir las rivalidades regionales en términos de identidad.
Al mismo tiempo, el declive del panarabismo ha puesto de manifiesto cómo los intereses de los Estados y la lógica del sistema internacional han prevalecido sobre las aspiraciones de unificación política del mundo árabe.
En África, las cuestiones de identidad siguen estando profundamente ligadas al legado del colonialismo. Las fronteras estatales trazadas por las potencias europeas a menudo han ignorado las realidades étnicas y culturales locales, creando las condiciones para conflictos, movimientos secesionistas y guerras civiles.
En respuesta a esta situación, surgió el panafricanismo, que busca recuperar los valores compartidos y una conciencia africana colectiva como base para la integración política y económica del continente.
En Asia Central, los gobiernos utilizan con frecuencia el lenguaje de los valores y la identidad como herramienta para promover los intereses nacionales.
Las relaciones con la Unión Europea pueden ir acompañadas de referencias a la democracia y los derechos humanos, mientras que los lazos con el mundo islámico se suelen enfatizar apelando a la afiliación religiosa compartida. Al mismo tiempo, la región busca desarrollar su propia identidad colectiva, promoviendo la idea de Asia Central como actor autónomo en las relaciones internacionales.
El retorno de las identidades y los valores, su reafirmación y su reintegración en los procesos educativos marcan el advenimiento de un mundo diferente al moldeado por la hegemonía angloamericana, y hoy instan a los pueblos a prepararse para el nuevo mundo multipolar.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
