LA LÓGICA QUE SE ESCONDE TRAS LA IRRACIONALIDAD DE LA GUERRA CONTRA IRÁN. Domenico Moro.

Domenico Moro.

Imagen: Detalle de un mapa de Laura Canali.

09 de abril 2026.

…por mucho que cambien sus presidentes, si EE. UU. mantiene su naturaleza imperialista, siempre seguirá siendo alto el peligro de que estallen guerras tremendamente destructivas.


Un fenómeno político o económico puede ser tan irracional como se quiera, pero siempre responderá a su propia lógica interna. Si queremos contrarrestar ese fenómeno, debemos ir más allá de la aparente irracionalidad y descubrir la lógica interna que lo mueve.

Esto es aún más cierto en el caso de la guerra, que, a pesar de ser fundamentalmente perjudicial para la humanidad en su conjunto, sigue practicándose con frecuencia de formas cada vez más destructivas.

La guerra impulsada por Israel y EE. UU. contra Irán expresa en su máxima expresión esa contradicción entre irracionalidad y lógica interna.

En particular, la guerra parece irracional, sin razones, desde el punto de vista estadounidense. Los objetivos de la guerra parecían bastante inciertos. Al principio, parecía que, al igual que en Venezuela, el objetivo de Trump era el cambio de régimen o, al menos, el cambio de liderazgo.

Pero Irán no es Venezuela y ha reaccionado a la decapitación de sus cúpulas con decisión y sin dejarse intimidar. Al contrario de lo que decían muchos analistas y a diferencia de lo que había hecho en agresiones anteriores, Irán esta vez no ha tenido reparos en reaccionar con el cierre del estrecho de Ormuz, lo que ha desbaratado el comercio internacional de mercancías fundamentales como el petróleo, el gas y los fertilizantes.

El carácter irracional de la guerra resulta evidente precisamente ante el bloqueo de Ormuz. De hecho, el bloqueo de los suministros y el consiguiente aumento de los precios están afectando duramente tanto a Asia Oriental como a Europa, que se abastecen de materias primas del Golfo Pérsico.

Si la guerra se prolonga más allá de abril, la zona euro, según Standard & Poors, entrará en recesión.

La crisis energética, consecuencia de la guerra contra Irán, sería peor que la de los años 70 y, como entonces, generaría una crisis de la economía global.

Por lo tanto, ahora el objetivo bélico de Trump parece haberse convertido en la reapertura del estrecho de Ormuz, que antes estaba abierto y que se cerró solo a raíz de la guerra que él inició.

Otro resultado negativo de la guerra contra Irán es la desestabilización de la zona del Golfo Pérsico y de los Estados árabes ribereños que son aliados de EE. UU.

Irán no se ha limitado a reaccionar atacando a Israel, sino que también está atacando las infraestructuras de estos países y las bases estadounidenses que albergan.

Teóricamente, los Estados árabes de la zona confían su seguridad a EE. UU.: en 1974 firmaron un acuerdo con EE. UU., asegurando a este último que venderían el petróleo en dólares a cambio de la protección de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

Sin embargo, no solo ocurre que EE. UU. no es capaz de protegerlos, sino que, con el ataque a Irán, son los propios EE. UU. los que los han puesto en peligro.

A esto se suma el hecho de que la guerra ha profundizado la brecha entre EE. UU. y la UE y Gran Bretaña, ya existente debido a la política de aranceles, la amenaza primero de abandonar la OTAN si los europeos no aumentaban el gasto militar hasta el 5 % del PIB, y luego de anexionar Groenlandia.

Los aliados europeos más cercanos de EE. UU. se han negado a participar en la guerra contra Irán y se han distanciado de EE. UU. mucho más de lo que ocurrió durante la primera y la segunda Guerra del Golfo de Bush padre e hijo.

De ahí el resurgimiento de las amenazas de Trump de salir de la OTAN. Por último, con el ataque a Irán, Trump se ha metido en un callejón sin salida.

Tras un mes de bombardeos aéreos no ha conseguido nada, salvo acercar al mundo a la recesión y atraer la destrucción sobre los países árabes del Golfo.

Ahora, la alternativa es retirarse o insistir, pasando a un ataque con tropas terrestres. En el primer caso, Irán habría ganado de hecho su guerra, simplemente resistiendo y sin ceder. En el segundo caso, Trump contradiría definitivamente las promesas hechas a su electorado de no involucrar a EE. UU. en una nueva guerra y se expondría a un conflicto sangriento para sus tropas y con resultados fallidos como los obtenidos por sus predecesores en los conflictos de Vietnam, Irak y Afganistán.

Por lo tanto, de todo esto se desprendería la irracionalidad de la guerra estadounidense contra Irán. Por esta razón, muchos han afirmado que, en realidad, la explicación de la decisión de Trump de atacar residiría en la subordinación de EE. UU. a Israel y al lobby judío dentro de los propios EE. UU., que apuntan a la eliminación de Irán.

En particular, se especula que Trump está siendo chantajeado por Israel, que tendría documentos comprometedores relacionados con el caso de Epstein.

Sinceramente, no sabemos si existen tales documentos, pero consideramos bastante improbable que un país tan grande y poderoso como EE. UU. pueda ser manipulado por un país pequeño y tan dependiente de su ayuda como Israel.

Sobre todo, creemos que hay razones económicas y políticas mucho más importantes, relacionadas con la propia naturaleza de EE. UU., es decir, con su carácter imperialista.

En lugar de desempolvar teorías como la existencia de una conspiración judía internacional, convendría utilizar las herramientas de la ciencia económica y social.

Debe haber razones internas que empujan a los EE. UU. a la guerra y al uso de la fuerza, para lo cual —y esta es la única diferencia con respecto al pasado— ya no se preocupan por encontrar una justificación moral o ideológica, como la lucha contra el comunismo o contra el terrorismo y por la exportación de la democracia y el respeto de los derechos humanos.

Las razones de la tendencia estadounidense a la guerra, más allá de quién sea el presidente en un momento dado, son sin duda complejas y variadas.

Para facilitar la comprensión de dichas razones, nos referiremos a un indicador económico específico, la posición financiera neta exterior o, en inglés, Net International Investment Position (NIIP).

Este indicador estadístico mide la diferencia entre los activos (inversiones) y los pasivos (deudas) de un país con respecto al resto del mundo.

Si prevalecen los activos, se dirá que el país en cuestión es un acreedor neto; por el contrario, si prevalecen las deudas, se dirá que es un deudor neto.

Para calcular la NIIP se tienen en cuenta las inversiones directas extranjeras (IDE), es decir, la inversión a largo plazo en activos productivos con derecho de gestión; las inversiones de cartera, es decir, las inversiones en acciones sin control ni gestión de las empresas; y los derivados. La NIIP mide el stock de estas inversiones tanto en entradas como en salidas.

Ahora bien, la cuestión es que la posición neta de EE. UU. frente al extranjero es ampliamente negativa, dada la prevalencia de las deudas o pasivos frente al extranjero con respecto a los activos o préstamos al extranjero.

Esta situación se produjo por primera vez en 1972 y se afianzó de forma estable a partir de los años noventa del siglo pasado.

El predominio de la importación de capital sobre la exportación de capital distingue al imperialismo estadounidense del británico en su apogeo entre finales del siglo XIX y el siglo XX, como señala el historiador Niall Ferguson[i].

Por otra parte, el predominio de la exportación de capital sobre la de mercancías era una de las características del imperialismo, tal y como lo teorizaron a principios del siglo XX Hobson y Lenin.

Esto, sin embargo, no impide que EE. UU. sea también el mayor exportador de capital del mundo.

No obstante, el stock de IED al extranjero de las multinacionales estadounidenses, aunque es muy superior al de cualquier otro país, es inferior al de la IED hacia EE. UU. de las multinacionales extranjeras.

También es importante señalar el predominio de las inversiones de cartera sobre el total de inversiones procedentes del extranjero. Se trata, en este caso, de inversiones en los mercados financieros estadounidenses, es decir, en acciones de empresas que cotizan en bolsa, que siguen siendo de propiedad estadounidense.

Es de esta manera como las grandes empresas tecnológicas estadounidenses, como Apple, Microsoft, Oracle, Meta, Google, Amazon, etc., obtienen los inmensos capitales que necesitan, por ejemplo, para desarrollar la inteligencia artificial y aumentar sus beneficios.

No es casualidad, de hecho, que, aunque se trate de una tendencia surgida hace tiempo y que se ha estabilizado desde hace unos treinta años, la posición negativa de EE. UU. se haya acentuado en los últimos años.

En 2020, la balanza era negativa en unos 12 billones de dólares; en 2025, lo era en 27,6 billones, cifra que resulta de la diferencia entre los activos, que ascienden a unos 43 billones, y los pasivos, que ascienden a 70,5 billones[ii].

Esta situación de endeudamiento financiero se ve agravada por el aumento del déficit también en el intercambio de bienes y servicios con el exterior, que ha pasado de 479 000 millones de dólares en 2016 a 911 600 millones en 2025[iii].

El déficit comercial refleja un exceso de consumo respecto a la producción nacional, que debe financiarse mediante el endeudamiento con el extranjero o la venta de activos nacionales a inversores extranjeros, lo que empeora la NIIP.

De lo dicho se deduce que EE. UU. es el mayor deudor mundial y que, para sostener su deuda, se ve en la necesidad de financiarla continuamente mediante la captación de capitales del resto del mundo. Esta financiación, sin embargo, solo tiene lugar si los títulos del Estado (bonos del Tesoro) y las acciones estadounidenses resultan atractivos.

La demanda mundial de bonos del Tesoro y acciones está garantizada por el papel del dólar como moneda de reserva, lo que constituye el «privilegio exorbitante» que permite a EE. UU. financiarse a tipos de interés más bajos de lo que deberían pagar en función de su deuda.

De hecho, los bancos centrales de todo el mundo, dado que necesitan reservas en dólares, compran bonos del Tesoro estadounidenses. Esto, sin embargo, solo ocurre si el dólar es la moneda de reserva mundial, y solo lo es si es la moneda de intercambio internacional y si, por lo tanto, todos los bancos del mundo demandan dólares para que sus clientes puedan adquirir mercancías cotizadas en dólares en los mercados mundiales.

Por esta razón, los intercambios de las mercancías más importantes, como las materias primas energéticas (petróleo y gas), deben realizarse en dólares. No es casualidad que EE. UU. firmara un tratado con Arabia Saudí y luego con los demás países del Golfo Pérsico en 1974, cuando EE. UU. pasó de ser acreedor a deudor neto, estableciendo que el petróleo se vendiera en dólares a cambio de la seguridad garantizada por las Fuerzas Armadas estadounidenses. De este modo, a partir de los años 70 nace el «sistema del petrodólar», que sustenta al dólar como moneda de transacción comercial y, por tanto, como reserva mundial.

Ahora, el sistema que garantiza a EE. UU. la financiación de su gigantesca deuda está mostrando grietas notables.

En primer lugar, el petróleo, que hasta hace pocos años se pagaba siempre en dólares, hoy se compra, en un 15-20 % de los volúmenes, en yuanes chinos, rublos rusos y rupias indias. Además, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos se han unido a China y otros países en mBridge, una infraestructura de pagos al margen del sistema del dólar y de SWIFT, el sistema de pagos controlado por EE. UU.[iv].

En segundo lugar, muchos bancos centrales se están deshaciendo de los bonos del Tesoro estadounidense. Los bonos del Tesoro depositados en la Fed de Nueva York en nombre de los bancos centrales de todo el mundo ascendían a finales de marzo de 2025 a 2,933 billones de dólares, pero ahora han bajado a 2,712 billones, con una pérdida en un solo año de 221 000 millones.

El nivel actual es el más bajo desde junio de 2012[v]. Quienes se han deshecho de las reservas en bonos del Tesoro y se han pasado al oro, cuyo valor ha crecido enormemente en el último año, han sido sobre todo China y Japón.

En concreto, China ha pasado de un máximo de 1,3 billones a 700 000 millones a finales de 2025[vi]. Según el Fondo Monetario Internacional, los bancos centrales de todo el mundo han reducido la proporción en dólares de sus reservas totales del 70 % en 2004 al 56,7 % actual.

Estos fenómenos, vinculados a una tendencia a largo plazo relacionada con el declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China, se han visto acentuados por las políticas adoptadas recientemente por EE. UU.

En primer lugar, por la decisión de utilizar el dólar y la plataforma de transacciones financieras SWIFT como instrumentos de sanción contra los países adversarios, empezando por Rusia. Precisamente para eludir las sanciones, Rusia e Irán han vendido y siguen vendiendo petróleo y gas a la India y a China en monedas distintas del dólar, en rublos, rupias o yuanes renminbi. También la congelación de las inversiones rusas en el extranjero en dólares ha sacudido la confianza en el dólar por parte de muchos gobiernos y bancos centrales, sobre todo del Sur global.

En segundo lugar, la huida de los bonos del Tesoro se ha acentuado a partir de abril de 2025 con la introducción de elevados aranceles sobre las importaciones por parte de la administración Trump. Los aranceles han socavado el mecanismo que desde hace tiempo sustenta las relaciones entre EE. UU. y muchos países, incluidos los del Sur global. En la práctica, los grandes países exportadores, como China, que registraban un importante superávit comercial con EE. UU., se comprometían a reinvertir su superávit en bonos del Tesoro.

De este modo, EE. UU. mataba dos pájaros de un tiro: simplemente imprimiendo dólares financiaba tanto su déficit comercial como el público. Por lo tanto, el aumento de los aranceles, al reducir las importaciones y desencadenar represalias, en particular por parte de China, ha contribuido a la disminución de las reservas en bonos del Tesoro.

Es posible que la guerra haya acentuado aún más estos procesos. De hecho, desde que estalló, los bancos centrales de todo el mundo han vendido nada menos que 82 000 millones de bonos del Tesoro.

Además, según el Deutsche Bank, la guerra podría socavar aún más el petrodólar y marcar el inicio del petroyuan. En particular, habrá que ver qué harán los países productores de petróleo del Golfo Pérsico, como Arabia Saudí, gracias a los cuales se sostenía el petrodólar y que, al mismo tiempo, invertían los enormes superávits comerciales derivados de la exportación de petróleo, gas, aluminio y fertilizantes en la compra de bonos del Tesoro.

Estos países, que confiaban en la protección estadounidense, han visto sus infraestructuras y pozos dañados por los misiles de Irán a raíz de la guerra y han perdido los ingentes ingresos de la exportación debido al cierre del estrecho de Ormuz.

Por otra parte, el yuan, aunque aún está lejos de poder considerarse una moneda de reserva alternativa al dólar, se está internacionalizando cada vez más. China, junto con unas cuarenta bancos centrales, ha creado la mayor red mundial de acuerdos de swap de divisas. De este modo, los bancos centrales pueden intercambiar divisas locales, facilitando el comercio, garantizando la liquidez sin tener que pasar por el yugo del dólar y reduciendo así su dependencia de EE. UU.

Volviendo a la lógica de la guerra, podemos decir que esta hay que buscarla en la naturaleza socioeconómica de Estados Unidos. El sector dominante del capital estadounidense es el financiero. Dicho capital tiene una naturaleza fundamentalmente parasitaria respecto al resto del mundo.

Estados Unidos no se limita a extorsionar una plusvalía a los trabajadores de los países del Sur global, a través de sus multinacionales y del mecanismo del «intercambio desigual», sino que atrae capitales de todo el mundo hacia sus mercados financieros, que siguen siendo los más importantes a nivel mundial, y hacia sus multinacionales que cotizan en las bolsas estadounidenses.

Estados Unidos es un Estado parasitario, porque es el mayor deudor internacional y debe obligar al resto del mundo a financiar esta deuda. Estados Unidos es como un drogadicto que necesita cantidades cada vez mayores de la sustancia de la que depende. La deuda estadounidense, de hecho, es cada vez mayor y su propio mecanismo de financiación la aumenta.

La cuestión, por tanto, es que el capitalismo en su etapa más avanzada, la imperialista, se basa inevitablemente en el capital financiero y, por lo tanto, se vuelve cada vez más parasitario.

Estados Unidos ha llegado al punto más alto de esta etapa imperialista. La guerra y la fuerza militar son el instrumento para seguir alimentando el flujo de riqueza procedente del resto del mundo. El mecanismo de este flujo se basa en gran medida en el petrodólar. Como hemos dicho anteriormente, Estados Unidos, a diferencia de la Gran Bretaña de hace un siglo, es importador neto de capitales del extranjero.

La verdad, sin embargo, es que Gran Bretaña era exportadora neta de capital, ya que podía beneficiarse de la transferencia de riquezas, oro y capitales desde sus colonias, en particular desde la India.

El imperialismo estadounidense actual, sin embargo, al no poder basarse en las colonias, debe depender del petrodólar.

Por esta razón, el empeoramiento de la posición financiera negativa con el exterior, unido al proceso de desdolarización, es decir, de erosión del papel mundial del dólar, ha empujado a Trump a intentar restablecer el control total sobre la zona de Oriente Medio, donde se encuentran las reservas de petróleo más vastas, de mejor calidad y más baratas.

Para alcanzar este objetivo, sin embargo, era necesario destruir a Irán como Estado soberano e independiente del imperialismo. El papel neocolonial de Israel es funcional y coherente con el papel imperialista de EE. UU. Son las dos caras de la misma moneda. Pero ciertamente no se puede decir que EE. UU. haya sido empujado a la guerra por Israel más que por sus propios mecanismos económicos internos.

En una especie de heterogénesis de los fines, las políticas de Trump, declaradamente encaminadas a restaurar el pleno dominio mundial estadounidense, están produciendo precisamente el efecto contrario, acentuando la contradicción entre el aumento del endeudamiento y el debilitamiento del instrumento para financiarlo.

La política de aranceles debería haber permitido la reinternalización de la producción manufacturera en EE. UU. y la reducción de la deuda, según las afirmaciones de Trump.

En realidad, es probable que solo se produzca una cierta reinternalización en lo que respecta a aquellas producciones que son más estratégicas o están vinculadas al aparato militar-industrial.

El verdadero objetivo de los aranceles era atraer capitales extranjeros a EE. UU., a cambio de la reducción de los aranceles por inversiones multimillonarias en actividades productivas y financieras, como los bonos del Tesoro a largo plazo.

En cambio, como hemos visto, los aranceles corren el riesgo de atascar el propio mecanismo de la demanda mundial de bonos del Tesoro. El ejercicio de la fuerza militar, por otro lado, debería haber apuntalado el petrodólar y el dominio mundial de EE. UU., y en cambio los está debilitando.

La verdad es que el dominio de la tecnología, los presupuestos militares multimillonarios y la preponderancia de los medios de destrucción no siempre bastan para doblegar al adversario ni evitan cometer errores garrafales.

Trump, al resolver la ecuación con la que debía encontrar la solución a la crisis estadounidense, no tuvo en cuenta la renuencia del ciudadano medio estadounidense a dejarse arrastrar a la enésima y sangrienta aventura en el extranjero y, por encima de cualquier otro factor, la determinación y la capacidad de resistencia de Irán y de su pueblo.

Queda el hecho de que, por mucho que cambien sus presidentes, si EE. UU. mantiene su naturaleza imperialista, siempre seguirá siendo alto el peligro de que estallen guerras tremendamente destructivas.

Traducción nuestra


*Domenico Moro es sociólogo. Investigador en el campo sociológico y del marketing, ha publicado Il Militare e la Repubblica, sobre el nuevo modelo de defensa, y numerosos artículos y ensayos de carácter sobre todo económico e histórico en distintos medios periodísticos y en revistas teóricas y de actualidad política, entre ellas Marxismo Oggi y Rinascita della Sinistra. El Viejo Topo publicó en 2013 su libro Nuevo compendio de El Capital y en 2015 Bilderberg. La élite del poder mundial. Su última obra publicada por el Viejo Topo es La Jaula del Euro.

Notas

[i] Niall Ferguson, Imperio. Cómo Gran Bretaña hizo el mundo moderno, Mondadori, Milán 2009, pp. 306-307.

[ii] Oficina de Análisis Económico (Departamento de Comercio de EE. UU.), Transacciones internacionales y posición de inversión de EE. UU., 4º trimestre y año 2025. https://www.bea.gov/news/2026/us-international-transactions-and-investment-position-4th-quarter-and-year-2025

[iii] Oficina de Análisis Económico (Departamento de Comercio de EE. UU.), Comercio internacional de bienes y servicios de EE. UU.. https://www.bea.gov/data/intl-trade-investment/international-trade-goods-and-services.

[iv] Sissi Bellomo, «La guerra resquebraja el sistema del petrodólar», il Sole24ore, 31 de marzo de 2026.

[v] Morya Longo, «Los bancos centrales venden bonos del Tesoro de EE. UU.: con la guerra se han desprendido de 82 000 millones de dólares», il Sole24ore, 1 de abril de 2026.

[vi] Vito Lops, «China y Japón reducen su exposición a los bonos del Tesoro», il Sole24ore, 3 de diciembre de 2025.

Fuente original: LABORATORIO per il socialismo XXI secolo

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