Enrico Tomaselli.
Foto: OTL-Tanque Merkava de Israel – FDI
21 de marzo 2025.
Israel, por lo tanto, está condenado a un estado permanente de guerra que lo consumirá, sin importar cuánto daño pueda a su vez hacer a sus enemigos mientras tanto.
La guerra, para Israel, es mucho más que un acto fundacional, es un estatus, una condición inmanente.
Las clases dirigentes sionistas, incluso mucho antes de la creación de Israel, eran conscientes de que representaban un cuerpo extranjero en Palestina, y sólo en virtud de la creencia de que esta tierra les había sido prometida por dios se consideraban con derecho a ocuparla.
La conciencia de esta irremediable extranjería significó que, desde el primer momento, el Estado judío se concibió a sí mismo -y se equipó- como un organismo formado para la guerra.
En la representación romántica de un socialismo supremacista (es decir, reservado sólo a los judíos, excluyendo a los árabes) que se realizaba en los kibbutzim, el prototipo del hombre nuevo se representaba -ideal e iconográficamente- con una azada y una ametralladora al hombro.
Y efectivamente, los primeros veinticinco años de Israel están marcados por las guerras con sus vecinos árabes: la guerra de 1948, la guerra de Suez de 1956, la guerra de los seis días de 1967 y la guerra del Kippur de 1973.
Y si en las dos primeras el Estado judío aún no estaba totalmente asimilado al sistema estadounidense de dominación global (en la del 56 fue Washington quien impuso el alto), las posteriores tuvieron lugar en un contexto que veía a Israel ya no sólo como un asentamiento colonial europeo, sino como un puesto avanzado del poder hegemónico estadounidense.
A partir de ese momento, también gracias a la ayuda continua y masiva de Estados Unidos, el poder militar israelí se afirmará como predominante en la región y, con la guerra del 73, se cierra la temporada de enfrentamientos que oponen a Israel contra los países árabes vecinos, mientras se abre la de la Resistencia palestina, a su vez marcada por una serie de fases agudas (la guerra del Líbano de 1982, la primera y segunda intifada y repetidas guerras en la franja de Gaza).
Sin embargo, a diferencia de los países árabes, que desde la perspectiva israelí constituían (y hasta cierto punto constituyen) una amenaza latente, destinada a manifestarse cíclicamente, la Resistencia del pueblo palestino se caracteriza -aunque dentro de una tendencia oscilante- por ser una constante, que sí conocerá algunas fases especialmente agudas, pero que en realidad nunca cesará.
Y es entre estas dos fases donde toma forma la doctrina de seguridad de Israel, por una serie de razones no exclusivamente militares.
Esto se basa esencialmente en un principio general, el de la disuasión, pero una disuasión del terror. En la imposibilidad de eliminar las causas profundas que determinan la hostilidad de las poblaciones autóctonas hacia los colonizadores sionistas, y en la conciencia de su propia condición demográfica ampliamente minoritaria, los dirigentes israelíes establecen la necesidad de infundir miedo a sus enemigos haciéndoles objeto -siempre y en todo caso- de una violencia desproporcionada, como reacción a cualquier signo de rebelión, o incluso sólo de rechazo.
Cualquier iniciativa, por parte árabe-palestina, que desafiara de algún modo la presencia colonial sionista, debía ser respondida con extrema dureza, a fin de desalentar -durante el mayor tiempo posible- una nueva acción hostil.
Este planteamiento, que, como se ha dicho, era la piedra angular de la doctrina de seguridad israelí, implicaba (y así lo confirmó más tarde la experiencia real) que la necesidad de ejercer la fuerza militar de forma masiva se repetiría periódicamente.
De ahí surgió el segundo pilar de esta doctrina, a saber, la disposición capacidad de desarrollar con prontitud una capacidad ofensiva capaz de dominar cualquier amenaza potencial y aniquilarla rápidamente.
Sin embargo, la particular condición de la población judía israelí, demográficamente inferior a la árabe-palestina, no permite mantener un ejército permanente con una fuerza considerable, por lo que debe basarse en un servicio militar obligatorio de larga duración para ambos sexos (3 años para los hombres, 2 años para las mujeres) y, sobre todo, en una fuerza de reserva considerable, que pueda movilizarse rápidamente en cada ocasión.
La consecuencia es doble: se necesita una gran capacidad de previsión para que los reservistas puedan ser llamados a tiempo para hacer frente a la amenaza, y ésta debe ser aplastada en un plazo bastante breve, porque los reservistas deben reincorporarse a la vida productiva del país.
Para responder a esta doble exigencia, Israel ha desarrollado por tanto un sistema de inteligencia potente y articulado, que opera tanto dentro del país como en los territorios ocupados y en los países árabes.
Gracias a esta red, pudo así advertir los indicios de que se estaba gestando algún tipo de amenaza a la seguridad y preparar a sus fuerzas armadas para hacerle frente.
Y es esta doctrina la que, en cierta medida, ha moldeado a su vez a la sociedad israelí, que se ha encontrado constantemente armada y envuelta en una guerra intermitente.

Otro momento significativo, en este sentido, fue la convulsión geopolítica producida sobre todo por la Segunda Guerra del Golfo. El violento destronamiento del antiguo aliado Sadam por las fuerzas occidentales lideradas por Estados Unidos desestabilizó de hecho toda la región, sentando las condiciones para un posterior cambio radical en el equilibrio de Oriente Medio.
El fin del régimen baasista en Irak, de hecho, puso fin al dominio de la fuerte minoría suní, abriendo la puerta del poder a la mayoría chií.
Y, aunque la guerra también condujo a la secesión de facto de la región del Kurdistán (en la que tanto Estados Unidos como Israel establecieron bases de operaciones muy sólidas), la llegada de los chiíes al gobierno de Bagdad primero, y el nacimiento del ISIS después, sentaron las bases de lo que más tarde se convertiría -gracias a la intuición del general Qassam Solemaini- en el Eje de la Resistencia.
La aparición de milicias armadas chiíes en Irak permitió de hecho a Teherán extender su influencia sobre el país vecino y, a través de ello, reunificarse también territorialmente con los chiíes libaneses de Hezbolá, y con el régimen sirio.
Sin embargo, los mencionados cambios inducidos en la sociedad israelí por su doctrina de seguridad también han conducido a su radicalización. Tal condición requiere un fuerte apuntalamiento ideológico que la sostenga, durante un tiempo que por definición es infinito.
Puesto que no hay un punto de inflexión, más allá del cual esta condición dejará de existir, las motivaciones deben ser muy fuertes. Y ésta es una de las razones (no la única) por las que una visión mesiánica del sionismo se ha ido arraigando cada vez más, y ha cuajado en movimientos y partidos de extrema derecha.
Esto ha comenzado especialmente con el movimiento de colonos, que, también por razones religiosas, persigue la prolificidad y, por lo tanto, también ha ganado gradualmente un peso electoral considerable.
Mientras las élites asquenazíes y la burguesía de origen europeo, que durante mucho tiempo habían representado a la clase dirigente, se secularizaban gradualmente, adquiriendo las típicas connotaciones liberales, una nueva clase, principalmente de origen norteafricano y de Oriente Medio, fuertemente religiosa y decididamente racista, ascendía gradualmente al poder, para asentarse de forma decisiva con el advenimiento de los últimos gobiernos de Netanyahu [1].
Si bien esto ha introducido elementos de división, incluso importantes, en el seno de la sociedad israelí, sin embargo, ha acentuado dos de sus aspectos intrínsecos: la dureza de la ocupación y la ambición de expansión territorial.
El primero ha alimentado obviamente una espiral de hostilidad, que a su vez alimenta la radicalización de la sociedad.
El segundo ha hecho renacer el sueño sionista del Gran Israel, que idealmente se extendería por gran parte de Siria e Irak, Jordania y Líbano, y amplias zonas de Arabia Saudí y Egipto.
Obviamente –y los líderes del ultrasionismo son muy conscientes de ello–, se trata precisamente de un sueño, decididamente irrealizable, no solo porque una población de solo seis millones de judíos nunca podría colonizar un territorio tan vasto.
En concreto, sin embargo, esto representa la utopía ideal a la que aspirar, y que sirve para sustentar ambiciones mucho más concretas y realistas.
El ansia de tierra de los colonos, de hecho, se concentra fundamentalmente en Cisjordania, porque es allí donde se encuentra la mayoría de los asentamientos (ilegales), porque es allí donde los territorios palestinos están extremadamente fragmentados, y sobre todo porque el valle del Jordán es obviamente una tierra muy fértil y rica.
Es fundamental tener presente la importancia de Cisjordania en la imaginación de la ultraderecha sionista (y no sólo en la imaginación…). Esta región, de hecho, no sólo es el objeto principal de las ambiciones expansionistas, sino que también es el corazón de lo que los israelíes llaman Judea y Samaria, una pieza fundamental del Israel bíblico.
Lo que a su vez también deja claro por qué las fronteras de esta región con Siria y Líbano son tan importantes (y están tan calientes).
Judea y Samaria es a su vez el corazón de la ultraderecha sionista, principal base electoral del gobierno de Netanyahu, y constituye el núcleo de una potencial secesión del Estado judío; la creciente división entre la población más secularizada y la de fuerte connotación religiosa (y que aspira a un Estado ajustado a los principios religiosos), empuja de hecho a la sociedad israelí hacia un punto de ruptura radical, en el que “los llamamientos al golpe de Estado y a la guerra civil son cualquier cosa menos raros” [2].
EL REINO DE JUDEA CONTRA EL ESTADO DE ISRAEL. Alastair Crooke.
Ni que decir tiene que, ante esta ruptura, el sentimiento antipalestino es el principal pegamento que la mantiene unida.

Y esta región también desempeñará un papel importante en los acontecimientos que provocarán un cambio radical en la doctrina de seguridad israelí.
Como es bien sabido, la operación Inundación de Al Aqsa del 7 de octubre de 2023, marcó un punto de inflexión muy importante en el equilibrio de poder en Oriente Medio, pero sobre todo puso de manifiesto cómo -en el conflicto palestino-israelí- las capacidades de disuasión y prevención, tal y como las contempla la doctrina actual, ya no eran adecuadas.
Sobre la cuestión del factor sorpresa, por el que el ataque palestino pilló in fraganti a las FDI, se ha debatido mucho, y hay un sector importante de la opinión que sigue creyendo la tesis de que en realidad no hubo sorpresa, que todo había sido previsto por los servicios israelíes, y que se eligió el ataque para tener un pretexto que justificara la matanza siguiente. Esta tesis ha sido refutada varias veces, incluso en estas páginas, pero como todas las tesis teñidas de conspiracionismo, se resiste a cualquier argumento que la ponga en tela de juicio.
La tesis procede fundamentalmente de la resistencia a aceptar la evidencia lógica, ante la que se prefiere la idea de que todo procede de complots ocultos, y ha sido montada con prontitud por las propias fuerzas interesadas en mantener la imagen de infalibilidad de los servicios israelíes, basándose en el esquema “no fueron los palestinos quienes engañaron a los israelíes, sino que fueron estos últimos quienes fingieron ser engañados para engañar a los palestinos”.
No hay más que ver las secuelas de aquellos acontecimientos (desde los cientos de muertos israelíes causados por el caos en los mandos de las FDI y la aplicación masiva y extensiva de la infame Directiva Aníbal, hasta las dimisiones de altos mandos militares y de servicio, y más en general el impacto de aquel ataque sobre Israel), para refutar la tesis.
Pero también hay otro elemento para tener en cuenta.
Evidentemente, hubo señales de actividades preparatorias, por parte de la Resistencia de Gaza, detectadas por los servicios de observación. Pero, como es normal, estas señales son examinadas a continuación por la cúpula militar, dentro de un marco de información más general, que decide si las tiene en cuenta y en qué medida.
Y esta actividad de evaluación se vio empañada por dos factores: la convicción de que Hamás no era capaz de llevar a cabo un ataque significativo, y que no tenía planes de hacerlo a corto plazo, y que en cambio había señales mucho más significativas (y preocupantes) de una escalada en Cisjordania, la región más próxima al corazón de una parte importante del gobierno israelí. Y, de hecho, en las semanas previas al ataque, partes significativas de las fuerzas armadas fueron redistribuidas de las fronteras de Gaza a Cisjordania.
En cualquier caso, el ataque palestino tuvo un impacto devastador en Israel, a todos los niveles.
En el gobierno, que se dio cuenta inmediatamente de cómo ponía en entredicho su capacidad para defender el país, en el ejército y los servicios de inteligencia, cuya ineficacia puso de manifiesto, y por supuesto en la sociedad israelí en su conjunto, que vio cómo todos los pilares en los que se basaba su idea de seguridad se derrumbaban en un instante.
Y la feroz reacción que siguió no fue simplemente un ejemplo del clásico principio de la respuesta desproporcionada, sino una verdadera catarsis histérica, totalmente carente de racionalidad, tanto política como militar. Un estado psicológico del que se tardó meses en salir.
Sin embargo, aquellos acontecimientos echaron por tierra la certeza de que siempre se podría disponer de una capacidad de disuasión capaz de mantener a raya a las formaciones combatientes palestinas, sin que llegaran a suponer una verdadera amenaza para Israel.
La consecuencia más importante fue, por supuesto, el cuestionamiento de toda la doctrina de seguridad, basada precisamente en la disuasión y la guerra intermitente.
Una doctrina a la que luego se dio el golpe de gracia cuando se trató de la confrontación directa con Irán. Las dos operaciones iraníes True Promise 1 y 2, de hecho, pusieron de relieve a su vez cómo la seguridad de Israel, y su capacidad de disuasión, habían quedado frustradas para entonces, hasta el punto de que sin la intervención directa y activa del aliado estadounidense, hubiera sido imposible una defensa eficaz contra los ataques.
Todo ello -junto con las ya mencionadas grietas en el cuerpo social- está conduciendo a una redefinición radical del marco conceptual de la arquitectura de seguridad. Que está pasando de la idea de contener al enemigo (ya sea Hamás, Hezbolá o un país hostil) a la de eliminarlo -aunque a sabiendas, por otra parte, de que esto es casi imposible.
El resultado es un cambio gradual hacia una condición de guerra permanente.

El aumento de la percepción de inseguridad, de hecho, empuja a los dirigentes israelíes, y a parte de la propia sociedad, a un enfoque que privilegia claramente el aspecto militar sobre el político.
Evidentemente, también influyen factores políticos internos, que no deben atribuirse simplemente a la fragilidad política del gobierno o a los temores personales de Netanyahu, sino también a la necesidad de mantener unido al país, en muchos otros aspectos peligrosamente próximo a la división.
Sin embargo, esta nueva visión de la seguridad, que ya no se basa en la capacidad de respuesta sino en la necesidad de prevenir, conlleva consecuencias significativas y problemáticas, que requieren, entre otras cosas, cambios de dirección (y no sólo) tanto en las fuerzas armadas como en los servicios secretos, cambios que, como es lógico, están provocando tensiones por sí mismos.
La cuestión fundamental es que esta reorientación de la doctrina de seguridad, cada vez más proactiva, implica un aumento de las tensiones y un incremento de las situaciones de crisis, en un contexto de Oriente Medio decisivamente cambiado, y en absoluto para mejor para Israel.
La caída del régimen de Assad, por citar el que Netanyahu reivindica como el mayor éxito de su acción para rediseñar Oriente Medio, y en el que, además, el papel israelí fue secundario y predominantemente previo, fue en realidad un éxito turco, y está elevando las hostilidades latentes ya existentes entre Ankara y Tel Aviv.
Mientras que, en el frente de Gaza, la insistencia en ocupar el corredor de Filadelfia y el paso fronterizo de Rafah está teniendo el mismo efecto con Egipto.
El Estado judío, por tanto, se enfrenta hoy a un conflicto multifrontal (Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Yemen, Irán…), tan prolongado como nunca antes -se trata de la guerra más larga que Israel ha librado nunca, y de la que no puede salir. Y esta es también una guerra en la que no puede lograr un resultado definitivo, y que por lo tanto se convierte necesariamente en permanente.
Una condición, sin embargo, insostenible para Israel, tanto porque -como ya se ha mencionado- sus fuerzas armadas están compuestas en gran parte por reservistas (a los que no se puede apartar del sistema económico del país durante mucho tiempo), como porque un estado permanente de guerra produce un efecto de acumulación difícil de sostener.
Por ejemplo, según cifras oficiales publicadas recientemente, el sistema de asistencia pública tiene actualmente a su cargo 78.000 soldados gravemente heridos o discapacitados, 16.000 de ellos como consecuencia de los conflictos posteriores al 7 de octubre.
Lo que equivale a decir que en Italia hay casi 700.000 inválidos de guerra… Y, por supuesto, no se trata sólo de una cuestión económica (personas improductivas a costa del Estado), sino también psicológica, ya que representan visualmente una herida social que no se reabsorbe, y que se suma a la de los caídos (sobre la que no hay cifras oficiales creíbles).
La paradoja es que el Estado de Israel se encuentra hoy en una situación en la que ya no puede contener las amenazas mediante un ejercicio periódico de la fuerza, y no sólo debe poder ejercerla constantemente, sino que incluso requiere -en una medida esencial- la cooperación activa en su defensa de Estados Unidos.
Por tanto, el Estado judío tendería a aspirar a una guerra decisiva, capaz de aniquilar a todos sus enemigos (reales y potenciales), o al menos de reducir significativamente su capacidad ofensiva. Algo que, sin embargo, no sólo es absolutamente incapaz de hacer por sí solo, sino que, en cualquier caso, no podría hacer simultáneamente.
Al mismo tiempo, el país de cuya ayuda depende vitalmente, Estados Unidos, no tiene ningún interés estratégico en inflamar la región, y aunque podría estar dispuesto a participar en una guerra cinética, ésta tendría que ser limitada, rápida y lo menos dolorosa posible para los propios Estados Unidos.
Una condición, ésta, que ahora generalmente no está disponible en ningún frente, y ciertamente no en el frente de Oriente Medio.
Israel, por lo tanto, está condenado a un estado permanente de guerra que lo consumirá, sin importar cuánto daño pueda a su vez hacer a sus enemigos mientras tanto.
Traducción nuestra
*Enrico Tomaselli es Director de arte del festival Magmart, diseñador gráfico y web, desarrollador web, director de video, experto en nuevos medios, experto en comunicación, políticas culturales, y autor de artículos sobre arte y cultura.
Notas
[1] Es interesante observar que la sociedad israelí, en los últimos años, también ha estado marcada por un fenómeno opuesto al de las primeras décadas tras la fundación del Estado de Israel. Mientras que al principio hubo un fuerte flujo migratorio hacia el nuevo Estado, principalmente de judíos asquenazíes europeos, ahora se está produciendo un fenómeno opuesto: los judíos, especialmente los judíos liberales, están abandonando Israel, trasladándose principalmente a Europa. Según un informe de Jewish Policy Research (Véase «Israelis Abroad: Transformation of the Jewish Diaspora?», JPR), más de seiscientos mil israelíes han abandonado el país (es decir, algo menos del 10% de la población judía). Evidentemente, este fenómeno favorece el predominio del componente mizrahi (judíos de Oriente Medio y del Norte de África), especialmente implicado en el movimiento de los colonos.
[2] Véase «The Kingdom of Judea vs. the State of Israel», Alastair Crooke, Unz Review
Fuente original: Giubbe Rosse News
