LOS ENFRENTAMIENTOS IMPERIALISTAS ACTUALES ESTÁN IMPULSADOS POR LA RIVALIDAD ECONÓMICA. Costas Lapavitsas.

Costas Lapavitsas.

Ilustración: PANDORCO.

05 de septiembre 2024.

El creciente conflicto entre bloques demuestra la falacia de la idea de que existe una única clase capitalista «mundial». No todos los estallidos se deben a un burdo cálculo económico, pero la rivalidad entre Estados tiene profundas raíces materiales.


La geopolítica mundial está marcada actualmente por tensiones extraordinarias y conflictos armados que elevan la amenaza de guerra mundial, sobre todo en Ucrania, Oriente Medio y Taiwán.

Desde principios de la década de 2010, la disposición de las principales potencias estatales recuerda cada vez más a los años previos a la gran conflagración imperialista de 1914. Tal giro de los acontecimientos habría sido muy difícil de imaginar en la década de 1990, cuando imperaba la ideología de la globalización neoliberal y Estados Unidos reinaba como única superpotencia.

Sin duda, Estados Unidos sigue siendo el actor principal -y más agresivo- en la escena internacional, como demuestra su postura hacia China.

Resulta crucial que ninguno de sus posibles contendientes proceda de las “viejas” potencias imperialistas, sino que todos han surgido de lo que antes se consideraba el Segundo o el Tercer Mundo, con China como principal contendiente económico y Rusia como principal contendiente militar. Esto refleja la profunda transformación de la economía mundial en las últimas décadas.

Además, el recrudecimiento de las tensiones tiene lugar en un momento histórico de bajo rendimiento del núcleo de la economía mundial, sobre todo desde la Gran Crisis de 2007-9. La actividad económica en las zonas centrales es notablemente débil en términos de crecimiento, inversión, productividad, etc., y no hay signos evidentes de un nuevo camino a seguir.

El periodo transcurrido desde la Gran Crisis de 2007-9 es un interregno histórico en el sentido clásico de Antonio Gramsci, es decir, de lo viejo que muere, pero lo nuevo que no nace, salvo que en este contexto señala la incapacidad de la acumulación capitalista central para forjarse un nuevo camino tanto a escala nacional como internacional.


La geopolítica mundial está marcada actualmente por tensiones extraordinarias y conflictos armados que elevan la amenaza de una guerra mundial, sobre todo en Ucrania, Oriente Medio y Taiwán.


La dramática reaparición de las contiendas imperialistas y hegemónicas, y la necesidad de conclusiones políticas, son asuntos de primera importancia para la izquierda socialista, como se argumenta en una reciente contribución a Jacobin. En este artículo, pretendo aportar algunos puntos clave al debate basándome principalmente en la obra colectiva recientemente publicada El Estado del Capitalismo: Economía, Sociedad y Hegemonía.

La economía política marxista clásica del imperialismo

La teoría marxista ha intentado sistemáticamente vincular el imperialismo a la economía política del capitalismo. Esto es más evidente en el análisis canónico de Vladimir Lenin, construido sobre los cimientos del Capital Financiero de Rudolf Hilferding. La reaparición actual de las contiendas imperialistas y hegemónicas se analiza mejor siguiendo el camino abierto por estos autores.

Los enfoques que se basan en explicaciones no económicas, o que incluso pretenden desvincular el imperialismo del capitalismo, como el de Joseph Schumpeter, tienen un poder explicativo limitado.

No obstante, la teoría de Hilferding y Lenin debe tratarse con gran cautela. La actual perspectiva geopolítica del mundo podría recordar a la anterior a 1914, pero las apariencias engañan.

Para estos dos autores, el motor clave del imperialismo fue la transformación de las unidades fundamentales del capital en las áreas centrales de la economía mundial, que condujo a la aparición del capital financiero.

En pocas palabras, el capital industrial y bancario monopolista se amalgamó en capital financiero, que buscó la expansión en el extranjero de dos formas: en primer lugar, mediante la venta de mercancías y, en segundo lugar, mediante la exportación de capital monetario prestable.

En resumen, el imperialismo clásico fue impulsado por la internacionalización acelerada del capital mercancía y del capital dinero bajo los auspicios de la amalgama de capitales monopolistas industriales y financieros.

Naturalmente, los capitales financieros de los distintos países competían entre sí en el mercado mundial, para lo cual buscaban el apoyo –típica pero no exclusivamente– de sus propios estados.

Lo que siguió fue la creación de imperios coloniales para asegurar la exclusividad territorial para la exportación de capital mercancía y crear condiciones favorables para la exportación de capital prestable.

Los países colonizados se encontraban normalmente en una fase inferior del desarrollo capitalista o ni siquiera eran capitalistas. Tal expansión colonial habría sido imposible sin el militarismo, y de ahí el empuje hacia la confrontación armada entre los competidores.

En resumen, el impulso de crear colonias surgió en última instancia de las operaciones agresivas de los capitales financieros que buscaban asegurarse beneficios.

Con este fin, cooptaron los servicios del Estado y esto creó un impulso hacia la guerra. Los Estados no son empresas capitalistas, y sus relaciones no están determinadas por un cálculo bruto de beneficios y pérdidas. Actúan basándose en el poder, la historia, la ideología y otros muchos factores no económicos. El árbitro último entre ellos es el poder militar.


El imperialismo es una práctica geopolítica, además de una realidad económica.


Así pues, la expansión imperialista fue impulsada fundamentalmente por el capital privado, pero conllevó inevitablemente la opresión, la explotación y el conflicto nacionales.

Los flujos de valor hacia la metrópoli podían proceder de los beneficios empresariales, pero también podían derivarse de la explotación fiscal, como en la India. Se contrarrestaban con los cuantiosos gastos de adquisición y mantenimiento de las colonias.

Desde este punto de vista, es engañoso intentar demostrar la existencia del imperialismo mediante un modelo económico que muestre los excedentes monetarios netos creados y apropiados por la metrópoli.

El imperialismo es una práctica geopolítica, además de una realidad económica. Está arraigado en la conducta y los beneficios de las empresas capitalistas activas en todo el mundo, pero da lugar a políticas estatales que tienen resultados complejos y contradictorios. En un sentido profundo, el imperialismo es un resultado histórico de la acumulación capitalista madura.

El imperialismo contemporáneo

A diferencia de la época de Hilferding y Lenin, la primera y decisiva característica del imperialismo contemporáneo es la internacionalización del capital productivo, y no sólo de las mercancías y del capital monetario prestable.

Grandes volúmenes de producción capitalista se producen a través de las fronteras en cadenas dirigidas normalmente por multinacionales, que ejercen el control directamente mediante derechos de propiedad sobre las filiales o indirectamente mediante contratos con capitalistas locales.

El salto cuantitativo en el volumen del comercio internacional en las últimas décadas es un resultado del comercio dentro de dichas cadenas.

Producir en el extranjero tiene requisitos mucho más estrictos que el mero comercio de mercancías o el préstamo de dinero. El capitalista internacional debe tener un amplio conocimiento de las condiciones económicas locales de los países receptores, derechos fiables sobre los recursos locales y, sobre todo, acceso a mano de obra capaz. Todo ello hace necesario mantener relaciones directas o indirectas con el Estado tanto del país de origen como del país receptor.

El segundo punto de diferencia, igualmente decisivo, es la forma característica que ha adoptado el capital financiero en las últimas décadas, que ha sido un factor decisivo en la financiarización del capitalismo tanto a escala nacional como internacional.

La exportación de capital prestable ha crecido enormemente, pero el grueso de los flujos ha sido, y sigue siendo, principalmente de núcleo a núcleo, y no de núcleo a periferia.

La proporción ha sido del orden de diez a uno a favor de los primeros. Además, es característico del interregno el crecimiento sustancial de los flujos de China a la periferia, así como otros flujos de periferia a periferia.

Además, hasta la Gran Crisis de 2007-9, tanto la financiarización nacional como la internacional estuvieron dirigidas principalmente por los bancos comerciales. Durante el interregno, el centro de gravedad se desplazó hacia los diversos componentes de la “banca en la sombra”, es decir, las instituciones financieras no bancarias, como los fondos de inversión, que obtienen beneficios de la negociación y tenencia de valores.

Tres de estos fondos -BlackRock, Vanguard y State Street- poseen actualmente en sus carteras una enorme proporción de todo el capital social de Estados Unidos.

En resumen, el imperialismo contemporáneo se caracteriza por la internacionalización del capital productivo, así como del capital mercantil y monetario, una vez más bajo los auspicios de los capitales industriales y financieros monopolizadores.

Sin embargo, de nuevo al contrario que en la época de Hilferding y Lenin, no existe ninguna amalgama del capital industrial con el financiero, y desde luego ninguna en la que este último domine al primero.

Después de todo, la dominación no es un resultado del movimiento esencial del capital, sino que se deriva de las realidades concretas de las operaciones capitalistas en contextos históricos específicos.

A principios del siglo XX, los bancos podían dominar a los capitales industriales porque éstos dependían en gran medida de los préstamos bancarios para financiar inversiones fijas a largo plazo. Dichos préstamos permitían y animaban a los bancos a implicarse activamente en la gestión de las grandes empresas.


Hoy en día, las empresas industriales de los países centrales se caracterizan por invertir poco y, al mismo tiempo, mantener en reserva enormes volúmenes de capital monetario.


Hoy en día, las empresas industriales de los países centrales se caracterizan por una baja inversión, al tiempo que mantienen enormes volúmenes de capital monetario en reserva. Ambos son rasgos característicos de la financiarización de las empresas industriales, así como del bajo rendimiento de las economías centrales durante el interregno. También implican que las grandes corporaciones internacionales dependen mucho menos del capital financiero que en los tiempos del imperialismo clásico.

Las enormes participaciones de capital de los “bancos en la sombra” son ciertamente importantes en lo que respecta al poder de voto dentro de las grandes empresas, y por tanto desempeñan un papel en la toma de decisiones de las empresas no financieras. Sin embargo, es exagerado afirmar que las Tres Grandes dictan las condiciones a las empresas USA.

Son titulares de acciones que pertenecen a otros -a menudo otros “bancos en la sombra”– y buscan beneficios gestionando sus carteras de valores. Su posición recuerda a la de un rentista, pero que lucha por un equilibrio de coexistencia con el industrial a través de los mercados de valores.

La fuerza motriz del imperialismo contemporáneo surge de este emparejamiento del capital industrial internacionalizado con el capital financiero internacionalizado. Ninguno domina al otro y no existe un enfrentamiento fundamental entre ellos. Juntos constituyen la forma de capital más agresiva que conoce la historia.

Requisitos económicos del imperialismo contemporáneo

El emparejamiento de capitales que impulsa el imperialismo contemporáneo no necesita exclusividad territorial ni pretende formar imperios coloniales. Al contrario, prospera gracias al acceso sin restricciones a los recursos naturales mundiales, a la mano de obra barata, a los bajos impuestos, a las normas medioambientales poco estrictas y a los mercados para sus componentes industriales, comerciales y financieros.

Un punto que destacar a este respecto es que no existe una clase capitalista «mundial». Se trata de una ilusión de los tiempos del triunfo ideológico de la globalización y de la hegemonía exclusiva de EEUU. Ciertamente, existe una similitud de perspectivas entre los capitalistas internacionalmente activos, que refleja en última instancia el poder hegemónico de EEUU.

Pero la enorme escalada de tensiones de los últimos años demuestra que los capitalistas están, y seguirán estando, divididos en grupos potencialmente hostiles a escala internacional.

Por cierto, tampoco existe una “aristocracia obrera” en los países centrales, contrariamente a lo que afirmaba Lenin. La enorme presión ejercida sobre los trabajadores de los países centrales durante las últimas cuatro décadas ha desmentido esa idea.

Los capitales industriales y financieros internacionalmente activos tienen dos requisitos fundamentales. En primer lugar, deben existir normas claras y aplicables para los flujos de inversión productiva, mercancías y capital monetario prestable. Esto no es simplemente una cuestión de acuerdo por tratado entre estados, sino algo que deben garantizar instituciones adecuadamente estructuradas, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el Banco de Pagos Internacionales, etc. En segundo lugar, debe existir una forma fiable de dinero mundial que actúe como unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor.

Ambos requisitos -especialmente el último- reflejan el carácter peculiar de la economía mundial, que, a diferencia de la nacional, carece intrínsecamente de la presencia coordinadora y organizadora de un Estado nacional. No obstante, los capitales industriales y financieros siguen necesitando el apoyo de los estados nacionales cuando navegan por los estrechos del mercado mundial.

Inevitablemente, el sistema de estados nacionales -a diferencia del sistema de capitales que compiten internacionalmente- entra en escena y aporta sus propias consideraciones no económicas.

El papel de la hegemonía

El rasgo característico del sistema de estados nacionales es la hegemonía, y hay pocas guías mejores que Gramsci para abordar esta cuestión, como sugirió Robert Cox hace mucho tiempo.

Gramsci se centraba en el equilibrio interno de clases y en los resultados políticos resultantes, más que en las relaciones estatales internacionales. Sin embargo, lo que importa a nuestros efectos es que, para Gramsci, la hegemonía implica tanto coacción como consentimiento. Ambas son cruciales para el funcionamiento del imperialismo contemporáneo.


No existe una clase capitalista “mundial”. Se trata de una ilusión de los tiempos del triunfo ideológico de la globalización y de la hegemonía exclusiva de EEUU.


Estados Unidos fue el único hegemón durante casi tres décadas tras el colapso de la Unión Soviética, y su poder se derivaba del predominio económico reflejado en el tamaño de su PIB y sus mercados asociados, el volumen de su comercio internacional y la magnitud de los flujos de capital entrantes y salientes. Sobre todo, su posición hegemónica derivaba de la capacidad única de afianzar su propia moneda nacional como dinero mundial.

El poder coercitivo de EEUU es en parte económico, como demuestra la enorme gama de sanciones que impone regularmente a otros. Principalmente, sin embargo, es militar, con enormes gastos que actualmente superan el billón de dólares anuales. Esta cifra es superior a la de las “antiguas” potencias imperialistas en al menos un orden de magnitud y financia una vasta red de bases militares en todo el mundo.

A diferencia del periodo clásico, la militarización y un enorme complejo militar-industrial son características permanentes e integrales de la economía estadounidense.

El poder de consentimiento estadounidense se basa en su papel dominante en el conjunto de instituciones internacionales que regulan la actividad económica internacional. Esta forma de poder se apoya en universidades y grupos de reflexión que producen la ideología predominante en las instituciones internacionales. Ha resultado fundamental para generar una perspectiva común entre los capitalistas internacionalmente activos de todo el mundo durante varias décadas.

Como único hegemón, Estados Unidos ha fomentado sistemáticamente los intereses de sus capitales globalmente activos. Al hacerlo, ha creado unas condiciones que también permiten a los capitales de otros “viejos” países imperialistas operar con provecho, entre otras cosas garantizando un acceso controlado a los dólares en momentos críticos, como en 2008, pero también en 2020. También en este sentido, el imperialismo contemporáneo es radicalmente diferente de la versión clásica.

El problema hegemónico para Estados Unidos surge de la naturaleza contradictoria de estas tendencias.

Por un lado, favorecer los intereses de los capitales internacionalmente activos tuvo costes sustanciales para sectores de la economía interna estadounidense. La industria manufacturera emigró, dejando tras de sí un desempleo persistente, las empresas se registraron en paraísos fiscales para evadir impuestos, se perdió capacidad técnica, etc.

Por otro lado, la deslocalización de la capacidad productiva ayudó a la aparición de centros independientes de acumulación capitalista en lo que antes se consideraba el Segundo y el Tercer Mundos. El papel principal lo desempeñaron los estados nacionales que navegaron por los bajos fondos de la producción, el comercio y las finanzas globalizados. Pero la deslocalización de la producción también fue un factor crucial.

El principal ejemplo es, obviamente, China, que se ha convertido en el mayor país manufacturero y comercial del mundo. Sin duda, las gigantescas empresas industriales y financieras chinas tienen características y relaciones distintivas en comparación con sus equivalentes estadounidenses, sobre todo porque varias de ellas son de propiedad estatal.

Pero los capitales financieros del imperialismo clásico también diferían sustancialmente entre sí, como señaló, por ejemplo, Kozo Uno.

A nuestros efectos, las enormes empresas industriales y financieras chinas, indias, brasileñas, coreanas, rusas y de otros países operan cada vez más a escala global y buscan el apoyo estatal para influir en las reglas del juego, así como para determinar el dinero mundial. Eso significa principalmente su propio Estado, aunque también cultivan las relaciones con otros Estados.

El impulso hacia la guerra

Las raíces de las contiendas imperialistas, que se agravan constantemente, se encuentran en esta configuración del capitalismo global.

Obviamente, Estados Unidos no se someterá al desafío y recurre a su vasto poder militar, político y monetario para proteger su hegemonía. Eso lo convierte en la principal amenaza para la paz mundial.

En otras palabras, las contiendas actuales recuerdan a la época anterior a 1914, en el sentido fundamental de estar impulsadas por motivos económicos subyacentes. Esto no significa que detrás de cada estallido haya un burdo cálculo económico, pero sí que las contiendas tienen profundas raíces materiales. Son, por tanto, extraordinariamente peligrosas y difíciles de afrontar.


No hay nada meritorio ni progresista en el capitalismo chino, indio, ruso o de cualquier otro país.


Además, las contiendas son cualitativamente diferentes de la oposición entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que era principalmente política e ideológica.

Durante el interregno, Estados Unidos ha contado con el apoyo de las “viejas” potencias imperialistas, recurriendo principalmente a su poder de consentimiento, enraizado en la época antisoviética. Nada garantiza que pueda hacerlo para siempre.

Así pues, la izquierda se enfrenta a una elección difícil, pero al mismo tiempo clara.

La aparición gradual de la “multipolaridad”, a medida que otros Estados poderosos desafían la hegemonía estadounidense, ha creado cierto espacio para que los países más pequeños defiendan sus propios intereses.

Pero no hay nada meritorio ni progresista en el capitalismo chino, indio, ruso o de cualquier otro país. Además, es vital recordar que el mundo era multipolar en 1914, y el resultado fue la catástrofe.

La respuesta aún puede encontrarse en los escritos de Lenin, aunque el mundo haya cambiado mucho. La izquierda socialista debe oponerse al imperialismo, aun reconociendo que Estados Unidos es el principal agresor.

Pero eso debe hacerse desde una posición independiente que sea abiertamente anticapitalista y no se haga ilusiones sobre China, India, Rusia y otros contendientes, y mucho menos sobre los “viejos” imperialistas.

El camino debe ser el de la transformación anticapitalista interna basada en la soberanía popular y unida a una soberanía nacional que busque la igualdad internacional.

Tal sería un verdadero internacionalismo, apoyado en el poder de los trabajadores y los pobres. Cómo podría volver a convertirse en una fuerza política real es el problema más profundo de nuestro tiempo.

Traducción nuestra


*Costas Lapavitsas es economista griego, profesor en la Universidad de Londres SOAS (School of Oriental and African Studies) y periodista colaborador de la sección de opinión del diario londinense The Guardian, fue diputado del Parlamento griego entre enero y septiembre de 2015, primero por la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza)  y, a partir de agosto de ese año, por Unidad Popular.

Fuente original: Jacobin en Inglés

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