Fernando Buen Abad Domínguez.
13 de agosto 2026.
Es imprescindible intervenir, poner atención desde las causas hacia los efectos, desde la estructura hacia el acontecimiento, desde las relaciones sociales hacia los actores individuales. Allí reside una de las operaciones más eficaces contra la guerra cognitiva. No mantenernos en silencio ni aislados.
Jamás las reuniones dedicadas a “examinar” el denominado “terrorismo político de izquierda” pueden considerarse acontecimientos aislados ni ejercicios puramente académicos o democráticos.
Forman parte de procesos más amplios de clasificación y dictadura ideológica de la realidad. Toda clasificación que el imperio impone implica una jerarquización de clase.
Toda jerarquización suya establece criterios de legitimidad y de deslegitimación. Toda legitimidad distribuida desde los sillones del poder imperial influye sobre la manera en la que las sociedades interpretan los conflictos que atraviesan su existencia material y sobre los mecanismos de guerra cognitiva para el espionaje, la persecución, la represión y la criminalización de toda fuerza transformadora.
Ahora resucitan todos los estigmas del nazifascismo, del macartismo, de la “Guerra Fría” … Con el epíteto de “terrorismo político de izquierda”, eje articulador de una reunión (16/07/26) para inventar foros, conferencias o dispositivos institucionales de análisis.
Y es hora de, una vez más, exigir una interrogación rigurosa acerca de las condiciones históricas, económicas y culturales que hacen posible su formulación, su circulación y su eficacia. Ninguna ofensiva imperial adquiere relevancia pública por generación espontánea.
Todo el plan de su reunión está intoxicado por una trama de intereses, conflictos, disputas simbólicas y saqueos materiales que determinan su sentido. Y nuestro problema no es sólo la existencia de semejante violencia política a la que estamos acostumbrados, sino al repertorio de nuevas orientaciones ideológicas diversas, convertidos de inmediato en procedimientos de guerra cognitiva para distorsionar la percepción social de los conflictos.
Para eso la guerra cognitiva constituye una fase avanzada de los mecanismos contemporáneos de dominación. Su campo de operaciones no se limita a los territorios físicos ni a las infraestructuras estratégicas.
Su objetivo principal radica en intervenir sobre los procesos mediante los cuales los seres humanos interpretan la realidad, construyen significados colectivos y elaboran juicios acerca de su propia experiencia histórica.
La conciencia social aparece entonces como espacio de disputa permanente. Allí convergen intereses económicos, estructuras de poder político, industrias culturales, plataformas tecnológicas, complejos militares, aparatos de inteligencia y conglomerados mediáticos que participan en la producción sistemática de narrativas destinadas a modelar conductas, expectativas y consensos.
Y el escenario ofrece ejemplos abundantes. Durante el siglo XIX, movimientos obreros que reclamaban jornadas laborales menos brutales se caracterizaron frecuentemente como amenazas al orden civilizatorio.
Durante el siglo XX, luchas anticoloniales fueron descritas por numerosas potencias como expresiones de criminalidad política. Los procesos de emancipación nacional se redujeron a fenómenos de subversión irracional. Demandas vinculadas con la redistribución de la riqueza se presentaron como patologías ideológicas.
En cada caso, la operación discursiva procuraba desplazar la atención desde las causas estructurales de los conflictos hacia sus manifestaciones más visibles y espectaculares.
Todo es culpa de la anorexia intelectual de las derechas. ¿Será que esta reunión contra el “terrorismo de izquierda” adoctrinará a sus invitados para determinar quién es el jefe que posee la fuerza y autoridad para imponer categorías interpretativas de alcance masivo? ¿Que el gerente en turno del capitalismo tiene poder de reclasificar la política mundial?
También se está reclutando a las corporaciones monopólicas de comunicación; a los centros de pensamiento financiados por grupos económicos; fundaciones asociadas a intereses geopolíticos específicos y redes institucionales vinculadas con estructuras estatales dominantes participan activamente en la construcción de marcos cognitivos.
¿Piensan que con la influencia de estos actores mejorará la calidad de sus argumentos genocidas? ¿Será una misa del capitalismo para recordar a sus esbirros quiénes tienen acceso privilegiado a canales de negocios, saqueo, violencia impúdica e impune, difusión de baratijas, relaciones con organismos gubernamentales mercantilizados y capacidad para imponer los negocios burgueses con apariencias de beneficencia universal?
Cuando una reunión así concentra la atención de los sirvientes que sintonizan con el palabrerío sobre el terrorismo político de izquierda, urge contrastarlo con las formas de violencia disfrazadas de procesos económicos, financieros, militares y comunicacionales que afectan cotidianamente a millones de personas.
La destrucción de comunidades mediante políticas de saqueo económico, la precarización sistemática del trabajo, la expulsión de poblaciones enteras de sus territorios, la devastación ambiental promovida por intereses privados y la desarticulación deliberada de servicios públicos esenciales generan consecuencias humanas de enorme magnitud. Sin embargo, tales fenómenos rara vez reciben tratamientos equivalentes dentro de los discursos dominantes sobre la violencia.
Nada dirán sobre las desigualdades mundiales originadas por el capitalismo sangriento, cuna del nuevo nazifascismo de los últimos días. Toda su violencia aparece aislada de las condiciones históricas que ellos han producido, mientras otras formas de coerción estructural permanecen invisibilizadas. Fabrican una representación parcial de la realidad.
Los conflictos con que ellos ganan fortunas dejan de percibirse como manifestaciones de contradicciones sociales objetivas y pasan a interpretarse como resultados exclusivos de decisiones individuales o desviaciones ideológicas.
No olvidemos el escenario preelectoral norteamericano. Y otros más. Una población que desconoce las relaciones entre explotación económica y organización política terminará aplaudiendo reuniones como esta.
Porque la reunión sobre terrorismo político de izquierda funcionará como escenario privilegiado para la reproducción de múltiples narrativas hegemónicas, también violentas.
Ello implica percatarse de la existencia de prácticas violentas desarrolladas por organizaciones identificadas con tradiciones más oscuras del capitalismo. Implica reconocer que el análisis científico exige criterios humanistas de nuevo género que repudien todos los crímenes perpetrados por los dueños del poder económico.
Ninguna forma de violencia puede comprenderse adecuadamente fuera de las relaciones económicas capitalistas que la producen. Ninguna investigación rigurosa debería admitir como naturales los crímenes de lesa humanidad perpetrados por Estados Unidos y sus aliados.
Toda tradición crítica sólida debe intervenir ante esta reunión del imperio. Examinar la totalidad concreta de los planes represivos.
Los acontecimientos particulares que estallarán en lo inmediato contra pueblos hermanos como Cuba, Venezuela, México… Una explosión política de herencias nazifascistas conducida por los frentes burgueses más desesperados por sus crisis.
No admitamos reducir estas reuniones a simples expresiones de maldad ideológica o berrinches de ricos ensoberbecidos; eso equivale a renunciar al conocimiento científico. Eso es peligroso y ya nos ha ocurrido.
Ellos cuentan con que hoy la producción hegemónica de consensos descansa cada vez más en tecnologías capaces de inocular cantidades gigantescas de información. Plataformas digitales, sistemas algorítmicos y dispositivos de vigilancia cognitiva permiten identificar patrones de comportamiento, preferencias culturales y vulnerabilidades emocionales.
La influencia sobre la opinión pública alcanza niveles de precisión desconocidos en etapas anteriores. La dominación masiva se combina con formas sofisticadas de segmentación individual. La manipulación abandona progresivamente el terreno de la propaganda uniforme para ingresar en espacios personalizados de intervención psicológica.
Reprimir también es un gran negocio. Y estarán presentes en esta reunión los propietarios de esas infraestructuras tecnológicas que ocupan posiciones estratégicas dentro del orden mundial contemporáneo.
Su capacidad para inyectar flujos de información les confiere un poder extraordinario sobre la formación de percepciones colectivas.
La construcción de enemigos políticos, la amplificación selectiva de amenazas y la jerarquización interesada de acontecimientos forman parte de un repertorio ampliamente documentado por investigaciones académicas de múltiples disciplinas.
Entonces el cómplice servil, no importa el cargo político o empresarial que ostente, emerge precisamente en este contexto. No se trata exclusivamente de individuos motivados por convicciones perversas; además, comercian con ellas. Son con frecuencia funcionarios, expertos, comunicadores, académicos o dirigentes que reproducen categorías dominantes para examinar las condiciones de su negociación.
Y semejante subordinación intelectual puede adoptar formas extremadamente sofisticadas. El lenguaje técnico, la retórica institucional y las credenciales profesionales ofrecen frecuentemente una apariencia de neutralidad que oculta planes criminales al servicio de intereses económicos y geopolíticos imperiales.
Su servidumbre intelectual rentada adquiere especial eficacia cuando logra presentarse como objetividad. El problema no consiste en la existencia de posiciones ideológicas, sino a quién piensan desaparecer, calumniar o desprestigiar.
Por ejemplo, Palantir Technologies. Quienes acuden a este tipo de reuniones para adoctrinar despistados con el “terrorismo político de izquierda” merecen un examen cuyo objeto no sean sólo las personas, sino los negocios o intereses sectarios que desempeñan dentro de la producción institucional del espionaje, la represión y la persecución del pensamiento emancipador.
Ya sabemos que ellos no obtienen ganancias mediante la atribución de intenciones democráticas; ellos identifican relaciones comerciales objetivas y analizan las condiciones históricas que hacen posibles determinados negocios.
Desde esa perspectiva, los participantes constituyen una configuración mafiosa inscrita en un campo donde convergen intereses de sectas estatales, prioridades de control social estratégicas, financiamiento corporativo a la defensa, doctrinas de seguridad, centros universitarios infiltrados, fundaciones privadas con nexos con la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), organismos multilaterales e industrias de comunicación serviles a la lógica del mercado.
Cada una de esas instancias interviene en la selección de negocios considerados relevantes, en la asignación de recursos para investigarlos y en la legitimación de categorías que terminan adquiriendo apariencia de evidencia empírica. Y pasar a cobrar el dinero de los pueblos que espían, reprimen y enajenan.
Tal obscenidad pertenece al terreno de la moral burguesa y aporta su valor a la guerra cognitiva o a su batalla cultural, como también le llaman. Hay que transparentar el financiamiento de estas reuniones y quién paga los platos rotos.
Nos toca interpelar científicamente cuáles condiciones materiales organizan la producción de sus conceptos, cuáles relaciones de poder delimitan el horizonte de sus investigaciones y cuáles intereses sociales resultan objetivamente favorecidos por las conclusiones que alcanzan. Ningún conocimiento emerge en un vacío histórico.
Nuestra elaboración teórica no depende de sus instituciones, mecanismos de financiamiento, tradiciones intelectuales, procedimientos de validación y sistemas de reconocimiento profesional que delimitan, antes del inicio mismo de la investigación, aquello susceptible de ser formulado como problema científico.
Necesitamos un lenguaje especializado para combatir todos esos engaños. Mejorar nuestras categorías críticas empleadas para clasificar fenómenos políticos y no contentarnos con describir la realidad; necesitamos participar activamente con una organización cognitiva transformadora y transformada.
Nombrar así debe significar la resignificación de las rebeldías, establecer relaciones sociales nuevas en condiciones (antes, durante y después) capaces de emancipar las condiciones materiales. Resignificar jerarquías, redefinir causalidades y no excluir interpretaciones alternativas y diversas.
Cuando un plan represor se consolida con aval de participantes internacionales, agencias de inteligencia, centros de estudios estratégicos, universidades y corporaciones mediáticas, adquiere una cualidad horrorosa que rebasa ampliamente el ámbito de la justicia y del humanismo.
Sus acuerdos represores terminan orientando políticas públicas, programas educativos, decisiones judiciales, estrategias militares y prácticas periodísticas. La circulación reiterada del concepto produce familiaridad; la familiaridad genera aceptación; la aceptación siempre se cuantifica con muertos.
Quienes participan —hay que tomar nota detallada— representan, por tanto, posiciones objetivas dentro de la división social del trabajo y el capital.
Algunos producen categorías de supremacismo, otros las validan, otros las difunden, otros las traducen en normas jurídicas, protocolos de seguridad, contenidos periodísticos o programas educativos.
El efecto acumulativo de esas prácticas consiste en naturalizar y aplaudir un régimen de control donde las contradicciones derivadas de la apropiación desigual e ilegal de la riqueza, del trabajo y del poder político retroceden hacia un plano secundario.
Mientras sus noticieros y sus revistas de glamur convierten todo en tragedias naturalizadas y fetichizadas.
Es imprescindible intervenir, poner atención desde las causas hacia los efectos, desde la estructura hacia el acontecimiento, desde las relaciones sociales hacia los actores individuales. Allí reside una de las operaciones más eficaces contra la guerra cognitiva. No mantenernos en silencio ni aislados.
*Fernando Buen Abad Domínguez es Filósofo, escritor y especialista mexicano en filosofía de la comunicación, semiótica y crítica de la cultura. Profesor e investigador en diversas universidades de América Latina y autor de numerosos libros sobre comunicación y semiótica.
Fuente: Alai
