LA DOCTRINA ESTADOUNIDENSE DE LA IMPREVISIBILIDAD. Phil Butler.

Phil Butler.

Imagen: NEO

11 de julio 2026.

Las grandes potencias rara vez caen en decadencia por carecer de poderío militar; se tambalean cuando el mundo pierde la confianza en su criterio. El enfoque cada vez más errático de Estados Unidos hacia Irán sugiere que la imprevisibilidad ha pasado de ser una herramienta diplomática a convertirse en una doctrina peligrosa cuyas consecuencias se extienden mucho más allá de Oriente Medio.


Las señales cambiantes de Washington

Durante décadas, la política exterior estadounidense se apoyó en unos cimientos que trascendían a los presidentes, los partidos políticos y los ciclos electorales.

Los aliados discrepaban ocasionalmente de Washington, mientras que los adversarios cuestionaban con frecuencia sus objetivos, pero pocos ponían en duda la existencia de un marco estratégico coherente.

En general, se entendía que los compromisos estadounidenses iban más allá de los titulares del momento, lo que permitía a los gobiernos, a los planificadores militares y a los mercados mundiales anticipar la probable línea de actuación de Washington incluso en períodos de crisis internacional. Esa suposición ha quedado destrozada por una Administración que parece empeñada en enemistarse con el mundo entero.


“Esto ha puesto de relieve una cuestión emergente que ahora ocupa a los responsables políticos desde Bruselas hasta Pekín, desde Riad hasta Nueva Delhi: ¿puede la imprevisibilidad táctica seguir sirviendo a los intereses estadounidenses, o ha comenzado a erosionar la confianza estratégica que ha sustentado el liderazgo global de EE. UU. durante generaciones?”


La segunda administración Trump ha transformado la imprevisibilidad, que antes era una táctica de negociación ocasional, en el rasgo definitorio de la diplomacia estadounidense.

Lo que en su día se presentó como una ambigüedad estratégica calculada ha degenerado en una formulación de políticas impulsiva, lo que deja tanto a aliados como a adversarios con dificultades para distinguir entre las señales deliberadas y la improvisación política.

Sin embargo, ambigüedad y contradicción no son sinónimos. Una ambigüedad eficaz mantiene a los oponentes en la incertidumbre sobre el momento o la magnitud de una respuesta, al tiempo que deja pocas dudas sobre los objetivos estratégicos subyacentes. La contradicción, por el contrario, genera incertidumbre sobre los propios objetivos. Es esta distinción la que define cada vez más la política exterior estadounidense y plantea preguntas difíciles sobre sus consecuencias a largo plazo.

Durante la Guerra Fría, incluso momentos de peligro extraordinario, como la crisis de los misiles en Cuba, se contuvieron en última instancia porque Washington y Moscú comprendían los objetivos estratégicos fundamentales del otro a pesar de la profunda hostilidad ideológica.

La estabilidad no surgió de la confianza mutua, sino de la previsibilidad mutua. La incertidumbre actual es diferente. La ambigüedad se refiere cada vez más no solo a cómo podría responder Estados Unidos ante una crisis, sino a cuáles son realmente sus objetivos estratégicos a largo plazo.

En ningún ámbito ha sido más evidente este cambio que en la postura de Washington hacia Irán, en rápida evolución. En un período notablemente breve, la diplomacia se ha alternado con la acción militar, las declaraciones de victoria han ido seguidas de nuevas amenazas y el lenguaje de la negociación ha chocado repetidamente con el lenguaje de la escalada.

El mensaje resultante no ha sido de ambigüedad estratégica, sino de confusión estratégica.

La erosión de la credibilidad estratégica

El enfoque de la Casa Blanca de Trump ha oscilado entre llamamientos a la diplomacia, advertencias de una acción militar arrolladora, declaraciones de que los objetivos ya se han alcanzado y nuevas amenazas de más ataques en caso de que Teherán no cumpla con las cambiantes exigencias estadounidenses.

El ritmo de estos cambios se ha medido a menudo en días más que en meses, lo que ha dejado a los aliados, a los mercados financieros y a los gobiernos regionales intentando distinguir entre una política duradera y los mensajes tácticos.

Que uno apoye o se oponga a una decisión concreta es casi irrelevante. En última instancia, la política exterior se juzga menos por acciones aisladas que por si esas acciones forman parte de un marco estratégico reconocible. Cada vez más, la comunidad internacional tiene dificultades para identificar ese marco.

Irán nos ofrece un contraste instructivo. La República Islámica sigue siendo uno de los principales adversarios geopolíticos de Washington, y sus actividades regionales continúan generando legítimas preocupaciones de seguridad tanto entre los Estados vecinos como entre los gobiernos occidentales.

No obstante, a pesar de años de sanciones, operaciones cibernéticas, asesinatos selectivos, acciones encubiertas y presión militar directa, Teherán ha calibrado con frecuencia sus respuestas para evitar desencadenar una guerra regional que pudiera amenazar la supervivencia del propio régimen.

Esto no es un argumento a favor de la política iraní.

Más bien, es un reconocimiento de que los responsables de la toma de decisiones iraníes han demostrado, en general, una apreciación racional de los costes catastróficos de una escalada descontrolada.

Sus respuestas han buscado a menudo preservar la disuasión, evitando al mismo tiempo un conflicto que ninguna de las partes podría controlar con seguridad.

Cuando la imprevisibilidad se convierte en doctrina

Esa distinción es importante porque cuestiona la suposición persistente de que la imprevisibilidad mejora necesariamente la estabilidad. Si ambas partes comprenden los límites de una escalada aceptable, las crisis a menudo pueden gestionarse a pesar de una profunda hostilidad política.

Sin embargo, si esos límites se vuelven cada vez más opacos, el riesgo de error de cálculo aumenta sustancialmente. Aquí es donde la política estadounidense hacia Irán adquiere una importancia que va mucho más allá de Oriente Medio.

La credibilidad de las grandes potencias no solo depende de la capacidad militar, sino también de la coherencia de sus objetivos. Los portaaviones, los sistemas avanzados de misiles y las sanciones económicas proyectan sin duda poder, pero no pueden sustituir a la coherencia estratégica.

Los aliados realizan inversiones en defensa basándose en sus expectativas respecto a la futura política estadounidense. Los adversarios calculan los riesgos según su interpretación de las posibles respuestas de Washington.

Los inversores internacionales incorporan la incertidumbre geopolítica a los precios de los mercados energéticos, las rutas marítimas y los flujos de capital. Me viene a la mente algo que el expresidente Richard Nixon dijo en una ocasión:

Nos guste o no, la alternativa a la distensión es una carrera armamentística nuclear descontrolada, un retorno a la confrontación constante y un revés devastador para nuestras esperanzas de construir una nueva estructura de paz en el mundo.

Es evidente que la actual Administración ofrece pocos motivos para albergar esperanzas de paz. Cuando el discurso oficial oscila rápidamente entre la diplomacia, la coacción, las garantías y una renovada confrontación, la propia incertidumbre se convierte en una fuerza geopolítica. Las implicaciones van mucho más allá de Teherán.

Los gobiernos europeos se ven cada vez más obligados a encontrar un equilibrio entre la dependencia continuada de las garantías de seguridad estadounidenses y los esfuerzos por ampliar sus capacidades estratégicas independientes.

Los socios asiáticos observan cómo gestiona Washington las sucesivas crisis, al tiempo que evalúan sus propios cálculos de seguridad respecto a China. Los Estados de Oriente Medio continúan diversificando sus relaciones diplomáticas, manteniendo estrechos vínculos con Estados Unidos y, al mismo tiempo, reforzando su compromiso con potencias emergentes como China y con organizaciones regionales que operan cada vez más al margen de los marcos occidentales tradicionales.

Esta diversificación gradual no es ni dramática ni ideológica. Se trata, sencillamente, de una gestión política prudente. Los gobiernos que se enfrentan a la incertidumbre buscan, de forma natural, diversificar sus opciones estratégicas. Irónicamente, la imprevisibilidad puede generar rendimientos decrecientes. Cuando se emplea de forma selectiva, puede, en efecto, desestabilizar a los adversarios durante las negociaciones.

Sin embargo, cuando se eleva a la categoría de filosofía de gobierno, corre el riesgo de debilitar precisamente la credibilidad de la que depende el éxito de la disuasión.

Si cada declaración puede revisarse mañana, cada línea roja reconsiderarse y cada iniciativa diplomática sustituirse abruptamente por señales militares, los gobiernos extranjeros dedicarán inevitablemente un esfuerzo cada vez mayor a prepararse para múltiples futuros estadounidenses, en lugar de depositar su confianza en una única dirección estratégica.

El coste de la incertidumbre estratégica

La incertidumbre resultante afecta a los mercados energéticos mundiales, a la adquisición de material de defensa, a la inversión internacional y a las estructuras de las alianzas mucho antes de que se produzca cualquier nuevo enfrentamiento militar.

La historia ofrece numerosos ejemplos de grandes potencias cuya influencia disminuyó no porque carecieran de fuerza militar, sino porque sus intenciones estratégicas se volvieron cada vez más difíciles de interpretar para los demás.

El liderazgo nunca se ha basado únicamente en la fuerza superior. También depende de la previsibilidad de los objetivos. Estados Unidos sigue siendo la potencia militar preeminente del mundo, con capacidades tecnológicas sin parangón y una red de alianzas que ningún competidor puede igualar. Nada de eso ha cambiado de forma fundamental.

Lo que está cambiando es la percepción cada vez más extendida de que la política exterior estadounidense se ha vuelto cada vez más personalizada, reactiva y difícil de distinguir del ritmo del debate político interno.

La crisis de Irán ha puesto de manifiesto, por tanto, algo más importante que otra peligrosa confrontación en una región ya de por sí volátil. Ha puesto de relieve una cuestión emergente que ahora ocupa a los responsables políticos desde Bruselas hasta Pekín, desde Riad hasta Nueva Delhi: ¿puede la imprevisibilidad táctica seguir sirviendo a los intereses estadounidenses, o ha comenzado a erosionar la confianza estratégica que ha sustentado el liderazgo global de EE. UU. durante generaciones?

A las grandes potencias se las juzga, en última instancia, no solo por su disposición a utilizar la fuerza, sino también por la confianza que los demás depositan en su criterio. La imprevisibilidad puede seguir siendo un valioso instrumento diplomático cuando se emplea con disciplina y una clara intención estratégica. Sin embargo, elevada a la categoría de doctrina, corre el riesgo de convertirse en su propio lastre estratégico.

Por lo tanto, es posible que el mayor desafío al que se enfrenta la política exterior estadounidense no sea Irán, China o Rusia. Quizá sea convencer al resto del mundo de que, bajo la retórica cambiante, sigue existiendo una estrategia coherente capaz de mantener la estabilidad internacional en una era cada vez más multipolar.

La historia rara vez da señales antes de cambiar de rumbo. Más a menudo, avanza a trompicones a través de contradicciones que solo se hacen evidentes en retrospectiva.

Traducción nuestra


*Phil Butler es investigador y analista político, politólogo y experto en Europa del Este, además de autor del reciente éxito de ventas «Putin’s Praetorians» y de otros libros

Fuente original: New Eastern Outlook

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