Abbas al-Zein.
Ilustración: The Cradle.
07 de julio 2026.
Estados Unidos se está replanteando su presencia en el Golfo tras la guerra contra Irán, que convirtió sus activos más fuertes en pasivos.
En los días posteriores al alto el fuego, la atención se centró rápidamente en lo que había puesto de manifiesto la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Dentro del Pentágono, eso supuso una reevaluación de cómo están posicionadas las fuerzas estadounidenses en todo el Golfo Pérsico y de si el modelo en el que se basa esa presencia sigue siendo válido.
La guerra ya había aportado parte de la respuesta. En la Base Naval de Apoyo de Baréin, misiles y drones iraníes alcanzaron instalaciones de mando, nodos de comunicaciones y edificios de apoyo, causando daños mucho mayores de lo que se reconoció públicamente y obligando a realizar evacuaciones y a buscar soluciones alternativas.
Bases que durante mucho tiempo se habían considerado seguras quedaban al alcance del enemigo, y el margen de seguridad parecía más estrecho de lo que se había dado a entender, a la luz de las pérdidas que había sufrido, aunque no se revelaran en su totalidad.
Un informe del Wall Street Journal (WSJ) llamó especialmente la atención. Señalaba una reevaluación en el seno del Pentágono de su presencia en el Golfo, después de que la guerra pusiera de manifiesto lo vulnerables que se habían vuelto incluso sus bases más afianzadas.
Las instalaciones, que en su día se diseñaron pensando en la resistencia y la visibilidad, se vieron expuestas a armas que priman el alcance y la precisión. El equilibrio entre la disuasión y la vulnerabilidad comenzó a inclinarse.
Dentro del Pentágono, el debate se ha centrado en cómo adaptarse. Las opciones que se barajan van desde reducir la presencia en determinadas bases hasta redistribuir las unidades y capacidades por una zona geográfica más amplia. También se está considerando trasladar parte de las operaciones a ubicaciones consideradas menos vulnerables, además de mejorar las fortificaciones en los emplazamientos que siguen en uso.
Esto refleja un intento de conciliar un modelo arraigado con un entorno de amenazas en el que la distancia y las fortificaciones ofrecen menos protección que antes.
Un modelo bajo presión
Durante décadas, la presencia militar estadounidense en el Golfo se basó en una premisa sencilla. Las grandes bases fijas tenían por objeto garantizar la disuasión, permitir una respuesta rápida y asegurar las rutas comerciales y energéticas clave. Esa premisa se enfrenta ahora a una prueba sin precedentes.
La reciente guerra contra Irán demostró que estas bases pueden ser localizadas, rastreadas y atacadas con cada vez mayor precisión. En ese sentido, su tamaño y permanencia, que antes se consideraban ventajas, también las hacen predecibles. Un solo ataque puede tener efectos operativos y políticos desmesurados, sobre todo cuando se dirige contra estructuras de mando o centros logísticos.
Una fuerza dispersa puede absorber los impactos, mientras que una concentrada corre el riesgo de sufrir una interrupción en el punto de impacto. Cuanto más visible es la instalación, más claro se vuelve el perfil del objetivo.
Por lo tanto, los planificadores militares están sopesando un cambio hacia la dispersión. En lugar de concentrar los recursos en un número limitado de grandes instalaciones, las capacidades se distribuirían entre más emplazamientos.
La lógica consiste en reducir el impacto de cualquier ataque aislado y dificultar la selección de objetivos por parte del adversario. Además, se introduce redundancia, lo que permite que las operaciones continúen incluso si un nodo queda inutilizado.
Al mismo tiempo, existe una vía paralela centrada en la protección. Esto incluye la ampliación de refugios fortificados, la construcción de instalaciones subterráneas y la mejora de los sistemas de defensa aérea y antimisiles. Estas medidas reflejan que se mantendrá algún tipo de presencia fija, aunque cambie su estructura. También reflejan el coste de permanecer en el lugar.
Se está debatiendo la posibilidad de reubicar ciertas misiones hacia el oeste, incluso hacia los territorios palestinos ocupados, siendo el Negev una de las ubicaciones que se barajan.
Tales medidas no supondrían el fin de las alianzas de EE. UU. en el Golfo. Sin embargo, modificarían la forma en que se respaldan militarmente dichas alianzas, trasladando parte de la carga operativa a otros lugares.
Lo importante es que se ha abierto el debate. Esto apunta al reconocimiento de que el modelo existente no puede mantenerse sin cambios, aunque no se abandone.
¿Seguridad para quién?
El objetivo declarado de la presencia estadounidense ha sido durante mucho tiempo proporcionar un paraguas de seguridad a los Estados del Golfo. La revisión actual introduce una prioridad diferente. Se trata menos de proteger a los aliados y más de proteger a las propias fuerzas estadounidenses.
Durante la guerra, la presencia de bases estadounidenses no impidió que la escalada llegara a la región.
Tampoco evitó que los Estados del Golfo se convirtieran en parte del escenario del enfrentamiento. En algunos casos, esas bases se convirtieron en un factor que atrajo el riesgo hacia ellas, situando a los países anfitriones dentro del alcance de las represalias.
La implicación es difícil de ignorar, ya que las mismas instalaciones destinadas a disuadir el conflicto también pueden actuar como imanes para él.
Esto plantea un dilema para EE. UU., que debe determinar cómo reducir su exposición sin dar un paso atrás.
Para las capitales del Golfo, la cuestión es si la garantía de seguridad sigue funcionando de la misma manera cuando conlleva una mayor probabilidad de verse envueltas en el conflicto.
Desde la perspectiva de Washington, la respuesta puede estar en la adaptación. Desde la perspectiva del Golfo, el cálculo es menos claro, especialmente ahora que los acuerdos regionales alternativos comienzan a ser objeto de debate.
Esto no significa que el paraguas estadounidense desaparezca, pero sus condiciones ya no se dan por sentadas.
La doctrina, en entredicho
La revisión en curso afecta a un supuesto fundamental de la doctrina militar estadounidense en la región.
La idea de que un despliegue pesado y permanente garantiza la libertad de movimiento ha marcado la política durante décadas. Vinculaba la presencia militar al control de corredores vitales, especialmente en torno al estrecho de Ormuz. La guerra ha puesto en entredicho ese vínculo.
Las grandes concentraciones de tropas y medios constituyen ahora objetivos fijos cuya defensa conlleva un alto coste. Los recursos que se destinarían a las operaciones se desvían hacia la protección, lo que ralentiza la respuesta y limita las opciones.
En la práctica, la presencia se convierte en una carga. Absorbe la atención y la capacidad, y exige refuerzos constantes para seguir siendo viable ante la amenaza.
Esto es especialmente evidente en torno a Ormuz. El control de la vía navegable se basaba en la suposición de que las bases cercanas permitían una intervención rápida. El enfrentamiento demostró que esas mismas bases podían verse en peligro desde las primeras fases de cualquier escalada. La capacidad de actuar está, por lo tanto, ligada a la capacidad de sobrevivir al intercambio inicial.
Ese cambio tiene consecuencias para la propia disuasión. Si una fuerza debe asegurar primero su propia posición antes de proyectar su poder, su postura disuasoria cambia tanto en la percepción como en la práctica.
El cambio es sutil pero significativo, ya que el enfoque pasa de cómo utilizar las bases a cómo preservarlas.
Lo que cambió Irán
El motor inmediato de esta reevaluación radica en lo que Irán ha construido y demostrado.
A lo largo de los años, Teherán desarrolló una capacidad de misiles y drones diseñada no solo para disuadir, sino para contrarrestar las ventajas convencionales de EE. UU. en el Golfo. La reciente guerra puso ese sistema en funcionamiento de tal manera que pasó de la teoría a la presión aplicada.
El efecto fue más allá de los ataques individuales o los resultados específicos. Radicaba en la presión constante que imponían estas capacidades. Las bases, las infraestructuras y las líneas de operación quedaron dentro de su radio de acción, lo que elevó el coste de mantener una presencia permanente y complicó la suposición de que existían zonas de operaciones seguras.
Esta presión se ejerce a lo largo del tiempo. Moldea el comportamiento, obliga a una asignación de recursos defensivos y reduce el espacio operativo.
En ese sentido, el logro de Irán no se mide solo por los daños causados, sino por el cambio que ha forzado en la forma de pensar estadounidense. Una doctrina que daba por sentada la relativa seguridad de las instalaciones fijas ahora tiene que tener en cuenta una vulnerabilidad sostenida.
También existe una dimensión política. Irán parece haber logrado imponer una nueva realidad estratégica que ha llevado a EE. UU. a reconsiderar su presencia militar en todo el Golfo y el estrecho de Ormuz, en lugar de limitar su evaluación a los lugares donde estaban desplegadas sus fuerzas.
Quizá la revelación más llamativa de estos cambios sea que Irán ha logrado, aunque sea de forma indirecta, trasladar la cuestión de la presencia militar estadounidense en el Golfo del ámbito de las exigencias iraníes al de los debates internos estadounidenses.
Lo que Teherán lleva años planteando como objetivo estratégico —la reducción de la presencia militar estadounidense— ha pasado ahora a ser objeto de revisión dentro del propio Pentágono, como consecuencia de los costes de seguridad y militares de la guerra.
Este paso de la presión externa a la revisión interna marca un cambio en la forma en que se plantea la cuestión. Traslada el debate de la retórica a la política.
No terminará en el Golfo
Las implicaciones se extienden más allá del Golfo, ya que EE. UU. se ve obligado a reconsiderar un pilar central de su despliegue regional, lo que envía una señal a otros escenarios. Los adversarios observan de cerca, no solo en busca de resultados inmediatos, sino también de lecciones que puedan aplicarse en otros lugares.
En la región de Asia-Pacífico, los despliegues estadounidenses en Japón y Corea del Sur se basan en modelos similares a los utilizados en el Golfo. Se articulan en torno a bases fijas destinadas a garantizar la disuasión y la respuesta rápida. Existen patrones similares en las redes vinculadas a Taiwán y en toda la región.
Estos despliegues operan en condiciones diferentes, pero comparten similitudes estructurales. La concentración, la visibilidad y la dependencia de la infraestructura crean puntos de presión comparables si se ven expuestos a tecnologías similares.
A medida que la vulnerabilidad ante misiles y drones redefina los cálculos en el Golfo, es probable que surjan cuestiones similares también en estas regiones.
No se puede descartar una reevaluación más amplia del despliegue global. Lo que comienza como un ajuste regional puede convertirse en un replanteamiento más amplio de cómo Estados Unidos estructura su presencia militar, especialmente a medida que los adversarios perfeccionan sus capacidades diseñadas para explotar las posiciones fijas.
Un punto de inflexión, no una salida
Sería prematuro hablar de una retirada estadounidense del Golfo. No se ha anunciado ninguna decisión al respecto, ni la revisión la da a entender.
Lo que sí puede afirmarse es que las condiciones de la presencia están cambiando. La guerra ha puesto de manifiesto límites que no pueden ignorarse, lo que obliga a reconsiderar supuestos que se mantuvieron durante décadas, no en teoría, sino bajo presión operativa.
Ahí radica el impacto más profundo. Un modelo basado en la concentración y la permanencia tiene ahora que adaptarse a la dispersión y la incertidumbre. Una postura que antes se asociaba con el control conlleva ahora el riesgo de exposición —y ese riesgo debe gestionarse de forma continua—.
Esto no pone fin al papel de Estados Unidos en la región, pero sí altera la forma en que se mantiene y los recursos necesarios para sostenerlo.
La cuestión es cómo permanecerá Estados Unidos en el Golfo y a qué coste militar y político.
Este tema ha entrado ahora en el ciclo de planificación del Pentágono, y la respuesta de Washington determinará tanto la región como la huella más amplia de los despliegues militares estadounidenses en los próximos años.
La guerra ha reabierto ese debate, y es poco probable que se resuelva a corto plazo.
Traducción nuestra
*Abbas al-Zein es un analista político libanés de Al-Mayadeen Media Network, especializado en geopolítica y seguridad internacional. Su trabajo también aborda los recursos energéticos mundiales, las cadenas de suministro y la dinámica de la seguridad energética.
Fuente original: The Cradle
