Lorenzo Maria Pacini.
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02 de agosto 2026.
Desde el centro de la OTAN en Riga hasta los «deepfakes», la percepción es el nuevo campo de batalla. Pero las balas siguen decidiendo el resultado, y Rusia no está perdiendo.
El centro de gravedad del conflicto y el paradigma occidental
En los conflictos del último cuarto de siglo, la dimensión de la información ha dejado de ser un mero complemento de la acción militar para convertirse en un escenario por derecho propio.
Esta formulación no es nueva: ya en 1998, Vladimir Slipchenko sostenía que la información se estaba convirtiendo en «un arma del mismo tipo que los misiles, las bombas y los torpedos», y que una nueva forma de guerra había sustituido al combate armado como factor decisivo para alcanzar los objetivos político-militares.
Lo que ha cambiado no es el principio en sí mismo, sino más bien la infraestructura que lo hace operativo: la conectividad masiva, la mediación algorítmica de la atención y la disponibilidad de herramientas generativas han reducido los costes y multiplicado el alcance de las operaciones dirigidas a la percepción.
Sin embargo, definir el dominio cognitivo como un «nuevo» espacio de competencia estratégica requiere una aclaración, ya que el término puede resultar engañoso. La contienda por las opiniones, las lealtades y la voluntad de luchar siempre ha acompañado a la guerra; Tucídides la dejó constancia en los discursos que precedían a las decisiones de las asambleas.
La novedad contemporánea radica en tres elementos interrelacionados: la capacidad técnica para llegar directamente a los ciudadanos a escala industrial, eludiendo a los intermediarios institucionales; la fusión de las operaciones de inteligencia, cibernéticas y psicológicas en un continuo sin fisuras; y la aparición de un vocabulario doctrinal —«guerra cognitiva», «confrontación informativa», «control reflexivo»— que busca teorizar esta contienda como una función militar por derecho propio.
La percepción ha pasado a ser fundamental, pero no es exclusiva; la destrucción física no ha desaparecido: ciudades arrasadas, infraestructuras atacadas, víctimas humanas.
La acción sobre la percepción se ha convertido en una condición habilitadora y en un multiplicador de la acción cinética —en algunos casos, su sustituto— y la relación entre ambos registros es objeto de una elección estratégica deliberada.
En primer lugar, debemos reconstruir lo que Occidente declara oficialmente que hace en el ámbito de la información, distinguiéndolo de lo que se le atribuye. La distinción entre la doctrina declarada, las capacidades reales y las intenciones supuestas es la primera herramienta del rigor analítico.
La Publicación Conjunta 3-13 (Operaciones de Información, edición de 2012 con actualizaciones posteriores) define las operaciones de información (IO) como el uso integrado de las capacidades de información durante las operaciones militares para influir, perturbar, corromper o usurpar el proceso de toma de decisiones del adversario, al tiempo que se protege el propio.
El punto clave es que la doctrina estadounidense limita explícitamente dichas operaciones al contexto de las hostilidades o a su preparación inmediata: no contempla, al menos a nivel declarado, una «confrontación informativa permanente» en tiempos de paz. Es precisamente esta limitación temporal, como veremos, la que constituye la principal asimetría conceptual con respecto a la doctrina rusa, y así lo documentan los propios analistas rusos cuando distinguen su propia definición «amplia» de la «estrecha» occidental.
Dentro de la OTAN, la comunicación estratégica se define como el uso coordinado de las actividades de comunicación de la Alianza en apoyo de las políticas y operaciones.
El Centro de Excelencia StratCom de la OTAN en Riga, creado en 2014, y el trabajo del Mando Aliado de Transformación sobre la guerra cognitiva representan los avances más recientes. Es importante señalar que estos organismos elaboran principalmente análisis defensivos —como, por ejemplo, cómo contrarrestar la desinformación del adversario— y que sus resultados son, en gran medida, públicos.
Por el contrario, como señaló Giles, la proto-doctrina cibernética de las fuerzas armadas rusas de 2011 no hace mención alguna a las capacidades ofensivas.
En el frente europeo, el Grupo de Trabajo East StratCom, creado por el Servicio Europeo de Acción Exterior en 2015 bajo mandato del Consejo Europeo, gestiona el proyecto EUvsDisinfo para catalogar la desinformación prorrusa. Las iniciativas posteriores —el Código de prácticas sobre desinformación de 2018 y la Ley de Servicios Digitales— constituyen un aparato de contramedidas que las fuentes rusas interpretan como una herramienta de censura y de guerra de información ofensiva.
El Grupo de Trabajo East StratCom es una organización abiertamente dedicada a contrarrestar las narrativas rusas, una especie de «arma» de respuesta, hasta tal punto que se declara un medio de defensa contra los ataques externos.
El documento del EISI menciona repetidamente a los think tanks, las ONG y los institutos de investigación como componentes del aparato informativo occidental. Organizaciones como la RAND Corporation, Chatham House, el Royal United Services Institute (RUSI) y el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) elaboran, efectivamente, análisis influyentes sobre Rusia. RAND, en particular, publicó en 2016 un estudio de Christopher Paul y Miriam Matthews sobre el modelo de la «avalancha de falsedades» de la propaganda rusa y, en 2019, un informe sobre medidas para «contrarrestar y disuadir» a Rusia. Esta guerra cognitiva coordinada, dirigida por un centro estratégico, ha sentado un precedente y ha inspirado a muchos otros centros similares.
Enmarcar al enemigo
Incluso podemos elaborar un catálogo de las técnicas que Occidente emplea contra Rusia. Resulta útil examinarlas agrupándolas en categorías funcionales.
El primer grupo se refiere a técnicas de comunicación política ampliamente estudiadas que no son ni específicamente occidentales ni secretas.
El «enmarcado» —la selección de ciertos aspectos de una realidad percibida para hacerlos destacar, según la definición de Robert Entman— es un mecanismo general de comunicación que opera en todos los sistemas mediáticos, incluido el ruso. La «fijación de la agenda», teorizada por Maxwell McCombs y Donald Shaw en 1972, describe la capacidad de los medios de comunicación para determinar no lo que piensa el público, sino sobre qué piensa. El «priming» es la contrapartida cognitiva de este proceso.
El segundo grupo se refiere a la representación del liderazgo ruso.
La personalización del conflicto —es decir, la reducción de un antagonismo estructural a la figura de un único líder— es un fenómeno real ampliamente utilizado en la comunicación política occidental, y siempre ha funcionado. La narrativa en torno a Vladímir Putin ha variado muchas veces, pero siempre se ha mantenido consistentemente negativa, sin permitir nunca ninguna representación positiva en ningún aspecto.
Consideremos, pues, la verificación de hechos y la denominada lucha contra la desinformación. Occidente ha tenido que hacer grandes esfuerzos para crear agencias de «verificación de hechos» con el fin de controlar el flujo de información. La idea de una verdad objetiva queda neutralizada; cualquier dato es potencialmente incorrecto.
La confianza en la realidad verificable se ve erosionada hasta el punto de que ya no sirve para nada, y así las narrativas construidas acaban no solo legitimándose, sino también siendo preferidas, porque resultan psicológicamente más convenientes: no alteran los marcos emocionales y racionales de las personas.
Danilin enumera un catálogo de organizaciones occidentales creadas, en su opinión, para contrarrestar a Rusia: el Grupo de Trabajo East StratCom de la UE, el Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido, la Unidad de Lucha contra la Desinformación, VIGINUM en Francia y otras, entre las que se incluyen agencias de ciberseguridad defensiva, unidades de análisis de desinformación y servicios de inteligencia.
Algunas de estas estructuras existen y cuentan con mandatos públicos; VIGINUM, por ejemplo, es una agencia francesa creada en 2021 con la misión declarada de detectar la injerencia informativa extranjera. Más que un frente unificado bajo un único mando, se trata de organizaciones que se coordinan entre sí en un diálogo constante —en el que, es cierto, hay múltiples centros de mando, pero con una intención unificada y un enemigo común—.
En la mente
Si la guerra cognitiva se centra en el proceso de pensamiento más que en su contenido, su análisis requiere el uso de las ciencias cognitivas.
La base contemporánea es el modelo de los dos sistemas de Daniel Kahneman, desarrollado junto con Amos Tversky.
El sistema 1 —rápido, automático, emocional— rige la mayoría de los juicios cotidianos; el sistema 2 —lento, deliberativo y que requiere esfuerzo— interviene solo cuando se activa. Las operaciones cognitivas eficaces se dirigen al Sistema 1: las heurísticas de disponibilidad y representatividad, así como los sesgos de confirmación y de anclaje identificados por el programa de investigación de Kahneman y Tversky, constituyen posibles puntos de ataque. La información repetida queda almacenada en la memoria y, por lo tanto, se percibe como verdadera (la ilusión de la verdad); una imagen cargada de emoción prevalece sobre la evaluación deliberativa.
Antonio Damasio, con su hipótesis del marcador somático, ha demostrado que la toma de decisiones racionales no puede separarse de la emoción: los pacientes con lesiones prefrontales que alteran el procesamiento emocional se vuelven incapaces de tomar decisiones eficaces.
De ello se deduce que actuar basándose en las emociones no es eludir la razón, sino actuar sobre su propio fundamento. Stanislas Dehaene, al estudiar los mecanismos de la atención y la conciencia, ha aclarado cómo la relevancia perceptiva determina lo que entra en el procesamiento consciente: controlar la relevancia significa controlar la propia entrada de información en la mente.
Estos hallazgos neurocientíficos sientan las bases para afirmar que la guerra cognitiva opera «por debajo» del nivel del contenido argumentativo. Podemos afirmar sin mucha dificultad que el laboratorio ya es el campo de batalla informativo.
Jonathan Haidt, con su teoría de los fundamentos morales, ha demostrado que el juicio político se basa en intuiciones morales rápidas (cuidado, equidad, lealtad, autoridad, santidad, libertad) que preceden y guían el razonamiento. George Lakoff ha analizado cómo los marcos lingüísticos activan estructuras conceptuales profundas, haciendo que ciertos argumentos resulten literalmente impensables fuera del marco dominante.
Cuando se aplican al ámbito geopolítico, estos hallazgos arrojan luz sobre la construcción del enemigo: la movilización de la lealtad grupal y la amenaza existencial activan los fundamentos morales más poderosos. En la guerra —y especialmente en una guerra existencial— lo que está en juego a nivel simbólico se eleva deliberadamente al máximo nivel.
Los mecanismos cognitivos individuales se ven amplificados por la arquitectura de las plataformas digitales. Las «cámaras de eco» —entornos en los que solo se encuentran opiniones afines— y las «burbujas de filtro» creadas por la personalización algorítmica refuerzan el sesgo de confirmación a gran escala.
El contagio emocional, también documentado en el entorno digital, propaga estados emocionales a través de las redes sociales. La amplificación algorítmica favorece los contenidos con un alto nivel de implicación emocional, que suelen ser escandalosos o polarizantes.
El resultado global es un entorno informativo estructuralmente propicio para la polarización, independientemente de las intenciones de los actores que operan en él.
En el conflicto
El conflicto entre Rusia y Ucrania ha servido, sin duda, como un campo de pruebas privilegiado para experimentar y poner a prueba estrategias en ámbitos híbridos.
Occidente ha construido un denso entramado de proyecciones perceptivas: Rusia paralizada por las sanciones, Putin sin apoyo popular, las armas en el frente agotándose, los soldados derrotados y en retirada, el pueblo en revuelta, el colapso de las instituciones ahora inminente.
Se trata de una serie de temas recurrentes en todos los medios de comunicación dominantes, con una repetición constante, rítmica e implacable, incluso ante pruebas que indican lo contrario. Sin embargo, Rusia sigue en pie y no parece en absoluto que esté perdiendo la guerra. Más bien al contrario.
Lo importante, reiteramos, no es la verdad, sino lo que se percibe como verdad.
En este contexto, hay otros dos elementos que desempeñan un papel fundamental: los datos y las imágenes. Los datos se consideran un criterio importante de la verdad porque, al menos en teoría, deberían ser verificables. Sin embargo, los datos proceden de fuentes que los recopilan y procesan. El problema, por tanto, es quiénes son estas agencias y de dónde proceden los datos, cómo se procesan y cómo se difunden. En este ámbito, la arbitrariedad es casi total: quien es dueño de la agencia es dueño de los datos. Y, además, quien controla el almacenamiento de los datos ostenta el peso (digital) de la verdad.
En cuanto a las imágenes, la cuestión es muy similar. Las imágenes transmiten un mensaje con mayor inmediatez que los textos escritos y las cifras; por lo tanto, son más eficaces, y su uso es tan poderoso que, desde la antigüedad, han sido la herramienta principal para la narración integral —es decir, tanto racional como emocional— de la que disponemos.
El conflicto ruso-ucraniano es un ejemplo de manual: desde el primer día, la red se ha visto inundada de fotos y vídeos de la situación en el frente, dentro de los respectivos países y de lo que ocurría en las zonas circundantes. El encuadre de la narrativa siempre ha estado marcado por las imágenes —incluso hasta el punto de utilizar memes— hasta tal punto que la literatura científica ha comenzado a referirse a la «guerra memética».
Una característica específica del conflicto ucraniano es el papel de la inteligencia de fuentes abiertas (OSINT). Grupos como Bellingcat han documentado, mediante la geolocalización de material disponible públicamente, acontecimientos que las partes tendían a ocultar —desde el derribo del vuelo MH17 en 2014 hasta la presencia de fuerzas rusas en zonas donde se negaba su presencia—.
La OSINT ha introducido un nuevo elemento: la posibilidad de la verificación distribuida, lo que complica la negación plausible. Las fuentes rusas, de forma sistemática, tienden a calificar la OSINT independiente como una herramienta de los servicios de inteligencia occidentales, repitiendo el patrón de reclasificar cualquier verificación como un acto de agresión.
Herramientas operativas
El repertorio operativo de la guerra de información contemporánea combina las disciplinas clásicas de la inteligencia con las recientes capacidades digitales.
Las PSYOPS (Operaciones Psicológicas), rebautizadas como MISO (Operaciones de Apoyo a la Información Militar) en la terminología estadounidense desde 2010, se refieren a operaciones destinadas a influir en las emociones y el comportamiento de públicos seleccionados en apoyo de objetivos militares.
La comunicación estratégica y la diplomacia pública operan a un nivel superior y con un mandato predominantemente abierto: esta última, en particular, se refiere a los esfuerzos de un Estado por comunicarse directamente con la opinión pública extranjera —una actividad legítima y declarada que, sin embargo, las fuentes rusas tienden a incluir en la lista de armas de información—.
Aquí radica una ambigüedad fundamental en este ámbito: no existe una línea clara y universalmente aceptada entre la diplomacia pública legítima y las operaciones de influencia hostiles, y la ubicación de ese límite es en sí misma objeto de controversia política.
OSINT, HUMINT y SIGINT se refieren, respectivamente, a la recopilación de inteligencia a partir de fuentes abiertas, humanas y de señales. Su relevancia para la guerra de la información es doble: proporcionan datos para analizar el público objetivo y, en el caso de OSINT, también se han convertido en una herramienta para la verificación pública.
La ley rusa de 2016 que tipifica como delito la investigación sobre las audiencias de la televisión rusa por parte de organizaciones extranjeras, y la posterior designación del Centro Levada como «agente extranjero», no son signos de debilidad, sino más bien de un esfuerzo deliberado por subsanar una vulnerabilidad, dado que el análisis de audiencias se reconoce como un factor facilitador de la guerra de la información, y se niega al adversario el acceso al mismo.
Las operaciones cibernéticas, las operaciones en redes sociales, las redes de bots, las granjas de trolls, la guerra memética, los deepfakes y la inteligencia artificial generativa constituyen la capa más reciente y de más rápida evolución. Las granjas de trolls y las redes de bots automatizan la producción y la amplificación de contenidos.
La guerra memética aprovecha la difusión viral de unidades culturales compactas y cargadas de emotividad. Los deepfakes y la IA generativa reducen aún más el coste de producir contenido falso creíble, introduciendo una discontinuidad cualitativa cuyos efectos completos aún se están desarrollando.
Cabe destacar que estas capacidades están al alcance de múltiples actores, tanto estatales como no estatales.
A pesar de todo, la guerra en el frente
La respuesta colectiva occidental contra Rusia es muy potente y detallada, tal y como se ha explicado hasta ahora. En el caso del conflicto entre Rusia y Ucrania, a pesar del importante papel de la guerra híbrida, sigue siendo en el frente donde se decide el resultado real del conflicto.
A pesar del despliegue masivo de capacidades informativas por ambas partes, el resultado sobre el terreno sigue dependiendo de la artillería, los drones, la defensa aérea y la logística. La guerra cognitiva no ha sustituido a la guerra cinética; más bien, ha alterado su relación y secuencia.
La formulación más defendible —adoptada por los estudios académicos más rigurosos— es que el dominio perceptivo se ha convertido en una condición habilitadora y en un multiplicador de fuerzas, cuya eficacia, sin embargo, depende de su integración con las demás dimensiones más que de su sustitución.
La pregunta que hay que plantearse, por lo tanto, no es si la guerra de la información funcionará o conducirá a la victoria de una de las partes en el conflicto, sino cómo lo hará y en qué medida.
Porque la primera guerra —la más importante de todas— es la que se libra en las mentes de los ciudadanos, los soldados y los políticos. Es la guerra que hace que una persona se sienta en peligro y tenga miedo, o que viva una vida tranquila como si nada estuviera pasando. Es la que lleva a una persona a apretar el gatillo o a bajar la guardia.
Hasta la fecha, Occidente ha probado una amplia gama de armas híbridas contra Rusia y nunca ha dejado de producir información y manipular percepciones.
Y seguirá haciéndolo, porque ha quedado claro que, para ganar hoy en día, las balas y las bombas por sí solas no bastan: hay que convencer a la gente de que ha ganado o ha perdido. Lo demás vendrá por sí solo.
Traducción nuestra
*Lorenzo Maria Pacini es Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
Fuente original: Strategic Culture Foundation
