Thomas Fazi.
Foto: Donald Trump, presidente de Estados Unidos, este martes en la Asamblea General de la ONU, en Nueva York. Richard Drew (AP)
01 de febrero 2026.
La ONU está más débil y deslegitimada que nunca, pero sería un error culpar a la institución por los problemas del mundo: la ONU simplemente refleja nuestra fracturada realidad geopolítica.
Esta es una versión ligeramente ampliada de un artículo publicado anteriormente en UnHerd.
Las Naciones Unidas se enfrentan a la crisis más profunda de sus ochenta años de historia. Su legitimidad se ha ido erosionando durante años, lo que ha suscitado críticas de todo el espectro político.
Los críticos de la política exterior estadounidense y occidental denuncian que la organización es impotente ante la matanza masiva en Gaza y las repetidas acciones militares unilaterales de Estados Unidos llevadas a cabo sin la autorización del Consejo de Seguridad.
Los atlantistas liberales la culpan por su incapacidad para detener la invasión de Rusia a Ucrania o poner fin a la guerra. Mientras tanto, el movimiento MAGA retrata a la ONU como un instrumento de una «élite globalista» empeñada en erosionar la soberanía nacional.
Hoy, sin embargo, la organización se enfrenta a un desafío más directo: un ataque abierto por parte del país que durante mucho tiempo ha sido su principal artífice, patrocinador y mayor contribuyente financiero: Estados Unidos. Donald Trump, crítico desde hace mucho tiempo de la ONU, ha pasado de la retórica a la acción.
Desde su regreso al poder, su administración ha recortado las contribuciones voluntarias a los organismos de la ONU y ha retenido los pagos obligatorios tanto al presupuesto ordinario como al de mantenimiento de la paz.
Según funcionarios de la ONU, Estados Unidos debe actualmente miles de millones de dólares en contribuciones asignadas, lo que ha llevado al secretario general a advertir que la organización se enfrenta al riesgo de un «colapso financiero inminente».
La presión va a intensificarse. El presupuesto propuesto por Trump para 2026 reduciría drásticamente o eliminaría la financiación de varios organismos de la ONU, incluidos el presupuesto ordinario y las operaciones de mantenimiento de la paz.
Al mismo tiempo, ha puesto en marcha una iniciativa paralela, la denominada «Junta de Paz», concebida explícitamente como una alternativa al sistema multilateral existente y presidida por el propio Trump.
Hasta ahora, solo un número limitado de países, en su mayoría gobiernos alineados con Estados Unidos en Oriente Medio, Asia Central y América Latina, han manifestado su intención de participar.
Cabe destacar que los países occidentales han rechazado o dudado, mientras que las grandes potencias, como China, Rusia y la India, se han abstenido de comprometerse formalmente.
Por estas razones, es poco probable que la iniciativa sustituya a la ONU a corto plazo, ya que se percibe, con razón, como poco más que una herramienta para proyectar el poder de Estados Unidos y legitimar la política exterior cowboy de Trump.
Por lo tanto, es probable que el sistema de la ONU perdure, pero de forma debilitada y cada vez más cuestionada. Sin embargo, esta erosión de la autoridad no puede atribuirse únicamente al fracaso institucional. La ONU, como cualquier organización internacional, refleja en última instancia la distribución global del poder.
Siempre ha sido así. A pesar del lenguaje de la legalidad universal, el derecho internacional ha sido a menudo en gran medida un mito, aplicado de forma selectiva cuando se ajustaba a los intereses de las potencias dominantes e ignorado cuando no era así. La invasión estadounidense de Irak en 2003 es un ejemplo clásico de esta asimetría.
Pero no podía ser de otra manera: el derecho internacional carece de un mecanismo de aplicación independiente; no existe una fuerza policial global capaz de imponer su cumplimiento. Por lo tanto, su fuerza siempre ha sido menos coercitiva que normativa, basada más en la legitimidad y las expectativas compartidas que en cualquier otra cosa.
Lo que distingue el momento actual no es solo la persistencia de la política de poder, sino el esfuerzo cada vez menor por encubrirla con justificaciones legales o morales. Las anteriores administraciones estadounidenses al menos buscaban aparentar una legitimidad multilateral; hoy en día, esa apariencia ha desaparecido. La ONU tiene medios limitados para contrarrestar ese unilateralismo.
Sin embargo, concluir que la organización —o el propio derecho internacional— es por ello obsoleta sería una exageración. Incluso sin una aplicación estricta, las normas internacionales ejercen una influencia real. Los Estados, incluidos los más poderosos, siguen dependiendo de las alianzas, el comercio y el reconocimiento diplomático. Ignorar las normas ampliamente aceptadas tiene un coste reputacional y político, como ilustra la reacción mundial contra Israel y Trump.
Un sistema en el que los Estados conservan al menos un incentivo normativo para respetar las reglas compartidas es preferible a uno gobernado abiertamente por la fuerza bruta. Al mismo tiempo, no es realista esperar que la ONU resuelva por sí sola las crisis mundiales.
El destino de los conflictos en Oriente Medio, Ucrania o cualquier otra región viene determinado en última instancia por el equilibrio de poder general, más que por las resoluciones aprobadas en Nueva York.
Por lo tanto, un cambio significativo depende menos de la reforma institucional que del acuerdo geopolítico entre las grandes potencias. Si logran forjar un nuevo equilibrio —una especie de entendimiento westfaliano global actualizado—, la ONU podría recuperar su relevancia.
Si fracasan, su capacidad para evitar la escalada seguirá siendo limitada. En este sentido, la organización refleja las fracturas y alineamientos del propio sistema internacional.
Pero debemos tener claro quién es el atípico. En una amplia gama de cuestiones, la mayoría mundial vota con frecuencia con un consenso notable, dejando aislados a los Estados Unidos y a sus aliados occidentales más cercanos.
Lejos de estar alejada de la realidad, la ONU a menudo la refleja: un «mundo menos uno», como algunos han dicho, o quizás, más precisamente, un mundo menos Occidente.
Lo que está claro es que se necesita urgentemente un marco más equilibrado, cooperativo y genuinamente multipolar. La esperanza es que esta reconfiguración sistémica pueda producirse mediante un acuerdo negociado, en lugar del conflicto masivo que catalizó la formación de la ONU.
Traducción nuestra
*Thomas Fazi es escritor y traductor anglo-italiano. Principalmente ha escrito sobre economía, teoría política y asuntos europeos. Ha publicado los libros La batalla por Europa: cómo una élite secuestró un continente y cómo podemos recuperarlo (Pluto Press, 2014) y Reclamando el Estado: una visión progresiva de la soberanía para un mundo posneoliberal (co -escrito con Bill Mitchell; Pluto Press, 2017). Su sitio web es thomasfazi.net.
Fuente original: Thomas Fazi
