Mohamad Hasan Sweidan.
Ilustración: The Cradle
01 de noviembre 2025.
Moscú está reduciendo su participación activa en Asia Occidental, pasando de gestionar los conflictos regionales a mantener una presencia visible y utilizar la región como palanca contra Occidente.
En la diplomacia moderna, algunos de los mensajes más importantes ya no se transmiten a través de los diplomáticos. En su lugar, se presentan en foros políticos, mesas redondas y comités de “expertos”, espacios que permiten a los Estados expresar lo que realmente piensan sin hacer declaraciones oficiales.
Estas plataformas permiten a los gobiernos poner a prueba los límites, emitir advertencias y dar forma a las narrativas regionales a través de analistas y estrategas que hablan con autoridad, pero que no representan formalmente al Estado.
Del 19 al 23 de octubre, Moscú acogió el quinto Foro Internacional de Investigación y Expertos “Rusia-Oriente Medio”, que reunió a investigadores y expertos del Líbano, Egipto, Libia, Siria, Jordania, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Turquía, Irán, Irak y Rusia.
La mayoría de los participantes eran académicos afiliados a centros de investigación estrechamente relacionados con los Ministerios de Asuntos Exteriores de sus países.
Desde el primer día, quedó claro que uno de los principales objetivos de Moscú al organizar el foro era enviar un mensaje claro: el enfoque de Rusia hacia Asia Occidental ha cambiado.
El nuevo enfoque ruso hacia Asia Occidental
El enfoque actual de Rusia hacia Asia Occidental se basa en la convicción fundamental de que la región es principalmente una esfera de influencia estadounidense y que cualquier intento directo de Rusia de competir con los Estados Unidos sería costoso e inútil.
Durante el “Foro de expertos de Asia Occidental y Rusia”, Andrei Denisov, miembro del Consejo de la Federación Rusa, destacó:
En Asia Occidental solo hay un actor, y ese es Estados Unidos. Cualquier otro actor que intervenga saldrá perdiendo, porque Estados Unidos no permitirá que ningún actor internacional opere libremente en la región.
La posición de Moscú se deriva de su creencia de que su seguridad meridional —es decir, la seguridad de sus fronteras meridionales y su entorno regional inmediato— constituye su máxima prioridad en materia de seguridad.
Por lo tanto, la implicación de Rusia en las crisis y guerras de la región ya no tiene como objetivo influir o gestionar sus resultados, sino más bien evitar que las repercusiones del caos y la inestabilidad se extiendan a la propia Rusia o a sus vecinos inmediatos.
Desde este punto de vista, Moscú se ha convencido de que los países de la región deben configurar su propio orden regional.
Rusia ya no cree que le interese desempeñar el papel de potencia que reestructura Asia Occidental, como intentaron hacer anteriormente las versiones anteriores de la política rusa.
En cambio, ahora prefiere mantener relaciones abiertas con todas las partes y tratar con cualquier autoridad de facto existente, en lugar de invertir en un proyecto regional propio.
Este punto fue destacado por Vasily Kuznetsov, subdirector de Asuntos Científicos del Instituto de Estudios Orientales de la Academia de Ciencias de Rusia, quien afirmó que
la era de la antigua Rusia que intentaba configurar la región ha terminado. Ahora, a Rusia no le preocupa lo que ocurra en la región, pero colaborará con cualquier actor que exista en ella.
Neutralidad reservada y participación activa
En este marco, Moscú afirma claramente que Asia Occidental no es una prioridad estratégica en comparación con Europa Oriental, y que sus recursos políticos y militares se dirigen principalmente hacia ese frente.
Este cambio se refleja claramente en su posición durante la guerra contra Irán, en la que Moscú informó a Teherán de que no podía proporcionar apoyo militar directo.
Lo máximo a lo que podía comprometerse era a abstenerse de ayudar a Israel, lo que significa que la “neutralidad relativa” es la máxima forma de ayuda que Rusia puede ofrecer.
En lugar de entrar en una costosa confrontación con Washington, Rusia se está acercando cada vez más a un modelo más cercano al enfoque chino: evitar la participación directa en los conflictos, establecer canales con todas las partes, concluir acuerdos económicos y tecnológicos, gestionar relaciones flexibles incluso entre rivales beligerantes, actuar con gran cautela a la hora de posicionarse explícitamente del lado de cualquier actor y criticar las políticas estadounidenses, israelíes, del Golfo o iraníes cuando sea necesario, pero sin convertirlo en una hostilidad ciega.
En este contexto, Moscú promueve la idea de “neutralidad reservada” y “participación activa”, es decir, presentándose como una potencia presente, equilibrada y cautelosa que habla con todos y se beneficia de las oportunidades económicas sin asumir los costes de un compromiso profundo en materia de seguridad.
En este sentido, Rusia apuesta por las herramientas del poder blando y la influencia económica en lugar de la intervención militar, exportando trigo y energía, participando en proyectos de energía nuclear civil, intensificando los intercambios académicos, abriendo sucursales universitarias y activando redes de élites amigas en la región, incluidas las comunidades de habla rusa y los titulares de doble nacionalidad.
El resultado práctico es el reconocimiento por parte de Rusia de que su papel en Asia Occidental ha disminuido, pasando de la ambición de gestionar los equilibrios regionales a limitarse a mantener abiertos los canales de comunicación y asegurar los beneficios que se puedan obtener con un coste mínimo.
Esto se produce en un entorno que Moscú considera dominado por un único actor eficaz, Estados Unidos, en el que cualquier parte que intente desafiar esta realidad se ve agotada antes de lograr beneficios reales.
Razones del retroceso de Rusia
Para comprender —más que justificar— el enfoque ruso, es fundamental examinar las razones que llevaron a Moscú a cambiar su política hacia Asia Occidental.
El principal motivo de esta retirada es la guerra en Ucrania, que ha absorbido la mayor parte de las capacidades militares, diplomáticas y económicas de Moscú.
La guerra en Europa del Este exige fuerzas terrestres y aéreas, atención de los líderes, municiones, recursos financieros y capital político.
A medida que el conflicto se acerca a su cuarto año, los planificadores rusos ya no intentan gestionar simultáneamente múltiples frentes de alta intensidad.
Todo lo que queda fuera de Ucrania está ahora subordinado a la necesidad imperiosa de evitar pérdidas en Europa del Este.
Por lo tanto, Moscú sigue centrándose principalmente en Ucrania y considera todas las demás cuestiones —incluido Asia Occidental— desde la perspectiva de su impacto en esa guerra, sobre todo teniendo en cuenta que la región se ha vuelto cada vez más inestable en los últimos dos años.
El resultado es que su región ha pasado de ser un área de influencia activa de Rusia a una vía secundaria de apoyo.
El segundo factor está relacionado con la erosión de los pilares que en su día otorgaron a Rusia su influencia regional, entre los que destaca Siria.
Durante toda una década, Damasco fue el principal escenario de Moscú en Asia Occidental, donde se benefició de una base aérea en Hmeimim, un punto de acceso naval en Tartús y un canal de comunicación directo con los dirigentes del país.
Esta posición permitió a Rusia presentarse ante las capitales regionales como un garante de la seguridad que no podía ser ignorado.
Sin embargo, con la caída del expresidente sirio Bashar al-Assad y la desintegración de la estructura de seguridad de Siria, la capacidad de Moscú para ejercer influencia en la zona disminuyó automáticamente, mientras que el coste de mantener esa influencia aumentó.
Rusia ya no es capaz de gestionar el equilibrio de poder en el teatro sirio como lo hacía antes; su mera presencia se ha convertido más en una carga que en una baza.
En consecuencia, Moscú ha pasado de una política de profundo compromiso a otra de posicionamiento mínimo, cuyo objetivo no es configurar la fase de transición de Siria, sino preservar un punto de apoyo estratégico en el Mediterráneo oriental medianteel mantenimiento de las operaciones en la base aérea de Hmeimim, las instalaciones navales de Tartús y una presencia limitada en Qamishli para un posible uso futuro.
El sistema local que antes sostenía la influencia rusa ya no existe en una forma en la que Moscú pueda confiar. El panorama sirio se ha vuelto cada vez más fragmentado y dividido, y un compromiso profundo sobre el terreno conlleva ahora el riesgo de verse envuelto en conflictos internos con rendimientos decrecientes.
En consecuencia, se puede decir que lo que Moscú está haciendo hoy en día es reducir costes mientras mantiene abiertas sus opciones, reduciendo su presencia y evitando los gastos que supone actuar como “gestor de la seguridad” de Siria, sin abandonar por completo la infraestructura militar que podría necesitar más adelante.
El tercer factor es el riesgo cada vez mayor de verse envuelto en una escalada entre Irán e Israel.
Este año se ha producido el primer enfrentamiento directo entre Teherán y Tel Aviv. No hay duda de que Irán es un socio vital para Rusia, pero esta relación no ha alcanzado un nivel que obligue a Moscú a apoyar a Teherán en su conflicto, sobre todo porque no desea adoptar una postura militar abiertamente hostil hacia Israel o Estados Unidos.
Por esta razón, la posición de Rusia durante los 12 días de guerra israelí contra Irán en junio se limitó a llamamientos retóricos a la moderación, ofertas de mediación y advertencias públicas sobre la inestabilidad global.
No se proporcionó ningún apoyo militar tangible. En este contexto, algunos analistas rusos creen que una guerra regional a gran escala en la que participaran Israel, Irán y sus aliados podría obligar a Rusia a tomar partido directamente, lo que amenazaría su acceso restante a Siria, los Estados del Golfo y Turquía.
También pondría en peligro las rutas de tránsito de energía y los proyectos de infraestructura que Rusia pretende implementar con Irán y en toda Eurasia.
Por lo tanto, una intervención militar rusa más profunda en Asia Occidental se considera ahora más una trampa de responsabilidad que una oportunidad, que podría arrastrar a Rusia a una confrontación abierta con las fuerzas alineadas con Estados Unidos o socavar su delicado equilibrio entre Irán, Israel, Turquía y los Estados del Golfo.
En cuarto lugar, Rusia obtiene unos beneficios diplomáticos menores en relación con los esfuerzos que realiza.
Entre 2015 y 2021, Moscú se promocionó ante las capitales árabes como el único actor capaz de involucrar a todos los actores regionales, una imagen que tenía un valor real para países como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Pero en 2025, esta imagen se había debilitado significativamente.
Reducción de la influencia sobre los socios regionales
La cooperación entre Rusia y las potencias regionales sigue activa en los ámbitos de la energía, la logística, los cereales y las armas.
Sin embargo, Moscú ya no se considera un mediador eficaz en materia de seguridad ni un gestor de crisis, un cambio que se ve subrayado por el fracaso, hasta ahora, de la celebración de la cumbre inaugural ruso-árabe, prevista inicialmente para octubre de 2025.
En abril, Moscú había planeado la cumbre para reunir a los líderes árabes en la capital, y el presidente Vladimir Putin imaginaba una escena que recordara a la reunión de Sharm El-Sheikh entre los líderes árabes y Trump.
Sin embargo, los Estados árabes solicitaron un aplazamiento, alegando su preocupación por los acontecimientos regionales y la aplicación del “plan de paz para Gaza” de Trump.
Desde la perspectiva de Moscú, si los principales Estados árabes evitan el compromiso directo y ya no consideran a Rusia como indispensable, mantener grandes activos expuestos o invertir fuertemente en la mediación produce menos influencia que antes, lo que reduce la justificación de una participación de alto riesgo en la región.
Asia Occidental como palanca contra Occidente
Por estas razones, la importancia de Asia Occidental ha pasado de ser un frente principal a una herramienta de influencia.
Hoy en día, Moscú utiliza la región más para enviar señales a Occidente que para lograr resultados locales duraderos.
Algunos líderes rusos, por ejemplo, insinúan la posibilidad de proporcionar a Irán ojivas nucleares, lo que indica a Washington y a Europa que Rusia sigue siendo capaz de complicar la gestión de crisis.
En la práctica, Rusia pretende mantener una presencia visible —a través de sus bases en Siria, sus declaraciones sobre Palestina, sus contactos de alto nivel con Irán, Turquía y los Estados del Golfo, y sus reuniones con líderes árabes— para asegurarse de seguir formando parte del diálogo regional.
Al mismo tiempo, evita un compromiso profundo que podría hacerla responsable de resultados que escapan a su control, especialmente ahora que Washington ha reafirmado su influencia en Asia Occidental a través de las agresiones y los asuntos de Israel, subrayando la importancia estratégica de la región y señalando que sigue estando fuera del alcance de sus rivales.
En general, esta dinámica refleja un cambio en la política exterior de Moscú. Ante la crisis existencial en Ucrania, la inestabilidad de Siria, el alto riesgo de confrontación entre Irán e Israel y la vacilación de sus socios regionales, Rusia considera ahora a Asia Occidental principalmente como una moneda de cambio.
Su enfoque es de contención calculada: mantener una presencia, preservar su influencia y señalar su presencia, al tiempo que se mantiene al margen de compromisos que no puede controlar.
¿Es Irán la excepción?
No hay duda de que Irán es un socio estratégico clave para Rusia en Asia Occidental, quizás el más importante.
Así lo afirman constantemente las declaraciones oficiales rusas. Irán forma parte del corredor económico Norte-Sur que se extiende desde Rusia hasta la India, es el único miembro de Asia Occidental de la Organización de Cooperación de Shanghái, es miembro del BRICS y es el actor más antiamericano de la región y el más dispuesto a cooperar con Moscú en múltiples ámbitos. Además, ambos países tienen un acuerdo de asociación estratégica integral.
La importancia de Teherán para Moscú se puede apreciar en las declaraciones de varios funcionarios rusos.
Tras la firma del acuerdo de asociación estratégica integral entre Moscú y Teherán en enero de 2025, el presidente Putin dijo:
El tratado ruso-iraní sobre asociación estratégica integral representa un logro real… Estamos unánimemente decididos a no detenernos aquí y a llevar nuestras relaciones a un nivel cualitativamente nuevo.
El ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, también declaró:
Nuestra valoración conjunta es que las relaciones ruso-iraníes son de naturaleza especial y se ajustan plenamente al espíritu de la asociación estratégica integral. Estos lazos siguen desarrollándose de forma dinámica a pesar de la compleja situación regional y mundial y de los intentos de presionar a nuestros dos países con el objetivo de obstaculizar el desarrollo tanto de Irán como de la Federación de Rusia.
Durante el mismo foro mencionado anteriormente, todos los investigadores y académicos rusos destacaron la gran importancia de Irán para los líderes rusos, que lo consideran una piedra angular para la cooperación en Asia Occidental.
Afirmaron que no hay límites para la colaboración en los ámbitos económico y político, pero que el reto radica en la seguridad y la defensa. Según ellos, Moscú no está dispuesta a proporcionar un nivel significativo de apoyo militar, por temor a que ello pueda afectar a sus relaciones con los Estados del Golfo o arrastrarla indirectamente a una guerra contra los Estados Unidos e Israel.
Citan como prueba la reciente guerra de 12 días entre Israel e Irán, durante la cual Moscú no ofreció ninguna contribución militar notable.
Cabe señalar que esta opinión contradice la postura oficial de Moscú. Durante una rueda de prensa celebrada el 15 de octubre, el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov afirmó que
en lo que respecta a nuestra cooperación técnico-militar con Irán, tras el levantamiento de las sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ya no existen restricciones para nosotros. Estamos suministrando el equipo que Irán necesita de plena conformidad con el derecho internacional.
Por lo tanto, la pregunta es legítima: ¿la asociación ruso-iraní incluye los ámbitos de la seguridad y la defensa, o aún no ha alcanzado ese nivel?
En cualquier caso, será la historia, y no las declaraciones oficiales o los análisis, la que responderá a esta pregunta. El enfrentamiento entre Israel e Irán continúa, y todo el mundo espera una segunda ronda de guerra.
El objetivo de Estados Unidos de derrocar al Gobierno iraní también sigue formando parte de la visión de Washington. En consecuencia, la actuación futura de Moscú con respecto a Irán determinará si sus declaraciones son realmente serias o meramente retóricas.
Traducción nuestra
*Mohamed Hasan Sweidan es investigador de estudios estratégicos, escritor para diferentes plataformas mediáticas y autor de varios estudios en el campo de las relaciones internacionales. Mohamed se centra principalmente en los asuntos rusos, la política turca y la relación entre la seguridad energética y la geopolítica.
Fuente original: The Cradle
