Corresponsal de The Cradle en el Líbano.
Imagen: The Cradle
05 de diciembre 2023.
Con la disminución de los beneficios estratégicos de la guerra de Gaza de Israel y las amenazas internas y externas a su cargo de primer ministro, un asediado Netanyahu puede elegir la guerra con Líbano para prolongar su supervivencia política.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se enfrenta ahora a su reto más difícil desde que lanzó ataques aéreos y terrestres contra la Franja de Gaza en octubre.
La frecuencia de sus amenazas tanto a Hamás en Gaza como a Hezbolá en Líbano, en el frente norte de Israel, ha aumentado desde que Netanyahu aceptó a regañadientes la tregua mediada por Qatar.
Aunque los objetivos del primer ministro y de Washington coinciden en librar una guerra contra la resistencia palestina y, por extensión, contra Gaza, sus políticas divergen en cuanto a la estrategia y la duración del conflicto. Frente a las amenazas propias y los ataques de las facciones de la resistencia en Asia Occidental, EEUU prefiere emplear un enfoque militar apalancado sin una gran implicación sobre el terreno.
Últimamente, la administración Biden ha adoptado un enfoque más severo respecto a las acciones de Tel Aviv en el norte de la Franja de Gaza, y ha pedido la coordinación israelí con EEUU en la guerra terrestre. Horas antes de que se aplicara la tregua, el secretario de Estado Antony Blinken subrayó que
la pérdida masiva de vidas civiles y los desplazamientos de la magnitud que vimos en el norte de Gaza [no deberían] repetirse en el sur.
El portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Kirby, también ha declarado recientemente a los periodistas que la administración Biden «no apoya las operaciones en el sur a menos o hasta que los israelíes puedan demostrar que han dado cuenta de todos los desplazados internos de Gaza.»
Prolongar la guerra en beneficio propio
Netanyahu, sin embargo, alberga una agenda diferente, buscando prolongar el conflicto para obtener beneficios personales en lugar de éxito político. La continuación de la guerra significa que permanecerá más tiempo en el cargo y tendrá tiempo para llegar a acuerdos internos y externos que garanticen su supervivencia tras el conflicto.
Por ahora, el «rey Bibi » se enfrenta a una presión creciente tanto de aliados como de adversarios. Los llamamientos internacionales para que se obtengan resultados tangibles del conflicto se están intensificando, y los principales medios de comunicación se ven cada vez más obligados -por las redes sociales- a poner de relieve los crímenes de guerra israelíes en Gaza. En el ámbito nacional, Netanyahu se enfrenta casi a diario a peticiones de dimisión o de destitución de ministros extremistas del gabinete de los partidos Otzma Yehudit y Sionista Religioso.
Tras la Operación Diluvio Al-Aqsa, la oposición israelí tentó al partido Likud de Netanyahu con ofertas para destituir al ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y al ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir -así como la destitución del propio primer ministro- como condición para participar en un gobierno de emergencia.
Estas propuestas pretendían resolver el malestar político y social que Israel padece desde 2019, que ha provocado cinco ciclos electorales consecutivos en cuatro años y frecuentes protestas masivas contra el gobierno. Un gobierno de unidad nacional también podría reanudar y posiblemente desarrollar los Acuerdos de Abraham, tensados por la presencia de partidos extremistas en el gobierno. Los ministros radicales de Netanyahu han afectado a menudo negativamente tanto a estas incipientes relaciones israelo-árabes como a la relación de Tel Aviv con los demócratas estadounidenses.
En particular, la participación del líder del Campo Nacional, Benny Gantz, y del ex jefe del Estado Mayor, Gadi Azinkot, en el gobierno de emergencia israelí posterior al 7 de octubre depende de la duración de la guerra o de la evolución de la relación entre la administración Biden y Netanyahu. Los problemas de confianza entre Netanyahu y Gantz añaden otra capa a una crisis política ya de por sí compleja.
Todos los hombres del rey
Incluso los aliados del «rey» muestran poco apoyo, dando la vuelta a la tortilla contra Netanyahu en medio de incesantes maniobras políticas. Sus otroras firmes socios de coalición, cansados de sus constantes amenazas e interrupciones del gobierno, amenazan ahora con retirarse de su gobierno a menos que continúe la guerra de Gaza, una medida vinculada a la liberación de prisioneros de ambos bandos.
Durante las negociaciones de la tregua a finales de noviembre, el ministro de Seguridad Nacional Ben-Gvir expresó públicamente estas amenazas en la plataforma de medios sociales X, diciendo: «El cese de la guerra equivale a la disolución del gobierno«. El ministro de Finanzas Smotrich, también en un post en X, calificó el cese de la guerra a cambio de la liberación de todos los detenidos en Gaza de «plan para eliminar a Israel.»
Para Netanyahu, la prioridad no es la guerra en Gaza y sus objetivos genocidas, sino cómo afrontar mejor las luchas internas en medio de sus temores a un golpe de Estado. Siguen circulando informes sobre la inclinación del Likud a deponerle mediante una moción de censura en la Knesset y elegir a otro miembro del partido para formar gobierno, sin tener que celebrar otras elecciones generales.
Estas propuestas han llegado a nombrar posibles sustitutos -uno de esos candidatos es el actual presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores y Seguridad de la Knesset, Yuli Edelstein, que sería nombrado Primer Ministro interino hasta que se elija a un nuevo líder del partido.
El mes pasado, en un último esfuerzo por asegurarse el apoyo de su partido de derechas, Netanyahu recordó a los miembros del Likud:
Soy el único que impedirá un Estado palestino en Gaza y [Cisjordania] después de la guerra.
Sacrificar a Israel para salvar a Bibi
Esencialmente, la estrategia de supervivencia política de Netanyahu se centra en presentarse como el único defensor frente a la superficial retórica estadounidense a favor de una solución de dos Estados. Intentando eludir la responsabilidad de los fracasos del Estado de ocupación, Netanyahu se enfrenta ahora a un resurgente Benny Gantz en la oposición. Recientes encuestas israelíes predicen un cambio significativo entre el público en general, que favorece a los partidos de la oposición y árabes frente a la actual coalición de derechas. Según los sondeos, cabría esperar que una nueva coalición obtuviera 79 escaños, frente a los 41 escaños de los partidos del actual gobierno de extrema derecha del Likud.
La precaria situación política de Israel hace que Netanyahu se resista a cualquier solución, acuerdo o salida que pueda acarrearle consecuencias legales. Socava a su partido amenazando con elecciones inmediatas tras la guerra si no cesan las maquinaciones internas del Likud contra él, tras haberse negado ya a dimitir de su cargo.
Más preocupante aún es que, a pesar de las devastadoras experiencias bélicas pasadas de Israel en Líbano, Netanyahu puede considerar una guerra en el norte como su única vía de escape potencial, una forma de reorganizar su fortuna política para evitar cargos de corrupción y hacer frente a sus fracasos militares. ¿Por qué no jugar a la ruleta rusa con el Líbano cuando la única otra opción es una larga temporada en una celda?
Por su parte, Estados Unidos, consciente de la reducción de las opciones de Netanyahu y de su posible gambito, transmite mensajes matizados a Hezbolá y al gobierno libanés a través de diversos intermediarios, instando a la moderación.
Aunque el ejército israelí no puede librar una guerra para proteger el futuro político y personal de Netanyahu, las filtraciones de las últimas semanas muestran que los militares parecen más entusiastas de librar una guerra contra Líbano que la mayoría de los políticos israelíes.
Nada les gustaría más que destruir la Fuerza Radwan, la unidad de fuerzas especiales de Hezbolá, o al menos alejarla de la frontera. Eso, además de la ambición a largo plazo del ejército israelí de destruir el arsenal de armas estratégicas de la resistencia libanesa y obligarla a retirarse de la zona situada al sur del río Litani. Es aquí donde los cálculos de Netanyahu se cruzan con los de los altos mandos de su ejército, igualmente amenazados por la rendición de cuentas que deben afrontar al final de la guerra. Los sucesos sin precedentes del 7 de octubre dejaron al descubierto profundas lagunas en la inteligencia y la preparación militar de Israel, y es casi seguro que el ejército pagará un precio futuro por ello.
A pesar de la coincidencia de opiniones entre Netanyahu y sus mandos del ejército, una guerra israelí contra Líbano no es necesariamente inevitable, en principio. En realidad, EEUU y algunos de los responsables de Tel Aviv saben muy bien que los cálculos de una guerra contra Hezbulá son diferentes de los cálculos de una guerra en cualquier otro frente. Ello se debe no sólo a la considerable capacidad militar y experiencia en el campo de batalla de Hezbolá, sino también a la coordinación al pie de la letra que tiene lugar entre el Eje de la Resistencia de la región: Irán, Irak, Yemen, Siria, Líbano y Palestina.
Aunque Netanyahu y sus generales vean la guerra con Líbano como un camino personal hacia la salvación, se enfrentarán a obstáculos incluso en la línea de salida. Por un lado, Washington rechazará casi con toda seguridad un conflicto que devastará por completo los intereses estadounidenses en toda Asia Occidental.
Traduccion nuestra
Fuente original: The Cradle
