Roberto Iannuzzi.
Foto: Los representantes del Comité Militar de la OTAN en Kiev, 6 de octubre de 2026 (Crédito de la foto: OTAN)
17 de octubre 2026.
El revuelo mediático que ha generado el acuerdo sobre el diésel firmado por Trump desvía la atención del verdadero curso de la guerra, en la que la OTAN y Rusia se encuentran en rumbo de colisión.
El acuerdo anunciado por el presidente estadounidense Donald Trump, según el cual Rusia suministraría a Estados Unidos y al mercado mundial un total de aproximadamente 3 millones de toneladas de diésel en los próximos meses, ha despertado la ira de Kiev y de los aliados europeos, así como de los demócratas y de muchos republicanos en su propio país.
A Trump se le ha acusado, en esencia, de ayudar a la economía de Moscú en una etapa crucial del conflicto con Ucrania, e incluso de «echar por tierra cuatro años de presiones financieras occidentales contra Moscú».
Esto ha dado lugar a un enfrentamiento muy duro entre el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky y Trump. El primero calificó de «débil» la decisión del presidente estadounidense. Este último afirmó que Ucrania debería haber elegido a un nuevo presidente «capaz de llegar a un acuerdo».
Trump acusó a Zelensky de haber ignorado numerosas solicitudes de Estados Unidos para poner fin a los ataques contra las refinerías rusas, los cuales contribuyen a agravar la crisis energética mundial al aumentar el precio del diésel. Este último se ha duplicado en EE. UU. desde el inicio del conflicto con Irán.
Mientras el presidente estadounidense anunciaba el acuerdo sobre el diésel, sus enviados Steve Witkoff y Jared Kushner se reunían en Miami con una delegación ucraniana y algunos representantes europeos con el fin de discutir propuestas para poner fin al conflicto.
Según el Financial Times, los dos enviados estadounidenses habían planteado la posibilidad de suspender el intercambio de información de inteligencia con Kiev si Ucrania no cesaba los ataques contra las refinerías rusas.
En los días siguientes, fuentes ucranianas denunciaron que Estados Unidos no había transmitido cierta información que habría permitido una defensa más oportuna contra los ataques con misiles rusos.
La Casa Blanca negó que esto hubiera ocurrido, pero los ucranianos confirmaron restricciones al uso de Starshield, el componente militar del sistema satelital Starlink controlado directamente por el Pentágono, que brinda un apoyo esencial a Kiev tanto en el ámbito defensivo como en el ofensivo.
Un presidente debilitado
En realidad, el acuerdo sobre el diésel obedece a razones improvisadas, tiene un efecto insignificante en la crisis energética y no parece destinado a abrir ninguna vía real de negociación, en primer lugar por la tenaz oposición de Kiev y de los europeos, pero también por la inconsistencia de la acción diplomática de Trump.
Durante una llamada telefónica con el líder estadounidense, el presidente ruso Vladimir Putin descartó la reanudación inmediata de cualquier negociación con Kiev.
Según el Kremlin, la nueva postura rusa es consecuencia del ataque con más de 1.600 drones lanzado por Ucrania contra Moscú y otras ciudades rusas mientras se llevaban a cabo las elecciones parlamentarias el pasado 20 de septiembre.
Aunque no lo hayan declarado abiertamente, los rusos consideran poco creíble la mediación de la Casa Blanca, dado que los ataques ucranianos en territorio ruso se llevan a cabo con la ayuda indispensable de la inteligencia estadounidense.
Ya desde 2025, la CIA había proporcionado asistencia esencial a los ataques ucranianos contra las infraestructuras energéticas rusas. Trump incluso había elogiado esos ataques, argumentando que le daban poder de negociación en las conversaciones con Rusia.
Y precisamente en estos días, mientras el presidente estadounidense pedía que cesaran los ataques de Ucrania contra las refinerías rusas con la ayuda de la CIA, Kiev atacó tres centros de datos de la empresa Yandex (el equivalente ruso de Google), muy probablemente también gracias a la ayuda de los servicios de inteligencia de EE. UU.
Si Trump realmente quisiera poner fin a los ataques ucranianos contra las refinerías rusas, lo más sencillo para él sería ordenarle a la CIA que dejara de apoyar a Kiev.
Sin embargo, no se puede descartar que el presidente estadounidense no tenga el control total de los organismos de EE. UU. Del mismo modo que tampoco lo tiene sobre Zelensky, quien, respaldado tanto por sectores del «Deep State» estadounidense como por los europeos, reanudó al cabo de tres días los ataques contra las refinerías rusas sin encontrar ningún obstáculo.
Cálculos electorales
La iniciativa de Trump sobre el diésel ruso, en efecto, no es más que un intento desesperado por mejorar las perspectivas electorales de los republicanos en las elecciones de medio plazo del próximo 3 de noviembre.
En dichas elecciones, el presidente corre el riesgo de sufrir una derrota a raíz de la desastrosa agresión contra Irán.
Esta última —vista como una puñalada por la espalda por parte de sus seguidores, quienes lo habían elegido para que pusiera fin al aventurerismo militar estadounidense— ha provocado que se duplique el precio del diésel, un combustible esencial para la economía de Estados Unidos.
La esperanza de Trump de que el flujo de diésel ruso pueda frenar el aumento de los precios está destinada a frustrarse. Dicho suministro se ha escalonado en el tiempo, y el lote de los primeros dos meses, equivalente a 1,8 millones de toneladas, cubre apenas tres días y medio de la demanda estadounidense.
Además, la llegada del diésel ruso no se permite mediante la derogación de las sanciones, sino solo gracias a su suspensión hasta abril de 2027. Esta suspensión se da, además, en un contexto de intensificación generalizada de las sanciones contra Moscú.
La UE acaba de aprobar su 22.º paquete de represalias económicas, y el propio Trump acaba de firmar una ley estricta para endurecer las sanciones, impulsada por el recientemente fallecido senador Lindsey Graham y aprobada por el Congreso.
La misma suspensión de las sanciones sobre el diésel impulsada por el presidente estadounidense puede revocarse en cualquier momento.
Desde la perspectiva de Moscú, la única razón para aceptar el acuerdo no radica tanto en los ingresos económicos relativamente limitados, sino en la posibilidad de crear una brecha entre la Casa Blanca, por un lado, y Kiev y los aliados europeos, por el otro.
Destrucción del proceso de toma de decisiones estadounidense
Una vez más, por lo tanto, la maniobra de Trump es efímera y carece de sustancia, apuntando exclusivamente al impacto mediático. Con la esperanza de aumentar su efecto, la Casa Blanca la ha acompañado con el enésimo borrador de un plan de paz.
Impulsada por los enviados Witkoff y Kushner, dicha propuesta prevé la congelación del conflicto a lo largo de la línea actual del frente, garantías de seguridad para Ucrania equivalentes alartículo 5 de la OTAN y una «paz económica» entre Europa y Rusia.
El plan fue descrito en un artículo del Washington Post firmado por David Ignatius, periodista conocido por sus vínculos con la CIA. Este plan es débil por varias razones.
En primer lugar, es, una vez más, fruto de una iniciativa improvisada. Trump ha destruido el proceso de toma de decisiones colectivo de los departamentos y agencias del gobierno de EE. UU. coordinado por el Consejo de Seguridad Nacional, en particular al desmantelar este último.
Las iniciativas diplomáticas de la Casa Blanca son, por lo tanto, fruto de una elaboración que madura dentro del reducido círculo del presidente, y a menudo son promovidas por figuras con escasa capacitación diplomática, como los enviados Witkoff y Kushner (respectivamente, amigo personal y yerno del presidente).
Las propuestas de negociación que estos últimos han presentado insistentemente en Moscú consisten en una serie de incentivos económicos, con la convicción de poder «comprar» la benevolencia rusa.
El último plan propuesto por la Casa Blanca no escapa a esta regla. Ofrece una «paz económica» a Rusia, cristalizando el frente en un conflicto congelado y otorgando a Ucrania garantías de seguridad que equivalen a un renovado apoyo de la OTAN en caso de que se reanude el conflicto.
Moscú, por su parte, no busca una paz económica en el marco de un conflicto congelado, sino una nueva arquitectura de seguridad en Europa que tome en cuenta las preocupaciones estratégicas rusas eliminando de raíz las causas del conflicto.
Tanto el plan de paz como el acuerdo sobre el diésel son, por lo tanto, fruto de una presidencia débil, que actúa sin una coordinación real con los departamentos y los organismos de seguridad estadounidenses, y sin concertación con los aliados europeos.
El revuelo mediático generado por estas iniciativas probablemente está destinado a desvanecerse sin que mejoren los índices de popularidad del presidente de cara a las elecciones de mitad de mandato, y sin influir en el curso del conflicto ucraniano, que, por el contrario, se está agravando.
Cambio de rumbo ruso
Tras haber perdido toda confianza residual en el proceso de negociación iniciado por el encuentro entre Trump y Putin en Anchorage en agosto de 2025, Moscú apuesta ahora exclusivamente por una solución militar al conflicto.
Desde julio pasado, la acción bélica rusa en Ucrania ha registrado un cambio radical de estrategia.
Se ha enfocado, en primer lugar, en aislar el puerto de Odesa y los puertos vecinos de Yuzhny, Chornomorsk y Nikoláiev, bloqueando las exportaciones ucranianas.
Moscú ahora busca estrangular económicamente a Ucrania, destruyendo los centros de producción de la industria de defensa, la logística y los sistemas de transporte, atacando los principales puentes sobre el río Dniéper y la red eléctrica, y paralizando la capital.
El agravamiento de la situación en Ucrania llevó al director de la CIA, John Ratcliffe, a realizar una visita tan repentina como misteriosa a Moscú a finales de agosto, para reunirse con los altos mandos de la inteligencia rusa.
Los medios occidentales han planteado mil hipótesis sobre el contenido de la visita, pero es muy probable que el objetivo principal del director de la CIA fuera tratar de disuadir por todos los medios a los rusos de continuar con una ofensiva que está poniendo en riesgo la propia existencia del Estado ucraniano.
Amenazas estadounidenses
A finales de septiembre, un artículo publicado en el diario británico The Telegraph, firmado por Con Coughlin (periodista conocido por sus vínculos con los servicios de inteligencia británicos), proporcionó nuevos detalles sobre el contenido de la visita de Ratcliffe.
Según lo revelado por Coughlin, el director de la CIA habría dicho, sorprendentemente, a sus interlocutores que «Rusia está perdiendo la guerra» en Ucrania y que la economía rusa muestra todos los indicios de un posible colapso al estilo soviético.
Desde la perspectiva del Kremlin, la advertencia de Ratcliffe no es más que una amenaza por parte de Estados Unidos de hacer todo lo posible para derrumbar la economía rusa si Moscú continuara con su ofensiva en Ucrania.
Más aún cuando, según Coughlin, la CIA hizo circular un informe posterior de la reunión entre las agencias de inteligencia europeas. En él se afirmaría que la economía rusa se derrumbará como lo hizo la soviética al final de la Guerra Fría, y que el impacto de las sanciones de EE. UU. contribuirá de manera decisiva a este proceso.
Kaliningrado en la mira de la OTAN
Moscú se está convenciendo de que los países de la OTAN también están preparando escenarios para ampliar el conflicto en caso de que Kiev caiga.
Como confirmó Thomas Graham, experto del Council on Foreign Relations,
en algunos países de la OTAN se ha hablado de un posible bloqueo de Kaliningrado, es decir, de aislar la región del resto de Rusia tanto por tierra como por mar».
Kaliningrado es un enclave ruso en el Báltico, de importancia estratégica para los intereses de Moscú en ese brazo de mar, en particular porque contribuye a defender las vías de acceso al puerto de San Petersburgo.

El enclave es territorio ruso reconocido oficialmente a nivel internacional desde que los soviéticos arrebataron la ciudad de Kaliningrado, entonces llamada Königsberg, a los alemanes en 1945.
La expansión de la OTAN a Polonia, Lituania, Estonia, Suecia y Finlandia significa que tanto Kaliningrado como el acceso de San Petersburgo al Báltico están ahora rodeados por países que pertenecen a la Alianza Atlántica.
A mediados de septiembre, el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Radosław Sikorski (casado con la periodista estadounidense de tendencia neoconservadora Anne Applebaum) afirmó que
los aliados de la OTAN podrían realizar ejercicios cerca del enclave ruso de Kaliningrado, en un intento por presionar a Moscú para que reduzca su presencia militar en Ucrania y retire parte de las tropas allí desplegadas.
Sikorski agregó que «no deberíamos pensar en nuestro enfrentamiento con Rusia como algo limitado exclusivamente a Ucrania», y añadió que «como pueden imaginar, mantenemos bajo estrecha vigilancia el enclave de Kaliningrado. Prácticamente no hay tropas [rusas] allí». Y concluyó diciendo que «sugiero realizar ejercicios con tal agresividad que hagan que… [el presidente Putin] no esté seguro de lo que haremos».
Las provocaciones europeas contra Kaliningrado han llevado a Moscú a advertir a los países de la OTAN de que Rusia recurriría a todo su arsenal, incluidas las armas nucleares, en caso de que se imponga un bloqueo a la exclave.
La OTAN en Kiev
Pero el activismo diplomático-militar de la OTAN en torno a Ucrania y en la región circundante no da señales de disminuir.
En las últimas semanas, Kiev ha recibido, en rápida sucesión, las visitas del canciller alemán Friedrich Merz, del ministro de Relaciones Exteriores británico Ed Miliband y de todo el Comité Militar de la OTAN, encabezado por el almirante italiano Giuseppe Cavo Dragone y compuesto por representantes de las 32 naciones aliadas.
Dragone, quien actualmente preside el Comité, declaró desde la capital ucraniana que «estamos aquí al completo para enviar un mensaje claro: el vínculo entre la OTAN y Ucrania es fuerte e indisoluble».
Aunque Kiev se encuentra en una situación extremadamente difícil, la visión rusa de una Ucrania neutral que sirva de puente entre Moscú y la Unión Europea parece más lejana que nunca.
En la reciente reunión del Club Valdai, uno de los principales centros de estudios rusos, Putin habló con tono sombrío de un mundo en crisis en el que, aunque la hegemonía occidental está llegando a su fin, Estados Unidos y los países europeos estarían adoptando métodos extremadamente agresivos (que corren el riesgo de llevar al mundo al borde de un nuevo conflicto mundial), con la esperanza de preservarla.
Según el presidente ruso, la humanidad estaría atravesando una etapa muy peligrosa que deberá superar necesariamente antes de poder llegar a un nuevo orden multipolar.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people
